Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 29
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Capítulo 29

A la mañana siguiente, bajó a la cocina con unas ojeras dignas de un mapache, pues no pegó ojo en toda la noche.

Mag había preparado un buen desayuno y la recibió con un beso en la mejilla y un pastel de manzana recién salido del horno.

El simple aroma de café recién hecho, la despejó y su cara dibujó una sonrisa genuina.

—Volveré a engordar si sigo en este rancho un solo minuto más —dijo, sentándose a la mesa bajo invitación de la matriarca.

—Créeme, querida —le dijo Mag, cariñosa—, haré lo que sea para que te quedes aquí, para siempre.

En ese momento entró Phiona, que se abalanzó sobre ella y le dio un fuerte abrazo.

—¡Gwen! —la apretó tan fuerte que casi se cae de la silla—. Te he añorado.

—Yo también a ti, pensé que estando en Montana, vendrías a la última competición.

—Estuve ayudando a Tess a traer al mundo a un potro recién nacido.

Phiona se sentó a su lado, y no le dijo que aquello era una excusa, no había asistido como jinete enmascarado porque tampoco lo había hecho Jack.

Y si ese indio gilipollas no participaba, a ella no le apetecía ganar.

Además, se estaba reservando para la reina de las carreras de relevos, el Indian Relay.

Ahí lo humillaría, frente a todos los indígenas de Norteamérica.

—¿Cómo está yendo la temporada? —le preguntó, con la boca llena de pan con mantequilla.

—Muy bien, Edgard no para de ganar un torneo tras otro, a simple vista parece que se haya recuperado, aunque yo sé que no y en mi opinión, creo que debería hacer una pausa. Pero cualquiera le dice algo —bufó, recordando su mal humor al llegar al rancho la pasada noche.

—Ahora que está en racha, no se detendrá, eso seguro.

—Ya… —suspiró Gwen—, pero lo intentaré. Para eso me contratasteis.

Para cuidar de él y no para fo…

Volvió a negar con la cabeza y se puso tan colorada que Phiona la miró, con los ojos achicados.

—¿Estás bien? —le colocó la mano en la frente—. No tienes fiebre. ¿Un subidón de hormonas, quizás?

—Cállate, payasa —rio, apartándole la mano de un manotazo—. Por cierto, ¿dónde está?

—¿Ed? Supongo que, en los establos, esta mañana ha salido a montar muy temprano, sobre las siete ya estaba Ravel ensillado, los he visto salir desde la ventana de mi cuarto.

—¿Ha montado a Ravel? Vaya —dijo, algo celosa, pues era el que siempre montaba ella. Había aprendido a querer a ese caballo, se compenetraban de maravilla.

—Regresó sobre las ocho y media y se ha tomado un café minutos antes de que llegarais vosotras —informó Mag, mientras fregaba los platos—. Está muy serio, ¿volverá a sentir dolor en la pierna? —se preocupó la mujer, a lo que Gwen negó de inmediato.

—No creo… no creo que sea por eso —dijo, ceñuda—. Bueno, me marcho. Es hora de enfrentarme a la Bestia —dijo, dando por terminado el desayuno—. Muchas gracias Mag, está todo riquísimo.

—Te deseo suerte, chica —dijo Phiona, mirándola como si supiera exactamente qué había pasado entre ella y su hermano pequeño.

Cuando entró en los establos, se encontró con Edgard tal y como había dicho Phiona, cepillando a Ravel.

Se detuvo unos momentos en la entrada, apoyando el hombro contra el marco de madera, para observarlo.

Se puso roja como un tomate. Mierda, si seguía así, le acabaría hirviendo la sangre.

No llevaba la camisa, sí el sombrero, y el sudor resbalaba por su torso musculoso y bronceado. Vio algún moretón a causa de las caídas, pero no le dio mucha importancia, aunque tal vez con la excusa de masajearle ahí…

Dios, Gwen, no me puedo creer que seas tan… que estés tan salida, joder.

Cuando él se volvió hacia ella, se puso aún más colorada e inmediatamente después se tensó como una vara.

—Hola, buenos días —dijo, intentando que su voz sonase lo más profesional posible—. Teníamos sesión a las nueve.

—¿Ahora saludas por las mañanas? Es de agradecer.

Gwen dejó caer su mandíbula.

—Pe… pero.

Edgard le dio la espalda, visiblemente molesto y lo vio seguir cepillando a Ravel.

Gwen suspiró. A pesar de lo guapo que estaba, tenía ganas de despellejarlo. ¿Por qué se comportaba con ella tan fríamente? Sí, lo había ignorado, pero no porque quisiese hacerle rabiar, sino porque pensaba que él… que él se arrepentía de lo sucedido. Y… y…

Mierda.

—Yo… —empezó a decir—. Quería pedirte disculpas por…

—No hace falta que te disculpes —interrumpió, Edgard—. No significó nada y no volverá a ocurrir.

Abrió mucho los ojos. Iba a pedirle disculpas por no haberle saludado como era debido la mañana después de acostarse con él, pero lo que acababa de decirle le dolió en lo más hondo, aunque ella también lo hubiese pensado.

Se cruzó de brazos y lo miró, sombría.

—Bien —respondió, sin poder ocultar su tono de decepción—. Celebro que lo tengas tan claro.

Oyó una especie de gruñido cuando él estiró el brazo para peinar las crines oscuras de Ravel, y tragó saliva al ver cómo sus pectorales temblaban, como cuando se había colocado sobre ella y…

—Y no hace falta que lo vayas contando por ahí.

—¿Có… cómo? —No, aún no estaba preparada para esa conversación.

No lo estaba en absoluto.

—Te estoy pidiendo que seas discreta —le dijo, al verla tan desconcertada—. Al fin y al cabo, eres mi fisioterapeuta y yo únicamente tu paciente.

¿A qué demonios venía eso? ¿Únicamente su paciente? Menudo gilipollas. Ahora era sólo su paciente, pero se habían acostado y antes, él le había dicho que también eran amigos, que se preocupaba por ella y…

¡Menudo gilipollas!

—¿Sabes qué? —le dijo, caminando con los puños apretados hacia la cuadra de Sweet—. Eres un imbécil, ¿qué sacaría yo contando…? ¡bah!

Si alguien tenía algo que perder aireando a los cuatro vientos que se había liado con su paciente era ella.

Ese capullo de Edgard debería saber que su reputación como profesional quedaría en entredicho y que nadie la contrataría.

Pero, ¿a qué venía esa actitud? ¿Qué puñetas había hecho tan mal para que reaccionara así?

Tras enjaezar a la yegua, salió de los establos al galope tendido sin tan siquiera mirar a Edgard cuando se lo cruzó en dirección al potrero.

Eres un idiota, Edgard McTavish.

Después de una buena sesión de galope en la que logró sacar todo lo que llevaba dentro, puso a la yegua al paso y se dedicó a observar el paisaje y a sentir la refrescante brisa en la cara.

Montana era hermosa, tan bella y salvaje como ese cowboy insufrible. Con sus montañas nevadas a lo lejos, sus verdes prados, los bosques de tonalidades imposibles y extensos lagos de aguas cristalinas. Cuando pasó por el río, decidió que un día de estos iría a darse un chapuzón.

Tan absorta en sus pensamientos estaba, que no oyó un caballo galopando hacia ella, hasta que lo tuvo en frente.

—¡Hey! —la saludó Phiona, frenando a la yegua de Howard, echando el peso de su cuerpo hacia atrás.

—Vaya, parece que esta jovencita está aprendiendo muy rápido —dijo Gwen, mirando a la potra.

—Es una buena chica —Phiona le palmeó el cuello y la yegua resopló, agradecida.

—¿Has discutido con mi hermano? —le preguntó, a bocajarro.

—¿Yo? Qué va —mintió—. Bueno, sí. Es… a veces es insoportable.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó colocándose a su lado al paso, para avanzar juntas—. Me acabo de cruzar con él en los establos, y pareciera que acabase de dar una vuelta en un Mercedes con las cortinillas negras.

Gwen no pudo evitar reír ante la broma de su amiga.

—No sé. Lleva dos días con un humor de perros.

—¿Y eso por qué?

—A saber.

—Seguro que lo sabes, habla de una vez, o te lo sacaré bajo tortura. —Por cómo la miraba Phiona, Gwen pensó que le preocupaba bien poco el motivo de la discusión.

Realmente, estaba intentando averiguar lo que había pasado entre ellos. ¿Tanto se les notaba? Al parecer, sí.

Bufó y antes de que pudiera abrir la boca para responder, su amiga la acosó.

—Si no me cuentas qué ha pasado, lo averiguaré por mi cuenta. Y entonces, me cabrearé porque no me lo hayas contado tú. Y te torturaré igualmente.

Sabía que lo haría. Así que confesó.

—Me he acostado con tu hermano.

Phiona plegó los labios en el interior de la boca para evitar la sonrisa que amenazaba con dibujarse en su cara.

—Vaaaaya…

—Pero ni lo menciones —advirtió, cortante—. Porque le escupí a la cara que nadie se enteraría.

—Ya veo.

—Pero tú no cuentas.

—Claro, solo es mi hermano.

—Y yo tu amiga —le recordó, enfatizando sus palabras con una mirada.

—Cierto. Y sinceramente, me alegro. Todos te queremos en la familia.

—Deja ya de decir eso, es abrumador.

—Además —continuó, Phiona—, me alegro mucho de haber ganado la apuesta.

Gwen abrió los ojos como platos.

—¿Qué apuesta?

—Howard y Tess apostaron porque sucedería después de la gran final, pero Red aseguró que os acostaríais cuando regresarais al rancho. He ganado un dineral, porque aposté que follaríais en la caravana. ¿O me equivoco?

—Eres lo peor.

—Mientes, porque soy un encanto.

—Un encanto de los peores.

—¡Joder, cuéntamelo todo! —de repente, Phiona pareció dudar y puso cara de espanto—. No, no, mejor no me cuentes los detalles, estamos hablando de mi hermano, qué asco…

—Phiona… —rio Gwen.

—Pero quiero saberlo absolutamente todo. ¿Serás mi cuñadita favorita?

Gwen resopló, intentando no reírse más.

—Lo único que ahora te puedo contar, es que tu hermano me saca de quicio.

—Nos saca de quicio a todos, es uno de sus dones. Pero, ¿por qué habéis discutido?

—¿Te soy sincera? No tengo la más remota idea.

—Pero sientes algo por él, de lo contrario…

—¿Qué voy a sentir? —la interrumpió—. La necesidad de abrirle la cabeza, eso siento.

Phiona la miró largo y tendido.

Por supuesto que estaban enamorados. Los dos, y con la misma intensidad. Sonrió para sus adentros, porque estaba completamente segura de que esa historia acabaría bien, aunque ahora ellos no lo viesen.

—¿Qué? —le espetó Gwen, viendo como intentaba no reírse de ella, y la seguía mirando fijamente.

—Que te echo una carrera de regreso al rancho.

Dicho esto, Phiona volvió grupas, apretó los flancos de su yegua y Gwen no pudo hacer otra cosa que seguirla.