Capítulo 24
Compartir espacio con el cowboy no fue algo tan increíblemente estúpido como sonaba.
De hecho, la comida que él solía preparar era bastante buena, al igual que las vistas, y no porque aparcaran siempre cerca de preciosos claros o acantilados, sino porque Edgard solía ejercitarse fuera y desde la ventana de la cocina, Gwen tenía una vista privilegiada de ese hombre.
Con el torso al descubierto y su piel brillante de sudor, bronceada y lamida por los primeros rayos…
ese era un espectáculo muy difícil de olvidar.
Y es que absolutamente todo en Edgard era llamativo, espectacular, como si hubiese sido creado para ser admirado, y adorado, y todo eso sin que él se diese cuenta, porque, además, era tremendamente modesto.
Sí, era tremendamente competitivo, y excesivamente exigente consigo mismo y muchas veces no se daba cuenta, pero también lo era con los demás.
Aun así, le envolvía un aura de sencillez que, sin quererlo, lo hacía más atractivo.
Siendo justa, no únicamente su físico era todo un espectáculo, también lo era sino su forma de ser y tratar a los demás.
A pesar de sus refunfuños, a la hora de la verdad, se comportaba como todo un caballero.
Gwen no estaba acostumbrada a la vida errante y él se esforzaba en hacerla sentir lo más cómoda posible.
Cada mañana, sin excepción, se levantaba antes de salir el sol, algo que ella no podía concebir, pero al parecer, la vida en un rancho te obliga a tener esas costumbres, pues los animales jamás tienen días libres ni horarios.
Lo primero que hacía, era prepararle el desayuno y antes de que ella abriera los ojos, su vientre ya rugía, prediciendo el paraíso.
Aquella mañana no fue una excepción.
Abrió los ojos cuando él llamó a la puerta del cubículo donde descansaban, Gwen ocupaba la litera de abajo. Aunque ya estaba despierta desde que sus fosas nasales habían olido el desayuno que se estaba cocinando en la parte principal de la caravana, que era el salón comedor.
Se incorporó y lo vio abrir la puerta con cuidado, mientras la luz de la mañana se colaba por las cortinas venecianas, formando franjas doradas sobre la sábana que la cubría.
—Buenos días, dormilona.
Se frotó los ojos, en parte porque lo necesitaba y también porque la imagen de esa escultura andante, portando una bandeja con el desayuno, todavía la sorprendía cada mañana, hasta que se acostumbraba que era él y no un dios griego.
—¿Otra vez me traes el desayuno a la cama? —se quejó, con una sonrisa que indicaba que se sentía feliz por ello—. Puedo hacérmelo yo misma, ya soy mayorcita.
—No me puedo levantar a las cinco y no hacer nada, necesito mantenerme ocupado con algo hasta que la princesa se despierte.
—Pensé que me dirías: me pareció que te lo habías ganado.
—Eso también.
La sonrisa dulce y tranquila de Ed, tenía más peligro que las fauces de un zorro en un corral. Y sus buenos modales, todavía más.
Gwen se incorporó y se apoyó en la almohada, mientras él estiraba las patas de la bandeja y la colocaba frente a ella. El vapor del café con leche ascendía en delicadas espirales y el olor de los huevos revueltos con el bacon y las perfectas tostadas, le hicieron rugir la barriga.
—Eres muy atento, ¿lo sabías?
—No se lo digas a mis hermanos, prefiero que sigan creyendo que soy un monstruo insoportable.
—Aunque a veces te comportes como tal, no es eso lo que te define.
—Gracias, princesa.
Gwen tomó una tostada y puso los ojos en blanco.
—¿Tú no desayunas? —preguntó, con la boca llena.
—Ya lo he hecho, tú disfruta.
Gwen sonrió.
La cercanía de ambos en aquel espacio tan reducido, daba la impresión de que todo era más íntimo, más personal.
Durante semanas no sólo habían compartido millas de carretera, también desayunos, silencios bajo las estrellas con una cerveza, salidas al pub, entrenamientos y preciosos atardeceres…
incluso conversaciones interminables antes de dormir, cada uno en su litera.
Sin embargo, que él siguiera siendo tan atento y tan caballeroso, la sorprendía y al mismo tiempo le ensanchaba el corazón y no podía evitar imaginarse una vida con ese hombre, hasta que el juicio regresaba y meneaba la cabeza para sacar esa absurda idea de su mente.
Mientras soplaba sobre la taza de café para después dar un pequeño sorbo, lo vio recoger una toalla del pequeño armario, antes de salir de la habitación.
—Me ducharé, antes de ponernos en marcha —lo oyó decir, tras cerrar la puerta del baño.
—De acuerdo. ¡Y gracias! —dijo en voz alta, cuando el sonido del agua corriente llenó la caravana.
Gwen desayunó con gusto. Cielos, las tostadas estaban riquísimas. Cuando acabó, se vistió rápidamente con unos vaqueros y una camisa, y se encaminó con la bandeja en las manos para colocar los platos en el fregadero.
Cuando de repente, la puerta del baño se abrió.
Cuando Gwen alzó la mirada, se olvidó de todo durante unos segundos. Se olvidó de que aún tenía la bandeja en las manos, que los pulmones servían para respirar y que, si no cerraba la boca, puede que le entrara un ejército de moscas.
Edgard había salido del baño, y en esos momentos se paseaba por el pasillo, secándose distraídamente el pelo con la toalla.
Las gotas de agua que no se había secado brillaban sobre su piel y el vapor del baño que salía por la puerta abierta del baño, formaba una niebla blanca detrás de él, dándole el aspecto de un ser mitológico recién salido de un volcán.
—Madre del amor hermoso —soltó lo primero que le vino a la cabeza, que era la frase más famosa que soltaría su personaje de comedia romántica favorito, si viera a ese hombre salir medio desnudo del baño.
Ed no la oyó, de haberlo hecho, habría alzado la mirada hacia ella y su blanca sonrisa de medio lado la habría obligado a hiperventilar.
Pero por fortuna, él aún creía que ella estaba en su habitación y se paseaba por la caravana, despreocupado.
Mierda, ¿Cómo puede ser tan sexy, con ese pelo negro y mojado, cayendo atrevidamente por su frente, mientras la toalla, que debería estar rodeándole la cintura, descansa sobre su hombro izquierdo?
Gwen abrió mucho los ojos.
¡Un momento! ¿Dónde… dónde está la toalla?
Ed, se había dado la vuelta hacia el armario, y en esos momentos buscaba una camisa. Gwen abrió todavía más los ojos al ver su perfecto y prieto trasero.
—Mierda.
Se dio la vuelta rápidamente y para hacerse notar, dejó los platos ruidosamente en el fregadero.
Cuando se dio la vuelta, él la tenía los pantalones puestos y la miraba, como no, con esa maldita sonrisa ladeada que obligó a su corazón a saltarse un latido.
—¿Te han gustado las vistas?
Gwen entrecerró los ojos, pero no contestó.
Alzó la barbilla y salió de la caravana con el portee de una reina, como si la visión del vaquero no la hubiera afectado y no estuviera sufriendo el mayor de los sofocos.