Mi Omega Untouchable La promesa
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La promesa

Jungkook rodeó la cintura de Jimin con las manos después del beso y lo levantó sin esfuerzo alguno. Jimin soltó un gritito sorprendido. El príncipe lo cargó contra su pecho, girando.

—Ba,ba, bájame —dijo Jimin conteniendo las risas—. ¡Nos van a ver!

—Que miren —respondió él, riéndose, caminando hacia la salida del mirador—. Que vean lo feliz que estoy.

Descendieron por la pequeña rampa de madera que llevaba hacia la arena. El aroma salado del mar se volvió más intenso y la brisa nocturna les revolvió el cabello. Jungkook caminó hasta que la arena húmeda tocó sus botas y solo entonces, con toda la suavidad que su fuerza permitía, dejó a Jimin de pie.

Luego se arrodilló frente a él.

Jimin se quedó inmóvil, sorprendido por la intimidad del gesto: Jungkook, el príncipe de Haneul, allí abajo, con las rodillas enterrándose en la arena, mirándolo como si fuera algo sagrado.

—Dame tu pie —murmuró Jungkook.

Jimin lo hizo, casi sin pensar.

Jungkook comenzó a quitarle los zapatos, desabrochando los pequeños botones de las sandalias que Jimin había elegido para esa noche. Sus dedos rozaban la piel de sus tobillos, cálidos pese a la brisa fresca. Cuando terminó, dejó los zapatos a un lado y alzó la mirada.

—Te ves hermoso desde acá abajo —susurró.

Antes de que Jimin pudiera responder algo coherente, Jungkook se enderezó, se quitó los suyos también, primero uno, luego el otro, dejándolos cerca de los de Jimin, emparejados, pareciera que incluso sus zapatos quisieran estar juntos.

Después le extendió la mano.

—Ven.

Jimin la tomó. Jungkook entrelazó sus dedos con firmeza y juntos corrieron hacia la orilla del mar, la arena suave cedió bajo sus pasos. El agua los recibió en un golpe frío, que les subió por los tobillos. Jimin soltó un chillido agudo, salpicando agua con el pie.

—¡Está helada! —rió.

Jungkook le respondió salpicándole de vuelta, lanzando una ola improvisada que empapó el pantalón de Jimin hasta las rodillas.

—¡Príncipe! —protestó Jimin, empapado y riéndose al mismo tiempo.

—¿Qué? —sonrió Jungkook inocentemente—. ¿Nunca habías tocado el mar?

Lo empapó otra vez, más fuerte.

Jimin, incapaz de contenerse, empezó a reír de verdad. Rió con fuerza, con esa risa que le sacudía los hombros, que le hacía entrecerrar los ojos y mostrar cada uno de sus hoyuelos. Rió como si la noche hubiera sido creada solo para él. Y Jungkook lo miró con una devoción imposible de ocultar.

—Tienes una risa maravillosa —dijo el príncipe, con la voz baja, ronca, sincera.

Jimin se quedó quieto, con el agua rozándole los tobillos y la luna recortándole el perfil. Bajó la mirada un segundo, esa frase le había tocado un lugar demasiado sensible del pecho.

—Tú... tú haces que me salga así —respondió, tímido.

Jungkook se acercó un paso, hasta que las olas los rozaron a ambos.Extendió las manos y tomó la cara de Jimin, empapada y tibia a pesar del agua fría. Podía sentir que el corazón del otro latía rápido, irracional, igual que el suyo.

—Entonces déjame escucharte reír siempre —susurró Jungkook.

Jimin lo miró, respiró hondo y sonrió de nuevo, pequeño, dulce, desarmante.

La luna los bañaba, el mar los rodeaba, por un instante parecía que el mundo entero se hubiera detenido para verlos reír y para ver el amor que estaba surgiendo entre ellos.

El camino de regreso al castillo fue una colección de risas bajas, ropa chorreando y pasos que hacían splash sobre la piedra húmeda del sendero. Cada tanto, Jungkook extendía la mano hacia Jimin para apartarle mechones mojados del rostro, y Jimin, que temblaba un poco por el frío, se pegaba más a su brazo sin decir nada.

Cuando las puertas enormes del castillo se abrieron, la música del salón principal los envolvió de inmediato.El festejo por su compromiso seguía vivo, vibrante, lleno de nobleza y cortesanos bailando bajo las lámparas de cristal.

Jungkook y Jimin entraron al salón... empapados.

Las conversaciones se frenaron de golpe. Cientos de ojos se giraron hacia ellos. El agua caía en un hilo continuo desde sus ropas hasta el suelo, formando un charco que crecía bajo sus pies. Jimin sintió la cara calentarse; quería hundirse en el piso. Jungkook, en cambio, sonrió.

—¿Sus Altezas... están... mojados? —cuestionó el capitán a cargo de las fuerzas especiales.

Jungkook levantó el mentón con descaro, manteniendo a Jimin de la cintura.

—Mi prometido y yo fuimos a darnos un chapuzón —anunció con voz orgullosa y sin pizca de vergüenza.

Hubo un silencio de dos segundos.

Y después, el salón entero estalló en risas.

No risas burlescas, sino cálidas, celebratorias. Varios invitados aplaudieron incluso, algunos con copa en mano. Un lord mayor comentó divertido:

—¡Eso sí que es amor de juventud!

Jimin se tapó la cara un segundo, pero Jungkook le quitó la mano con suavidad.

—No te escondas —le susurró—. Te ves hermoso así.

Jimin, rojo hasta las orejas, se dejó guiar mientras Jungkook se dirigía al centro del salón. Saludó con la mano, como si acabara de regresar de un viaje glorioso.

—Iremos a secarnos —continuó Jungkook, proyectando su voz para que todos escucharan—. Por favor, continúen con la celebración. ¡No detengan la música por nosotros!

Los músicos retomaron la melodía con más fuerza. Un par de invitados les hicieron señas con sonrisas cómplices. Seokjin levantó su copa desde su mesa privada, ocultando una risa elegante detrás del borde de cristal.

Jungkook tomó la mano de Jimin y lo apretó, inclinándose hacia él mientras se dirigían hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones.

—Te prometo que no me arrepiento de nada —susurró cerca de su oído—. Ni de mojarme, ni de que nos vieran así, ni de que ahora todo el reino sepa que estoy perdidamente enamorado de ti.

Jimin tragó saliva, todavía con el corazón acelerado.

—E-enamorado... Es muy pronto para estar enamorados, príncipe.

—Es pronto para amarnos, no para enamorarnos. —Sonrió—. Me flechaste el corazón, eso es estar enamorado.

—Vamos, mi príncipe —dijo, Jimin—. Antes de que empiece a gotear sobre la alfombra roja y nos culpen de arruinarla.

Chorreando agua, felices y con el compromiso brillando entre sus pasos, se internaron en el pasillo hacia sus habitaciones.

Jungkook lo llevó hasta sus aposentos, ambos aún goteando, y cerró la puerta. La habitación estaba cálida; alguien había encendido el fuego antes de su llegada. El contraste entre el frío del mar y el calor del cuarto les arrancó un suspiro al mismo tiempo.

Jungkook soltó una risita.

—Ve a ducharte primero, Jimin. —Le pasó una toalla a las manos—. Quiero que entres en calor antes de que te enfermes.

Jimin caminó hacia el baño, dejando un rastro de gotas en el suelo. Se detuvo frente al espejo mientras se iba quitando la ropa húmeda, una prenda a la vez. Después la chaqueta formal, empapada. Luego los pantalones.Cuando estuvo solo con su ropa interior, levantó la mirada.

Y ahí estaban.

Moretones suaves en las caderas, recuerdos de dedos que lo habían sostenido con fuerza. Marcas pequeñas en el abdomen de los golpes que le dieron los soldados bajo el mandato de Seojin. Y más arriba... la más visible. La más viva: La marca en su cuello.

La piel alrededor estaba un poco rosada, aún sensible y brillante bajo la luz del baño. Jimin levantó la mano temblorosa, tocándola con las yemas de los dedos. El contacto le provocó un escalofrío dulce que recorrió su columna.

Se acercó más al espejo. Su reflejo estaba sonrojado, el cabello mojado le caía sobre los ojos. Se vio frágil y fuerte a la vez. Cambiado, reclamado, protegido.

Jimin rozó la marca con más firmeza esta vez, y sin poder contener la sonrisa que se extendió lentamente, murmuró en voz baja... casi en un suspiro.

—Mi destinado...

Sus ojos brillaron.

—Mío...

Sus dedos temblaron sobre la piel marcada.

—Mi príncipe...

Su corazón latió dolorosamente dulce.

—Mi alfa.

Jimin dejó caer la mano y dio un paso hacia la ducha, sintiendo que algo nuevo y cálido florecía dentro de él. Algo que ya no podía negar, aunque aún lo asustara.

El agua caliente cayó sobre su cuerpo, arrastrando el frío del mar... pero dejando intacta la marca que lo unía a Jungkook.

Cuando terminó de ducharse, se colocó un camisón suave, blanco y ligero, y salió del baño con el cabello húmedo.

La habitación estaba iluminada solo por la luz azulada de la luna entrando por los ventanales... y Jungkook estaba allí. De pie frente a la ventana, con el cabello aún húmedo por un baño reciente, vestido con una camisa oscura simple y suelta, limpia, oliendo a jabón y algo que era puramente él.

El príncipe giró al oír la puerta.

—Te ves... —Y se detuvo, tragando, casi sonriendo—. Te ves hermoso, Jimin.

El rubor subió rápido a las mejillas del omega.

—Solo me cambié —murmuró—. Y ni siquiera es ropa de gala, es ropa para dormir...

—Eso basta —respondió Jungkook, acercándose despacio.

Se detuvo frente a él, sin tocarlo todavía, solo inclinándose un poco para mirarlo mejor.

—¿Te sientes mejor? —preguntó con voz suave.

—Mucho mejor —respondió Jimin.

—Bien —susurró—. Entonces ven. Quiero mostrarte algo.

Jimin lo miró, curioso.

—¿Mostrarme... qué?

El príncipe extendió su mano hacia él, abierta, esperando.

—Veamos la luna juntos.

Jimin tomó su mano. Jungkook entrelazó sus dedos con los suyos y tiró suavemente, guiándolo hacia los ventanales que daban al balcón privado.

Abrió la puerta y una brisa marina, fresca y suave, llenó la habitación.

La luna colgaba, tan brillante que parecía un faro.

—Es la tradición de mi familia —dijo Jungkoook con voz baja—. La noche del compromiso, el heredero y su prometido ven la luna juntos. Es... una forma de pedirle a los ancestros que protejan el vínculo.

Jimin sintió el corazón golpearle fuerte.

—¿De verdad... quieres verla conmigo?

Jungkook lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—Claro que sí.

Después, con un gesto, lo acercó hasta quedar hombro con hombro. Ninguno habló durante unos segundos. Hasta que Jungkook murmuró:

—Gracias por estar aquí... conmigo.

Jimin bajó la mirada, tímido.

—Gracias por... elegirme.

Jungkook apretó un poco su mano.

—No fue una elección —susurró, mirándolo intensamente—. Fue destino.

Jimin se quedó sin aire.

—¿Puedo preguntarte algo? —preguntó Jungkook sin apartar la vista de la luna.

—Claro —respondió Jimin, acomodándose un poco más cerca.

—¿Qué te gusta hacer? —Sonrió con un toque de timidez inusual en un príncipe heredero—. Más allá de sobrevivir, más allá de todo lo que tuviste que enfrentar... ¿qué te gusta de verdad?

Jimin parpadeó, sorprendido por la pregunta. Nadie solía preguntarle eso.

—Yo... —murmuró, respirando hondo—. Me gusta cocinar. Cuando hay ingredientes, claro —rio—. Me gusta hacer pasteles de arroz, sopas... cosas que hagan sentir calidez.

—¿Cocinar? —Jungkook sonrió, genuino—. Me encantaría probar algo hecho por ti.

Jimin lo miró por un segundo, sin poder creer que alguien como él, un príncipe, dijera eso con tanta naturalidad.

—Si quiere... —Jimin se corrigió—. Si quieres... puedo cocinarte algo un día.

—Quiero —aseguró Jungkook, y su voz no dejó lugar a dudas—. Hazlo, cocina para mí.

Jimin bajó la vista, sintiendo un calor agradable en el pecho. Luego añadió, más animado:

—También me gusta... cabalgar. Pero no soy muy bueno. Una vez me caí porque el caballo estornudó.

Jungkook soltó una carcajada tan espontánea que el omega tuvo que reír también.

—¿Un estornudo te tiró? —El príncipe se inclinó un poco hacia él, divertido—. Eso es una tragedia.

—No te rías... ¡fue serio!

—Lo estoy intentando —mintió Jungkook, aún sonriendo—. Cuando quieras, puedo enseñarte. Tengo un caballo con un temperamento muy tranquilo. Se llama Bora.

—Sería extraordinario aprender a cabalgar contigo. —Hubo otro silencio, uno suave, uno que daba espacio para pensar—. ¿Y a ti qué te gusta hacer? —preguntó Jimin, animado por la cercanía.

—¿A mí? —Jungkook inclinó la cabeza, pensándolo—. Cabalgar también. Y entrenar. Mi padre dice que si no hubiese nacido príncipe sería un soldado más.

—¿Y te gustaría ser soldado?

—Me gustaría ser libre de los obligaciones reales —respondió con sinceridad inesperada—. Pero si tengo que escoger una vida... —Lo miró de reojo, con una sonrisa suave— escogería una donde pueda pescar tranquilo.

—¿Pescar? —preguntó Jimin, sorprendido.

—Sí. Mi padre me enseñó cuando era niño. Íbamos al acantilado, y arrojábamos la cuerda desde arriba. Nunca pescábamos nada, pero nos reíamos como si fuéramos los mejores pescadores del reino. Por eso cuando te encontré estaba pescando, era mi día libre.

Jimin sonrió.

—Me gustaría... aprender también.

—¿Pescar?

—Sí. Aunque probablemente termine cayendo al agua —se burló de sí mismo.

—Si caes —Jungkook acercó su mano y, sin pensarlo demasiado, rozó los dedos de Jimin—, yo saltaré contigo.

El omega sintió la respiración detenerse.

—¿Por qué harías eso...? —preguntó en un murmullo.

—Porque eres mi prometido —respondió Jungkook despacio, como si cada palabra se clavara en la noche—. Y porque... no quiero dejarte solo, ni siquiera en cosas pequeñas.

Jimin tragó, despacio. Después asintió con la cabeza a medida que jugaba con los dedos de Jungkook.

—Me alegra ser tu prometido... Me siento muy afortunado de estar contigo. Prometo hacerte feliz. Pero alteza, ¿puedo pedirle algo?

—Deja la formalidad... —Jungkook rodó los ojos.

—Es que lo que voy a pedir es muy en serio.

—¿Y qué vas a pedir? Lo haré posible, no importa lo que sea.

Jimin suspiró, después giró el rostro, alzando un poco la mirada para hacer contacto visual con Jungkook.

—Sí un día se cansa de mí, o si un día hago algo que no le agrade... —Jimin tragó saliva—. No me eche del castillo con violencia, yo.. Me alejaré sin protestar.

Eso desarmó a Jungkook, quien observó a Jimin enternecidamente. Después tomo al omega de la barbilla con la punta de los dedos.

—No te echaría del castillo, aunque hicieras algo que no me agrade... Pero Jimin, te prometo que nunca más volverás a sentir dolor físico ni maltratos. Quien se atreva a tocarte; morirá. ¿Entiendes eso, mi dulce omega?

Los ojos de Jimin se invadieron de lágrimas que no brotaron, eran lágrimas de dicha, de felicidad, lágrimas que le decían “Estamos en el lugar correcto.”

—Entiendo, mi alfa —susurró para después hundir el rostro en el pecho de Jungkook.