El omega del reino
Durante los días que siguieron, la vida en el castillo pareció cambiar de color, pues una luz nueva ingresó en cada pasillo, en cada jardín, en cada rincón. Y esa luz tenía nombre:Park Jimin.
Jungkook y él se volvieron inseparables, aunque nunca de forma sofocante. Se buscaban con naturalidad, con la curiosidad de quienes sienten que hay un hilo invisible llamándolos siempre hacia el otro.
Las mañanas solían encontrarlos en la costa, con los pies hundidos en la arena fría, lanzando cuerdas al mar. Jimin nunca atrapaba nada, ni un solo pez, pero reía cada vez que Jungkook insistía en que “la técnica era perfecta, solo faltaba suerte”. El príncipe, por su parte, lograba atrapar uno que otro pez pequeño, y juntos los llevaban a la cocina para cocinarlos con especias del reino.
Cocinar juntos se volvió en una de sus actividades favoritas. Jungkook picaba lo que Jimin no sabía picar, mezclaba lo que él no alcanzaba a mezclar, probaba lo que el omega dudaba en probar. Reían cuando algo salía mal, reían más cuando salía bien, y cada plato compartido parecía reforzar algo silencioso entre ellos.
Las tardes estaban llenas de actividades que Jungkook se empeñaba en mostrarle, porque anhelaba abrirle todas las puertas del mundo.
Cabalgaban por los campos traseros del castillo, el príncipe montando con la soltura de alguien que nació sobre una silla de doma, y Jimin... bueno, Jimin cayéndose solo una vez, lo cual ya era un logro. Jungkook lo ayudaba a levantarse con paciencia y orgullo, y el omega volvía a intentarlo cada vez, más aferrado en mejorar.
Jugaban a distintos deportes con los soldados; a la lanza corta, al arco ligero, a la carrera de obstáculos. Jimin nunca ganaba, pero demostraba una tenacidad tan brillante que, para el grupo, verlo intentarlo era más entretenido que ganar.
En los ratos libres, Seokjin lo tomaba del brazo con la autoridad delicada de un rey consorte y lo llevaba a los salones de té. Allí le enseñaba cómo sostener la taza, cómo distinguir los aromas, cómo conversar sin revelar demasiado y cómo leer los silencios de la nobleza. Pero, más allá de las enseñanzas, Seokjin simplemente disfrutaba su compañía. A veces Jimin contaba historias pequeñas de su vida, y Seokjin reía con un sonido tan melodioso que las hojas de las plantas del salón parecían vibrar.
La servidumbre del castillo, al principio tímida y cautelosa ante el recién llegado, empezó a verlo distinto. Jimin recordaba los nombres. Agradecía cada gesto. Ayudaba cuando no debía ayudar. Sonreía con sinceridad.
Una beta del comedor comentó un día que el omega siempre dejaba la bandeja ordenada. Un joven aprendiz de cocina mencionó que Jimin le había ayudado a levantar un costal que se había caído. La encargada de las habitaciones dijo que el omega recogía sus cosas para no darles más trabajo.
Y las palabras comenzaron a correr por los pasillos, un rumor que crecía sin resistencia:
—Nuestro príncipe alfa encontró a un omega con un corazón tan puro como el de él.
Poco a poco, Jimin dejó de ser “el omega extranjero traído del reino vecino” y empezó a convertirse en “nuestro Jimin”.
La gente lo saludaba con sonrisas. Los guardias inclinaban la cabeza. Las betas jóvenes murmuraban que era dulce. Los ancianos del castillo lo miraban con ojos tiernos, como si vieran a un nieto.
Y Jungkook... Jungkook lo observaba sin poder creer la suerte que había tenido al encontrarlo.
Así, entre risas, aprendizajes, pequeñas torpezas y momentos que se quedaban suspendidos bajo la luz del sol o de la luna, el castillo entero empezó a comprender algo:
No había sido coincidencia.No había sido casualidad.El príncipe había encontrado a su omega.Y el reino entero lo había encontrado también.