Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) PrólogoZach
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Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2)

Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2)

Por Parker S. Huntington, L. J. Shen

© inepub.com

PrólogoZach

Prólogo

Zach

Mi padre decía que las personas son papel y los recuerdos son tinta. Pero ¿cómo podía suponer yo que mi libro se hundiría en el alquitrán y quedaría hecho trizas?

Crecí junto a un padre generoso. Dinero, identidad, amor; un buen conjunto de valores y un buen conjunto de dientes, incluso mejor. Todo ello lo obtuve de mi padre.

Pero lo más preciado que me ofreció fue… su vida.

Doce años

Como todas las calamidades, el peor día de mi vida empezó de un modo bastante inocente.

Íbamos con papá en el asiento trasero de su sedán Bentley Flying Spur mientras nuestro chófer zigzagueaba entre los carriles en un intento desesperado por evitar el denso tráfico.

Una cadena interminable de bocinazos llenaba mis oídos.

Toda el agua del cielo se derramaba sobre nosotros, en una tormenta que nos seguía desde la casa de subastas.

En la radio sonaba Bookends , de Simon por eso son hobbies , justamente. —Dibujé unos dedos enroscados alrededor de mi espada y unas gotas de sangre cayendo de la punta—. Además, yo ya tengo hobbies .

Desde el asiento de delante, nuestro chófer resopló y encendió el intermitente izquierdo.

—Tienes talentos —me corrigió papá—. Ser bueno en algo no necesariamente significa disfrutarlo. Y quedarte sentado sin hacer nada todo el verano esperando el regreso de tu mejor amigo no cuenta como hobby .

Maldito Romeo Costa. Se había largado sin más, sin siquiera decir adiós.

Primero, a Italia, cuando íbamos a primaria.

Y ahora, a un campamento de verano aburrido al que lo obligaba a ir su padre.

De Europa, había vuelto hecho un desastre.

Esta vez casi me esperaba que volviera con un pedazo de cerebro menos. Miré a papá parpadeando, incrédulo:

—¿Por qué tengo que disfrutar de lo que hago?

Una leve sonrisa le encorvó las comisuras de los labios.

Mi padre era enorme, o tal vez me parecía enorme a mí porque yo no había terminado de desarrollarme.

Aun así, llenaba todo el asiento trasero con su cuerpo.

Con su presencia . Con su cabello color del ónix, las arrugas de la risa que tenía en las comisuras de los ojos y la maldita cicatriz de la frente.

Se la había hecho cuando estaba a cargo de mi grupo de Scouts y un águila había intentado cazarme; él se había lanzado sobre mí en el último segundo y, luego, se había partido la frente tras chocar contra una tumbona.

Me dio un golpecito en la sien con uno de los nudillos.

—Porque, si no sabes apreciar el viaje, ¿cómo vas a disfrutar del destino?

—¿Acaso el destino de la vida no es la muerte ? —Lo fulminé con la mirada, para no tener que presenciar cómo mi arte se evaporaba de la ventana por la condensación. Se rio.

—Eres demasiado listo…

—Eso no es un no —murmuré y me aguanté las ganas de taparme los oídos para no oír más los bocinazos de los coches y el ruido constante de la lluvia.

—El destino es la familia. El amor. Un lugar en el mundo que sientas como propio.

Me quité una ramita del costado de una de las zapatillas de deporte.

—Tú tienes muchos lugares.

—Así es, pero solo uno de ellos es mi hogar. Y es donde estéis tú y tu madre.

Lo miré atento, arrugando la frente con un gesto.

—¿Qué hemos hecho para hacerte tan feliz?

—¡Existir! Con eso basta.

Me desparramé en el asiento, tamborileando con los dedos sobre la rodilla, estaba aburridísimo.

—Si te hacemos tan feliz, ¿por qué siempre estás comprando cosas para sentirte bien?

—El arte no es una cosa . —Puso su mano sobre la mía para detener el golpeteo—. Es el alma de una persona vertida en un material. Las almas no tienen precio, Zach. Debes tratar de proteger la tuya siempre que puedas.

Me acerqué un poquito hacia él y miré el estuche de terciopelo que viajaba entre nosotros.

—¿Puedo echarle un vistazo?

—Tienes que esperar a tu cumpleaños.

—¿Es para mí?

—Pero no para llevarlo por ahí. Es peligroso.

—Mucho mejor. —Me froté las manos, llevando la atención al joyero tallado a mano que acunaba entre las palmas—. ¿Y esto?

Acabábamos de recoger el botín de guerra de papá, después de una subasta de antigüedades.

Bueno, papá lo había recogido. Yo lo había esperado sentado en el coche, resolviendo un cubo de Rubik sin siquiera mirarlo mientras él iba de un lado a otro por los controles de seguridad.

El arte no me había interesado nunca. Papá se había pasado los últimos doce años taladrándome con su sabiduría y esperaba que al menos una parte de su obsesión me penetrara el cráneo, pero no tuvo suerte.

Yo podía discutir en detalle las bondades de la técnica del Gongbi comparada con la del Sumi-e, pero no podía obligarme a que me importara un comino lo que las líneas dibujaban sobre el papel.

A veces había llegado a desear en secreto tener un padre como el de Romeo, que le dejaba manejar armas y granadas de mano. Rom hasta podía manejar un tanque. Eso sí que molaba.

Papá deslizó la tapa pesada de la caja y la inclinó hacia mí.

—Es el regalo de aniversario de tu madre.

Protegido entre paredes de satén había un colgante de jade tallado en forma de león.

Un cordón rojo rodeaba el borde curvado y se enlazaba con unas cuantas cuentas apiladas, un enorme nudo pan chang y unas borlas dobles.

Había costado sus buenos dos millones, y ¿para qué?

Si mamá no iba a ponérselo ni una vez. A veces los adultos tomaban las decisiones más estúpidas.

Papá las llamaba impulsos y decía que era un comportamiento típico de los humanos.

Yo quizás no era muy humano, porque no había nada que me entusiasmara demasiado.

Siempre elucubraba mucho sobre las cosas y no deseaba nada realmente, ni siquiera golosinas.

Volví a desplomarme sobre el respaldo del asiento.

—Se parece al trozo de queso con moho que hay en el táper de la taquilla de Oliver.

Mi otro mejor amigo era más sucio que un jabalí; aunque eso no era justo para el jabalí, porque un animal no tiene opción de ducharse todos los días.

— Sha haizi . —«Niño tonto». Papá me dio un golpecito en la nuca, riéndose—. Algún día aprenderás a apreciar las cosas bellas.

La lluvia caía con más fuerza, golpeando las ventanas como si suplicara entrar. Las luces rojas y amarillas brillaban a través del reflejo distorsionado de la ventanilla. Los bocinazos se hicieron más fuertes.

«Ya casi llegamos».

—¿Estás seguro de que a mamá le gustará? —Me froté la nariz con la manga de la camisa—. Se parece al que le regaló Celeste Ayi hace años.

Lo más seguro era que mi tía lo hubiera comprado en una tienda de souvenirs del aeropuerto al salir de Shanghái.

—Le encantará. —El dedo de papá acarició el colgante, recorriendo los bordes sin llegar a tocarlo—. Qué pena haber tenido que viajar a Xi’an en enero. Para cuando supe que el otro colgante se subastaba en Washington, ya lo había comprado otra persona.

—¿Hay otro? —pregunté casi sin prestar atención mientras dibujaba un pulpo en el cristal y bordeábamos un tormentoso río Potomac. No faltaba mucho para llegar a nuestra casa en Dark Prince Road, la calle del príncipe oscuro—. ¿Eso no rebaja el valor?

—A veces. Pero en este caso no; los colgantes son un juego de hombre y mujer. Pertenecieron a dos amantes de la dinastía Song.

Con eso, me desperté. Por fin, la parte buena.

—¿Qué les hicieron? ¿Los decapitaron?

—Zach…

—Ah, cierto —exclamé y me pasé el dedo por la garganta—. En esa época se usaba la muerte por mil cortes. Seguro que quedaron con los brazos destrozados .

Papá se masajeó las sienes y me miró con una sonrisa leve.

—¿Ya has acabado?

—No. Cuando les cortaban la nariz sin anestesia… ¿crees que morirían al instante o se desangrarían?

El atasco del tráfico dio un respiro y el coche ganó velocidad. «Por fin».

—Zachary Sun, me sorprende que seas mi hij…

Sonó un claxon que nos ensordeció y tapó su voz por completo.

La lluvia. La vida entera. Papá dejó la frase a medias, con los ojos muy abiertos.

El coche se desvió violentamente, para tratar de evitar un choque.

Papá arrojó la caja y se lanzó sobre mí, envolviéndome con sus brazos por el torso, agarrándome tan fuerte que hasta me dolía.

Me dejó aplastado contra el asiento. El destello cegador de los faros le iluminó la cara.

El Bentley volcó, primero sobre uno de sus lados, luego dio una vuelta completa hasta quedar del revés.

Aterrizamos boca abajo. Papá todavía estaba encima de mí.

Todavía me protegía. Todo pasó muy rápido.

Un pitido agudo y penetrante. Después, dolor.

Un dolor profundo y total; por todas partes y en ninguna a la vez.

Estaba anestesiado y, al mismo tiempo, en una agonía.

Parpadeé a toda velocidad como si eso pudiera ayudarme a oír o incluso a ver.

—Estás bien, Zachary. Estás bien. —Sus labios dieron forma a las palabras, con su rostro a menos de un centímetro de distancia del mío. Le temblaba todo el cuerpo. Mantenía la mirada baja, fija en el espacio que los separaba y de pronto los cerró, respirando entrecortadamente.

— Wo cao .

Los ojos se me encendieron al rojo vivo. ¿Papá maldiciendo? Él no maldecía jamás.

Algo oscuro y pegajoso se me derramó sobre la pierna derecha, venía de papá. Me lo limpié. «Sangre».

Era sangre.

Sangre de papá.

Y entonces lo vi: los dientes de una máquina cosechadora atravesaban su abdomen y lo incrustaban contra la puerta.

El borde dentado de la máquina me rozaba el estómago.

Metí la barriga hacia dentro, luchando por respirar al mismo tiempo.

Parpadeé varias veces y lo más rápido que pude, deseando que todo fuera una pesadilla.

Logré enfocar la mirada hacia papá: la cara entera ensangrentada, fragmentos de vidrio incrustados en la piel como púas de erizo…

Había sangre por todas partes; se le escurría por la sien, desde la cicatriz de la frente hasta la barbilla.

La sangre de mi padre —tibia, metálica, maloliente, pegajosa— se me quedaba empapada en la ropa, en la piel, en el pelo.

Quería quitármelo de encima, quería gritar.

Sus labios se movieron de nuevo, pero esta vez no pude distinguir nada que no fuera ese pitido agudo que te dejaba sordo.

—No te oigo —articulé—. Dilo otra vez.

Traté de moverme, de tocarle la frente, de detener la sangre; pero pesaba demasiado y yo seguía encogiendo el estómago para evitar que los dientes del rastrillo me partieran en dos.

—El estuche rojo —me pareció entender.

Estiré la mano todo lo que pude y lo alcancé. El rastrillo me hizo un pequeño corte en la piel, pero logré agarrar el estuche y lo volqué boca abajo. Un cuchillo. Lo empuñé y empecé a cortar el cinturón de seguridad. Se rasgó por uno de los lados, pero no se cortó. Seguía sin poder moverme.

— Henry… —intenté gritar el nombre de nuestro chófer.

No hubo respuesta.

Miré por encima de mi hombro derecho y me encontré con la frente de Henry presionada contra una bolsa de aire desinflada; eso creaba el pitido constante y penetrante del claxon.

No hacía falta ver sangre para saber que estaba muerto.

Tenía la mirada vacía, los ojos negros y sin vida, como un muñeco inerte.

Los labios de papá se movieron de nuevo. Sus ojos me suplicaban que escuchara. Yo quería hacerlo, quería de verdad, pero lo único que oía era el maldito claxon.

Una lágrima resbaló por su mejilla y cayó sobre la mía.

Se me escapó un siseo de la garganta, como si esa gota me hubiera quemado al tocarme.

Papá no lloraba nunca . Sus labios se movieron aún más despacio, su cuerpo seguía cubriéndome.

Protegiéndome de lo que fuera que estuviera pasando, o de lo que había pasado ya.

Estábamos atrapados dentro de una jaula de acero retorcido.

No podía moverme de por debajo de él, ni aun si lo intentaba con todas mis fuerzas.

Logré cerrar el puño, aferrándome a su camisa antes de que su cuerpo se desplomara sobre mí.

La mano me tembló con el peso, la otra todavía empuñaba el cuchillo.

Los ojos de papá se quedaron abiertos, pero yo sabía que ya no estaba vivo.

Su alma ya se había evaporado. Y por fin entendí a qué se refería con eso de que las almas no tienen precio.

Fui recobrando los sentidos uno por uno, como la lluvia cayendo gota a gota. Primero, el oído.

—¿Hay alguien más ahí dentro?

—Un niño.

—¿Vivo?

—Joder… Lo dudo mucho. El camión los embistió a toda velocidad. No sobrevive nadie a un choque así.

Después, el tacto.

Papá estaba frío. Muy frío. Demasiado frío. Yo sabía lo que eso significaba. Un pedazo de su piel se le desprendió del rostro y cayó sobre mi pecho. Si estaba caliente, ni lo sentí. Me puse a temblar, cerrando los ojos con fuerza, conteniendo las arcadas que me subían por la garganta.

Mi estómago seguía tenso.

«Quítate de encima. No quiero sentir tu muerte. No quiero sentir nada».

—Vivo —balbuceé, y oí gente a mi alrededor; gente que gemía, gruñía y gritaba tratando de devolver el coche a su posición vertical—. Estoy vivo.

Pero no me sentía vivo.

—Aguanta, pequeño, por favor —gritó una voz—. Vamos a sacarte de ahí, pero va a tomar algo de tiempo, ¿vale?

—Vale.

Pero no valía. Nada me valía.

Apreté los labios y los escuché hablar.

—Espera… ¿Este no es…?

—Sí, Bo Sun. El mismísimo Bo Sun. —Silencio—. Dios mío…

—¿Pero está…?

—Tendrán que cortarlo en dos para llegar hasta el niño. Está atravesado por el rastrillo, que se ha fundido con el metal del coche.

—Maldita sea. Pobre crío.