Vine por lo que es mío
El viento olía a uvas maduras.
El sol teñía de oro los viñedos que rodeaban las tierras reales. Las vides formaban túneles verdes que parecían interminables, y entre ellos cabalgaban Jungkook y Jimin, riendo, olvidando sus títulos, sus deberes, el palacio y sus murmullos.
Jimin sujetaba las riendas con ambas manos, el cabello agitado por la brisa, la sonrisa amplia, genuina. Jungkook, desde su caballo, lo miraba a cada rato como si no pudiera evitarlo. Como si verlo feliz fuera su pasatiempo favorito.
—¡Jungkook! —rió Jimin, esquivando una rama baja—. ¡Me dijiste que este camino era tranquilo!
—¡Lo es! —respondió el alfa con una carcajada—. Eres tú quien va demasiado rápido.
—¿Yo? ¡Tú me dijiste que corriera!
—Y me alegra que obedecieras.
Cabalgaban casi hombro con hombro, los cascos de los caballos golpeaban la tierra seca, su respiración mezclándose con la del otro. A cada tanto, Jimin estiraba una mano, tocando fugazmente la del alfa. Se acercaron a una apertura en el viñedo, un claro donde el viento movía las hojas de forma circular. Jungkook frenó un poco, permitiendo que sus caballos caminaran más despacio.
—¿Sabes? —dijo Jimin—. Nunca imaginé que los viñedos fueran tan calmantes.
—Está en mi top 5 lugares favoritos —confesó Jungkook, bajando la voz como si revelara un secreto.
—¿Ah sí? Quiero saber tu top...
—Bueno, en quinto lugar es el viñedo, el cuarto podría ser el balcón de mi habitación en el castillo, el tercero el mar, el segundo la sala de trono real y el primero es cualquier lugar en donde tú estés conmigo.
Jimin sintió algo cálido apretarle el pecho.
Iba a decir algo, quizá un “gracias” o quizá algo más valiente, pero el suelo vibró detrás de ellos porque un caballo se acercaba.
Jungkook tensó los hombros antes siquiera de voltear cuando Taehyung apareció desde el extremo del camino, deteniéndose frente a ellos con el rostro serio, una mano levantada como saludo, como alerta.
—Taehyung —dijo Jungkook, frunciendo el ceño—. Hoy no tengo deberes. Estoy en mi día libre.
—Lo sé, alteza... pero se trata de algo que no puede esperar. —Jungkook enderezó la espalda en la silla, el alivio del momento desapareció poco a poco.
—¿De qué? —preguntó con dureza.
Taehyung tragó saliva.
—El príncipe de Arterhya se encuentra en el castillo.
Las manos de Jungkook apretaron las riendas con tanta fuerza que el caballo resopló inquieto.
—Ha hablado con el rey —continuó Taehyung—. Y su presencia es solicitada... y la de Jimin también.
Jimin sintió un escalofrío descenderle por la nuca. El tono de Taehyung no dejaba duda: aquello no era una simple visita diplomática.
—¿Mi padre permitió esa reunión... sin mí? —preguntó, casi sin respirar.
—Sí —respondió Taehyung.
Y ese “sí” encendió la chispa de la furia.
Jungkook espoleó a su caballo con brusquedad. El animal dio un salto hacia adelante, lanzándose por el camino a toda velocidad.
—¡Jungkook! —exclamó Jimin, intentando alcanzarlo.
Pero el alfa apenas giró la cabeza para gritar:
—¡Cuida a Jimin! —ordenó a Taehyung—. ¡Yo me adelanto!
Y desapareció entre las vides.
El silencio quedó suspendido unos segundos, roto solo por la inquietud del caballo de Jimin. Taehyung suspiró.
—Bueno... esto se puso feo.
Jimin lo miró, sintiendo su corazón golpear fuerte.
—Vino a molestar por mi culpa...
Taehyung acomodó su caballo junto al suyo, listo para escoltarlo.
—Ha venido sin sin tropas. Únicamente con un guardia real. Si intenta cualquier movimiento no saldrá vivo del reino.
Jimin no dijo nada más. Solo apretó las riendas y respiró hondo antes de hacer avanzar a su caballo. No podía ir tan rápido como Jungkook, pero aun así trotó decidido, con el corazón golpeándole las costillas. Taehyung cabalgaba a su lado, atento, protegiéndolo justo como se le había ordenado.
El viñedo quedó atrás y el castillo apareció a lo lejos, alto, frío, imponente sabiendo que algo estaba a punto de desatarse en su interior.
Jungkook llegó antes que Jimin. Entró al patio interior del castillo a toda velocidad, tirando de las riendas con tan poca delicadeza que el caballo relinchó, frenando de golpe. Jungkook saltó al suelo sin esperar ayuda, sin controlar la furia que le atravesaba el cuerpo. Su respiración estaba pesada. Sus ojos, oscuros. Su mandíbula, marcada.
No saludó a los guardias.No miró a los sirvientes.
—¿Dónde está? —gruñó.
Nadie se atrevió a fingir que no sabía de qué hablaba.Una doncella alzó la mano, temblorosa.
—S-su alteza real el rey... se encuentra en el s-salón real, alteza.
Jungkook ya no la escuchaba.
Trotó por los pasillos igual que un animal enjaulado que por fin encuentra la puerta abierta. Las puertas se abrían a su paso, empujadas con brusquedad por sus manos o por los guardias que apenas alcanzaban a reaccionar.
—¡Su alteza, el rey pidió que,
—¡Muévete! —escupió Jungkook sin detenerse.
El sonido de sus botas llenó los pasillos. Algunos sirvientes se apartaron con rapidez. Otros se encogieron al ver su expresión. Jungkook estaba fuera de sí, y el castillo entero lo sabía.
Finalmente llegó.
Dos guardias custodiaban las enormes puertas del salón real.
Jungkook no frenó. Empujó las puertas con ambas manos, tan fuerte que el sonido resonó por todo el recinto.
El salón estaba silencioso.
Y allí estaba su padre, sentado en su trono, con rostro neutro... demasiado neutro.
A unos pasos de él, vestido con su capa oscura, elegante; Seojin. El príncipe de Arterhya.
El alfa que había marcado a Jimin.El alfa que lo había repudiado.El alfa que había osado regresar.
Jungkook no se detuvo ni un segundo.No hizo la reverencia.No saludó.
Caminó directo hacia Seojin, igual que un huracán a punto de destruir todo a su paso.
—¿Qué demonios quieres en mi reino? —escupió con veneno, sin siquiera esperar a estar a una distancia adecuada.
Seojin alzó la vista, lento, con una sonrisa tan ligera que parecía ensayada.
—Hola, Jungkook. No sabía que el príncipe de Haneul fuera tan descortés.
Jungkook apretó los puños. Su padre lo llamó una vez, con voz firme:
—Jungkook.
Pero el príncipe heredero no obedeció. Sus ojos estaban clavados en Seojin. Un enemigo, intruso, amenaza.Y peor que todo: Un alfa que no tenía derecho a estar cerca de Jimin nunca más.
—Contesta —repitió Jungkook, esta vez con una voz más baja... más peligrosa—. ¿Qué viniste a buscar?
Seojin sonrió, disfrutando el momento.
—Vine por lo que es mío —respondió, tranquilo.
Y Jungkook sintió... que la sangre se le congelaba y hervía al mismo tiempo.
POR UNOS GOLPES EN LAS BOLAS, A ESO FUE EL MALDITOOOOOO!!!
Hasta aquí el maratón, nos leemos después! 3