Mi Omega Untouchable Lazo
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Lazo

Esa noche, la habitación estaba más silenciosa que nunca. Las cortinas ondeaban con la brisa nocturna, la luna se filtraba por los ventanales, bañando la cama enorme con una luz plateada... y Jungkook, fiel a su palabra, no se separó de Jimin ni un instante.

Ambos se acomodaron bajo las sábanas. Jimin se recostó primero, acomodándose contra las almohadas, y Jungkook se le unió con una timidez que no combinaba para nada con su título de príncipe heredero.

—¿Puedo...? —preguntó, dudoso.

—Ven aquí, mi príncipe. —Jimin sonrió y levantó la sábana invitándolo a entrar.

Jungkook se metió en la cama y, con mucho cuidado, pasó un brazo por encima de Jimin, atrayéndolo contra su pecho.

Jimin encajó el rostro en el hueco entre el cuello y hombro del alfa, aspirando profundamente su aroma. Su corazón se relajó. Sus músculos también. Ahí, en los brazos de Jungkook, el mundo dejaba de pesar.

—¿Alguna vez has dormido con otro omega? —preguntó Jimin, curioso.

—¿Dormir? ¿Así como lo haré contigo? No —respondió Jungkook, muy bajito.

Pasaron varios minutos así, solo respirando juntos, escuchando el latido del otro. Parecía que todo se quedaría en un abrazo tierno e inocente. Pero Jimin estaba curioso, además quería que Jungkook supiera un poco más sobre él

—Y... Es obvio que el príncipe heredero ha estado con omegas antes, ¿cierto?

—Ah... ¿Quieres que responda tu pregunta?

—Sí.

—No me vas a creer, pero... A pesar de que soy un príncipe fuerte, sano y sumanente atractivo no he estado con ningún omega en... intimidad.

—¿No? —preguntó Jimin, enderezándose para verlo mejor.

—Nop. —Sonrió y le acarició la mejilla a Jimin con el pulgar.

—Vaya... —Jimin se puso nervioso, se mordió los labios y bajó la mirada.

—Se que tú si estuviste con otros alfas, no te preocupes —susurró Jungkook.

—No otros. —Jimin alzó la vista—. Solo con... el alfa que me repudió. ¿No te molesta que haya,

—Shh... —Jungkook colocó el dedo encima de los labios de Jimin—. Lo supe desde el día que te encontré. Era más que obvio. Un omega con marca, duh. Solo un tonto creería que eras virgen. Por supuesto que lo supe, y créeme, no me importa. Eso... Eso no define tu valor ni aumenta o disminuye lo que siento por ti. Porque aunque estuviste con otro antes me perteneces.

—Jungkook eres extraordinariamente perfecto —dijo Jimin al mismo tiempo que lo volvía a abrazar.

Así se quedaron un rato. Quietos, abrazándose hasta que un deseo que no presionaba, crecía de a poco, inevitable como el mar subiendo con la marea.

Jimin se movió acariciando con su mano la cintura firme de su alfa. En ese instante el cuerpo del príncipe reaccionó antes que su mente. Sus brazos, que lo abrazaban con delicadeza, lo estrecharon un poco más. Volviendo su respiración un suspiro contra el cuello del omega.

Jimin lo sintió y esa sensación, ese aire caliente en su piel, lo recorrió entero.

—Jungkook... —susurró.

—Mm... ¿sí? —La voz del alfa sonó ronca, tan suave que casi parecía un gemido.

El omega levantó la cabeza. Sus rostros quedaron a unos centímetros. Jimin podía ver las pestañas largas del alfa, la curva de su labio inferior, el leve temblor en su respiración. La habitación estaba oscura... pero Jungkook brillaba. Jimin levantó una mano y la apoyó en su mejilla.

—No tienes que contenerte conmigo —dijo con voz sincera.

La mano de Jungkook subió hasta la cintura de Jimin, y lo acercó sin ninguna duda esta vez.

—No quiero lastimarte —murmuró el alfa.

—No lo harás —respondió Jimin—. Confío en ti.

Esa frase lo destrozó por dentro de la mejor manera posible. Y por supuesto que el beso llegó acompañado de un suspiro.

Suave al principio, tibio, inocente... pero en cuestión de segundos se transformó en algo más profundo. Más desesperado. Más real.

Jungkook rodó ligeramente, dejando a Jimin encima de él. Sus manos se deslizaron por su espalda, subiendo lentamente por debajo de la tela ligera de la ropa de dormir. Jimin soltó un sonido ahogado que vibró en la boca de Jungkook.

—Jimin... —susurró el alfa, con la voz llena de deseo—. No sabes lo que me haces sentir...

El omega bajó y lo besó en la mandíbula, en el cuello,, provocando que Jungkook soltara un gemido bajo, que hizo temblar la cama entera. Las manos del príncipe subían y bajaban por la cintura del omega, dejándole un camino de calor, y Jimin, guiado por instinto más que por pensamiento, rozó su nariz con la del alfa.

—Soy tu prometido, tu omega... —susurró contra sus labios—. Quiero sentirte. Quiero que estemos más cerca.

Jungkook se incorporó un poco, tomando a Jimin por la cintura, pegándolo contra él como si temiera que desapareciera. Sus labios se encontraron otra vez, más hambrientos, más seguros. El beso se volvió profundo, húmedo, lleno de respiraciones entrecortadas y manos que buscaban piel.

La pasión no estalló de golpe, se construyó, escaló. Avanzó con esa paciencia peligrosa que tienen los destinos entrelazados.

Jungkook acarició la espalda desnuda de Jimin.Jimin dejó escapar un gemido suave. Y la noche, la luna, el aire mismo, fueron testigos de cómo la inocencia se deslizaba lentamente hacia algo más intenso, más íntimo, más inevitable.

La pasión no terminó ahí.

Apenas comenzaba...

A partir de esa noche, no hubo una sola en la que no se buscaran, una sola en la que no sintieran el vacío urgente del otro al caer el sol. No importaba cuán agotador hubiera sido el día, cuántas reuniones, entrenamientos o clases hubieran ocupado sus horas: cuando el castillo se sumergía en silencio y la luna ascendía, sus cuerpos encontraban el camino de regreso a sus más íntimas y placenteras emociones.

No lo dijeron en voz alta.No lo discutieron.No lo planearon.

Pero ambos entendieron desde aquella primera vez que algo se había acomodado dentro de ellos. Algo profundo e inevitable.

Lo físico fue solo la puerta porque detrás de ella estaba lo otro: lo emocional... lo verdadero... lo que ninguno de los dos sabía nombrar del todo pero que los desbordaba con la misma intensidad que los abrazos nocturnos.

A veces era Jimin, con su timidez luminosa, se acercaba primero. Se deslizaba bajo el brazo fuerte de Jungkook con un movimiento y apoyaba los labios en el cuello del alfa. Jungkook siempre reaccionaba igual: un temblor, un suspiro que se escapaba como si el cuerpo le confesara algo que él mismo todavía no sabía decir.

A veces era Jungkook, quien al cerrar la puerta del dormitorio, avanzaba hacia Jimin con los ojos irradiando de deseo. Lo atrapaba entre sus brazos, apoyaba la frente contra la suya y murmuraba con una voz baja que siempre hacía que a Jimin le fallaran las rodillas:

—No sabes cuánto te extrañé hoy...

Y era cierto. Se extrañaban incluso cuando habían pasado todo el día juntos.

Las manos se encontraban siempre en la oscuridad, buscándose con cuidado y desespero porque temían perderse. Las respiraciones se aceleraban con solo un roce de dedos. Los besos... comenzaban lentos, cuidadosos, pero terminaban desbordándose, igual que olas rompiendo contra la orilla después de una tormenta.

Jungkook aprendía rápido: cada suspiro, cada límite, cada temblor de Jimin.Jimin, por su parte, renacía en cada contacto del alfa, en sus manos grandes, en su calor, en la forma en que lo miraba haciéndolo sentir lo más preciado del reino entero.

Las sábanas... oh, las sábanas se volvían refugio y testigo, empapadas de calor, de risas, de gemidos, de promesas dichas contra las pieles húmedas.

Cada noche se volvían más atrevidos.Más seguros.Más dependientes del otro.

El omega descubrió cuánta dulzura podía haber en un alfa que había sido criado para ser fuerte y perfecto.El alfa descubrió cuánta fuerza podía tener un omega con un corazón tan inmenso que podía sostenerlo incluso en silencio.

De esa manera, noche tras noche, la tensión acumulada del día se evaporaba entre sus cuerpos.En jadeos que se perdían contra la almohada.En palabras que solo ellos entendían.En risas que nacían entre besos y terminaban mezcladas con sus nombres.

Eran jóvenes.Eran destinados.Eran prometidos.Pero sobre todo...Eran amantes.

Y cada noche reforzaba un lazo que ardía más brillante que cualquier juramento hecho ante el reino. Un lazo sin retorno, un lazo que ninguno de los dos quería, ni podría romper jamás.