Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 35
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Capítulo 35

No sabía hacia dónde iba. Solo tenía una idea en la cabeza, correr, escapar, huir de Marc.

¿Estaría herido?

¿Lo habría matado?

¿La estaría persiguiendo en esos momentos?

Todas esas preguntas y sus consecuencias, rebotaban en su cabeza, mientras su único impulso era correr.

Llegó de nuevo a las gradas y los gritos y el bullicio de la competición la dejaron por unos instantes en shock, golpeándola.

Se paró sin ver ni oír nada. Con los ojos muy abiertos, logró mantenerse en pie y poner su mano temblorosa sobre el pecho.

Notó su corazón acelerado. De repente, era lo único que podía escuchar, su propia garganta intentando tomar aire desesperadamente, y su pecho resonando, golpeando su caja torácica como un tambor desquiciado.

Tutum, tutum, tutum…

Respira Gwen. Respira. ¡Respira!

Gwen.

Tutum, tutum, tutum…

Respira.

—¡Gwen!

Logró tomar aire sonoramente, abriendo mucho la boca como un pez, y al fin enfocó la mirada.

—Gwen, ¿estás bien? ¿Qué te ha pasado? ¡Gwen!

El rostro de Edgard se fue dibujando por momentos frente a ella, hasta que lo vio claramente.

Sus ojos azules mostraban preocupación, su mandíbula estaba apretada, las venas de su cuello marcadas por la tensión y el ceño fruncido.

Sus manos, fuertes, firmes y suaves al mismo tiempo, la agarraban por los hombros, zarandeándola suavemente, pero con firmeza.

Después, fueron subiendo por su cuello hasta llegar a su rostro, donde la acarició con ternura. Pero ella siguió con la cabeza baja.

—Gwen, háblame. ¿Estás bien? Respira. Respira. —La abrazó con fuerza contra su pecho y volvió a soltarla para ver su rostro—. Estás sufriendo un ataque de pánico.

—Yo… Yo no…

—Te juro que todo irá bien.

Pero algo no iba bien, Gwen estaba segura.

Los altavoces del estadio anunciaron el final de la carrera de barriles, y los caballos con sus amazonas empezaron a abandonar la pista.

Ella miró alrededor.

—Tie… ¿tienes que salir ya? —jadeó.

—Confía en mí, puedo hacerlo —le sonrió.

Solo por un segundo Gwen se olvidó de Marc y bajó la vista hacia la pierna de Edgard.

—Si… si te caes. No —dijo sobresaltada—, no te caerás, pero… —se veía la preocupación en su rostro. Aún alterada lo miró suplicante.

—Podría no salir, pero… si no lo intento, viviré el resto de mi vida sintiéndome un fracasado. Por favor.

Gwen se enjugó las lágrimas y asintió.

Pero Edgard únicamente podía mirar a Gwen, que no sólo estaba aterrada, sino que sus cabellos estaban revueltos, llenos de paja. La tomó por las mejillas para que alzara su rostro hacia él y poder perderse en sus ojos azules. Pero joder, no esperaba verla así. Tenía algo de sangre en los labios.

—¿Gwen? —preguntó abriendo los ojos, desconcertado.

—No es nada.

No quería decirle que la sangre no era suya, que era consecuencia del mordisco que le había dado a Marc.

Entonces Ed se apartó un paso y vio la camisa medio rota y la rojez en la muñeca.

Le tembló el mentón, sabiendo a ciencia cierta que alguien acababa de agredirla.

—No puedo competir si no me cuentas qué ha pasado —exigió.

—No. Tienes que salir ya.

—No puedo ni pensar, Gwen. Ha sido ese cabrón de Marc, ¿verdad? Esta vez ha llegado demasiado lejos. ¡Lo mataré!

Ella tragó saliva y negó con la cabeza.

Colocó las manos sobre las suyas y las besó.

—No ha pasado nada que debamos lamentar —dijo, con voz temblorosa.

Él no creyó ni una sola palabra.

—¡Y ahora, empieza el auténtico espectáculo! —La voz del comentarista sonó en todo el estadio, que estalló en vítores.

—Ed, te toca salir, ves a prepararte.

—No, antes dime qué te ha pasado.

No le quedó otra que explicarle brevemente lo sucedido, omitiendo los detalles más escabrosos para no alterarlo más.

—Lo mataré, te juro que lo mataré.

Gwen tomó aire y apretó sus manos.

—Puedes matarlo después — si no lo he hecho yo ya —. Pero ahora, debes salir al ruedo. Llevas meses preparándote, trabajando como una bestia, porque eres todo un ganador, Edgard McTavish, sal, y pelea por el título. Solo te queda esta semifinal para llegar a tu destino, que es el de ser un ganador.

Rodeó su cuello y lo besó. Él le devolvió el beso apasionadamente y después, al separarse, la miró a los ojos.

—Voy a ganar —aseguró.

—Sí, vas a ganar, Edgard McTavish.

En ese momento apareció Phiona, se lanzó en brazos de su hermano y a él casi se le sale el sombrero.

Gwen se apartó y sonrió ante la efusividad de su amiga.

—Óyeme bien, hermanito —dijo, muy seria, después de apartarse de los brazos de su hermano para señalarlo con el dedo índice—. Como no ganes, te arranco la pierna buena.

Ed rio y Gwen lo miró, encogiéndose de hombros.

—Mas te vale ganar, cowboy, porque tu hermana suele cumplir sus promesas.

Cuando Edgard se marchó a prepararse, no sin antes besar por última vez a Gwen, Phiona la miró extrañada.

—¿Qué te ha pasado? —la miró, de arriba abajo—. Estás hecha unos zorros.

—Luego te lo cuento.

Gwen se acercó a la pista y apoyó las manos en las rejas. Lo vio colocarse sobre el potro, inmovilizado en su cubículo y tomó aire lentamente.

A pesar de que sentía que algo no iba bien, le sonrió.

El cowboy se tocó el ala del sombrero momentos antes de agarrar la silla con la mano enguantada. Le guiñó un ojo a su chica y después miró al frente, ya concentrado.

Se escuchó el pistoletazo de salida.

Las puertas metálicas se abrieron en un chasquido metálico que hizo que el potro saliera despedido y empezara a patear el aire, absolutamente desquiciado.

—Sí… ¡Sí! ¡Edgard, tú puedes!

Phiona saltaba y gritaba como una loca, pero Gwen sentía como la ansiedad le apretaba en el pecho.

No era una experta, pero notaba que algo no estaba bien.

La silla de Edgard se movía demasiado sobre el lomo del animal, con cada salto del animal, esta se despegaba de su lomo y se pegaba al cuerpo de Edgard.

—Algo… algo no va bien, Phiona.

—¿Qué? —gritó su amiga—. No te oigo. ¡Edgard, tú puedes!

—La cincha.

Gwen abrió mucho los ojos.

Edgard parecía no darse cuenta mientras los segundos corrían.

Hasta que sucedió lo inevitable.

La cincha se partió, y Edgard salió despedido, agarrado a la silla. La sorpresa hizo que no pudiera controlar la caída.

El estadio gritó cuando, justo antes de caer al suelo, todavía agarrado a la silla de montar, el potro volvió grupas con tan mala suerte, que una coz alcanzó a golpearle en el pecho.

Cuando cayó en una mala posición sobre la arena, todos enmudecieron, incluso el comentarista calló, consciente de la gravedad de la situación.

Gwen y Phiona pudieron ver, horrorizadas, como el cowboy quedaba tendido e inconsciente sobre la arena.

Por un momento, Gwen se olvidó de respirar. Phiona fue la primera en saltar la valla metálica y correr hacia su hermano, no sin antes pelearse con varios de los organizadores, pues los payasos del rodeo aún no habían contenido al potro y este seguía dando coces, totalmente encabritado.

Cuando finalmente logró llegar hasta Edgard, Gwen reaccionó. Saltó la valla y corrió hasta él.

Pero algo, o más bien, alguien, llamó su atención.

Le pareció ver a Marc, desde las gradas, sonriendo.