Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 38
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Capítulo 38

Seis meses antes, en algún lugar de la reserva Apsalooke

—¡¡¡Socorro!!! ¡¡¡Socorroooo!!!

—Deja ya de gritar, Marc Willow, que nadie puede oírte —dijo una mujer, mientras unas fuertes manos lo sacaban del maletero de una camioneta y lo empujaban hasta tirarlo al suelo.

—¿Quién eres tú? —dijo Marc, mirando de un lado a otro sin poder ver absolutamente nada, pues tenía la cabeza tapada con una bolsa de tela negra y las manos atadas a la espalda.

—En estos momentos, tu peor pesadilla —respondió, una voz masculina.

—¿Qué es este lugar?

—Bien podría ser el infierno —indicó otro hombre, a su izquierda.

Cuando le quitaron la bolsa de la cabeza, Marc abrió mucho los ojos y empezó a gritar.

—¡Socorrooo! ¡Que alguien me ayudeee!

—Menuda pesadilla de hombre —dijo la mujer—. ¿Es que no te vas a callar?

—¿Quiénes sois? —lloriqueó Marc, sorbiéndose los mocos.

—Yo soy Pocahontas —dijo la mujer enmascarada, señalándose con el pulgar—, él del sombrero de vaquero es el Llanero Solitario, y ese de ahí, el Jefe Águila Roja.

Marc los miró a los tres, con ojos desorbitados.

—¡Socorro! ¡Unos putos locos quieren matarmeeee!

Águila Roja miró a Pocahontas con reproche.

—¿Águila Roja, en serio?

—¡Socorrooooooo! ¡Ayudaaaaa!

—Te dije que le taparas la boca con cinta aislante, menudo viajecito que nos ha dado —le reprochó a su hermana, el Llanero Solitario.

Marc Willow empezó a mirar a su alrededor, dándose cuenta de repente, de que estaban en mitad de la pradera, pero cuando giró la cabeza a su derecha y vio una enorme grúa, justo al borde de un cortado de roca de unos cincuenta metros de altura, se le heló la sangre.

—¿Qué sitio es este? —graznó— ¿Y para qué me habéis traído aquí?

—¿Has visto la serie Yellowstone? —dijo Pocahontas—. Pues resulta que te has metido con la familia equivocada.

—Las Badlands, lo llaman —dijo el Llanero Solitario —, ¿y sabes por qué?

—No —respondió Marc, con voz temblorosa—. No… no lo sé, pero no me hagáis daño.

—Se las llama Badlands porque aquí se cortaron muchas cabelleras de gentuza como tú, tantas, que las hierbas de estas praderas se quedaron teñidas de rojo durante muchos años —dijo Pocahontas.

—¡Socorroooo! —Marc había empezado a llorar como el cobarde que era— ¡Me quieren cortar la cabelleraaaa!

Águila Roja lo agarró por el cuello y lo alzó del suelo varios centímetros, pues era un tipo altísimo y muy corpulento.

—¿Y sabes por qué está esa grúa aquí? —Cuando lo soltó, lo fue empujando hasta el enorme vehículo, de cuyo brazo metálico pendía un enorme gancho, justo al borde del acantilado, mientras Pocahontas y el Llanero Solitario lo seguían a escasos metros de distancia.

—No… no… ¿Por qué? —preguntó, aterrado.

—Para hacerte recordar todo el mal que has hecho.

—Es como una máquina de la verdad —añadió Pocahontas—. Te colgaremos de ese gacho por el pie, y ¡magia! De repente, cantarás como un tenor.

—¡Uf! —dijo Águila Roja—, empieza a oler un poco mal, ¿no creéis?

—Cierto —dijo Pocahontas—, el tipo ya ha teñido de marrón los calzoncillos. Te dije que trajeras pañales.

—¿No sabéis quién soy? —dijo Marc, en un último arrebato de valentía—. Soy un Willow. Como me hagáis daño, mi padre os hundirá en la miseria, malnacidos.

—Estás en tierras indias y aquí, tu padre, por muy rico que sea, no tiene ningún poder.

—¡Llamará al FBI! ¡Os encerrarán en la cárcel de por vida!

—¿Sabes? —empezó a decir, Águila Roja—. Ahí abajo, está lleno de los cuerpos de los agentes del FBI que osaron molestarnos en algún momento. Y cuando te lancemos por ese acantilado, te harás puré y los lobos se comerán tus restos.

—¿Y bien? —dijo Pocahontas— ¿Cantarás, o morirás?

—Sí, sí, os lo contaré todo —lloriqueó, Marc.

—Estupendo —dijo Pocahontas, sacando un teléfono móvil para gravar la conversación—. Intenta no parecer asustado, no queremos que piensen que estás hablando bajo coacción.

—Yo… —Marc intentó calmarse, y tras varios intentos, aparentemente lo logró—. Yo mismo corté la cincha de Edgard McTavish, provocando su caída en la última semifinal que se celebró en Wayoming.

—No, no, no —dijo el Llanero Solitario—, tienes que empezar por el principio. Hay muchos más delitos que documentar.