Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 33
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Capítulo 33

Llegaron al rancho y Edgard seguía de mal humor. Gwen lo siguió en silencio, no entendía nada, pero quería darle su espacio. Subieron por las escaleras del porche, atravesaron el pasillo y cuando llegaron a la altura de su habitación, él se paró, pensando que allí se despedirían.

—¿Vas a subir al tejado? —le preguntó. Cuando él asintió, volvió a hablar—. Te acompaño.

Una vez allí, se echaron sobre las tejas y observaron las estrellas en silencio.

Era agosto y aunque las Perseidas se volverían más visibles a mediados, ya podían verse algunas estrellas fugaces, cruzando el negro firmamento.

Gwen sospechaba qué estaba pasando por la cabeza de Edgard, pero no se sentía con ánimos para tener una conversación de ese tipo. Pero le preguntó, porque lo vio tan tenso, que empezaba a preocuparse.

—Ed… ¿Vas a decirme a qué ha venido eso?

El siguió mirando al cielo, y al ver que no contestaba, ella lo tomó de la mano.

—Edgard…

—Gwen, yo... —la miró, sin acobardarse, pero con una pizca de temor—. Siento algo muy fuerte por ti. Puede que no me correspondas, pero siempre he sido sincero y no dejaré de serlo ahora.

Ella lo miró, mientras algo la recorría de arriba abajo. Él seguía esperando una respuesta.

—Edgard, yo...

—Entiendo que tú únicamente busques sexo pero yo…

—Edgard McTavish —lo interrumpió, ofendida—, ¿por qué sacas conclusiones precipitadas?

—Porque es evidente.

Gwen bufó. Luego cerró los ojos, y gimió.

—Tengo tantos problemas que…

—Que no tienes tiempo para el amor, lo comprendo.

—Yo no he dicho tal cosa.

No, no tenía tiempo para el amor, era verdad. Pero lo amaba, amaba a Edgard McTavish.

Volvió a suspirar y él la miró, con anhelo.

—Si es por ese cabrón de Jack, puedo ocuparme de él. Hay cierto acantilado en el estado de Wyoming…

Gwen rio, sabiendo que se refería a la forma que tenían en el Rancho Dutton de acabar con los problemas. Él también rio por la mención a la famosa serie de Yellowstone.

—¿Sabes? A veces me recuerdas a Beth Dutton.

—Anda ya —le golpeó cariñosa en el hombro—, esa tiene más mala leche que yo.

—También tú tienes malas pulgas. A veces, más que yo.

—En el fondo, soy un cervatillo indefenso y… asustado—. Cuando él giró la cabeza en su dirección, ella cerró los ojos y negó con la cabeza. —No quiero que hagas nada, Ed. Puedo yo sola con todo esto.

—Ya lo hice —confesó—. Hablé con Red, nuestro equipo de abogados...

—¿¡Qué!? —Gwen se incorporó, como un resorte y miró a Edgard, asustada— ¿Qué has hecho, Edgard?

—Hemos buscado a unos abogados, Red y yo...

—¿Por qué? —jadeó—. ¿Por qué te metes en mis asuntos?

Quien se incorporó esta vez, fue Edgard, para mirarla a los ojos a su misma altura.

—Tú eres asunto mío. ¿Todavía no te has enterado? Quiero lo mejor para ti.

—Edgard...

—Shh, basta. Déjate ayudar. Ya sé que puedes sola, eres fuerte y valiente, pero déjame estar a tu lado.

—Pero Lily…

—Lily va a estar bien —le aseguró.

Por un momento quiso creerle, y la esperanza se reflejó en sus ojos, pero después vino el miedo.

—No tie…

Edgard la besó, acallándola. La besó con ternura, acarició su nariz con la suya y juntó la frente, mientras con los pulgares frotaba sus pómulos.

Ella no quería hacer nada más que devolverle el beso, pero él habló de nuevo.

—Quiero estar a tu lado.

—Soy tu fisioterapeuta y…

—Basta ya con eso, Gwen. ¿Dónde está escrito que un hombre no pueda amar a una mujer independientemente de su profesión? No eres una monja por amor de Dios. Ni yo soy cura.

Ella lo miró y no pudo evitar reírse al imaginárselo vestido de pastor.

—Pero mi reputación como profesional...

—Yo soy la prueba viviente de tu éxito profesional. Y si eso te preocupa tanto, trabajemos juntos como un equipo.

—¿Como?

—Sé mía, en exclusiva. Iremos a medias en los torneos, recorreremos el país juntos, y nos haremos millonarios.

La idea era interesante, pero aún había un impedimento, Lily.

—Eso se solucionará también, no te preocupes —le leyó el pensamiento y se lo acalló con otro beso húmedo.

Aunque lo intentase, no conseguiría recordar cómo pasaron de estar en el tejado de los McTavish a su habitación.

Aunque ya no importaba en absoluto, solo que Edgard estaba sobre ella, con su impotente cuerpo, aprisionándola, ambos completamente desnudos, entre las sábanas de su cama.

—Eres un sueño, Gwen.

Lo miro a los ojos, enardecida, antes de besarle de nuevo.

Las lenguas iniciaron un baile húmedo, caliente y sexy, que se extendió por toda la piel de sus cuerpos en forma de lametazos, besos y pequeños mordiscos que los hicieron estremecer.

Fue ella quien tomó la iniciativa, rodeando su cuello y cintura con brazos y piernas, posesiva.

Entrelazados, dieron una vuelta sobre sí mismos y acabaron rodando por el colchón hasta que Gwen quedo a horcajadas sobre él.

Edgard la miro, emocionado y excitado. Estaba tan hermosa…

Sus cabellos largos y sedosos caían por sus hombros como dos cascadas, rozando sus erectos y sensibles pezones.

Estiró los brazos y los masajeó. Vio como, ante el contacto, Gwen se mordía el labio y gemía. El aire que le salió por su nariz hizo flotar un mechón de su flequillo. Luego estiro el cuello y echo la cabeza hacia atrás., mostrando su yugular

Edgard masajeo sus pechos y los apretó, llenos y turgentes, y con el índice y el pulgar pellizco sus pezones, duros como piedras preciosas.

—Ahh.

La oyó gemir y su miembro se puso aún más duro.

Ella bajo la mirada y la clavo en su dureza. Se lamió el labio y poco a poco se fue inclinando hacia él, mientras con las manos rozaba sus pectorales.

Su lengua rozo el glande, trazo varios círculos sobre él y lamió una gota de semen.

Ed apretó los dientes cuando sus labios rodearon al fin su pene y la boca suave y caliente de Gwen se deslizaba hasta la base, chupando y succionando, hasta que se la sacó completamente y después volvió a metérsela por completo.

Ed cerró los ojos y empezó a jadear, sumamente excitado.

Se venía... iba a correrse.

Puso las manos en su cabeza y cerró los puños en su melena, tirando suavemente de ella.

—Oh, princesa... voy a... oh para.

Pero ella no se detuvo.

Ni pensaba hacerlo.

Siguió lamiendo y chupando, cambiando el ritmo. Por momentos era más suave, después se lo hacía más rápido, más fuerte, para volver a ser delicada.

Pronto empezó a sentir en su boca como la virilidad de Edgard se hinchaba y palpitaba. Oía como su respiración se volvía más fuerte y entrecortada. Sus manos, que en ese momento estaban sobre su pecho, notaban como temblaba su piel, como ardía, y como este se movía aparentemente sin ningún control.

—Me... me voy a correr, Gwen.

Sintió en la boca cómo una humedad caliente la llenaba por momentos. Los últimos estertores del placer de Edgard expulsaron más y más semen. Su abdomen quedó totalmente húmedo.

Cuando acabó, él la miró a los ojos y Gwen se lamió el labio mientras le devolvía la mirada. Sus ojos lo miraban, fijamente.

Jamás en toda su vida había visto ni sentido nada tan erótico.

—Cielos nena...

Ella sacó unas toallitas húmedas del cajón de su mesita de noche y limpió su abdomen, pero pronto regreso a su verga, que seguía dura y volvió a lamer su punta.

—Quieres matarme.

—Oh, no. Te necesito vivo.

Pero esta vez no le permitió continuar.

La asió por las axilas y la obligó a colocar sus labios a la altura de los suyos. La tomó por la nuca y la atrajo hacia sí, degustando su propia esencia.

La besó con pasión. Su boca sabía a sexo. La saboreó hasta hacerla gemir, mientras su mano iba navegando por su piel hasta que alcanzó sus labios inferiores, húmedos y calientes.

—Ahora me toca a mí darte placer.

En un rápido movimiento se colocó sobre ella y le abrió las piernas.

Jadeó hondamente al ver su sexo depiladas, de labios rosas y brillantes.

—Jamás he visto algo más hermoso.

Le metió un dedo, disfrutando de la exótica imagen que era ella, abierta de piernas, retorciéndose de placer mientras él le metía un dedo y luego otro, masajeándola lentamente, tortuosamente.

Su cintura se contorsionaba mientras sus caderas subían y bajaban ligera y rápidamente, buscando el placer que él le daba.

Pulsó con el pulgar su clítoris y lo sintió duro y palpitante. En ese momento, ella soltó un hondo gemido.

Sin poder soportarlo más, acercó su boca y antes de lamerla, sopló, logrando otro gemido.

—Edgard.

—Sí, mi amor

—Vas a matarme.

Lamió y chupó su clítoris, mientras tanto, ella se volvía loca por momentos.

Estaba duro, lo atrapó con los labios y succionó con lentitud, al tiempo que con la lengua presionaba en su centro. Con la mano, deslizó un dedo y luego otro, y mientras le daba placer con la lengua. Sus dedos rozaban su punto más sensible, en el interior de su vagina.

Ella seguía retorciéndose, arañando sus hombros, hundiendo los dedos en su melena y tirando de ella, al tiempo que se retorcía y maullaba debajo de él como una gata en celo.

Notó su orgasmo, las paredes de su estrecha cueva apretaron sus dedos, primero con fuerza y después más rápido y más suave.

Hasta que todo acabó.

Al saberla saciada, desanduvo el camino trazado anteriormente con los labios, hasta llegar nuevamente a su boca.

Bebió de ella como un sediento en mitad del desierto. Mientras la besaba y acariciaba, sin previo aviso, la empaló.

Ella gritó y estiró el cuello, echando la cabeza hacia atrás.

Edgard aprisiono sus muñecas y empezó a bombear lentamente, pero con potencia.

—Oh, sí... ahh.

Bombeó rápido y fuerte. Ella rodeó su cintura con las piernas y el siguió empalándola hasta que se sentó de cuclillas y la tomó por las rodillas.

La estiró hacia sí y le alzó las piernas, colocándoselas sobre los hombros.

—Oh, nena... eres tan… jodidamente sexy.

—Ahhh.

Gwen gritaba con cada acometida.

—Ah, ah, ah.

La penetró rápido y potente y ella volvió a correrse.

—Oh, Gwen…

Notó sus paredes apretándolo y succionándolo.

Bombeó más y más rápido y pronto empezó a notar el placer, recorriendo por completo su cuerpo, hasta que estalló en su pene.

—Dios, nena... ¡Oh, Gwen!

Apretó la mandíbula, se inclinó sobre ella y mientras se vaciaba en su interior, hundió la cara en su hombro y jadeó, aprisionándola con fuerza.

Se quedaron unos instantes abrazados y aprendiendo a respirar de nuevo, esperando a que ambos pulsos volvieran a la normalidad.

Cuando casi habían llegado a ese punto, se separaron ligeramente para mirarse a los ojos.

Él la acarició con ternura, apartando los mechones húmedos de su cara.

—Joder, eres increíble. —Colocó un mechón tras su oreja y ella sonrió.

—Tú sí que eres increíble, Ed.

La miro unos momentos. Y ella se dio cuenta de que su expresión había cambiado.

—¿Va toso bien?

—Creo que sí.

La besó y cuando separó los labios volvió a mirarla de la misma manera. Hasta que ella perdió la paciencia.

—¿Que pasa?

Él tomó aire hondamente y lo expulso con rapidez.

—Te amo, Gwen.

Lo miró, parpadeando.

Tragó saliva.

Su cuerpo se encendió y toda la tensión salió en forma de un gemido.

—Eso... eso lo dices porque acabamos de echar un polvo increíble, pero...

—Shh —Edgard puso un dedo sobre su boca—. Por favor, escúchame.

Ella asintió.

Y le dejo hablar.

—Sé que soy odioso, y tú... —Ella alzó ambas cejas—, tú tampoco te quedas corta. Pero durante los últimos meses juntos, me he sentido acompañado. No solo eso, me he sentido como nunca antes me había sentido.

—Yo... yo también. —confesó Gwen. Él la besó rápidamente y prosiguió.

—Es evidente que congeniamos, hacemos un buen equipo y yo... —tragó saliva, rogando a Dios que ella dijera que sí—. Yo… yo quiero que vengas de gira conmigo, que trabajamos juntos y... que seamos algo más que compañeros, o amigos.

—Yo...

—No contestes ahora —dijo él, de pronto temeroso de que le dijera que no. —Sólo piénsatelo.

Gwen se había quedado sin habla. Porque de haber podido articular palabra, le habría respondido que sí.

Solo lo abrazó y lo atrajo hacia si, cerró los ojos y sintió como todo su cuerpo se reconfortaba y como su alma sanaba en brazos de su cowboy.

—¿Qué me dices?

—Estás como una puta cabra —contestó, acercándole la cara a la de ella para besarlo con fuerza.