Capítulo 37
Doce meses después
Llegó el gran día.
El día de la gran final, que ese año se celebraba en Montana y estaba a punto de comenzar.
En el estadio no cabía ni un alfiler. En esos momentos, las corredoras de barriles salían a la pista, montadas en sus espectaculares Mustangs, cada una ondeando la bandera de su estado, mientras el comentarista las presentaba y el público aplaudía.
Pero el estadio rugió cuando la representante de Montana hizo acto de presencia, sobre la yegua que Phiona había estado entrenando los últimos meses. En su grupa lucía una M y un T superpuestas, marca del Rancho McTavish.
—Hiciste un gran trabajo con Linda, Phiona —le dijo Howard, orgulloso de su hermana—. Siempre supe que eras mejor susurradora que nuestro hermano mayor.
—No tengo nada que decir en contra de eso —intervino Daril—, fue una gran idea crear la yeguada McTavish para competición.
—Vuestro padre siempre dijo en vida, que hay que diversificar el negocio, no se pueden tener todos los huevos en la misma cesta —dijo Mag, que también estaba allí para ver competir a su hijo, Edgard. A su lado, se encontraba el padre de Tess, su pareja, quien asintió.
—Mily es una campeona —dijo Phiona, refiriéndose a la amazona que representaba a Montana—, y sé que tratará muy bien a Linda.
—Atentos —dijo Mag—, esto ya va a empezar.
Después de las corredoras de barriles, llegó el momento más esperado de torneo, la doma de potros. Toda la familia, que estaba en un lugar de honor, en primera fila, gritaron eufóricos cuando apareció Edgard.
Gwen y Lily, estaban tras la barrera, junto con Phiona y saltaron de alegría al ver su nombre aparecer en la pantalla, con una breve presentación.
—Cielos, qué guapo estás —dijo Gwen.
Antes de salir a la arena, el apuesto cowboy se acercó a su mujer y la rodeó con sus fuertes brazos, mientras Phiona le tapaba los ojos a Lily y la pequeña se moría de la risa.
—Prohibido mirar, renacuaja, estas son cosas de mayores —le dijo, mientras su tía y Edgard se besaban apasionadamente.
—Ganaré, y la victoria será toda tuya, Gwen.
—No te quites el mérito, cowboy. Has trabajado mucho y muy duro para llegar hasta aquí. Este es tu momento. Disfrútalo.
Cuando Edgard salió a la pista, las tres se colocaron junto a la barrera, gritando y saltando, eufóricas. Pero cuando se montó sobre el caballo, que estaba encerrado en su cubículo enrejado, todos guardaron silencio y se quedaron muy quietas, expectantes.
—¿Crees que ganará? —le preguntó la pequeña a su tía, entre susurros y mirándola con esperanza.
Lily estaba guapísima, y este último año había dado un buen estirón.
Desde que ya no estaba con su cruel padre, el brillo de la alegría volvía a lucir en sus preciosos ojos azules.
Y su sonrisa… era tan bonita e irradiaba tanta ternura...
Llevaba un sombrero de vaquera que le había regalado Edgard y a penas se lo quitaba ni para dormir.
—¿Acaso lo dudas, renacuaja? ¡Es un McTavish, y los MacTavish somos unos ganadores! —intervino Phiona, cogiéndola en brazos y colocándosela sobre los hombros—. ¡Venga, vamos a animar al tío Edgard!
—¡Edgard! ¡Edgard! ¡Edgard! ¡Edgard!
El tiempo pareció detenerse.
El estadio enmudeció cuando sonó la primera campana y él se agarró con su mano enguantada al bronc riding .
—Soooo, tranquilo —le dijo al animal, entre susurros—. Todo esto acabará pronto y tú serás quien me llevará a la victoria.
Le echó una última mirada a Gwen, quien lo observaba con cierto miedo, pero absolutamente segura de su victoria y de que no se haría ningún daño. Estaba preparado, y ella lo sabía.
—Todo va a salir bien —le dijo, y él leyó sus labios desde la distancia.
Como respuesta, le guiñó el ojo y la sonrisa que le dedicó fue devastadora, la de un completo ganador.
Bien, había llegado el momento por el que tanto había trabajado. Y no lo iba a desaprovechar.
Echó la vista al frente, y su semblante cambió, convirtiéndose en el de un triunfador, obsesionado con la gloria.
Y sonó el pistoletazo de salida.
Las barreras se abrieron frente a él, con un sonoro chasquido metálico.
El potro salió disparado hacia la arena.
El estadio estalló en un rugido ensordecedor mientras el animal saltaba con el jinete sobre su lomo.
Era un verdadero espectáculo ver a Edgard MacTavish, fundiéndose con los movimientos violentos de este potro indomable.
El cowboy se contorsionaba con elegancia y sus caderas se acompasaban perfectamente con los saltos y las coces del caballo, doblando espalda y torso, amoldándose al animal y desafiando la ley de la gravedad.
—Siete segundos —dijo Phiona, mientras Gwen aguantaba la respiración y Lily alzaba las manos, animando al tío Edgard.
—¡¿Doce segundos?!
¡Trece!
El estadio estalló al saber que ya llevaba catorce segundos sobre el potro y que no solo acababa de superar el récord mundial, sino que se estaba luciendo, y el animal seguía coceando como un loco, lo que no le restaría puntos.
—Joder, voy a matarlo, lo juro —gimió Gwen—. El reglamento establece que el jinete debe permanecer ocho segundos, no es necesario que permanezca más tiempo. ¡Lo está haciendo a propósito!
—Déjalo que disfrute —dijo Phiona—. Se está luciendo para ti, ¿es que no lo ves?
—El abuelo dice que lo que decide al vencedor del rodeo, es la calidad de la monta y la dificultad del caballo, no el tiempo que permanezca montado —dijo la pequeña Lily.
—Vaya, vaya —dijo Phiona—. ¿Así que tenemos aquí a una futura corredora de barriles?
—No —negó la pequeña—, yo no quiero hacer lo mismo que hacen las niñas cursis, yo quiero montar broncos, como el tío Edgard.
—Por encima de mi cadáver —dijo la tía Gwen.
Cuando los vaqueros de apoyo ayudaron a desmontar a Edgard y este colocó las botas sobre la arena, inmediatamente miró a Gwen, y empezó a caminar en su dirección, con una enorme sonrisa en la cara.
Pero ella no dejó que saliera del ruedo, saltó la barrera y corrió hacia él.
Se fundieron en un abrazo y después se besaron.
Todo el estado rompió en vítores y lanzaron sus sombreros cuando él se lo sacó y para ponérselo a Gwen en la cabeza.
—¡Ella es mi futura esposa y la mujer que amo! —les gritó a todos.
—Edgard —dijo ella, poniéndose roja como un tomate.
—Gwen, solo el hecho de estar hoy aquí ya es una victoria, lo que no sabía es que ya había ganado cuando te conocí.
—Oh, Edgard —le dijo, muerta de vergüenza—. Te amo.
—Y yo a ti, nena.
Cuando llegaron hasta Phiona y Lily, la pequeña echó a correr hasta lanzarse en los brazos de Edgard.
—¡Has ganado! ¡Has ganado, tío Edgard!
—Hey, enana —la alzó y la pequeña le plantó un beso en la mejilla—. Todavía no podemos cantar victoria.
—¿Por qué? ¡Lo has hecho mejor que todos los demás!
—Aún falta la puntuación de los jueces.
—¿Y cuándo saldrá?
—Todavía hemos de esperar un poco.
Todos miraron hacia la derecha, donde apareció el abuelo de Lily, el señor Willow.
—Edgard, mi más sincera enhorabuena —le dijo, tendiéndole la mano para estrechársela con fuerza—. Ha sido una de las mejores competiciones que he disfrutado, y créeme, que a mis años he visto muchas.
—Gracias, señor Willow.
—¡Abuelito! —la pequeña Lily abrazó a su abuelo, quien le llenó la cara de besos—. ¿Nos vamos a ir ya? Me gustaría quedarme hasta saber quién ha ganado.
—Edgard, sin lugar a dudas. Pero no te preocupes, esperaremos. Este fin de semana es el cumpleaños de tu abuela, pero después —miró a Gwen, significativamente—, después te llevaré al rancho McTavish. Pasarás el verano con tu tía.
—¿De verdad podré estar con Gwen?
—Claro que sí, pequeña. Ya es hora de que ambas disfrutéis la una de la otra, ¿no te parece buena idea?
Al oír las palabras de Willow, Gwen se emocionó. Pero no le dio tiempo a decir nada, porque Phiona empezó a gritar y a dar saltos.
—¡Ahora sale la puntuación! —gritaba, mirando la gran pantalla.
Todos aguantaron la respiración.
El torneo había sido muy reñido, en la final participaban los mejores vaqueros de todo el país. Edgard lo había hecho genial y su potro era uno de los más difíciles, por su linaje y su resistencia, pero el resultado no estaba decidido todavía.
La pantalla se puso en negro y todos enmudecieron.
Se iluminó, y al fin apareció el nombre de Edgard McTavish, seguido de la puntuación.
¡95!
Todo el estadio gritó al unísono.
Gwen empezó a saltar como una loca, se abrazó al cuello de su cowboy y le llenó la cara de besos. Phiona se estaba desgañitando y Lily no dejaba de dar saltos cogida de la mano de su abuelo, mientras el resto de los hermanos McTavish bajaban de las gradas para reunirse con el campeón.
Había ganado, lo había logrado.
Pero nada le importó más a Edgard, que ella estuviese allí, celebrando la victoria que tanto le había costado obtener.
Porque esa victoria no era otra que haberse ganado el amor de Gwen.
***
Sobre el tejado del rancho McTavish, el cielo lucía precioso, totalmente adornado por miles de estrellas.
—Nunca me cansaré de ver este espectáculo —dijo Gwen, con la cabeza apoyada en el hombro de su cowboy, mientras él la tomaba de la mano, y jugueteaba con sus dedos, entrelazados con los suyos.
—Y yo no me cansaré jamás de verlo contigo.
Estaban allí arriba, como de costumbre, tras la cena con el resto de la familia. Habían estado celebrando la victoria de Edgard, pero también la llegada de Gwen y Lily al clan McTavish.
En esos momentos, casi todos se habían ido a dormir, incluso Lily, que compartía habitación con los hijos de Jane, la mujer de Red.
Howard y Red habían hablado sobre el futuro del rancho.
Daril seguía encargándose del ganado, las nuevas reses estaban dando muy buenos resultados y la idea de Phiona, de entrenar potros para competiciones, con la ayuda de Howard y Tess, había dejado de ser un proyecto para convertirse en una realidad.
—He estado pensando muy seriamente en lo que me dijo Red hace unas semanas.
—¿Ah, sí? ¿Y qué te dijo Red?
—Que no puedo competir para siempre.
—¿Estás pensando en retirarte, Edgard McTavish? —Gwen se incorporó, y lo miró con sorpresa.
—Algún día llegará ese momento, ¿no crees?
Ella suspiró y asintió, dejando que él se explicara.
—Hace poco, recibí una oferta para entrenar a jóvenes promesas. Después de todo lo vivido, me he dado cuenta de que el físico no es lo único importante, también lo es la cabeza. Si la cabeza no funciona, no hay nada que hacer.
—¿A qué te refieres?
—La victoria, la superación personal, la actitud frente a los problemas de la vida, no son nada si no tenemos detrás a alguien que nos apoye. Y aunque siempre he sabido que mi familia estaba a mi lado, no me di cuenta hasta que llégate tú.
—Edgard…
—Te amo, Gwen. No te imaginas lo mucho que me has dado, y lo mal que te traté al principio de conocerte.
—Yo también te amo, Edgard. Y estoy muy orgullosa de ti. Y no me trataste tan mal, sólo fuiste un poco gruñón, y eso forma parte de tu encanto.
Se inclinó sobre ella y antes de besarla, la miró largo y tendido.
—Soy el hombre más afortunado del mundo, Gwen.
—Y yo.
Se besaron bajo las estrellas, acariciándose, sintiéndose el uno al otro. Hasta que de repente, oyeron los cascos de un caballo saliendo de los establos.
—¿Adónde irá Phiona a estas horas? —preguntó Gwen.
—No lo sé —la miró, y sonrió— ¿Crees que se ha echado un novio?
Gwen soltó una carcajada musical, mirando a Edgard con astucia.
—Si en algún momento has pensado que, de saber algún secreto sobre mi amiga, te lo diría, estás muy pero que muy equivocado.
—¡Soy tu prometido! —dijo, fingiendo estar indignado—. ¿Tiene novio, o no?
Gwen se encogió de hombros.
—No tengo la menor idea.
—Por cierto —dijo Edgard—, fue una suerte que apareciera esa grabación, donde Marc lo confesaba todo, no ha conseguido librarse de la cárcel esta vez.
—Intento de asesinato, y agresión.
—No saldrá en unos diez años.
—Si, fue una suerte —respondió, Gwen— ¿Cómo crees que consiguió Phiona esa confesión?
En la cara de Edgard se fue dibujando una sonrisa.
—No tengo la menor idea.
—¡¿Edgard?! —insistió Gwen.
—Qué, amor mío.
—¿En serio no vas a contarme cómo logró Phiona la confesión de Marc Willow?
El Llanero solitario giró la cabeza hacia su futura esposa, acariciándola con los ojos.
—Lo único que voy a decirte ahora mismo, y todos y cada uno de los días que me queden por vivir, es que te amo con locura y que nunca, jamás, volverás a pasar miedo.
—Te amo, mi odiado cowboy.
—Yo también te amo, nena.