Capítulo 28
Edgard se despertó con frío, a pesar de que el sol ya estaba en lo más alto.
Estaba completamente desnudo, destapado y con las sábanas enredadas en sus piernas. Unas sábanas que seguían oliendo a sexo, y a Gwen.
Notó la claridad tras los párpados, pero antes de abrir los ojos estiró la mano, buscándola. Pero lo único que encontró fue un lugar vacío en la cama.
Se sintió decepcionado y solo. Habría sido maravilloso despertarse abrazado a ella, tal y como se habían dormido, tras una noche de pasión desenfrenada, besos y caricias. La echó de menos, aunque una sonrisa estúpida de adolescente enamorado se dibujó en su cara.
Menudo idiota te has vuelto, Edgard.
Levantó el brazo y se tapó los ojos con el interior del codo, molesto por la luz que se colaba entre las persianas. La ventana estaba abierta y la brisa lo refrescó.
Suspiró.
Joder, se había quedado dormido. ¿Qué hora sería, las once? Miró el reloj y volvió a suspirar al comprobar que ya eran las doce y media.
Por primera vez en mucho tiempo, no se había levantado a las seis de la mañana, porque posiblemente a esa hora aún estaría despierto.
Sonrió ampliamente.
Sí, había estado despierto, bien despierto haciéndole cosas a Gwen, que sonrojarían a cualquiera, incluso a él.
Su corazón palpitó fuertemente, y su ingle se tensó, hasta que con varias respiraciones logró relajarse.
Salió de la cama, cogió unos pantalones y una camisa y se encaminó al cuarto de baño. Se dio una ducha bien fría para bajarse la temperatura y cuando salió, se topó con Gwen en el pequeño pasillo.
—Buen…
—¡Hola! —ella pasó rápidamente por su lado y se encerró en la habitación.
—Buenos días… —murmuró, girándose hacia la puerta, anonadado y aún con la toalla mojada en la mano.
No es que Edgard hubiese esperado que ella se comportara como si fuera su novia y se lanzara a sus brazos para plantarle un beso como los que habían compartido a penas cinco horas antes, pero… que cuanto menos le hubiese mirado a los ojos y regalado una sonrisa, ¿no?
Caminó hacia el lado opuesto de la caravana, donde estaba la cocina y el pequeño salón, y vio que le había preparado un buen desayuno. Sonrió con cierta tristeza, porque le habría encantado compartirlo con ella.
Volvió a mirar hacia el pasillo, y suspiró.
Gwen cerró la puerta tras de sí y se dejó caer en la cama.
Empezó a masajearse las sienes y resopló, frustrada.
Oh, maldita sea. Se acababa de cruzar con Edgard y su sonrisa… había sido tan bonita y luminosa que… le costó horrores no lanzarse a horcajadas sobre él y hacerle el amor el resto de la mañana sobre cualquier superficie horizontal.
Cuando había oído el agua de la ducha en el momento en que abrió la puerta de la caravana, tuvo la tentación de desnudarse y colarse ahí dentro, para enjabonar a su cowboy buenorro y hacerle muchas de las cosas que habían hecho la pasada noche, pero a la luz del día, le pareció una mala idea.
No, no, no. Meneó la cabeza fuertemente. ¿Qué demonios les estaba sucediendo a los dos?
Esa sesión interminable de sexo no tendría que haber pasado porque… ¡cielos, se estaba enamorando de ese hombre! Y con todos los problemas que tenía, ¿cómo sería capaz de sobrellevar algo así, de forma sana y responsable? La cagaría, estaba segura. Lo mejor era que no volviesen a acostarse.
¿O sí…?
Porque quería repetir. ¡Claro que lo deseaba!
Gimió, tapándose la cara con la almohada, que todavía olía a Edgard y los recuerdos sexuales la hicieron sonrojar, y algo más.
Mierda… se estaba metiendo en un buen lío. ¡Se había liado con su paciente!
Al despertar por la mañana en brazos de Edgard, se había sentido tan bien que inmediatamente pensó que no se lo merecía.
Sabía que si él despertaba mientras la abrazaba, volvería a caer en la tentación y…
sin pensarlo, se escabulló de su abrazo con toda la fuerza de voluntad que logró reunir y con mucho cuidado de despertarle.
Después se vistió y se fue a dar un paseo para despejarse, antes de prepararle un buen desayuno.
Ella no probó bocado, estaba tan ansiosa que no le entró ni un vaso de leche.
No, no podía ser. Se estaba volviendo loca por culpa de ese cowboy sexy.
Pero, ¿por qué no podía ser? Realmente, ¿qué le impedía tener una relación sana con ese hombre?
Era perfecto. Tenía malas pulgas sí, pero era un buen hombre.
Atento, respetuoso, guapo… tan guapo que quitaba el hipo.
Y buena persona. Todo un caballero. Podría llegar a ser feliz con Edgard , se dijo, y volvió a preguntarse qué impedimento había.
Su orgullo profesional, ese era el impedimento, y no era moco de pavo. Pero eso, fácilmente podía mandarlo a la mierda por alguien tan espectacular como él.
Oh, mierda… que mal habrían sonado todos esos pensamientos en su cabeza si los hubiese dicho en voz alta. Se estaba volviendo loca y eso era lo último que necesitaba en esos momentos.
—Céntrate, Gwen —se dijo—. Céntrate e intenta evitar a ese hombre todo lo que puedas. Por tu salud mental y profesional.
***
El trayecto de regreso al rancho fue más tenso del que ambos habían pensado. En el interior de la cabina de la caravana, podría cortarse el aire con un cuchillo, a causa de la tensión que se respiraba en el ambiente.
Ambos no entendían como habían llegado a este punto, el de tontear hasta acabar enrollándose, para después no dirigirse la palabra y lanzarse miradas de desconfianza.
Parecían dos adolescentes tóxicos incapaces de expresar sus sentimientos por miedo o inseguridad.
O al menos, así era como se sentía Gwen.
Insegura, estúpida y… aterrada. Sí, aterrada.
Porque… por mucho que se lo negara a sí misma, estaba coladita por él.
Lo miró de reojo y tragó saliva.
No podía ser más guapo, joder. Pero conducía muy serio, con el ceño fruncido y apretaba tanto el volante que sus nudillos estaban de color blanco. Iba a decir algo insustancial cuando, justo en ese momento, le vibró el teléfono.
Mierda. Marc, siempre tan oportuno.
Edgard apretó aún más el volante, tensando todos sus músculos hasta casi agarrotarse. Conocía ese tono de vibración, pues era el que ella le había puesto al cabrón de su cuñado. Por supuesto, ella no se lo había dicho, pero Edgard no era tonto y se había dado cuenta.
La vio sacar el móvil del bolso y la pantalla iluminó su cara, que ya había cambiado al estuchar el tono. Bufó y lo escondió de nuevo, totalmente pálida.
Ella no dijo nada. Y a pesar de que se moría de ganas de saber si se encontraba bien, o si ese hijo de su madre había vuelto a amenazarla, se abstuvo de abrir el pico.
Gwen lo hizo por él, después de unos minutos de completo silencio.
—¿No quieres saber qué me ha dicho? —le preguntó, tanteándolo. Puede que fuera una pregunta estúpida, o que estuviese fuera de lugar, pero no vio en esos momentos otra manera de romper el hielo, además, estaba muy nerviosa, agobiada y se sentía fatal frente a esa situación tan incómoda.
Su respuesta la dejó helada.
—¿No me dijiste ayer que no era de mi incumbencia?
—Pero…
—No volveré a meterme en tus asuntos, Gwen.
Fue el dolor quien habló, no Edgard. Y la decepción cerró aún más a Gwen en sí misma, y no volvió a hablar hasta que llegaron al rancho, a altas horas de la noche.