Primer Baile
Las betas del servicio trabajaban en completo silencio, moviéndose alrededor de Jimin, simulando ser un pequeño ejército de dedos delicados y ojos expertos. Una ajustaba la solapa, otra corregía la caída de la tela, una tercera acomodaba el broche que llevaba el emblema real. Jimin apenas podía verse en el espejo sin que el corazón le latiera en la garganta. Nunca había usado algo así.
El traje era azul profundo, casi negro, bordado con hilos plateados que parecían brillar por sí mismos. El diseño era sobrio pero majestuoso; un corte perfecto que realzaba su figura delgada, la línea elegante de su cuello, la suavidad de sus manos.
Nada en él recordaba al omega derrotado que había sido exiliado de Aerthya.
Nada.
Porque incluso le pusieron maquillaje en sus mejillas para cubrir los pequeños moretes que todavía tenía, le maquillaron los dedos y las heridas de los brazos no se veían porque era de manga larga aquel traje.
Una de las mujeres betas sonrió con discreción mientras ajustaba el cinturón.
—Se ve precioso, señor Jimin —dijo con timidez.
Jimin se sonrojó hasta las orejas.
—No... no creo...
—Créame —respondió otra, acomodándole el cabello—. Muchos en este palacio matarían por un traje así. Y a usted le queda mejor que a cualquiera.
Jimin abrió la boca para protestar, pero la puerta se abrió y todas las betas se pusieron rígidas al instante.
Jungkook entró.
Vestía su propio traje, negro con detalles en rojo profundo, el color del heredero. El cuello alto realzaba su mandíbula, y la capa ligera que caía a un costado lo hacía parecer... peligroso. Regio. Alfa.
Pero todo eso desapareció un segundo después porque Jungkook dejó de caminar y dejó de respirar. Y dejó de existir cualquier otra cosa en el mundo que no fuera Jimin.
—Madre... —susurró sin poder contenerlo.
Las betas se apartaron con una reverencia, dejándolos solos en el centro de la habitación. Jimin apretó sus manos, nervioso, inseguro.
—¿Está... está mal? —logró preguntar, temblando un poco en la voz—. Si no le gusta puedo cambiarlo...
—Jimin.
Solo dijo su nombre.
Caminó hacia él despacio, temiendo que el omega fuera a desaparecer si se acercaba demasiado rápido. Cuando estuvo frente a él, alzó una mano, rozando la tela del hombro.
—Eres... hermoso —dijo Jungkook, dejando caer cada palabra con sumo cuidado—. No sabía que el palacio tuviera algo tan perfecto guardado en algún rincón.
Jimin parpadeó, confundido.
—No soy perfecto...
—Para mí lo eres —respondió Jungkook, sincero hasta los huesos.
Y era verdad. Jimin podía verlo en sus ojos.
Podía ver cómo se dilataban, cómo su respiración se hacía un poco más profunda, y sentir que la marca en su cuello, la marca que él había dejado, palpitaba con un brillo cálido.
Jungkook le tomó la mano. La acomodó con cuidado sobre su propio pecho, justo donde latía su corazón.
—Van a anunciarte como mi pareja esta noche —dijo con voz baja—. Y mi corazón salta de alegría, mi lobo está como loco dando piruetas en mi interior.
Jimin tragó saliva.
—Mi... Mi lobo también parece contento. —Jimin sonrió—. Todo esto parece un sueño del que no quiero despertar.
Jungkook suspiró, después llevó los dedos de Jimin a sus labios, dándole tiernos besos en sus nudillos.
—Haré de tu vida mejor que un sueño, así que puedes despertar. —Jimin sonrió ruborizado... y feliz.
Su vida estaba dando un giro totalmente inesperado. Había estado a punto de morir hace dos noches y ahora estaba en uno de los castillos más grandes del mundo a punto de ser nombrado futuro esposo oficial del príncipe, del heredero a la corona.
Una de las betas carraspeó desde la puerta.
—Su Alteza... deben dirigirse al salón en diez minutos.
Jungkook no apartó los ojos de Jimin.
—Perfecto —dijo él despacio, aunque no se supo si le decía a la beta, o al omega.
Jimin respiró hondo, tratando de calmar los nervios que le hormigueaban hasta la punta de los dedos. Y Jungkook le ofreció su brazo con un gesto lleno de caballerosidad.
—¿Listo? —preguntó.
—Sí... creo que sí. —Jimin asintió.
Jungkook sonrió y lo guió hacia la puerta. Las betas hicieron una reverencia profunda al verlos salir; al cruzar el umbral, Jimin notó por primera vez la magnitud del palacio iluminado para la ocasión. Antorchas mágicas flotaban a la altura del techo, y los pasillos lucían adornados con flores blancas y telas color marfil.
Cada detalle gritabaevento real.
Cada paso que daba Jimin hacia el salón de festejos parecía escucharse más fuerte que el anterior.
Claro que Jungkook sentía sus nervios, así que apretó su mano.
—Si en algún momento quieres irte, me lo dices —susurró, apenas audible para él—. Me importa más tu tranquilidad que esta presentación.
La garganta de Jimin se apretó.
—Estoy bien... Alteza.
—Te dije que me digas Jungkook cuando estemos solos —bromeó él, aunque la sonrisa no le llegó del todo a los ojos: estaba pendiente de cada respiración de Jimin.
Cuando doblaron hacia el pasillo principal, Taehyung ya los estaba esperando con postura recta, impecable en su uniforme de guardia real. Estaba más serio de lo habitual, pero sus ojos brillaron de orgullo al ver a la pareja real acercarse.
—Alteza —saludó primero, inclinando la cabeza ante Jungkook—. Jimin. Estás... presentable.
Jimin no sabía si lo decía en serio o era su versión de un cumplido. Jungkook soltó una carcajada.
—Taehyung, si ese es tu intento de halago, estás despedido.
—Pues hágame el favor de despedirme más seguido —refunfuñó el alfa—. Podría aportar más a su reino escribiendo libros de etiqueta que cuidando su puerta.
Jungkook negó con la cabeza, divertido.
—¿Todo listo?
—Los reyes ya entraron al salón —informó Taehyung—. Los consejeros están formados y... —Frunció el ceño—. Se nota a kilómetros que varios no están contentos. Así que yo estaré detrás de ustedes durante toda la cena. El rey Seokjin ha ordenado que el nuevo omega del castillo pase una noche agradable, y que todo aquel que lo moleste sea castigado.
—No es necesario —dijo Jimin de inmediato.
Taehyung lo miró como si hubiera dicho la mayor estupidez del mundo.
—Eres el omega del príncipe heredero. Todo es necesario.
Jimin abrió la boca para replicar, pero Jungkook volvió a tomarle la mano, esta vez entrelazando los dedos.
—Confía en nosotros —murmuró—. No voy a dejar que te pase nada.
Taehyung empujó la gran puerta doble. El sonido de decenas de conversaciones se apagó de inmediato y un silencio imponente cayó sobre el salón.
Cientos de ojos; nobles, consejeros, embajadores, cortesanos, se volvieron hacia ellos. Las luces flotantes iluminaron el centro exacto del pasillo que debían recorrer, porque el mundo había decidido abrirles paso.
Jungkook inclinó levemente la cabeza hacia él.
—Recuerda lo que te dije —susurró—. Camina a mi lado. No detrás. A mi lado, Jimin.
El omega tragó hondo, sintiendo el peso y a la vez la protección de esas palabras.
—Está bien...
Jungkook dio el primer paso.Y Jimin caminó junto a él.
Taehyung se mantuvo detrás de ambos, con la mirada afilada como una espada. Los murmullos empezaron a surgir, lentos, inciertos. Algunos rostros mostraban sorpresa; otros desaprobación; otros una curiosidad casi morbosa. Pero había alguien que no apartaba la mirada desde la mesa principal: Seokjin, radiante men su traje blanco, sonrió... una sonrisa grande, orgullosa, maternal.Namjoon la acompañó con un suspiro, pero sus ojos brillaban con un orgullo silencioso.
Cuando Jungkook y Jimin llegaron a la mitad del salón, los heraldos reales se adelantaron. Levantaron sus bastones ceremoniales y golpearon el suelo tres veces.
—¡El príncipe heredero, Jeon Jungkook! ¡Y su pareja oficial, Park Jimin!
El eco retumbó en cada esquina. Jimin sintió que la realidad lo golpeaba como un viento cálido.
Ya no había retroceso.Ya no había soledad.Ya no había exilio.
Solo Jungkook... y un reino entero viendo que lo tomaba de la mano.
—Bienvenido a tu nueva vida.
Los aplausos comenzaron tímidos, pero pronto fueron creciendo, envolviendo el salón. Jungkook alzó la mano de Jimin, sin soltarla, y lo condujo hacia la mesa principal donde los reyes esperaban. Pero antes de llegar, se detuvo en medio del salón. Ante todos.
Jimin lo miró, confundido, pero Jungkook tenía el rostro de alguien que había tomado una decisión que no pensaba ocultar.
—Jimin —dijo, y su voz se proyectó suavemente, pero lo bastante fuerte para que las mesas cercanas la oyeran.
El omega sintió la sangre abandonar su rostro.
—¿Sí...? —susurró.
Jungkook extendió la mano hacia Taehyung, quien dio un paso adelante con una solemnidad teatral. En sus manos llevaba una pequeña caja rectangular de madera oscura, tallada con el símbolo de la casa real.
Taehyung la abrió con respeto. Dentro había un anillo que no era común, tampoco de un compromiso cualquiera. Se trataba de un anillo real.
Era de oro con un zafiro azul incrustado en el centro, rodeado por un círculo de runas antiguas que brillaban con un leve resplandor mágico. Un anillo reservado para la pareja del heredero del reino de Haneul. Un anillo que nunca se entregaba sin la aprobación del rey. Un anillo que jamás, jamás, se daba en público sin motivo.
Jimin sintió que las piernas le temblaban. Jungkook lo tomó entre los dedos, con ese cuidado reverente que usaba solo para las cosas que más amaba.
—Este es el Anillo Lunar del Heredero —explicó Jungkook, aunque su voz era para Jimin y solo para él—. Significa protección. Significa unión. Significa que, desde este momento, nadie en este reino tiene derecho a tratarte como menos de lo que eres.
Jimin abrió los labios, tembloroso.
—Jungkook... yo... no sé si...
—No tienes que dudar —susurró Jungkook, inclinándose hacia él—. Tu vida me importa. Tu seguridad me importa. Tu nombre me importa. Tú... me importas.
El omega tragó saliva, y por un segundo pensó que se desmayaría. Las miradas del salón ardían sobre él, pero ninguna quemaba tanto como la ternura en los ojos azules del príncipe.
—Déjame ponértelo —pidió Jungkook, en voz baja.
Jimin levantó la mano... lentamente... pensaba que si se movía demasiado rápido cometería algún error y Jungkook se arrepentiría de lo que estaba haciendo. El príncipe tomó su mano con ambas de manera cálida, y deslizó el anillo en su dedo. Encajó perfectamente.
Y en el momento en que el metal tocó su piel, las runas brillaron con un resplandor azul celeste.
Un murmullo de reconocimiento recorrió el salón, también había aceptación. Y Jimin sintió un poco de poder cuando Jungkook le apretó la mano anillada.
—Ahora sí —dijo con una sonrisa suave—. Estás oficialmente ligado a mí ante el reino.
Jimin no pudo contenerlo. Una lágrima le cayó por la mejilla, silenciosa, pura. Jungkook la atrapó con su dedo pulgar.
—No llores —susurró—. No quiero que pienses ni por un segundo que no mereces esto.
Jimin negó con la cabeza, sonriendo débilmente.
—Lloro... porque nunca pensé... que alguien me miraría de la manera que me miras, no después de ser repudiado.
Antes de que Jungkook pudiera responder, los músicos en la esquina del salón levantaron sus arcos sobre las cuerdas. Una melodía suave, elegante, empezó a moverse por el aire como una pluma encantada.
Era la señal, así que Jungkook tomó aire.
—Jimin —dijo el príncipe, y esta vez su voz sonaba segura, formal, y a la vez profundamente afectuosa—. ¿Me concederías el primer baile como mi pareja oficial?
Jimin parpadeó, sorprendido.
—¿Bailar? ¿Aquí? ¿Ahora?
—Sí —respondió Jungkook, entrelazando otra vez sus dedos—. Aquí. Ahora. Conmigo.
El omega sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—S-sí... Alteza. Digo... sí. Jungkook, me gustaría.
Jungkook sonrió como si le hubieran regalado el mundo entero.
Se adelantó hacia el centro de la pista, tirando suavemente de Jimin, guiándolo sin prisa. La multitud se abrió como una marea respetuosa. Taehyung se mantuvo a un lado, vigilante. Seokjin juntó las manos emocionado mientras Namjoon respiraba hondo, intentando aparentar compostura real.
Jungkook colocó una mano en la cintura de Jimin, con lentitud, dándole tiempo a acostumbrarse al contacto. Jimin apoyó su mano libre sobre el hombro del príncipe.Y cuando la música subió, suave y envolvente, Jungkook lo acercó un poco más.
—Respira —susurró Jungkook contra su oído—. Y sigue mis pasos.
Jimin tomó aire, cerró los ojos un instante... inhalando el delicioso aroma del alfa frente a él; nueces, madera y algo parecido a la calma que otorga la brisa delicioso mar. Al abrir los ojos sonrió cada vez más amplio pues cuando hizo contacto visual con Jungkook se dio cuenta de que los ojos del alfa eran tan azules y serenos como el mar.
—Soy un excelente bailarín —dijo Jimin—. Seguiré tus pasos con gusto, ganas y honor.
La música comenzó a dar pie a que iniciara el baile. Jungkook asintió a medida que hacía un movimiento lento, un vaivén perfecto, y entonces sus cuerpos se encontraron en un ritmo que parecía existir solo para ellos dos. La marca en el cuello de Jimin palpitaba tibia. El corazón de Jungkook golpeaba bajo su mano. Los espectadores miraban. Pero Jungkook lo miraba solo a él. Y Jimin... Jimin no vio un palacio, ni nobles, ni luces flotantes. Solo tenía ojos para su alfa.
Lo único que veía era a Jungkook y a aquellos ojos que lo llenaban de paz.
Yo no me canso de este Jungkook, LA NETOTAAAAA😭