Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 32
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Capítulo 32

Transcurrieron dos semanas durante las cuales, ninguno de los dos pudo rendirse a la tentación de buscar al otro.

A parte de las sesiones de masajes y los tratamientos, que Gwen intentaba que fueran lo más profesionales posibles, ambos buscaban cualquier excusa para encontrarse, especialmente en los lugares más recónditos y extraños.

Era absurdo no decirse abiertamente que se deseaban, pero eso se acabó por convertir en un juego de lo más excitante.

El sexo era espectacular, y las emociones a cada momento eran más fuertes, más intensas, pero ninguno de los dos se atrevía a confesar sus auténticos sentimientos.

Durante las sesiones de fisioterapia, Gwen se transformaba. Dejaba de ser una amante dispuesta, complaciente y absolutamente erótica, para convertirse en la estricta y malhumorada doctora que regañaba a su paciente tan solo por mover el dedo gordo del pie cuando ella no se lo había ordenado.

—Mmmm.

—¿Hmm? —dijo él, alzando una ceja, mientras Gwen palpaba su cuádriceps, sobre la camilla.

—Está mucho mejor, pero no deberíamos echar las campanas al vuelo —había dicho en su última sesión—.

Este grupo de músculos están soportando aún demasiada presión, y temo que el vasto medial pueda colapsar si no te portas bien.

—Le clavó un dedo estratégicamente en ese músculo, y Ed sintió un agudo dolor en la rodilla—. ¿Lo ves?

Edgard hizo una mueca de dolor y la miró con una expresión que iba dirigida a que ella se sintiera culpable. No funcionó.

—Me sentía genial hasta que… has hecho eso —Gwen volvió a hacerlo— ¡Joder!

Le dedicó una sonrisa malvada.

—Tenemos que trabajar en varios ejercicios que lo fortalezcan sin causarle estrés, o…

—Ejercicios, ¿eh? —Alzó una ceja, juguetón.

Ella le dio un manotazo en la mano cuando intentó acercarla a su cintura para agarrarle la cadera.

—Ejercicios, Ed. No me refi…

—Podríamos matar dos pájaros de un tiro —dijo en tono lastimero.

Cuando ella lo miró como si fuera a arrancarle la cabeza, dejó de bromear.

—Gwen, me siento genial, no necesito que me pongas de mal humor.

Ella se puso aún más seria y lo señaló con el dedo.

—Casi estás recuperado, lo sé, pero debes hacerme caso e ir con sumo cuidado, ¿me has entendido? No sería inteligente tirar por la borda todo el duro trabajo que has hecho.

—De acuerdo, mi capitán —cedió, pero una sonrisa de diablo se dibujó en su cara—. Pero bésame.

Gwen abrió mucho los ojos y lo miró como si le hubiesen salido dos cabezas.

—Hasta que no salgamos por esa puerta, tú eres mi paciente y yo tu fisioterapeuta. Que te quede bien claro.

Por supuesto, no tardaron en salir al pasillo para besarse.

***

Esa misma noche, fueron al Stallion de Jeff.

Nada más entrar, se encontraron con una algarabía.

—No me lo puedo creer.

Ed sonrió.

Jeff había habilitado la zona de los billares con un toro mecánico, y en esos momentos Phiona estaba dando vueltas sobre la máquina mientras todos a su alrededor la jaleaban.

—Madre mía —exclamó Gwen—, tu hermana sabe lo que hace.

La joven tardó más segundos de la cuenta en caer sobre la enorme colchoneta y todos aplaudieron exaltados.

Cuando se puso en pie y los vio, corrió hacia ellos.

—¿Habéis visto? —dijo, con las mejillas rojas y la melena alborotada—. Gwen, deberías probar.

—Creo que paso. Pero tú lo haces genial.

—Se nota la sangre McTavish que corre por sus venas —le dijo Edgard, orgulloso de Phiona.

—Hermanito —le dijo a Edgard, y después le guiñó el ojo.

La vieron trotar hacia la barra, en busca de Jeff y Edgard miró, expectante, a Gwen.

—¿Seguro?

—Seguro, no es lo mío. Voy a por unas cervezas.

Siguió a Phiona hasta la barra mientras Edgard se sentaba en la mesa de siempre, no sin antes saludar a Jeff, tocándose el ala del sombrero.

—¡Hey! —le dijo a la pequeña de los McTavish —, últimamente no se te ve el pelo. —Phiona miró a Edgard a lo lejos, y sonrió.

—Mira quién fue a hablar —respondió ella, con una cara que le decía claramente que sabía perfectamente lo que estaba pasando entre ellos dos.

—¡Qué! —Gwen se puso a la defensiva.

—Últimamente estáis todo el día escondidos.

—No sé a qué te refieres.

—Oh, lo sabes perfectamente —dijo Phiona, viendo como su amiga se encogía de hombros.

En ese momento apareció Jeff, que había estado sirviendo whisky a unas corredoras de barriles.

—Hola, preciosas. ¿Qué vais a tomar? —preguntó, también refiriéndose a Edgard, que aguardaba en la mesa y en esos momentos estaba hablando con Jack, que acababa de llegar.

—Lo de siempre —dijo Gwen, mientras a Phiona le cambiaba la cara.

—Marchando tres pintas casi heladas.

Gwen miró a Phiona y no se sorprendió al verla tan enfadada cuando siguió la dirección que apuntaban sus ojos y vio a Jack hablando con Edgard.

—¿Qué cojones hace el indio gilipollas?

—Supongo que intercambiar impresiones con Ed, acerca de la final.

Cierto, faltaban pocos días para la gran final y… Jack era uno de los participantes.

—Ya falta poco.

—Es pasado mañana.

Phiona bufó y cuando Wolfwalker miró en su dirección, puso los ojos en blanco y lentamente se giró hacia Jeff.

—Sinceramente, no sé cómo lo soportas.

—No es mal tío, créeme —se lo dijo tan en serio esta vez, que Phiona pensó que había gato encerrado.

—¿Desde cuándo lo defiendes? —torció el gesto.

—No lo defiendo, pero…

—¿Pero qué…?

—¿Nunca has pensado que, si no acudió al baile aquella noche, podría haber sido por un motivo de fuerza mayor?

Phiona arrugó el entrecejo y luego lo miró, indignada.

—¡Jeff! —exclamó, dolida—. ¡Te estás poniendo de su parte!

—Esto… —Gwen agarró las dos jarras de cerveza y miró a sus amigos—. Chicos, me marcho con Edgard.

Phiona y Jeff siguieron hablando mientras ella se dirigía hacia la mesa donde su cowboy la esperaba. Se cruzó con Jack, quien la saludó con un movimiento de cabeza y cuando puso las jarras en la mesa, resopló.

—Cielos, tu hermana jamás perdonará a Jack.

Se sentó, y al ver que Ed no respondía, insistió.

—¿Y a ti qué te pasa?

—Nada.

—¿Seguro?

Edgard suspiró.

—No conozco la historia de mi hermana, siempre tuvo más confianza con Red, puede que porque yo estuviera demasiado centrado en el rodeo, pero… Sé que pasó algo entre ella y Jack.

—A estas alturas, todos aquí parecen ya saber que, cuanto menos, se odian a muerte. Ojalá esto tuviera arreglo, Jack no parece un mal tipo.

Otros segundos de silencio la pusieron nerviosa, hasta que Ed se decidió a hablar.

—Yo creo que del amor al odio hay una línea muy fina, fácil de cruzar, o romper.

—No me digas —dijo Gwen—. ¿Me sigues odiando, Ed McTavish?

Era una broma, pero Edgard no se la tomó como tal y la miró, intensamente.

—Crucé esa línea hace mucho tiempo, Gwen.

Se miraron unos instantes, él muy serio, y ella parpadeando y abriendo la boca por momentos.

Si Edgard había cruzado esa línea, significaba que ahora… que ahora…

—Sí, es exactamente lo que estás pensando —le dijo, y ella apretó los párpados y meneó la cabeza.

—¿Qué sabrás tú? —respondió, tomando un sorbo de su cerveza.

Ed se sintió decepcionado. No le había dicho claramente que la amaba, pero si era lista, que lo era, habría captado la indirecta.

Lo más seguro es que se hubiese sorprendido porque… porque ella no lo amaba, y no sabía qué responder.

Mierda, estaba comiéndose la cabeza, como un estúpido adolescente.

Gwen lo observó, su cara había cambiado. Podía ver la tensión en su mandíbula y como su ceño se fruncía ligeramente.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

Estuvieron un rato tensos. Tomaron sus cervezas y pidieron otras, mientras hablaban de cosas que no tenían importancia.

Hasta que sonó una canción romántica y él se puso en pie y le tendió la mano.

—Bailemos.

Ella miró alrededor. Phiona seguía allí, en esos momentos hablaba con Jack y parecían estar discutiendo. Jeff limpiaba vasos sin alejarse demasiado y las corredoras de barriles intentaban ligar con él, quien se las quitó de encima con palabras amables.

Edgard seguía esperando, con la mano extendida, viendo como Gwen no se levantaba de la silla.

Al sentirse rechazado, dejó caer el brazo y suspiró.

—Bueno, pues regresemos al rancho.

Ella abrió mucho los ojos.

—Pero si acabamos de llegar, Edgard.

—Estoy cansado.

—Pues yo me quedo. Regresaré con Phiona.

—Bien.

La miró dolido, luego meneó la cabeza y le dio la espalda.

Lo vio encaminarse hacia la puerta y cuando estaba a punto de salir, corrió hacia él y se puso a su altura.

—He cambiado de opinión—le dijo, a lo que él volvió a decir:

—Bien.