Capítulo 25
A parte de la anécdota del culo prieto de Edgard, la convivencia transcurrió con normalidad.
Y es que cuando se transformaba en Gwen la fisioterapeuta, su mente entraba en hiperfoco y él dejaba de ser una escultura andante para convertirse en músculos, huesos y tendones con los que trabajar y mejorar su rendimiento.
Llevaban viajando solo tres semanas, a tres cuatro rodeos por cada una de ellas, dos en fines de semana, equivalía a diez rodeos donde Edgard solo había perdido tres.
Era una marca estupenda para alguien que aún estaba en rehabilitación.
Tenía que reconocer que su resiliencia era como la de un súper héroe.
Gwen lo observaba entrenar y competir y se sentía orgullosa de los progresos que había hecho, aunque no se había curado del todo.
Había noches en que lo veía realmente mal después de haberse esforzado demasiado.
Pero para eso estaba ella allí, para cuidarlo y que se sintiera más fuerte para enfrentar la próxima doma.
—No sé qué haría sin ti —le había dicho una mañana en el que lo había obligado a tenderse sobre la camilla para poder darle unas friegas en el muslo tensionado y en el hombro.
—Seguramente fingir menos que estás bien.
Podía ver la sonrisa en su rostro porque solo se había pasado el brazo sobre los ojos.
—Pensé que no se notaba que fingía —Gwen apretó un poco más la zona del muslo dolorida, como si fuese una venganza personal—. ¡Auch!
La miró con fijeza.
—¿Qué crees que no me doy cuenta donde duele?
—Eso es de mala persona.
—De nada —dijo, apretando de nuevo para quitarle el nudo que se le había formado por cargar tanto esa pierna.
Pasaron el resto de la sesión en silencio.
Un silencio autoimpuesto para no decir según qué cosas.
Como, por ejemplo, que a Edgard le encantaba que ella estuviera allí, le gustaba verla animarle en las competiciones.
Cuando saltaba del caballo siempre alzaba la vista para buscarla, era la que más gritaba y eso le divertía.
Gwen le había cogido gusto al rodeo. Luego, le rondaba en la mente la idea de que eso durara para siempre, pero le resultaba tan abrumador que de inmediato la desechaba.
—Mañana estaremos más cerca de casa.
—Solo dos rodeos más y descansaremos en el rancho hasta el próximo fin de semana.
Ella dio por terminada la sesión limpiándose las manos con una toalla.
Él le sonrió, al incorporarse sobre los codos.
Alzó las cejas pícaramente y ella suspiró al tiempo que se daba la vuelta para no verle el trasero desnudo.
Aunque lo recordaba, y bien que lo recordaba, aquella mañana al salir de la ducha.
Al escuchar la puerta de la caravana cerrarse ya no ocultó por más tiempo la sonrisa.
Le gustaba estar ahí, en la carretera, con Edgard que había resultado ser mucho menos huraño de lo que había supuesto al principio.
Al día siguiente, Edgard participó en un rodeo de broncos en una pequeña localidad de Montana.
Gwen sufrió bastante durante aquella competición, pues el toro que le tocó era una bestia de puro músculo, no obstante, Edgard logró su mejor marca y al lanzarse al suelo tras sonar la campana su pierna no sufrió, algo que los animó a ambos.
Decidieron salir a celebrarlo a un pub donde tocaba un grupo de country famoso en el estado, pero del que Gwen jamás había oído hablar.
Entraron en el local, como siempre solía hacer Edgard, le abrió la puerta, caballeroso. Una ola de calor, voces y música les dio la bienvenida y de inmediato, Gwen se sintió como en casa.
Se sentaron en una mesa apartada y una camarera muy amable les trajo dos jarras enormes de cerveza.
—Cielos, no sé si podré acabármela —dijo ella.
—Aquí sirven la mejor cerveza de Montana.
Al probarla, Gwen asintió.
El ambiente era de fiesta. La música era en esos momentos muy animada y había gente bailando, haciendo sonar sus botas que golpeaban el suelo de madera en un ritmo constante.
Un grupo de chicos jóvenes jugaban al billar y otros a los dardos.
Al fondo, el grupo estaba tocando sobre un pequeño escenario y las notas de la guitarra acústica acompañaban a la solista, una mujer espectacular, con una voz tan envolvente que parecía acariciar el alma.
Era sábado y los vaqueros de los ranchos cercanos, así como algunos participantes en el torneo, se reunían en el lugar. Un grupo de cuatro chicas espectaculares entró y a Gwen no le pasó por alto las miradas que le lanzaron a su apuesto cowboy.
Lejos de enfadarla, la hicieron sonreír.
—¿Qué pasa?
—Nada —respondió, tomando un sorbo de su cerveza.
Él siguió la dirección de su mirada, y vio a las chicas cuchicheando.
—Son corredoras de barriles.
—Ajá.
—Están de caza.
—No me digas.
Entonces, él se quitó el sombrero, y se lo puso a Gwen en la cabeza. Las chicas dejaron de mirarlo y se acercaron a los vaqueros que jugaban a los dardos.
—¿Por qué me has puesto tu sombrero?
—Para informar a todo el local que te pertenezco.
Ella parpadeó, y cuando se pasó la lengua por los labios para quitarse la espuma de cerveza, Edgard se puso muy serio.
—Este vaquero ya está cazado, princesa —añadió, para que le quedara bien clara su postura.
Se puso colorada y asintió.
—Nadie pertenece a nadie —le dijo ella—, pero el sombrero me lo quedo.
La sonrisa de Ed fue devastadora.
—Bien.
Se miraron y hablaron de tonterías. Era totalmente evidente que ambos estaban coqueteando, y también eran conscientes de ello. De pronto, él se puso serio de nuevo.
—Gwen, querría decirte algo.
—Suéltalo, vaquero.
—Creo que nunca te he dado las gracias.
—Sí, lo hiciste. —Parecía sorprendida—. Hace unas semanas, en el rancho, cuando celebramos tu primera victoria.
—Bueno… te agradezco mucho el trabajo que estás haciendo conmigo a nivel físico, pero…
—Gwen se puso tensa, pero lo dejó hablar—.
Es que me siento muy a gusto contigo. Y yo…
—Se rascó la cabeza y miró sus labios, estaban entreabiertos y con la punta de la lengua se tocaba el labio superior.
Después, la vio apartarse un mechón de pelo y se colocárselo tras la oreja, mostrando el interior de su muñeca—. Joder…
—¿Qué? —ella parpadeó, sin comprender qué pasaba.
Ese simple gesto, en el que había mostrado su vulnerabilidad, y sus labios, sus mejillas sonrosadas, seguramente por haber bebido más de una cerveza, lo excitaban como jamás ninguna otra mujer lo había hecho.
Se acomodó en la silla, pues su bragueta estaba a punto de reventar en el pantalón.
¿Cómo era posible que consiguiera algo así, simplemente con mirarle?
De pronto, sonó una canción famosa y a Gwen se le iluminó la cara.
—¡Me encanta esta canción! —Se puso de pie y estiró la mano hacia él—. Sácame a bailar—. Fue una orden, y sonó como tal, aunque lo hizo sonriendo.
Él se puso rojo como un tomate y negó con la cabeza.
—No.
La cara de Gwen cambió.
—¿No? ¿por qué?
—Espera un momento. Por favor.
—Pero… —lo vio revolverse incómodo sobre la silla y, sin saber el motivo, sus ojos bajaron hacia su entrepierna y luego los abrió como platos.
La que se puso colorada esta vez fue ella.
—Pe… pero… —Poco a poco, sus labios se fueron curvado hacia arriba y él se puso aún más serio. Tanto, que se le tensó la mandíbula.
—Como se te ocurra reírte…
Gwen volvió a sentarse y lo miró, fijamente. Estuvieron serios durante unos segundos, hasta que ambos no pudieron aguantarse más y rompieron a reír, como si estuviesen en el patio del instituto jugando a ver quién se ríe primero.
—A eso me refería —le dijo Edgard—. Consigues que me relaje, cuando no me cabreas, me haces reír. Contigo yo… me siento…
—¿Como en casa?
Edgard asintió.
—Es exactamente lo que iba a decir. Contigo me siento como en casa. Gracias.
Ella estiró las manos con las palmas hacia arriba, sobre la mesa, en una clara invitación a que él se las tomara. Lo hizo y se las apretó con fuerza.
—Vaquero —empezó a decir—, me da igual lo alegre que estés de verme en estos momentos, quiero que me saques a bailar. Ahora.
—A sus órdenes.
Cogidos de la mano se encaminaron a la pista. En ese momento, el grupo había empezado a tocar las lentas. Como si no hubiese nadie más, se abrazaron y se dejaron llevar por la música.
Gwen tenía los ojos cerrados, únicamente concentrada en sentir la mano de Edgard apoyada en su cintura y la otra agarrada a su mano.
Las pelvis se rozaban suavemente y podía notar su dureza contra su vientre.
A pesar de la excitación, la energía entre ambos era tranquila, de paz, de cariño, se sentían relajados, concentrados el uno en el otro.
Disfrutaron de sus alientos suaves, del tacto.
Los dedos de Edgard empezaron a juguetear nerviosos con los de ella, con el pulgar le acariciaba el interior de la muñeca.
Poco a poco fue descendiendo por su brazo y giró ligeramente la cabeza para posar los labios en el interior de su codo, que ella había apoyado en su hombro.
El roce en ese lugar tan sensible hizo que se le pusiera el vello de punta y la obligó a soltar un jadeo que a él le resultó encantador y excitante.
La miró y se dio cuenta de que ella también lo estaba mirando.
Los ojos quedaron cosidos unos instantes. Mientras las respiraciones se agitaban, los corazones se desbocaban y el deseo explotaba.
Él acercó ligeramente el rostro hacia el suyo y Gwen no se apartó cuando la mano de Edgard, la que tenía posada en su cintura, iba subiendo poco a poco por la curva de su columna vertebral hasta quedarse sobre su nuca.
No hubo palabras.
Ninguno de los dos pidió permiso.
Simplemente pasó, porque así tenía que ser.
Se besaron.
Primero suavemente, mientras seguían moviéndose al ritmo de la música. Una tonada que los envolvía como una brisa suave, soplando sobre la tostada pradera del verano, envolviéndolos en su magia. Sus cuerpos se movían sin a penas moverse, como las hojas de los árboles.
Ella seguía con el brazo apoyado sobre su hombro, la mano de él abandonó su nuca para deslizarse por la curva de su espalda. Al llegar a sus lumbares, la atrajo aún más hacia sí, haciendo que el poco espacio que había entre ambos, desapareciera.
Gimieron contra la boca del otro, mientras las lenguas se exploraban como si fuese la primera vez que lo hacían.
El tiempo parecía haber dejado de correr, como si se hubiese detenido.
El beso y las caricias parecían el agua de un río que fluye lentamente, mojando cada uno de los rincones de su lecho.
Sus respiraciones se entremezclaban mientras los brazos de Gwen rodeaban ya su cuello y él, al mismo tiempo, rodeó su cintura, pegándola aún más hacia sí.
Cuando se separaron apenas unos centímetros para tomar aire, para mirarse, o tal vez para ambas cosas, ninguno habló con palabras, pero sí lo hicieron sus ojos.
Ambos fueron perfectamente conscientes de algo.
Ese beso no había sido el primero, tampoco el lugar era especialmente el más romántico, pero sí el que les dijo a ambos que acababan de cruzar el punto de no retorno.
A partir de ahora, ya nada volvería a ser igual.