Capítulo 30
La cena en el rancho fue tranquila, pero era evidente de que Edgard y Gwen no estaban en su mejor momento.
No discutieron, pero prácticamente se ignoraron y Gwen se sintió a cada momento más dolida.
No entendía su actitud.
Había observado su cuerpo al caminar, las expresiones de su rostro cuando daba un paso tras otro y sabía que ya no sufría un dolor insoportable en la pierna.
Entonces, ¿por qué de nuevo se había convertido en un ogro insoportable?
Su mejoría física era más que evidente, ¿no debería ser el tipo despreocupado y de sonrisa fácil que fuera antes del accidente?
Desde luego lo había sido en el primer rodeo.
Phiona había alabado su gran trabajo. Vuelve a ser el de siempre .
Pues el de siempre había vuelto a desaparecer, y no sabía muy bien por qué.
Cuando Phiona, Howard y Tess subieron al tejado a mirar las estrellas, ella se marchó a su habitación.
Edgard había desaparecido justo después del último plato y ni Mag sabía a dónde se había marchado. Posiblemente estuviera en el establo como siempre.
Se puso el pijama de pantalones cortos y camiseta de tirantes con ositos y se echó sobre la cama como un peso muerto.
A pesar del cansancio, intentó dormir, pero no pudo hacerlo.
Dio más vueltas que una noria y cuando se cansó, decidió que salir a dar una vuelta por el rancho a caballo, era una buena idea.
Estaba a punto de asomar el alba cuando salió de los establos después de enjaezar a Ravel.
Se dio cuenta de que faltaban varios caballos, pero no le dio importancia, a veces Daril y Edgard los soltaban para que pasaran la noche en el cercado, especialmente en verano y cuando había algunas yeguas en celo.
Observó el hermoso paisaje. El cielo en el rancho era de lo más impresionante. La Vía Láctea parecía marcar el sendero que ella y su caballo estaban siguiendo en dirección al río. Más al fondo, la luna con la forma de un cuerno, bailaba con Venus, la estrella vespertina.
Sonrió, porque todo allí era espléndido, sublime y antediluviano. Sin embargo, esa sonrisa se borró de su rostro al llegar a ese lugar, donde en aquel recodo del río se formaba un lago de aguas tranquilas y más al fondo, se encontraba la reserva Apsalooke.
—Jamás me cansaré de esto —dijo, para sí, emocionada.
No pudo evitar pensar en Lily. A la pequeña le encantaría ese lugar. De nuevo, se le formó un nudo en la garganta al pensar en su sobrina, y se obligó a no llorar.
—Vamos, chico —apretó ligeramente los flancos de Ravel, hasta que llegaron a la orilla del lago y una vez ahí, desmontó de un salto—. Voy a soltarte, pero ni se te ocurra escapar, ¿de acuerdo?
Ravel y ella habían hecho muy buenas migas, hasta el punto de que, de haber podido, le habría hecho una oferta de compra a Edgard.
Pero si lo pensaba bien, ese animal siempre estaría mejor en el rancho McTavish, bajo el cielo estrellado de Montana que en un establo de Boston, donde apenas el aire era respirable.
Tras atarle las riendas al cuello para que no las pisara y de ese modo no se hiciera daño con el bocado, lo soltó para que pastara. Lo oyó relinchar suavemente y otro caballo, respondió desde la distancia.
No se preocupó demasiado, la reserva estaba cerca y los nativos solían tener a la manada suelta, así que empezó a quitarse la ropa para darse un chapuzón.
***
Edgard la había visto llegar, desde su posición, debajo de un pequeño bosquecillo, a unos diez metros del agua. Lo vio todo perfectamente y ella, ni siquiera se dio cuenta de que Sweet también estaba cuando los caballos se saludaron. Ahora Ravel y su yegua pacían juntos.
Meneó la cabeza de un lado a otro, ¿cómo podía ser tan inconsciente y estar tan distraída?
Puede que fuera una chica lista, pero lo de ser de ciudad no se lo quitaba nadie.
Aquello era Montana, estaba en plena naturaleza salvaje y debía andarse con ojo.
Hacía algún tiempo que no se divisaban por esa zona leones de montaña, pero eso no quería decir que no hubiera alguno merodeando y ella no había tomado ninguna precaución.
¿Y qué demonios hacía cabalgando a esas horas de la madrugada?
En un primer momento pensó en hacerse notar, pero se le secó la boca al ver cómo se desnudaba.
Primero se quitó la camisa, luego se bajó los pantalones y se sacó las botas. Se quedó en ropa interior y pareció dudar, hasta que decidió quitársela también.
En ese momento, Edgard se quedó sin respiración.
Cuando la vio bajarse las bragas y descubrir sus preciosas y níveas nalgas, su corazón empezó a palpitar con tanta fuerza, que temió que ella pudiera escucharlo. Peor fue cuando se desabrochó el sujetador y sus senos blancos y turgentes se balancearon con cada paso que dio hacia la playa pedregosa.
La escasa luz de las estrellas y la luna creciente lamía su piel y sus curvas se hacían más voluminosas con las sombras que se proyectaban en ella. Su melena, rubia y suelta, parecía flotar tras ella con la suave brisa, como si fuera un hada acuática.
Cielos, era hermosa, como un sueño. Exuberante y a la vez, etérea.
La vio meterse poco a poco en el agua y las suaves ondas la envolvieron. Su melena se arrastró por el líquido elemento, hasta que se hundió al completo, formando una flor dorada alrededor de su cabeza.
Se hundió, y tardó unos segundos en volver a aparecer, no muy lejos de donde se había sumergido, pero estaba oscuro y al bucear, la había perdido de vista.
Cuando salió a la superficie, Edgard decidió que tenía que dejar se comportarse como un mirón, y la llamó.
—Eh, no nades hasta la otra orilla, o los Crow te arrancarán la cabellera.
En un primer momento pareció asustarse, se dio la vuelta con rapidez, pero al reconocer su voz, su rostro se relajó.
—Muy gracioso, Edgard —achicó los ojos, pero no podía verle. Sí oír su voz, que se hizo notar de nuevo y supo exactamente dónde estaba, bajo unos árboles, entre las sombras de los arbustos.
—Ten cuidado, hay caimanes.
—El único caimán que hay por aquí eres tú, Edgard.
—Vale, pero hay esturiones tan grandes que podrían tragarte de un solo bocado. Y sinceramente, aunque últimamente estás insoportable, no quiero quedarme sin fisioterapeuta.
—No lo parece, por cómo te comportas.
Mira quien fue a hablar , pensó Edgard.
—¿Qué haces aquí?
—Lo mismo que tú —respondió ella.
—Lo dudo. —Había guiado a varios caballos a pastar en aquellos prados. Solía hacerlo una vez al mes, pues allí eran mucho más jugosos y así se ahorraba el viaje con el tractor.
Lo que sí era cierto, es que también se había dado un chapuzón, y en esos momentos estaba secándose sobre una toalla, completamente desnudo.
Ni corto ni perezoso, se puso de pie y entró dentro de su campo visual.
Cuando eso pasó, Gwen se puso roja como un tomate y su cuerpo se calentó como nunca.
El se había levantado de su toalla extendida sobre la hierba y estaba caminando hacia ella, con osadía y sin ninguna vergüenza a pesar de estar completamente desnudo.
En mitad de la noche, y con el cabello revuelto y húmedo, parecía un auténtico salvaje.
No quiso mirar más abajo, habría jurado que su pene estaba erecto.
Por Dios, se mordió el labio inferior sin poder evitar que sus feromonas recorrieran todo su cuerpo en pequeñas dosis, hasta explotar en su centro.
Cuando Edgard estuvo justo en la orilla, ella se agachó hasta que el agua le cubrió media nariz. Él pudo ver pequeñas burbujitas saliendo del agua, frente a su cara.
Pero algo sucedió.
Se escuchó un grito debajo del agua, la vio dar un pequeño respingo y empezar a toser.
Edgard se zambulló y nadó hasta ella mientras seguía tosiendo sin control.
—Al… alc… algo me ha… m… tocado el pie.
—Te dije que hay siluros —la regañó, cuando llegó hasta su altura tras unas cuantas brazadas.
—Me… me… dij… dijiste que eran esturiones.
Le palmeó la espalda hasta que dejó de toser.
—Tranquila, son inofensivos. ¿Estás bien?
Ella lo miró enfadada y sonrojada a partes iguales.
Por amor de Dios, ese hombre mojado en aquel lugar tan hermoso era… maldito fuera, porque era un puto sueño.
—No necesito tu ayuda, cowboy —pasó por su lado e iba a salir del agua, cuando él la abrazó desde atrás.
Se quedó quieta, y él apoyó la barbilla en su hombro. Cerró los ojos y tomó aire lentamente.
La había añorado. Había necesitado tanto un abrazo, sentir su piel caliente contra la suya… que por eso se había portado como un auténtico gilipollas. Pero ella había pasado de él los dos últimos días y le había sentado tan mal que…
—Quédate —le susurró al oído y ella tembló de placer, cuando sus manos callosas de dedos largos y fuertes, tomaron sus senos.
—Esto… —jadeó Gwen, enardecida.
—¿No volverá a ocurrir? —susurró él, pero no era una pregunta, aunque hubiese sonado a tal.
—N… no —mintió Gwen, y ambos lo sabían.
—Oh, ocurrirá —dijo Edgard dándole la vuelta y abriéndole las piernas, hasta colocarla flotando sobre él—. Volverá a ocurrir.