Capítulo dosFarrow #3
—Ahora sería un buen momento, ¿no? —Se detuvo a unos veinte centímetros de mí. Tan cerca como para intimidarme, pero tan lejos como para no tocarme—. Te daré algo de ventaja, teniendo en cuenta que eres una presa fácil.
Me subestimaba. Por lo general, me encantaba demostrar que la gente estaba equivocada. Pero con Zach Sun, dudé de mis habilidades. Tanto físicas como intelectuales.
Estiré el cuello y lo miré a los ojos. Con mi metro setenta de altura, los hombres no me amedrentaban demasiado, pero Zach me hacía sentir diminuta.
Tan frágil como el más tierno corazón de quinceañera.
Era delgado, alto y musculoso. De proporciones perfectas cual escultura romana.
Todo en su rostro era divino: el arco de sus cejas abultadas, sus ojos insondables y tan oscuros que no podía ver dónde terminaban las pupilas y dónde empezaba el iris, y esos labios carnosos, de un delineado perfecto, por los que cualquier mujer moriría con tal de hacerlos suyos.
Y todo el conjunto enmarcado en una mandíbula tan cuadrada, entre unos pómulos tan altos, que parecía mitad humano, mitad demonio.
Un coleccionista de arte que era una obra de arte en sí mismo.
—Mira… —Mi espalda chocó contra la puerta.
Instintivamente, agarré el pomo que se clavaba en mi zona lumbar.
El colgante, por detrás de él, parecía guiñarme un ojo.
Mierda . Necesitaba encontrar la manera de volver por él.
Al invitarme a regresar, Zach me había ofrecido un regalo, envuelto en estacas afiladas y relleno de plantas venenosas; pero un regalo al fin y al cabo.
Lástima que no confiara en ninguno de los dos para abrirlo. Levanté una mano—. Puedo explicarlo.
Un paso más y me acorraló por completo. Su cuerpo me aprisionó contra la puerta, sin tocarme, pero lo suficientemente cerca como para que los vellos invisibles de mis brazos se erizaran.
—Lo dudo de corazón.
—Tú no puedes hacer nada de corazón. Tú no tienes de eso.
No tenía claro por qué lo provocaba de ese modo, pero no podía parar ni queriendo.
No con toda esa adrenalina que me empujaba, con toda esa electricidad corriéndome por las venas.
Y, más allá de toda lógica, con casi todas las fibras de mi orgullo enfocadas en cincelarle una cicatriz en medio del rostro.
Él no se inmutó.
—Puede que no tenga corazón, pero mi cerebro compensa, y me dice que debo castigarte por tu…
No me quedé para escuchar cómo terminaba la frase.
Me di la vuelta de golpe, abrí la puerta doble de un tirón, y salí disparada hacia afuera.
A los pocos segundos, ya lo tenía pegado a mis talones.
Sus elegantes zapatos resonaban contra el mármol en largas zancadas.
Corrí hasta el borde de la escalera y salté sobre la barandilla, deslizándome por el pasamanos tan rápido como pude.
Zach chasqueó los dedos.
—Atrapadla.
De repente, aparecieron dos personas y se abrieron paso por la escalera en dirección a mí.
Zach estaba más cerca, pero ni siquiera él era tan rápido y ágil como yo.
«Material olímpico, querido», quise burlarme.
En otra vida, Zach y yo hubiéramos sido amigos.
Jugaríamos al go, haríamos cálculo mental, intercambiaríamos ideas…
Y yo le ganaría. Pero no siempre. Para tenerlo todo el tiempo a tiro.
Al llegar al pie de la escalera, salté del pasamanos y di una vuelta rápida para guiñarle un ojo antes de correr hasta la salida.
El lugar se había vaciado y no quedaba nadie salvo el personal de limpieza y un coordinador de eventos dando vueltas por ahí, que pegaron un grito ante mi abrupta intromisión.
Una fregona salió volando y salpicó de agua jabonosa una pintura que probablemente era un Baselitz original. Ups .
Sin perder un segundo, llegué a la puerta de entrada de la mansión, la abrí de golpe y un aparcacoches que estaba ahí fumando un cigarrillo se llevó un buen susto.
El aire fresco no me refrescó ni un poco el cuerpo.
Subí la velocidad, con los muslos ardientes por el esfuerzo.
Andras hubiera hecho un sacrificio humano con tal de verme entrenar a este nivel.
Mis jadeos ahogaban el coro de grillos. La dulce y pegajosa sudoración del verano se deslizaba por mi espalda. La abertura del vestido se rasgaba más con cada zancada. Estaba aterrada. Pero también más viva de lo que había estado en mucho tiempo.
Agarré una manguera de agua abandonada en el césped y la apunté contra los empleados, rociándolos con ella y haciéndolos caer como fichas de dominó. Una risa ahogada me subió por la garganta. «¿Qué estás haciendo, Fae?». Estaba divirtiéndome, y casi me había olvidado de cómo hacerlo.
Arrojé la manguera a un lado y recuperé velocidad. A esas alturas, había dejado atrás a los empleados y el único que podía seguirme era Zach.
—Yo que tú no lo haría… —De alguna manera, sonaba sereno. Ni agitado ni sorprendido por mi súbito arranque de coraje—. Puedes salir corriendo, pero jamás lograrás escapar. Siempre consigo lo que quiero. Y en este momento, quiero respuestas.
Mis zapatillas se hundían en el suelo blando y arruinaban el césped tan bien cortado. De repente, se encendieron los rociadores; sin duda, a propósito. El agua me roció desde todos los ángulos posibles y empapó el camisón hasta pegarlo contra mi cuerpo. Pero no estaba dispuesta a detenerme.
Una risita socarrona y oscura se me enroscó por la piel mojada como una enredadera.
—Eres el mejor entretenimiento, Pulpi.
—¿Por qué me llamas pulpi ? —grité al aire. No quería mostrar cuánto me sacaba de quicio, pero no pude evitarlo. De todos los apodos del mundo, no podía imaginar uno menos halagador que ese. Ni siquiera si me dedicaba a pensarlo durante diez años.
—Porque eres un pulpo. —Lo dijo con tono natural, como si estuviéramos en una conversación cualquiera.
Como si yo no estuviera corriendo y él no me estuviera persiguiendo—.
Increíblemente lista. Con las manos en todas partes.
Y venenosa. Además, los pulpos hembra arrojan caracolas a los machos que las acosan.
—Si sabes que me estás acosando, deja de hacerlo.
—¿Cómo tienes el viernes? —Logró revisar su teléfono mientras aumentaba la velocidad. Qué tío más raro—. Puedo hacer un hueco para una partida entre las once de la noche y la una de la mañana.
¿La una de la mañana? ¿Para jugar al go?
Solo había una cosa que quería más que darme la vuelta y hacerle un gesto obsceno: salir viva de este encuentro tan bizarro. Así que me tragué el orgullo. La sangre de las piernas me bombeaba tan rápido que estaba a segundos de provocar un incendio por fricción en el camisón de Reggie.
—Pulpi.
No iba a responder a ese estúpido apodo. Ni loca.
—Pulpi, tienes que parar. No me gustaría para nada hacerte un agujero en esa cabecita, que es de las pocas que tiene algo dentro. Pero tú y yo sabemos que soy capaz de ello.
—Es el único agujero que te interesa esta noche, ¿no? —le espeté, levantando la abertura del vestido porque casi me caigo—. Lástima que la población femenina de Potomac aún no se haya dado cuenta…
Me ignoró.
—¿El viernes a las once, entonces?
—La próxima vez que comparta una habitación contigo será la de tu funeral, para asegurarme de que estés bien muerto.
Un silbido abrupto atravesó el aire. El olor a metal me quemó las fosas nasales.
Un cuchillo dorado y elegante aterrizó en la hierba a escasos centímetros de mí.
Mierda. Me lo había lanzado; de verdad me había lanzado un cuchillo .
¿Cómo habíamos llegado a ese punto? Vera siempre decía que con mi boca tan inteligente yo me llevaba el primer premio a la estupidez, pero jamás pensé que podría hacer enfurecer a alguien hasta el punto de que intentase asesinarme.
Pasé al zigzagueo, a sabiendas de que ralentizaría mi paso, pero convencida de que no quería salir de ahí con un segundo agujero en el trasero de regalo.
La risa sombría y oscura de Zach sonó detrás de mí. «Está disfrutándolo». Puto sociópata.
Según la leyenda, Zach Sun no se reía jamás; apenas si esbozaba una sonrisa. Se decía que era un hombre taciturno, duro como la roca, con el corazón lleno de óxido. ¿Acaso era esto lo que podía derrumbar esa fachada?
Iba a vengarme de ese imbécil aunque fuese lo último que hiciera.
En el apuro, una de las zapatillas se me aflojó y quedó clavada en un charco de barro.
No tenía tiempo de mirar atrás ni de parar, así que seguí corriendo con una sola.
El agua me empapó el pie al instante. Cuando llegué al portón de hierro forjado, supe que él pensaba que estaba acorralada.
También sabía que, una vez sobre los barrotes, Zach no sería tan tonto como para apuñalarme.
Sería difícil de demostrar que actuaba en defensa propia si la víctima tenía la herida en la espalda, aun cuando fuera el quinto hombre más rico del planeta Tierra y todo el mundo lo tratara como si su pene estuviera bañado en oro.
«Mira y aprende, imbécil».
Con un movimiento elegante, planté el pie en la barra metálica y escalé la monstruosa reja de casi cuatro metros.
Los rieles no tenían ni un recoveco, pero a mí me quedaba impulso suficiente para pasarles por encima.
Una vez que salté al otro lado, me incliné dando una reverencia bien teatral, y esta vez la remarqué agarrando el dobladillo embarrado del vestido.
Cuando incliné un sombrero invisible hacia él, su mandíbula se puso tensa.
Sentí esa minúscula reacción como un triunfo. Pulpo: 1. Langosta: 0.
Yo estaba toda empapada, parecía un gato callejero, tenía el pelo hecho un desastre y el corazón desbocado, pero nunca iba a darle a Zachary Sun el placer de verme derrotada.
—Hasta la vista, Langosta. Y gracias por el pescado.
—¿Langosta?
—El bocado favorito de los pulpos.
Desaparecí en medio la noche antes de que las puertas pesadas llegaran a abrirse. Sus hombres me persiguieron como sabuesos, con sus linternas atravesando la noche y los carritos de golf zumbándome en los oídos, pero los esquivé, atravesando las hectáreas boscosas que rodeaban la propiedad.
Los pulpos somos muy buenos para camuflarnos.
Cuando volví a casa, reuní la energía suficiente para meterme en la cama.
El barro se había secado en gruesas costras alrededor de mis pantorrillas y tobillos.
Por la mañana me despertaría resfriada por el vestido empapado.
Ahora, sin embargo, todo lo que podía hacer era pasarme cada minuto de la noche hasta la mañana sollozando sobre la almohada.
Por el colgante que no había podido recuperar.
Por los sueños que se alejaban de mi alcance. Por papá.
«La próxima vez, papá, te lo prometo».