Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 36
93%

Capítulo 36

El ambiente en la sala de espera del hospital había dejado de ser turbador para llenarse de esperanza.

Estaba la familia McTavish al completo. Incluso Charlotte y su esposo, Hug, habían tomado un avión desde Nueva York y hacía una hora que acababan de llegar a Wyoming.

Por fortuna, Edgard no corría peligro y todos estaban más tranquilos, Mag había dejado de llorar y Red estaba atendiendo la llamada de sus abogados, pues Marc había tenido la desfachatez de denunciar a Gwen por agresión.

Pero todos sabían qué había pasado, ese malnacido la había atacado y ella únicamente se había defendido.

Además, las lesiones, aunque aparatosas, no habían tenido mayor importancia que una nariz hinchada y varios moretones en la cara.

Tampoco hubo testigos que lo vieran, así que era su palabra contra la de Gwen, de igual forma, estaban dispuestos a hundir a ese cabrón en la mierda, y si no lo conseguían por medios legales, los McTavish tenían los suyos propios.

A Phiona se la llevaban los demonios.

Estaba furiosa.

Furiosa, y absolutamente convencida de que la caída de su hermano había sido un sabotaje que estaba dispuesta a demostrar, costara lo que costara.

—Es un hecho que alguien cortó la cincha de ese potro —les aseguró a Eli, la mujer de Daril, y a Hug, el esposo de Charlotte, ambos abogados—.

Pude ver la silla de montar, tirada en la pista mientras los paramédicos atendían a Ed.

La cincha estaba cortada hasta casi la mitad y después venía el desgarro.

—Pero, ¿tienes pruebas? —preguntó Eli.

—La silla está custodiada en comisaria, no me permitieron llevármela, obviamente, pero hice fotos.

Se las mostró a Hug con el móvil, quien se las enseñó a su vez a Daril.

—¿Qué opinas?

Daril asintió.

—No cabe duda de que fue un sabotaje —aseguró el hermano mayor de los McTavish. —Pero si tenemos que iniciar una demanda, llevará su tiempo. Hay que tomar huellas, y eso será muy complicado pues mucha gente puede haber manipulado esa cincha y quien lo haya hecho, puede que llevara guantes.

—Si no encontramos pruebas, me encargaré personalmente.

Daril miró a su hermana con una ceja alzada, pero no puso ninguna pega. No sería la primera vez que los hermanos McTavish se tomaban la justicia por su mano.

—¿Y quién ha podido hacer algo así, y por qué? —Preguntó Eli.

—Yo sé quién ha sido. Y sospecho el por qué —acusó Phiona. Cuando todos la miraron, expectantes, dijo su nombre—. Marc Willow.

—¿El hijo inútil de ese magnate? —preguntó Howard.

—El mismo —aseguró Phiona.

—Buf…

—¿Buf? —dijo Phiona, mirando a Red—. Por mucho dinero que tenga ese hijo de puta, lograremos incriminarle y si no, lo tiraremos por un barranco igualmente, por atreverse a tocarle un pelo a Gwen.

Ninguno de los allí presentes puso objeción alguna a esa afirmación.

La vida de Edgard no corría peligro, su pierna de momento respondía bien, pero la coz que recibió y la posterior caída con un golpe en la cabeza, lo mantenían inconsciente. Lo más aparatoso era una costilla rota que le impedía respirar con normalidad.

Mientras lo observaba, echado en esa habitación de hospital, tan poderoso y vulnerable al mismo tiempo, Gwen se sentía fatal.

Todo era culpa suya. Edgard ya no podría competir en la gran final, que se celebraba esa misma noche.

Pero ahora, eso era lo menos importante. Lo importante es que había sobrevivido y se repondría.

Suspiró, al tiempo que asentía, para convencerse a sí misma.

Sí, se pondría bien, habría más torneos y más premios que ganar. Edgard jamás se rendiría, y ella tampoco dejaría de creer en él.

Sin embargo, al mirarle de nuevo en aquella cama de hospital, se derrumbó y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, sin control.

—Oh… Edgard… —le apretó la mano y dejó caer su cabeza sobre el colchón, mientras permanecía sentada en la silla, a su izquierda.

Llevaba allí, en aquella habitación, desde que lo ingresaron, y de eso hacía ya tres días con sus respectivas noches.

No se había separado de él en ningún momento.

A pesar de que los médicos le habían dicho que estaba fuera de peligro, las veinticuatro primeras horas fueron una incógnita y todavía sentía el miedo en el cuerpo, recorriendo sus venas, y la ansiedad ahogándola en el pecho.

Eran casi las nueve de la noche y no recordaba cuanto tiempo llevaba recostada en la cama, junto a Ed. Le apretaba la mano, mientras las lágrimas seguían resbalando por sus mejillas.

—Lo siento tanto… —le dijo, agotada—. Ha sido culpa mía. Si no te hubiese distraído con mis problemas, no estarías aquí, postrado en esta cama, sino preparándote para la gran final.

Sollozó, consciente de lo importante que era para Edgard esa competición y lo mucho que había trabajado y sufrido para llegar hasta aquí.

—Soy un completo desastre, Ed. Marc tiene razón, todos quienes me rodean acaban lastimados… ¿Y si lo mejor que puedo hacer, es alejarme de ti?

Los párpados de Edgard se movieron ligeramente, y su mandíbula se tensó, gestos que le pasaron desapercibidos a Gwen, porque seguía con la cabeza recostada en un lado de la cama.

—Sé que no te lo he dicho, pero te quiero —La confesión flotó en la habitación donde reinaba un silencio solo interrumpido por el pitido de la máquina.

Gwen sonrió al decirlo y no podía creerse la inmensa verdad que era.

—Te amo, Edgard. Todo este tiempo he estado fingiendo, poniendo como excusa mi profesión, pero en realidad lo que sentía era miedo, miedo a que algo así pudiera pasar y mira, ha pasado. ¡Y todo por mi culpa!

Edgard intentó soltar un gemido, pero lo que salió de su garganta fue un suspiro y Gwen no lo escuchó.

—Iba a decírtelo, me moría por confesarte mis sentimientos. Estaba a punto de decirte que sí, que aceptaba ser tu pareja y trabajar para ti en exclusiva, porque no soporto la idea de que estemos separados, pero…

Él movió un poco los dedos y Gwen alzó la cabeza, interrumpiendo sus palabras.

—¿Edgard?

Vio como tenía los ojos abiertos e intentaba sonreír, pero en su cara sólo había una mueca rara.

—Ni… ni se te ocurra.

—¿Qué? —jadeó ella.

—Ni se te ocurra alejarte de mí.

Gwen se secó las lágrimas y se abalanzó sobre él.

—¡Ed! ¿Estás bien? ¡Estas despierto!

—¡Ahhh!

—¡Perdón, perdón! —exclamó, poniendo las manos en alto pues, sin querer, se había apoyado sobre su pecho y tenía una costilla rota.

—Joder, Gwen —empezó a decir él, con dificultad—, esta es la segunda vez que intentas matarme.

—¡Lo siento! —y de pronto, sus ojos se llenaron de lágrimas—. ¡Lo siento!

Echó la cabeza hacia atrás y rompió a llorar.

—Dios mío, Gwen, deja de llorar o…

—¡Eres odioso! —dijo, entre sollozos— ¿Cómo se te ocurre hacerme esto? ¿Cómo se te ocurre estar inconsciente tres días? ¡Casi me muero!

—Ven aquí —dijo, extendiendo los brazos hacia ella.

Gwen lo miró, sorbiendo por la nariz. Luego negó con la cabeza.

—No, te duele.

—Me duele más estar separado de ti.

Cuando los ojos de Gwen volvieron a llenarse de lágrimas, él sonrió.

—Así que me amas, ¿eh? —dijo, con una sonrisa de chulería—. Lo sabía.

—Eres… ¿Estabas despierto? —No era una pregunta, era una exclamación indignada con tono interrogativo. Y Ed amplió su sonrisa.

—Ven a mis brazos, y repíteme cuanto me amas. Lo necesito…

Gwen se colocó con cuidado a su lado, sobre la cama, apoyando su cabeza sobre el hombro de Edgard. Cerró los ojos y sintió su respiración, tranquila.

—Si entran las enfermeras, me van a regañar.

—Y yo las regañaré después, y ya sabes la mala leche que tengo. Huirán despavoridas.

Gwen soltó una carcajada.

—Yo no lo hice. Yo me encaré contigo y logré domarte.

—Porque estás hecha de otra pasta. Estás destinada a ser una McTavish.

Gwen alzó la cabeza, y lo miró con los ojos húmedos.

—Edgard…

Su mirada era la de un hombre enamorado, muy seguro de lo que acababa de decirle.

—Gwen, te amo. No voy a esconder mis sentimientos, ni por orgullo, ni por miedo, ni por estrategias, yo no soy así.

Y no, no estoy en esta situación por tu culpa, Gwen, me arriesgué, y esta vez no gané, pero la vida está llena de derrotas que nos llevan a la victoria final y todo este tiempo he ganado algo mucho más valioso que una competición: gracias a ti me vuelto a creer en mí, he aprendido a afrontar los problemas con mejor humor y he descubierto que el amor es lo más importante, esa es la verdadera victoria.

—Edgard…

—Te amo, Gwen, y no, no necesito ganar ningún rodeo para ser feliz, únicamente te necesito a ti, a mi lado. Así que… Gwen Morgan, ¿quieres casarte conmigo?

Se lo quedó mirando, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas, sin ningún control. ¿Desde cuándo se había transformado en una llorona? Era inaudito.

—Yo…

Ed se puso tenso, apretando los dientes, esperando la respuesta de Gwen.

—Yo… acepto —dijo, finalmente, y él cerró los ojos, aliviado.

—Por todos los santos, casi me da un ataque de ansiedad pensando que rechazarías mi proposición de matrimonio.

—Acepto ser tu esposa, Edgard McTavish —dijo, antes de besarle con cuidado en los labios—, pero quiero que te lo curres un poco más, el año que viene en el rodeo con una petición como Dios manda. Porque vas a competir, y vas a ganar. Me pienso asegurar de ello.

***

Phiona entró en la habitación y se encontró a Gwen y a Edgard abrazados, completamente dormidos. Sonrió con ternura y satisfacción mientras se los quedaba mirando frente a la cama con los brazos en jarra.

Hasta que Edgard abrió un ojo, y luego otro.

—¿Qué demonios haces?

—Ver lo bonito que es el amor.

—Pues pareces un fantasma de hospital, esperando a que me muera.

—Cállate, Edgard.

Gwen se despertó y se incorporó de inmediato.

—¡Phiona!

—Será mejor que te vayas a dormir, yo te relevo esta noche. Llevas tres días sin dormir.

—Ni hablar, no me pienso separar de mi prometido —se volvió a echar a su lado y lo abrazó con cuidado—. Soy una garrapata, y este es mi huésped.

—¿Prometido? —la sonrisa de Phiona se ensanchó—. Espera que se lo cuente a los demás.

—Vale, pero hazlo mañana —remugó Edgard.

—No sé si podré aguantarme, pero me quedaré igualmente —dijo, sentándose en la silla.

Tomó el mando de la televisión y la encendió.

Eran las diez de la noche y la gran final ya había concluido, pero en esos momentos la de relevos indígenas estaba a punto de comenzar.

—Siento que te hayas perdido la gran final, hermanito.

—Yo también, pero si por un momento alguna de vosotras se ha creído que voy a dejar de luchar, estáis equivocadas.

—Eso jamás se nos pasó por la cabeza.

En la televisión apareció la imagen de Wolfwalker, con el cabello suelto, la cara pintada, y el pecho al descubierto. Phiona se revolvió en su asiento y su cara cambió.

—Ñej —dijo, cuando sonó el pistoletazo de salida y lo vio salir al galope tendido.

Edgard no era el único que se había perdido su gran final. El jinete enmascarado tampoco había participado en la suya.

—Esta será la última vez que ese cabrón gane —Les aseguró a ambos.

Si Gwen sospechó algo, no lo dijo. Pero sonrió, recostada en los brazos de su odiado cowboy.