Mi Omega Untouchable Beso
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Beso

Bailaron toda la noche.

Bajo el resplandor de las lámparas flotantes, Jungkook tomó a Jimin con una seguridad natural, guiándolo por el salón con tal facilidad que hasta pareciera que estuvieron esperando durante toda su vida para ese momento. Los nobles observaban con algo de desconcierto y fascinación: el príncipe heredero bailaba con su omega elegido y el resto del mundo no existía para él. Podían notarlo por su mirada, por cada movimiento de su cuerpo.

Jimin sentía que flotaba. La música, el calor de la mano de Jungkook en su cintura, el orgullo en su rostro... era demasiado. Demasiado hermoso.

Brindaron también, con copas finas alzadas por ministros, generales, embajadores. Algunos sonreían por compromiso, otros por intriga, otros porque, a pesar de todo, ver al príncipe así... tan visiblemente feliz... era imposible de no celebrar.

La cena fue un desfile de sabores; platos imperiales de carnes especiadas, frutas azules de las montañas, pétalos cristalizados. Jimin probó por primera vez el pastel de pétalos de luna, un postre reservado para celebraciones reales de Haneul. Jungkook le limpió un poco de azúcar del labio con el pulgar, y Taehyung, que vigilaba detrás, casi se atragantó del pudor.

El tiempo pasó entre risas, música, miradas profundas y silencios que decían más que cualquier discurso. Jimin se sintió visto, protegido. Bienvenido.

Hasta que, después de varias horas, una voz grave habló detrás de Jungkook.

—Hijo, acompáñame un momento —dijo el rey Namjoon.

Jungkook se inclinó hacia Jimin, rozando su mano.

—Regreso enseguida —prometió en un susurro cálido.

Jimin asintió, aunque sintió que el salón de pronto se expandía y se volvía más desconocido sin el príncipe a su lado. Jungkook se alejó entre nobles que se inclinaban al paso del heredero.

Y Jimin quedó solo en la mesa principal.

En ese instante algunas miradas regresaron, curiosas, evaluadoras, otras tratando de descifrar si debían agradarle o temerle, ahora que era el prometido del príncipe. Nadie se acercó. Nadie se atrevió.

Hasta que una figura se deslizó junto a él con la gracia silenciosa de alguien que no pide permiso para existir.

Seokjin.

El rey, vestido con un traje blanco que parecía reflejar la luz misma, tomó asiento a su lado sin siquiera mirar si era apropiado. Sus movimientos fueron suaves, protectores.

—Espero que no te importe que me siente aquí —dijo con una sonrisa cálida y traviesa—. Necesitaba escapar de las conversaciones aburridas y... sinceramente, Jungkook te dejó demasiado solo.

Jimin parpadeó, sorprendido.

—No... no me molesta, majestad. Es un honor.

Seokjin lo miró de manera distinta a todos los demás. Sin juicio. Sin cálculo. Sin frialdad.

—Vaya noche, ¿eh? —dijo, acomodándose con elegancia—. Y tú... —Lo estudió con atención, había una ternura casi maternal en su expresión— estás brillando más que todas las lámparas del salón.

Jimin sintió la garganta cerrarse cuando el rey apoyó una mano suave sobre la suya.

—Quería venir a decirte algo, lejos de tanto ruido —añadió en voz baja—. Algo importante.

Jimin lo miró con el pecho apretado, esperando. Seokjin sonrió... mirándolo a los ojos. Eran tan azules como los de Jungkook, muy parecidos.

—Bienvenido a la familia, Jimin.

Jimin bajó la mirada un segundo, no por timidez, es que esas palabras tenían un peso que no esperaba. Una calidez que casi dolía. Seokjin entrelazó los dedos sobre la mesa, elegante, paciente.

—Sé en qué condiciones fuiste encontrado —comenzó—. Y sé que todo esto... —Hizo un gesto que abarcaba el salón, los nobles, la música, el brillo de la noche—. Ha sido abrumadoramente rápido para ti. El compromiso, la marca, el cambio de vida.

Jimin contuvo el aliento. No esperaba tanta claridad, tanta honestidad.

—Majestad... —murmuró él.

—Reconozco que a todos nos ha tomado por sorpresa —continuó Seokjin, sin dureza alguna—. Pero hay algo que aprendí hace muchos años, cuando era un omega joven en un mundo que no siempre me trató bien. —Sus ojos viajaron por el salón, recordando otro tiempo—. Cuando el lobo de un alfa le pide proteger a un omega... —Volvió a mirarlo—. Queda claro que ese omega es su destinado.

El corazón de Jimin se apretó, como si hubiera escuchado un secreto prohibido.

—¿Cree usted... que yo soy el destinado del príncipe? —preguntó con un hilo de voz, tembloroso, no de miedo, de una esperanza que no se atrevía a sostener.

Seokjin inclinó la cabeza hacia él con los labios curvados en una sonrisa pequeña pero luminosa.

—No lo creo, Jimin —dijo con una seguridad tan absoluta que borró cualquier duda del aire—. Estoy seguro.

Jimin sintió un calor recorrerle el pecho, un calor tan profundo que se quedó sin palabras. Quiso decir algo, agradecer, negar, llorar... pero nada salió.

Seokjin rió suavemente ante su expresión, con esa risa tierna que solo un omega mayor, y un rey que fue amado intensamente, podía tener.

—Cuando Namjoon me marcó —confesó con voz baja—, su lobo también rugió por mí antes de que él mismo entendiera lo que sentía. Los alfas... suelen ser muy lentos con sus emociones. —Rodó los ojos con cariño— pero sus lobos no. Ellos reconocen a su pareja destinada mucho antes que su mente.

Jimin abrió los labios, sorprendido.

—¿Entonces... el príncipe...?

—Jungkook te reconoció desde el primer instante —aseguró Seokjin—. Por eso te protegió. Y por eso su marca te tomó tan bien, tan rápido. No es casualidad, Jimin. Es destino.

»Y no estás solo en esto —añadió Seokjin, acercándose más—. Yo estaré aquí para ti. Siempre. Los destinados deben aprender juntos, pero... —Su sonrisa se volvió cómplice— un poco de guía nunca hace daño.

Jimin soltó un suspiro involuntario. Seokjin tomó una copa del centro de la mesa, la llenó de vino de luna y se la extendió.

—Brindemos, Jimin —dijo con ternura real—. Por el destino que te trajo hasta aquí... y por el futuro que apenas comienza.

Jimin tomó la copa con manos temblorosas y Seokjin la alzó suavemente. Las lámparas brillaron como si el palacio mismo escuchara.

—Por tu nueva vida —susurró el rey.

Las copas tintinearon, sellando algo más profundo que un brindis. Sellando el nacimiento de un lazo... y el reconocimiento silencioso de un destino compartido.

—Gracias por aceptarme, majestad.

—Eres el omega de mi hijo, llevas su marca, y llevas su anillo. —Seokjin suspiró—. Tal vez todavía no sientes que es tu destinado porque tus emociones están al borde del colapso por tanto que has pasado, pero dale tiempo al tiempo.

»Tu cuerpo no habría soportado la marca de un alfa que no fuera tu destinado, no en el estado que estabas. Yoongi, el médico real me contó todo. Además, mi hijo es noble de corazón pero... —Seokjin sonrió—. Ha tenido la oportunidad de marcar otros omegas antes y se negó.

—¿Otros omegas?

—Sí. Los que estudiaban para estar en el lugar que tienes.

—¿Estudian para casarse con el príncipe?

—Así es. Pero Jungkook no encontró entre los estudiantes un omega que le gustara lo suficiente y los compromisos se posponían. Seguramente están dando el grito en el cielo al saber que un lindo omega extranjero y sin estudios está celebrando su compromiso soñado.

—Eso me parece injusto para ellos... —murmuró Jimin.

—¿Justo? Con el tiempo aprenderás que la realeza crea su propia justicia. ¿Y te cuento un secreto?

—¿Cuál, majestad?

—Tú ya formas parte de la realeza.

Jimin no tuvo tiempo de asimilar la última frase de Seokjin ”tú ya formas parte de la realeza”porque una sombra alta se acercó por detrás. Jungkook regresaba.

El príncipe tenía el ceño ligeramente fruncido, como si trajera un pensamiento afilado entre los dientes, pero cuando sus ojos encontraron a Jimin, todo ese filo se suavizó. Hizo una leve reverencia a Seokjin.

—Padre.

—Hijo —respondió Seokjin con una sonrisa radiante—. Te lo devuelvo sano, entero... y un poquito menos nervioso que antes.

Jungkook arqueó una ceja.

—¿Qué le dijiste?

—Solo la verdad —contestó Seokjin, guiñando un ojo—. Ahora déjenme regresar a mis deberes de rey e ir a saludar a los nobles antes de que Namjoon piense que estoy huyendo.

Seokjin se levantó con la elegancia de quien nació destinado a ser amado y respetado, dejó una palmada afectuosa en el hombro de Jimin y se retiró con pasos ligeros. Jungkook se inclino hacia Jimin.

—Ven conmigo un momento.

Jimin apenas tuvo tiempo de ponerse de pie antes de que Jungkook enlazara su mano. El príncipe no dijo nada más mientras lo guiaba fuera del salón, atravesando un corredor de columnas iluminadas por brasas azules.

Las puertas del castillo se abrieron ante ellos. Afuera, el camino de piedra descendía ” hasta unos jardines amplios donde la luz de la luna cubría el suelo de manera armoniosa. Jungkook caminó a su lado, silencioso. Jimin sentía su pulso a través de la mano que no lo soltaba.

Bajaron por un sendero iluminado por pequeñas luciérnagas encantadas que flotaban entre los arbustos. A lo lejos, el sonido profundo y rítmico del océano empezó a escucharse. Jimin abrió los ojos, sorprendido, cuando el camino terminó en un mirador de mármol blanco, abierto al paisaje.

Ahí estaba el mar.

Oscuro, inmenso. Un espejo negro donde la luna se rompía en mil fragmentos plateados. Jungkook se paró en el borde del mirador, aún sosteniendo su mano y respiró hondo.

—Jimin... mi padre me ha dicho algo.

—¿Qué cosa? —El omega giró el rostro hacia él.

Jungkook se tomó un segundo. Uno largo. Uno que decía que las palabras que venían no eran sencillas.

—Lee Seojin —empezó, con voz baja y seria— se ha enterado de mi compromiso.

Jimin se tensó. El nombre era una puñalada de su pasado.

—Y sabe —continuó Jungkook— que el omega con el que me caso eres tú.

El viento sopló más fuerte, pareciera que incluso el océano quisiera huir de esas palabras. Jimin sintió que el miedo, ese miedo antiguo que creía muerto, intentaba resucitar dentro de él.

—¿C... cómo lo supo? —preguntó en un hilo de voz.

—El compromiso de un príncipe es un acontecimiento importante —Jungkook apretó su mano—. Y no dudó en contactar a la corte apenas se enteró de que me presentaría esta noche con pareja oficial. Cómo es de costumbre, se lee dijo tu nombre, no solo a él; también a distintos príncipes y reyes.

Jimin tragó saliva.

—¿Y... qué dijo? —Su voz tembló.

Jungkook se volvió hacia él con una expresión fieramente protectora.

—Le dijo a mi padre que eres un asesino, que mataste a su cachorro.

Jimin se quedó inmóvil.

Jungkook avanzó un paso, colocándose frente a él, con ambas manos ahora sosteniéndolo por los brazos, firme pero sin lastimarlo.

—Pero escucha bien esto, Jimin —su tono era grave, decidido, definitivo—. Mi padre lo ha mandado a comer piedras. Eres mi omega, y eres intocable. Ni siquiera Lee Seojin con todo su ejército podría acercarse a molestar. Mi reino es mucho más grande y rico.

El viento agitó la capa del príncipe, y la luna dibujó un círculo de luz alrededor de ambos.

—Eres mío —continuó Jungkook—. Y este reino te protegerá.

Jimin levantó lentamente la mirada hacia él, con miedo...

—Tengo miedo —admitió—. Pero si tú estás conmigo... Entonces me sentiré seguro.

Jungkook apoyó su frente contra la suya.

—Estaré contigo siempre, yo... Nunca hago promesas que no puedo cumplir.

Jimin cerró los ojos un segundo, inhalando el olor a mar... y a Jungkook.

—Eres todo un príncipe de cuentos de hadas...

El mar chocó suavemente contra las rocas, como si marcara el pulso de esa promesa.

—Jimin, te prometo que si él vuelve a tocarte —añadió Jungkook, bajando la voz— no habrá océano ni reino que pueda salvarlo de mí.

Jimin abrió los ojos.

—De alguna manera... me alegra que Lee Seojin me repudiara, me alegra estar a punto de la muerte.

—¿Por qué?

—Porque de esa manera pude encontrarte.

Jimin estiró la mano hacia la barbilla de Jungkook, tomando su mentón con delicadeza, mirándolo a los ojos.

—Me hubiera gustado encontrarte en otras condiciones, se que de igual manera te habría marcado y hecho mío —dijo Jungkook.

—Tu padre dijo que somos destinados, ¿tú crees eso?

—No lo sé, tendríamos que descubrirlo...

—Yo... —Jimin se puso de puntitas—. Quiero creerlo.

Y lo besó.

Jimin pegó sus labios en contra de los de Jungkook con delicadeza. El príncipe lo apretó por la cintura con una mano mientras que con la otra lo tomaba de la mejilla. Ambos labios se sincronizaron de manera dulce, tierna y prometedora.

El primer beso de un alfa y un omega que se acababan de comprometer.

Actu dobleeeee 3