Capítulo 26
La tensión se respiraba en las gradas. Todos estaban en silencio cuando Edgard McTavish se colocó sobre el lomo de ese bronco.
Gwen juntó las manos y entrelazó los dedos, apretando tan fuerte que se le pusieron blancos los nudillos.
—Vamos Ed… ¡Vamos!
Cuando se oyó el chasquido del metal, abriéndose, el animal salió disparado.
Edgard se balanceaba sobre él, con una seguridad y una elegancia que ningún otro vaquero tenía.
Al sonar la campana, esperó varios segundos más y después, se lanzó a la arena mientras los payasos del rodeo contenían al animal.
—¡Síiiii! ¡Eres el mejor, Ed!
De nuevo lo había conseguido.
Gwen se puso a saltar desde las gradas y fue muy consciente de cuando él la encontró entre la multitud.
La mirada de Edgard recorrió el cuerpo de Gwen y ella se sintió arder.
No podían juzgarla, cualquiera sentiría fuego en las venas si un vaquero de la guapura de Edgard McTavish te mirara como él lo estaba haciendo.
Como si estuviera desnuda, o como si quisiera desnudarla.
No podía olvidar el beso que se dieron en el pub, jamás lo olvidaría.
Le guiñó un ojo y esa era la señal para bajar y colarse en la zona restringida. En realidad, no era colarse, como fisioterapeuta de uno de los vaqueros importantes, tenía un pase espacial que la dejaba acceder a la zona sin restricciones.
Desde ahí podía ver el largo pasillo con los boxes abarrotados de gente, sobre todo periodistas entrevistando a sus vaqueros favoritos. Como no, Edgard estaba frente a la cámara y a un micrófono.
Se quedó a la espera de que terminara la entrevista. Edgard tenía un don frente a la cámara, no solo era guapísimo, sonreía de tal forma y era tan elocuente que las cadenas de televisión hacían cola para entrevistarle.
Gwen no quiso entrar entre el gentío y se quedó apoyada en el primer box de la entrada, mirando como su cliente se desenvolvía con una retransmisión en directo. Se cruzó de brazos y sonrió. ¿Podía llamarlo cliente? En verdad Edgard era más, mucho más.
—Buenas tardes, princesa.
Los ojos de Gwen se agrandaron ligeramente cuando notó la presencia de Marc justo a su lado.
Alzó la mirada y pudo verlo ahí con su sombrero de ala ancha, de un negro inmaculado. Se le pusieron los pelos como escarpias y su rostro mudó, evidenciando que no le hacía ni pizca de gracia tenerlo en frente.
—¿Qué haces aquí?
—Mi padre es patrocinador, ¿recuerdas?
Por supuesto, el magnate de su padre tenía permiso para entrar donde quisiera y por consiguiente, su hijo también, para algo el dinero mandaba.
—¿Dónde está Lily? —quiso saber ella, poniéndose en alerta.
—No te preocupes, le he puesto una niñera muy profesional.
—No lo dudo —dijo con mal genio y sintiendo como su cuerpo reaccionaba queriendo escaparse de allí cuanto antes.
—He querido hablar contigo a solas.
Gwen descruzó los brazos y lo encaró, muy seria.
—No tenemos nada de qué hablar tú y yo.
—Yo creo que sí.
Sin esperarlo, la mano de Marc la agarró del brazo como una tenaza ardiente. La acercó un poco más a él y pudo notar su aliento fétido a alcohol.
—Marc, has bebido.
—¿Y qué? —preguntó molesto—. No eres la madre Teresa, no eres más que una mujer desequilibrada que tiene una orden de alejamiento contra su sobrina.
—¡Basta! —le dijo, soltándose de su agarre y llamando la atención de algunas personas que se habían acercado a mirar los caballos y sus jinetes.
—¿Acaso no quieres volver a ver a Lily?
—Claro que sí, pero pelearé por su custodia por la vía legar.
Él soltó una sonora carcajada.
—No me digas. —Se mofó—. Parece que siempre olvidas quien es mi padre y las influencias que tenemos. Tu hermana no lo olvidó, por eso se quedó preñada de esa mocosa para tener así la vida solucionada.
—¡Eres un cabrón!
Gwen intentó darle una bofetada, pero él volvió a agarrarla.
—Es lo que pasó —dijo entre dientes—. Esa zorra lo tenía muy bien planeado. Pero como no tenía dos dedos de frente, acabó a tres metros bajo tierra.
—¿Por qué hablas así de mi hermana y de tu propia hija? —Lo hacía, porque era un psicópata de manual, pero Gwen no era capaz de entenderlo.
—Oh, mi hija. ¿Adivina?
Su sonrisa malévola se ensanchó y Gwen sintió como el aire se volvía frío de repente.
—¿Qué has hecho? —jadeó.
—Nada —se fingió inocente—. Solo una prueba de paternidad.
Gwen no podía creer lo que estaba insinuando.
—¿Y qué quieres decir con eso?
—Que la bastarda que tu hermana dijo que era mía, no lo es.
Gwen se revolvió hasta que lo soltó.
—¡Mientes!
—No, por supuesto que no.
—Maldito seas, ¿por qué haces esto? —preguntó, queriendo creer que era mentira. No por él, sino por la pobre Lily que sí creía que su padre era Marc y así estaba creciendo.
—Y te preguntarás, ¿por qué te cuento esto? ¿o por qué crío a esa mocosa cuando no es nada mío?
Su sonrisa era perversa, con lo que venía a reiterar una y otra vez que ese hombre era pura maldad.
—Aquí el único bastardo que hay eres tú.
Los ojos de Marc reaccionaron al insulto, pero no así su sonrisa, mostrando una careta propia del mismísimo diablo.
—No, no, la zorra de tu hermana parió a una bastarda, yo soy el buen hombre que le dio un apellido.
—Dame su custodia si eso es cierto.
—No —se inclinó hacia delante para que lo viera bien—. Nunca. Si me la quedo, es para verte sufrir, para que te des cuenta de que la única manera de tenerla o poder verla es estando conmigo.
La mano de él subió hasta acariciarle la mejilla, un gesto que la repugnó y dio un paso atrás hasta quedar con la espalda pegada al box.
—Basta, no me toques. Y no mientas más.
—No miento. Jamás te la daré, solo la verás si accedes volver conmigo.
—¿Volver? Jamás hemos estado juntos. No entiendo cómo puedes…
—Oh, deja de dramatizar, no solo es por ti, también me conviene —se rio—. Mi padre es tremendamente generoso con su única nieta. Yo puedo controlar ese dinero y hacer lo que me venga en gana con él. Al final, Pam me hizo un favor pariendo a esa cría.
—Vete a la mierda —dijo Gwen, con los dientes apretados.
De pronto, Marc desapareció de su campo de visión.
En un instante estaba acosándola, cerca de su cara y al siguiente estaba tendido bocarriba sobre el polvo después de escucharse un golpe seco.
—¡Maldito…! —Marc miraba al recién llegado con odio—. ¿Quién te has creído?
Edgard lo ignoró un segundo, miró a Gwen y le puso una mano protectora sobre el hombro.
—¿Estás bien?
—Sí, solo…
Marc había aprovechado para levantarse y lanzarle a Edgard un puñetazo que por supuesto pudo esquivar.
—No quiero problemas —dijo, al verlo tambalearse—, pero como sigas acosando a Gwen te dejaré claro que nadie me toca los cojones.
Estaban muy cerca el uno del otro, el enorme cuerpo de Edgard abarcaba casi el doble del de Marc, más delgado, pero daba mucho miedo verlos enfrentados. Gwen tragó saliva y se llevó la mano al corazón, que latía tan rápido y tan fuerte, que creyó que le atravesaría la caja torácica.
—No eres más que un engreído que se cree alguien porque monta caballos.
—Soy alguien, no como tú, pedazo de escoria.
Marc volvió a lanzarse contra Edgard a traición y esta vez sí que un puñetazo logró su objetivo, pero fue el que dejó tumbado de nuevo a Marc en el suelo.
—Malnacido —gruñó, frotándose la barbilla.
—Yo que tú no me levantaría —advirtió Edgard, tomando de la mano a Gwen.
Se había formado un circulo alrededor de ellos y era evidente por el sonrojo de ese tipo que estaba pasando la vergüenza de su vida.
—¿Qué está pasando aquí?
Se oyó una voz atronadora y la mirada de Gwen voló hacia un hombre bajo y rechoncho, de cabello blanco y traje elegante. El padre de Marc.
Respiró hondo.
Siempre le había caído bien ese hombre, pero por la mirada que le estaba echando, al parecer las mentiras de Marc sobre ella… o bueno, no tan mentiras, había hecho creer que ella era el origen de todos los males.
—Papá —dijo señalando al cowboy que lo había tumbado—. Él me ha golpeado sin provocación, todo el mundo lo ha visto.
—Por Dios, Marc —dijo con cansancio—, levántate de una vez y no montes más el numerito.
—Luego miró a Edgard, algo sorprendido—.
Le pido disculpas por cualquier molestia que le haya podido causar mi hijo —acto seguido miró a Gwen, y su expresión se volvió dura—, pero no se crea todo lo que esta mujer le cuente. Allanó mi casa y secuestró a mi nieta.
—¡Eso no fue así! —se defendió, Gwen.
—Es lo que dijo la policía y con eso basta.
—Pero…
Gwen calló cuando todo el mundo parecía horrorizado ante las palabras de ese hombre, muy conocido y respetado en el mundo del rodeo.
Su palabra era la ley y ella acababa de quedar ante todos a la altura del betún.
No pudo menos que apretar los dientes y retroceder, hasta empezar a andar con paso firme y la barbilla temblando hacia fuera del sector.
Edgard la vio marcharse, entonces miró a ese hombre.
—Quien no es lo que parece aquí es su hijo. Debió investigar un poco más lo sucedido —el tono fue respetuoso, pero lo dijo con firmeza y convicción—. Conozco a Gwen Morgan y le aseguro que es una gran mujer.
Edgard no dijo mucho más. Se tocó el ala del sombrero para después añadir:
—Tengan buenas tardes —se dio la vuelta y dejó a todos los espectadores de aquel circo cuchicheando sobre lo que había pasado.
Pero por la última mirada que echó al padre de Marc, Edgard pensó que ya estaba cansado de tener que limpiar la mierda que iba dejando su hijo por el mundo.