Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 34
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Capítulo 34

Era el último rodeo de la temporada, el que precedía a la gran final, y este año se celebraba en Wyoming, a unas cinco horas de distancia en carretera del rancho McTavish.

Sin embargo, Gwen insistió en que Edgard viajaría en avión, así no perdería tanto tiempo en la caravana y podría descansar un poco en el hotel, antes del torneo.

Ella misma se empeñó a conducirla hasta ese estado para ganar algo de práctica. Aún no le había dado una respuesta oficial a Edgard sobre la propuesta de ser su novia y dedicarse en exclusiva a él, pero en la práctica todo indicaba que así sería.

Phiona se apuntó al viaje de última hora. Si Edgard había tenido algo que ver en eso, no se lo dijo, pero Gwen no se opuso, era lo más prudente y seguro, tantas horas conduciendo eran demasiadas para una sola persona.

En esos momentos, la joven de los McTavish conducía mientras su amiga revisaba unas notas de trabajo en su Tablet, en el asiento del copiloto.

Las vastas praderas se extendían ante ellas, únicamente la carretera se mostraba como una enorme cicatriz atravesando la naturaleza salvaje en aquel punto del camino.

Gwen miró por la ventanilla y al tener a Phiona al lado, no pudo evitar pensar en los nativos de aquellas tierras, y lo que estas significaron para ellos.

Viendo el paisaje, podía entender que fueran los mejores jinetes, pues el caballo había sido su modo de transporte durante siglos, y lo llevaban en la sangre.

—De seguro, Jack va a participar —le dijo Phiona, como si le hubiese leído el pensamiento.

—¿Únicamente en la carrera de relevos, o también lo hará en el rodeo?

—En ambas, supongo —apuntó, de mal humor—. Lo de los relevos lo hace para lucirse con los suyos. Ahora se ha dado cuenta de que los rodeos dan pasta.

Phiona sabía que esos comentarios eran maliciosos, esas carreras llevaban años celebrándose, y para los nativos significaba mucho más que lucirse, era una cuestión de honor y tradición.

El reflejo de una filosofía de vida que estaba despareciendo.

Más bien sólo quedaban pequeños resquicios.

La cultura de los indios de las praderas, jamás regresaría.

Pero era el honor lo que ella quería arrebatarle a Jack. Nadie traiciona a un McTavish.

—Me perdí la última exhibición —se lamentó, Gwen, sacándola de sus pensamientos—, pero seguro que ver a Wolfwalker en acción tuvo que ser espectacular.

—Ñej.

—¿Ñej? —rio Gwen, ante la cara de disgusto de su amiga.

—Conozco jinetes mejores, por ejemplo, mi hermano Edgard. O ese tal… jinete enmascarado.

Gwen se percató de la sutil sonrisa que nació en labios de Phiona cuando nombró a ese tipo. El muchacho había logrado mucha fama últimamente, Edgard y Red le contaron que Jack le ganó por muy poco, si no hubiese sido porque el caballo de ese joven se encabritó justo antes de llegar a la meta.

—Son modalidades completamente distintas. Aunque, Dios no lo quiera, que a tu hermano se le ocurra participar en esa locura de los relevos.

—Quédate tranquila, solo participan los nativos.

—Menos mal —suspiró, aliviada—. He visto algunas competiciones en televisión y están como cabras.

—No lo habría dicho en esos términos, pero sí, se arriesgan demasiado.

—Y de una forma tan natural… como si se estuvieran tomando un café con leche.

—En cuanto al peligro que suponen, no veo mucha diferencia con una final de rodeo. Montar a un toro enfurecido, o a un potro brioso, no puede ser menos peligroso que el Gran National , por ejemplo.

Se refería a la más alta competición del Reino Unido y sí, era una absoluta locura. Jinetes y caballos se arriesgaban incluso a morir y de hecho, sucedía de forma habitual.

—Ni mentes esa locura —dijo Gwen—, solo faltaría que a tu hermano se le ocurriera competir en Inglaterra.

Phiona rio.

—Es demasiado grandote para las carreras de velocidad y salto, pero alguien más pequeño…

—¿Cómo el jinete enmascarado? —Gwen miró a Phiona de forma rara.

Pero justo en ese momento, sonó el teléfono y dejó de prestarle atención.

—Mierda —masculló.

Su cara demudó y no le pasó desapercibido el gesto a su amiga.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Pero sí pasaba. Era el capullo de Marc.

¿Cuándo la dejaría en paz?

Llegaron a la explanada donde se celebraba el rodeo al atardecer. El ambiente era de fiesta y había gente por todas partes. Puestos de comida rápida, cerveza y algún que otro borracho.

Tardaron en entrar y finalmente aparcaron en la zona habilitara para las auto caravanas. El torneo estaba a punto de comenzar y Gwen, tras despedirse rápidamente de su amiga, se encaminó rápidamente hacia el lugar donde iba a celebrarse.

Entró, enseñando su pase especial al guardia de seguridad y se saltó la enorme cola de quienes estaban esperando a entrar en el estadio.

Con un poco de suerte, podría intercambiar algunas palabras con Ed, antes de que saliera al ruedo.

Llegó a las barreras y miró a su alrededor, buscándole. Los jinetes aún no habían salido, sí las corredoras de barriles con sus caballos, que ya estaban entrenando en la pista.

La gran pantalla triangular que pendía del techo, mostraba comerciales de bebidas, marcas de ropa e indicaba entre anuncio y anuncio que en breve se darían los nombres de los participantes con sus respectivas presentaciones.

Las gradas empezaban a llenarse de gente y los trabajadores ya comenzaban a vender palomitas, hamburguesas, perritos calientes y, como no, cerveza.

Echó otro vistazo y no vio a Edgard por ningún lado, sacó su teléfono del bolso y marcó su número, pero no respondió.

Resopló y dio media vuelta, para dirigirse hacia los vestuarios.

Cuando estaba a medio camino, en los boxes, la mayoría ya vacíos pues los caballos estaban en la pista, sintió como alguien tiraba de su brazo.

Al darse la vuelta, se topó con Marc y se puso pálida. Se zafó de su agarre y se frotó el antebrazo por donde él la había agarrado.

—Hola, princesa.

Él la miró de arriba abajo, con ojos obscenos y ella se cruzó de brazos, en un gesto protector hacia sí misma.

—¿Qué quieres, Marc? —espetó, asqueada—. ¿Es que eres incapaz de dejarme tranquila?

Dio varios pasos hacia ella y Gwen retrocedió.

Siempre fue un capullo, pero jamás se había visto en peligro, como en ese momento. Algo en su expresión, le dijo que esta vez era distinto, posiblemente porque en aquel lugar del edificio, no había absolutamente nadie, únicamente ellos dos.

—Ya lo sabes —se acercó dos pasos más, con esa mirada lasciva que la puso en completa alerta—. Sabes muy bien qué es lo que quiero.

—Pues olvídalo.

—Oh, no. Esta vez no te saldrás con la tuya. Por muchos abogaduchos que me envíe tu novio, no lograrás nada, únicamente cabrearme más. Y no quieres que eso suceda, ¿verdad? Porque sabes qué consecuencias pueden traerte, a ti y a Lily.

—Eres un cerdo, Marc. Y un cobarde.

Gwen siguió retrocediendo y él avanzando hasta que, sin darse cuenta, entró en uno de los boxes abiertos. Lo supo cuando el suelo se volvió inestable a causa del heno para el caballo que instantes antes lo había estado ocupando.

Aterrada por momentos, se dio cuenta de que Marc ya estaba atravesando la puerta.

Mierda, estaba atrapada. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —intentó pasar por su lado, pero él la interceptó, empujándola, haciendo que su espalda se golpeara contra la pared prefabricada.

Miró alrededor, no había otra salida que la puerta que él estaba tapando frente a ella con su cuerpo.

Arriba, en una esquina, había una cámara de seguridad, pero parecía apagada y era de esas que no tenían micro.

Seguramente serviría para vigilar al caballo, que no se hiciera daño.

Era lógico, pues algunos de los animales que participaban, eran muy caros.

De igual forma, eso no la salvaría si a ese cabrón se le antojaba hacerle daño. Porque esa era su intención, podía olerlo.

—Déjame salir de aquí, o gritaré —dijo, con voz temblorosa.

Marc soltó una carcajada que le heló el vello de la nuca.

—Nadie te oirá, la competición está a punto de empezar.

—¡Socoo…!

Marc se abalanzó sobre ella y le tapó la boca.

—Cállate, o habrá consecuencias.

Gwen notó como hundía la nariz en su cuello y sintió tanto asco que a punto estuvo de vomitar. Empezó a forcejear y le mordió la mano.

Marc la soltó y la miró de arriba abajo, mientras agitaba la mano herida.

—Maldita hija de puta… ¡Me has mordido!

—Marc… —dijo, todavía temblando—, márchate, o te juro que haré algo mucho peor.

—He estado llamándote —dijo, recolocándose la camisa, como si sus amenazas no tuvieran ningún efecto en él—, y no te has dignado a coger el teléfono.

—No tengo nada que hablar contigo.

Marc chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

—No, princesa, esa no es la actitud.

—Como no me dejes salir de aquí…

—¿Qué? —espetó, mirándola con sumo desprecio—. ¿Volverás a morderme? Yo te diré lo que pasará: Si no te comportas como es debido y haces exactamente lo que yo te diga, enviaré a Lily a un internado y nunca, jamás, la volverás a ver.

Gwen abrió mucho los ojos, horrorizada. Tembló como una hoja y Marc aprovechó para acercarse de nuevo, hasta el punto de aprisionarla contra la pared del establo.

—Veo que nombrar a Lily te hace entrar en razón.

—No te atrevas a tocarme.

—Oh, claro que sí.

Colocó ambas manos a cada lado de su cabeza e intentó besarla. Espantada, Gwen lo empujó.

—¡Eres un cerdo! —gritó, después de intentar escapar sin éxito.

—¿Es porque estás enamorada de ese paleto?

—Lávate la boca antes de hablar de Edgard McTavish.

Los ojos de Marc refulgieron de pura rabia.

—Así que es eso, estás enamorada de ese paleto.

—No es de tu incumbencia.

—¿Quieres que mate a ese cabrón? —dijo, con voz tan suave que le pareció que se lo decía el mismísimo demonio—. Porque puedo hacerlo, él es quien nos impide estar juntos, ser una familia.

Gwen rio sin ganas.

—Estás loco, Marc. No puede existir una familia en la que tú seas uno de sus miembros, eres un ser despreciable, un psicópata y una mala persona.

Utilizas a los demás, los manipulas, como hiciste con la pobre de mi hermana que acabó muerta por tu culpa.

Así que óyeme bien, capullo, nunca, jamás, formaremos una familia.

—¡Eres una hija de puta! —le gritó, alzando el puño para golpearla.

Logró esquivar el golpe, agachándose, de no ser así, le habría destrozado la cara.

Se agachó e intentó huir, esquivándolo, pero él la agarró del pelo, tiró de ella y la lanzó al suelo.

—Ya he perdido la paciencia, Gwen —dijo, desabrochándose la hebilla del pantalón.

Se quedó sin habla, por unos momentos paralizada, Marc jamás había llegado a tanto, pero lo vio capaz, en ese momento supo que… tenía que hacer algo.

Tenía que reaccionar y rápido.

Miró a su derecha, pero por encima de su hombro. Tras ella, apoyada en la pared, había una pala.

Esperó.

Esperó a que el cabrón se terminara de bajar los pantalones, y cuando los tuvo a la altura de los tobillos, vio el momento perfecto para actuar.

Se arrastró sobre los codos con la rapidez y la agilidad de una comadreja, estiró el brazo hacia la derecha y cogió la pala.

Se puso en pie, la agarró con ambas manos y le dio un palazo en la cabeza.

No le dio tiempo a ver el cuerpo de Marc cayendo de bruces sobre la paja. Tampoco supo si lo había matado o si estaba gravemente herido, o simplemente había perdido el equilibrio.

Sólo echó a correr con la pala en la mano.

Cuando estaba ya a la mitad del pasillo, la tiró y siguió corriendo hacia donde fuera, daba igual, solo importaba alejarse de ese malnacido todo lo que le permitieran sus piernas.