Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 31
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Capítulo 31

Los iris celestes de Edgard lucían una tonalidad más oscura, parecida al índigo, sin embargo, brillaban con más intensidad bajo la luz de las estrellas.

Ese hombre era tan hermoso, que una se olvidaba hasta de respirar.

Gwen jadeó, cuando él acercó sus labios y lamió su cuello, degustando las gotas de agua que resbalaban por su piel.

Oh, ocurrirá. Volverá a ocurrir.

Ya estaba sucediendo.

Aun así, las palabras pronunciadas con una voz grave y rasgada, seguían resonando en su mente, como una promesa de placer.

Un placer que no era únicamente físico, pues Edgard tenía la capacidad de revolver sus entrañas con una sola de sus ardientes miradas.

Y con una suave caricia, parecía capaz de hacerla arder hasta que el agua se evaporase, como las piedras calientes en un cazo.

Los labios de ese hombre, sensual y salvaje, recorrían su piel sensible, su lengua lamía y chupaba, ella gemía y él podía sentir en su boca la vibración de su voz.

Rodeaba su cintura con sus maravillosas y suaves piernas, los robillos enlazados sobre sus lumbares y el agua, tibia a su alrededor a causa del calor que desprendían los cuerpos unidos, los envolvía, protectora, añadiendo más placer al mismo placer.

Gwen sintió la punta de su pene, presionando sobre su vulva. Se miraron a los ojos, pues el deseo los embargaba, aunque la responsabilidad era primordial.

—Yo… —jadeó ella—, estoy bien, me hice un chequeo hace unos meses, además tomo las pas…

—También yo.

Dejaron de hablar con un beso, largo y sentido, sensual y erótico en el que ambas lenguas se degustaron. Ninguno de los dos necesitaba más explicaciones que sentir piel contra piel.

Gwen se apretó contra él, clavó las uñas en sus hombros, dejando cuatro medias lunas gravadas en ellos y echó la cabeza hacia atrás, formando en su garganta un sonido gutural que se fue acrecentando, al tiempo que la gruesa y larga verga de Edgard se abría paso entre su carne, lento, tortuoso y ardiente.

Cuando retrocedió, lo hizo con rapidez, para después entrar de nuevo, tan despacio, incluso más que la vez primera.

Quería sentirla, notar todas y cada una de las terminaciones nerviosas de su vagina, que palpitaba y lo apretaba, presa de la excitación que iba creciendo por momentos.

Notó como empezaba a mover las caderas, balanceándolas de arriba abajo, buscando el roce más propicio para llegar al orgasmo.

La miró a los ojos mientras acompañaba sus movimientos con las manos sobre sus glúteos, redondos y llenos, tensos.

Cada movimiento iba acompañado con un gemido encantador, sus labios estaban entreabiertos, con los cabellos pegados a su piel, las mejillas rosadas y los ojos fijos sobre los suyos, a veces entornados.

—Oh, Gwen… eres… una diosa.

—Edgard… —gimió, cuando él hundió el rostro en el hueco que había entre su cuello y su hombro, para mordisquear y lamer su piel, tibia y temblorosa.

Su vulva estaba caliente, resbaladiza y apretada.

—Oh, nena…

—Más deprisa… —jadeó ella, pues la tortura a la que la estaba sometiendo a duras penas le permitía respirar—. ¡Oh, sí!

Él aumentó el ritmo, ambos lo hicieron. Acompasaron perfectamente sus movimientos, era como si estuviesen hechos el uno para la otra, totalmente compenetrados.

Gwen podía sentir como él la llenaba, conquistándola, dominándola y apaciguándola al mismo tiempo.

Había empezado a moverse lentamente, lo que había incrementado su placer y la había vuelto loca de deseo, y en estos momentos bombeaba con fuerza, arrancando de su garganta gritos y gemidos, obligando a sus manos a hundirlas en su melena y a tirar de esos mechones húmedos y al mimo tiempo masajear su cuero cabelludo y clavarle las uñas, provocándole una excitación difícil de dominar.

Estaba desatada, no paraba de gemir, su rostro en éxtasis era absolutamente arrebatador, sus movimientos lo volvían loco y Edgard apretaba los dientes para no correrse, pues quería, necesitaba que ella lo hiciese antes, para ver su cara en el momento más culminante.

—¡Ah, ah, ah, ah!

Notó cómo sus tobillos apretaban sus lumbares, atrayéndolo más hacia sí, pegándose a él, rozándose.

Ella gritó, jadeó y lo apretó con rápidos estertores. Él gimió, conteniéndose. La miró justo en el momento en que llegaba al orgasmo. Cuando eso pasó, bajó el ritmo y volvió a penetrarla lenta y suavemente, haciendo que su éxtasis se alargara en el tiempo y dándose tiempo a él para calmarse.

Ella se paró unos momentos, dejó de moverse para sentir su dureza y su grosor. Entonces, él salió de su interior y la instó a darse la vuelta.

Gwen echó la cabeza hacia atrás y ladeó el rostro, buscando sus labios. Los encontró, siempre los hallaba. Las manos de Edgard también llegaron a sus senos y los apretó, pellizcó sus pezones y después, una de ellas fue bajando por su cuerpo, acariciando su vientre, hasta llegar a su sexo.

Abrió sus labios inferiores con los dedos, y empezó a masajear su clítoris, lentamente, trazando suaves círculos sobre él. Después se abrió camino por su hendidura y metió un dedo.

—Edgard… ¡aaah!

Estaba resbaladiza. La acarició, a cada momento estaba más dispuesta y sus jadeos eran encantadores.

Colocó ambas manos en sus caderas, al tiempo que su boca buscaba su cuello, y mordisqueaba el lóbulo de su oreja. La atrajo hacia sí y con el glande se abrió camino hacia su interior.

La penetró despacio, una de sus manos regresó a su punto de placer y lo pulsó, lo pellizcó y lo acarició, mientras se introducía en ella.

—Me… me vuelves loca, Edgard.

Siguió acariciándola mientras bombeaba lentamente, su clítoris a cada momento estaba más duro, y su vulva más hinchada y resbaladiza. Se adentró hasta lo más hondo y retrocedió varias veces, hasta que poco a poco fue aumentando el ritmo.

La mantenía aprisionada, con una mano en su cadera y la otra pellizcando su clítoris con el índice y el pulgar. Ella no se movía, estaba paralizada, él marcaba las pautas, dominándola sin ejercer ningún tipo de fuerza, ni presión.

—Dios, Edgard… ¡AHH!

Notó un segundo orgasmo, sintió como sus paredes se humedecían aún más, estaba caliente, quemaba, y su clítoris pulsó al mismo tiempo que lo hacían su húmeda cueva.

Aumentó el ritmo, la poseyó, absolutamente enajenado, mientras ella jadeaba bajo cada acometida.

—Voy a correrme, nena —dijo, con voz rasgada.

Ella pegó su espalda contra su pecho y él bombeó con fuerza una última vez. Cuando notó que él se vaciaba en su interior, un tercer orgasmo, o puede que se tratara del interminable anterior, la recorrió de arriba abajo, haciéndola gritar.

Todavía dentro de ella, la abrazó con fuerza, lamió su cuello, su oído y de nuevo se encontró con sus labios.

La besó largamente, hundiendo la lengua en su boca, explorándola.

Seguía caliente y él seguía duro como una piedra. Oh, cielos, jamás se cansaría de ella…

—Mi amor… —dijo, moviéndose dentro de ella, nuevamente—. Me excitas tanto, que no puedo parar.

—Oh, no pares… Por favor, no te detengas.

Las caderas de Edgard volvieron a moverse con brío, Gwen sintió sus jadeos contra su oído, al mismo ritmo que sus acometidas.

El cielo, el agua y las estrellas, fueron los únicos testigos del placer que se dieron el uno al otro.

***

El sol asomaba tímidamente su luminosa faz por el horizonte, mientras el firmamento se iba tiñendo poco a poco de azul oscuro, definitivamente rendido por la claridad, hasta alcanzar el violeta, en un juego cambiante de colores que iba derramándose en un espectáculo sublime, como si fueran acuarelas sobre un papel mojado.

Definitivamente, aquellas tierras tenían que ser lo más parecido al Paraíso que existiera sobre la faz de la tierra.

Estaban echados sobre una toalla que había traído Edgard, desnudos y saciados de tanto sexo.

Con las pieles desnudas acariciadas por la brisa matutina, que mecía las hojas de los árboles, recreándose en un juego de luces y sombras sobre ellos, que iba cambiando a medida que el Astro Rey se alzaba hacia su trono celeste.

Gwen mantenía la cabeza apoyada sobre el pecho de su cowboy, mientras este acariciaba su cabello húmedo, de forma mecánica.

Él observaba el cielo, y a pesar de verlo tan inalcanzable sobre sus cabezas, sentía que en esos momentos allí se encontraba.

Cerró los ojos y suspiró, ese había sido un pensamiento totalmente cursi, pero en realidad así se sentía mientras estaba con ella, con su Gwen.

No podía negar que estaba enamorado de ella.

Hasta los huesos. Habían pasado meses juntos, conviviendo, y no sólo compartían aficiones y gustos, también hacían un buen equipo.

El mejor de todos. Ella era maravillosa en todos y cada uno de los aspectos, ni siquiera su mal humor y su lengua viperina empañaban todo eso porque para él, formaban parte de su encanto.

También era hermosa. Su belleza era exuberante, atrevida y erótica, pero no la amaba ni la admiraba por eso. Era su mirada la que lograba enardecerle, sus manos, maravillosas, capaces de darle el más absoluto placer, alivio y... sí, un dolor insufrible a veces, pero necesario para sanar.

Sí, Gwen le había ayudado a sanar, y no únicamente el cuerpo.

También su mente, cuando antes había estado a punto de acabar perdida para siempre.

El Edgard de siempre había regresado, ahora tenía un nuevo propósito, y una cosa más importante: esperanza, algo que, a pesar de haberla rechazado en un principio, ella y únicamente ella, se la había devuelto.

Si, Gwen le había devuelto la esperanza.

—¿En que piensas? —le pregunto, alzando la cara para mirarle a los ojos, unos ojos tan azules que quitaban la respiración.

Él sonrió. Y fue sincero.

—En ti. Y en mi. En nosotros.

—Ah, ¿sí?

—Ajá.

—Y… —empezó a juguetear con el vello que cubría parte de su pecho—,  ¿exactamente qué estabas pensando?

El la miró con esa sonrisa de adolescente travieso.

No le diría aún cuanto la amaba. No se sentía preparado. Si era sincero consigo mismo, tenía miedo de su rechazo.

Se puso pensativo y se mordió el labio inferior, en un gesto que la excitó.

—En... —Sus ojos se iluminaron. —En que me gustaría abrirte de piernas y lamerte hasta arrancarte lo inarrancable. Una, y otra, y otra vez, hasta que no te sientas las piernas.

Geen se puso roja como un tomate. Edgard amplio su sonrisa y con la mano, fue bajando por su espalda, acarició sus nalgas, rodeando su cadera hasta que finalmente se la metió entre los muslos.

Ella gimió, al notar sus dedos abriéndose paso en sus labios inferiores.

—Ábrete de piernas para mí, Gwen.

—Ahh —Ella obedeció, mientras los dedos del cowboy jugábamos con su vulva, húmeda e hinchada.

—Mira lo que me haces sentir.

Con la otra mano agarró la suya y la guio hasta su enhiesto miembro. Ella la agarró y se lo apretó, mientras el seguía frotando su punto de placer.

—Ah... —jadeó—. ¿Se… seguro que estabas pensando en eso?

—Siempre pienso en eso cuando estás desnuda sobre mí. En eso, y en muchas más cosas.

—¿Como cuales? —gimió, cuando él le pellizcó el clítoris.

—Pienso en... que me acaricies con tus manos, suaves. Y...

—Dime... ¿así?

—Oh, sí —respondió, apretando los dientes.

Los dedos de Edgard flotaban su punto de placer, luego se introducían en su cavidad y la acariciaban por dentro, suavemente.

Ella gemía, suspiraba y se movía sensual, mientras con la mano iba masajeando su miembro, despacio.

Dios, era tan erótico ver como las caderas masculinas subían y bajaban con sus caricias, y como su pecho, fuerte y musculoso, se movía de arriba abajo, a cada punto más y más rápido.

Sus ojos azules la observaban brillantes, y su boca jadeaba.

—Oh, Edgard....

—Nena, me pones tan cachondo…

—Quiero... ¡Oh!

El seguía frotando, suavemente. Ella masajeando su miembro.

—Si sigues, yo...

—Quiero ver como te corres, Edgard.

Las caderas masculinas se movían convulsas, su pene estaba duro y a cada momento más ancho y palpitante, Gwen apenas podía abarcarlo con la mano.

—Sí, princesa… no... oh, para.

—No, quiero verlo.

—Voy… voy a correrme.

Aumentó el ritmo, hasta que su miembro se tensó al máximo y empezó a expulsar el semen. Ver como su vientre y parte del pecho quedaban empapados, fue para Gwen una de las visiones más eróticas que había presenciado jamás.

Él jadeo, apretó los dientes. Y tras recobrar el aliento, en un rápido movimiento, quedó sobre ella, aprisionándola.

—Ahora me toca a mí —le dijo, besando sus labios rojos como fresas—. Y no pararé hasta que te corras una y mil veces.

Hicieron el amor el resto de la mañana.

No le dijo que la amaba. Ni tampoco que estaba dispuesto a hacer todo lo posible para permanecer a su lado, pasara lo que pasara.

Gwen tampoco se lo dijo. Pero estuvo a punto.