Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 27
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Capítulo 27

Esa misma noche mientras Edgard escuchaba el agua de la ducha correr, no quería imaginarse a Gwen desnuda bajo el agua caliente. Pero era terriblemente difícil no hacerlo, a pesar de lo preocupado que estaba por ella.

Después de la discusión con Marc, ella se había cerrado en sí misma y su mal humor había regresado.

No quería cenar, él insistió y finalmente logró que se comiese dos o tres bocados de una hamburguesa que él le había preparado.

Luego, se había metido en la ducha y en estos momentos se debatía entre la preocupación y el deseo.

Sí, puede que desearla en esos momentos fuera…

superficial, pero para Edgard, no estaba siendo fácil últimamente compartir un espacio tan reducido con ella, especialmente después del beso que se dieron días antes en el pub.

Aquel momento había sido tan especial… y no, no era solo deseo, era…

anhelo. Su corazón se desbocaba con solo ver su sonrisa, y odiaba profundamente que ese capullo la hiciera sufrir así.

Carraspeó cuando la vio salir con solo una toalla alrededor de su cuerpo e hizo un esfuerzo por no seguirla con la mirada cuando se encerró en la pequeña habitación del fondo para cambiarse.

Suspiró, mientras se dedicaba a colocar los platos sucios en el pequeño lavavajillas de la caravana. Cuando acabó, miró por la ventana y las estrellas lucían como nunca.

Habían acampado en un prado alejado de la población, lejos del ruido de donde se había celebrado el rodeo. No quería tener a Marc cerca.

Ese maldito…

Sabía que, en esos momentos, Gwen necesitaba espacio pero también necesitaba consuelo, y sí, siendo egoísta, él necesitaba hablar con ella, que le contase lo que ese cabrón le había dicho. Esta vez tenía que ser algo grave, lo intuía.

Mierda.

Cuando acabó con los platos, se lavó las manos en el fregadero y caminó hacia la habitación que compartían.

Llamó a la puerta, por si ella todavía se estaba cambiando, aunque era imposible, pensó, pues ya había pasado una media hora desde que el secador de pelo había dejado de sonar.

Como no obtuvo respuesta, entró sin más.

—¿Gwen? —la llamó, al tiempo que asomaba la cabeza por la puerta entreabierta—. ¿Estás despierta?

La vio sobre la litera de abajo, echada sobre el almohadón, mirando el teléfono móvil.

Pasaba los vídeos de Instagram con el dedo sin a penas mirarlos, en un movimiento mecánico que le indicó que no estaba pendiente de lo que le mostraba la pantalla.

Su ceño, ligeramente fruncido y la falta de atención hacia él, lo obligaron a insistir.

—Gwen, ¿te encuentras bien?

Al fin alzó la mirada hacia él y tras dejar el móvil sobre la mesita de su derecha, asintió.

—Más o menos.

Él se acercó, y se sentó en el borde de la cama.

—¿Seguro?

—Ya te he dicho que sí.

Edgard suspiró, buscando paciencia. No quería discutir, pero ella no se lo pondría fácil, lo sabía.

—Solo estoy preocupado por ti.

—Pues no lo estés.

Iba a responderle y abrió la boca para eso, pero vio como alzaba la mano para frotarse los ojos y se dio cuenta de que tenía un enorme morado justo debajo de la muñeca.

—¡Gwen! —exclamó—. ¿Te lo ha hecho ese cabrón?

Acababa de recordar que cuando lo estaban entrevistando, Marc la había agarrado del antebrazo y tirado de ella de forma violenta, eso había hecho que se lanzara contra él. Era en ese mismo lugar donde ahora tenía un moratón con la forma de sus dedos.

Ella se miró el brazo y arrugó el ceño.

—Ni me he dado cuenta.

—Esto no puede seguir así, Gwen. Tienes que hacer algo.

—¿Y qué quieres que haga? Ese imbécil no me deja en paz. Ha venido para decirme que le va a hacer las pruebas de paternidad a Lily, porque está totalmente seguro de que no es su hija.

—¿Y no es eso algo bueno? —dijo Edgard—, así, si no es su hija, no tendría ningún derecho sobre ella y…

—Edgard, ¿en serio? —lo miró como si fuera idiota.

Él meneó la cabeza, extrañado.

—¿Qué?

—¿No te puedes imaginar el disgusto que se llevará la pobre, cuando descubra que Marc no es su padre?

—Para lo que ejerce de padre, igual hasta sería un alivio para todos.

Gwen suspiró.

—Claro, como tú tienes una familia perfecta…

—¿Por qué me hablas de ese modo? Estás siendo injusta.

—Porque te estás metiendo donde no te llaman —dijo dolida—. Nada de todo esto es asunto tuyo.

La mirada llena de dolor e indignación que le lanzó Edgard, fue como si le hubieran echado encima un jarro de agua fría.

Sí, se estaba comportando como una tóxica nivel Dios.

Y sí, claro que valoraba su interés, no solo eso, la conmovía y se sentía segura a su lado, pero él había sobrepasado un límite, se había peleado con Marc Willow delante de todo el mundo y, no es que únicamente fuera malo para su imagen, es que ese cabrón tenía un montón de contactos que podrían… hacerle daño y…

No, no podía meter en esto a Edgard. Eso sí que no era justo.

De pronto, las lágrimas asomaron por sus párpados y él, sin mediar palabra, se acercó a ella y la abrazó con fuerza.

Empezó a llorar y la atrajo más hacia sí, acariciando su espalda y su pelo suelto.

—Ya está, Gwen. Ya está —dijo, con voz suave.

—No, no está —sollozó—. Ese cabrón se vengará, y quien pagará los platos rotos será la pobre Lily.

Edgard suspiró.

—Puede que tengas razón y me haya metido en asuntos que no me conciernen, pero solo quiero que sepas que no estás sola, Gwen, que me tienes a mí.

Y… te quiero.

—¿Qué es lo que quieres, Edgard?

Cuando se separó de él para mirarle a los ojos, los labios de ambos quedaron a escasos centímetros. Podía sentir su aliento, acariciándola, y su respiración entrecortada al ritmo de su fuerte torso, golpeando ligeramente el suyo, a causa de la excitación.

—Quiero…

—No me acostaré contigo —lo interrumpió—. Soy tu empleada.

El volvió a suspirar, pero su mirada siguió excitante.

—Está bien que ahora lo recuerdes ¿no? No me has tratado con respeto en los puñeteros cuatro meses que he tenido que aguantar tu endemoniado carácter.

—Aquí el único que tiene un carácter de mierda eres tú.

—¿Ah sí?

—Sí.

No lograría sacarlo de quicio otra vez. Y si ese era su mecanismo de defensa para que no la besara tampoco no iba a funcionar.

—Voy a besarte, y así cerraré esa perfecta boca sucia que tienes.

Aguardó unos segundos, para darle tiempo a una negativa, pues bajo ningún concepto la forzaría a hacer algo que no quisiera. Y abrió mucho los ojos al ver que fue ella quien colocó la mano en su nuca y lo atrajo hacia sí.

Lo besó con ímpetu y rabia, transformando la pequeña discusión verbal en un beso largo, húmedo y ardiente. Cuando acabó, lo miró a los ojos y ambos supieron lo que estaba a punto de pasar. Y ninguno de los dos hizo nada para evitarlo.

Esta vez fue Edgard quien tomó la iniciativa.

La besó, enredando los dedos en su suelta melena rubia, agarrando su cabeza y frotando su cuero cabelludo.

Rodaron por el colchón hasta que ella quedó sentada sobre él.

Sin mediar palabra y con las miradas cosidas, y llenas de pasión, alzó los brazos y se sacó la camiseta de tirantes de su pijama.

No llevaba sujetador y sus pechos quedaron al descubierto.

—Dios bendito, Gwen —jadeó, colocando las palmas sobre ellos.

Los masajeó unos instantes, pellizcó sus pezones erectos y rosados, mientras bebía de la imagen de Afrodita, con sus cabellos largos y rubios cayendo en cascada sobre sus hombros bronceados.

—Ahhh —jadeó Gwen, y después se mordió el labio cuando Edgard se inclinó para chupar uno y luego el otro.

Poco a poco, el rostro del cowboy fue ascendiendo hasta llegar a su boca, Gwen se inclinó para besarlo de nuevo y volvieron a rodar hasta que fue Edgard quien quedó sobre ella.

—Eres tan excitante… Oh, Gwen.

Tenía los codos apoyados a cada lado de su cabeza, aprisionándola y era tan grande y ancho que a duras penas veía la luz que desprendía la lámpara que pendía de lo alto de la habitación.

La besó y ella lo recibió gimiendo, acariciando su espalda, bajando con las manos por la espalda hacia sus nalgas.

Bordeó sus costados y ascendió hasta su pecho, donde empezó a desabrocharle los botones de la camisa, uno a uno.

A medida que iba descubriendo su pecho, el suave vello le rozó los pezones y la excitó aún más.

Cuando terminó con los botones, le sacó la camisa y él la ayudó, separándose un poco, hasta regresar de nuevo a su boca.

Pero no se detuvo en sus labios por mucho tiempo, pues Gwen giró la cabeza cuando sus manos llegaron a la hebilla del pantalón vaquero y para cuando empezó a desabrocharle la bragueta, él ya estaba mordisqueando el lóbulo de su oreja, arrancándole más y más gemidos.

Sin saber cómo, le bajó los pantalones, ayudándose con los pies y él mismo se sacó las botas, quedando totalmente desnudo sobre ella.

Se miraron a los ojos, luego ella, inconscientemente, o puede que con toda la intención, bajó la mirada y vio su enhiesto miembro. Gimió ante la expectativa, era tan grande y tan grueso, que se mordió el labio inferior hasta casi hacerse sangre.

Pero él no le dio demasiado tiempo a pensar en eso, pues empezó a repartir besos por toda su piel, enajenándola por momentos.

Regresó a sus labios, los lamió y los chupó, y después bajó por su cuello hasta que llegó al seno derecho.

Chupó el pezón, mientras con la otra mano le masajeaba el otro.

Cuando la mano abandonó ese pecho, lo sustituyó su lengua y Gwen notó sus dedos abriéndose camino por su costado, su vientre, y finalmente, hacia su sexo.

Abrió sus labios inferiores con los dedos, y con el índice frotó su clítoris, totalmente húmedo, una y otra vez, calentándola.

Gwen soltó un hondo gemido, los dedos de Edgard le arrancaban un placer indescriptible, mientras su boca lamía un pezón, y luego el otro, para después bajar por su torso y detenerse en el ombligo, donde empezó a trazar lentamente un círculo perfecto.

—Ahhh —se retorció cuando él le introdujo un dedo, y luego otro, frotando despacio.

Le abrió más las piernas y se colocó entre ellas, agarrándola por los muslos. Por unos momentos, la miró y los ojos se encontraron entre la neblina del placer.

Gwen tenía las mejillas encendidas, los iris azules vidriosos y los labios hinchados, como fresas maduras. Sus preciosos pechos se movían como flanes con cada entrecortada respiración.

—Cielos, Gwen, eres lo más excitante que he visto en toda mi vida.

Tras decir eso, acercó los labios a su rosado sexo, y se deleitó con su sabor.

Lamió y chupó su clítoris, trazó suaves círculos con la punta de la lengua sobre él, mientras introducía un dedo, y luego otro, en su húmeda y estrecha cavidad.

Ella balanceaba las caderas, buscándolo y hundió los dedos en su oscura melena para tirar de ella suavemente. Arqueó la espalda cuando el orgasmo se inició y se tensó cuando todo explotó a su alrededor.

Él no se detuvo hasta notar en la lengua y los labios los últimos pulsos de éxtasis. Entonces, alzó la mirada y de nuevo, los ojos quedaron clavados el uno en los del otro.

Sin mediar palabra, fue desandando el camino de regreso a sus labios, sin apartar la mirada de la suya. Se colocó sobre ella y la besó, mientras con la mano buscaba en el cajón de la mesilla auxiliar, un preservativo.

Ella abrió mucho los ojos.

—Vaya, veo que ya estabas preparado.

Él sonrió.

—Guardaba la esperanza de que este milagro llegara a suceder.

Se colocó el preservativo y empezó a deslizarse en su interior.

Un hondo jadeo escapó de la garganta de Gwen, mientras su carne se iba adaptando al grosor de él.

—¿Todo bien?

—Mejor que bien —respondió, agarrándole las nalgas para atraerlo más hacia sí.

Él retrocedió suavemente, para introducirse de nuevo, pero esta vez con una fuerte y rápida estocada que hizo vibrar los pechos de Gwen, excitándolo al máximo.

—Eres un sueño —dijo, empalándola nuevamente.

—Oh, más rápido —rugió ella, apretándolo más contra sí.

Edgard obedeció.

Empezó a bombear con fuerza.

Era tan exquisita, y estaba tan caliente y estrecha, que el orgasmo no tardaría en llegar.

—Oh, más… ¡Ahhh! Oh, sí.

Apretó los dientes para no correrse, pues quería que ella llegara de nuevo.

Se movía como una diosa, sus caderas se balanceaban al mismo ritmo que él marcaba con sus fuertes estocadas.

—Gwen…

—¡Más rápido!

Aumentó el ritmo mientras ella lo abrazaba con los pies sobre sus lumbares y las manos que antes habían agarrado su trasero, ahora subían por su espalda para clavarle las uñas en los fuertes y poderosos hombros.

—Oh, ¡sí! —gritó, justo en el momento en que la ola la recorría de arriba abajo.

Fue entonces, cuando Edgard se dejó llevar.

Se vació por completo, mientras acallaba los gritos de su preciosa valquiria con un beso largo, húmedo y sentido.

Siguió dentro de ella por unos minutos, disfrutando de su calor, de su abrazo, de sus caricias.

Lamió sus labios, jugó con su lengua, y con las manos acunó su rostro, acariciando las mejillas con sus pulgares.

Cuando salió de su interior, la miró a los ojos largo y tendido, haciéndola sentir la mujer más hermosa del planeta.

Ella estaba ruborizada, pero sonreía.

—¿Te han dicho alguna vez lo guapa que estás cuando te corres?

Se puso aún más roja y le dio un pequeño golpecito en el hombro, con el puño cerrado.

—Cállate —dijo, riendo y después besó sus labios, ahora suavemente, con una ligera sonrisa dibujada en los suyos.

—Una última cosa.

Ella abrió la boca para protestar, pero finalmente guardó silencio.

—¿Qué?

—Si a ese imbécil de Marc Willow se le ocurre acercarse para insultarte o hacerte daño…

—¡Oh! —se burló ella— ¿Le darás una paliza?

—No, pero te llamaré para que sujetes sus botas mientras las lleno de estiércol.

Ella rio en contra de su voluntad.

—¿Prometido?

—Prometido.

Se miraron, se rieron y volvieron a besarse hasta el amanecer.