Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 23
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Capítulo 23

—¡Por nuestro hermanito! —Todos los McTavish, sin excepción, levantaron los vasos para brindar por el triunfo de Edgard.

Habían regresado la noche anterior al rancho McTavish.

Durante el trayecto, no hicieron mención del beso que se dieron en la habitación del hotel, ni lo bien que se sintieron al despertar en brazos el uno del otro.

No hablaron del asunto, pero ambos sabían que algo había cambiado y que ya no había marcha atrás.

No es que hubiese tensión, al contrario, se sentían tranquilos, como si la compañía del otro fuera un bálsamo de paz, y se buscaban constantemente con los ojos, pero se miraban de forma distinta.

Como si quisieran comerse el uno al otro y ninguno de los dos se atreviera a dar el primer paso, una porque era su fisioterapeuta, el otro porque respetaba la distancia que ella le marcaba, precisamente por lo mismo.

Pero esa distancia acabaría desapareciendo, era cuestión de tiempo y no eran necesarias las prisas. Ahora que el deseo y el cariño habían despertado, era imposible frenar sus avances.

Y ese, en el gran comedor del rancho, con toda la familia reunida tras la cena, era uno de esos momentos en los que se miraban con deseo, y que Phiona, muy observadora, no pasó por alto.

Ni corta ni perezosa, le dio un codazo a Gwen y ella apartó la mirada embobada de Edgard, para mirarla con reproche.

—¿Qué haces?

Phiona rio.

—Creo que hay cosas que no me has contado.

—Creo que tú también tienes secretos, amiga.

—¿Como por ejemplo? —elevó una ceja, haciéndose la interesante.

—¿Dónde diablos te metiste durante toda la competición? ¿Tendrá que ver con algún participante con la melena al viento?

Phiona refunfuñó.

Era cierto que había cosas que no le había contado a su amiga, pero nada tenían que ver con lo que sospechaba. Aún así, era mejor no tentar a la suerte, por lo que Phiona se llevó la mano a los labios, hizo como si cerrara una cremallera invisible con la mano y tirara la llave.

—Tú ganas, perra del infierno.

Cuando Edgard carraspeó y se puso en pie con la copa en alto, todos le prestaron atención, incluidas ellas dos.

—También deberíamos hacer una mención especial a mi maravillosa fisioterapeuta.

No lo habría conseguido sin ella —se puso serio al mirarla a los ojos y a Gwen le entraron ganas de llorar, emocionada.

Y pensar que lo había dejado tirado cuando había salido a competir.

Era tan… tan bueno, joder. Que no se lo merecía—.

Por ti, Gwen. Gracias por arrastrarme a ser el hombre que un día fui.

No pudo menos que sonrojarse cuando los hermanos McTavish al completo aplaudieron, hasta había llegado la hermana mayor, Charlotte, con su marido, Hug.

Era una gran celebración y Gwen se sintió contenta por Edgard, no solo por su recuperación, sino también porque su familia le había demostrado que sí importaba, que le querían y que siempre estarían de su lado.

Le sonrió con dulzura.

—Gracias a ti, Edgard. Por estar ahí también.

Él asintió y le dedicó una sonrisa que muchos de la mesa no supieron como interpretar.

—Formamos un gran equipo.

—¡Sí! —gritó Phiona—. ¡Por el equipo McTavish Morgan!

Ahora sí que todos se echaron a reír.

—Lástima que no te animaras a participar en la carrera de exhibición. Me hubiera gustado verte —dijo Phiona.

—¿Estabas ahí? —le preguntó Red—. Tanto Ed como yo te llamamos cientos de veces y tenías el teléfono desconectado.

—Me quedé sin batería, además llegué tarde y tuve que sentarme en las gradas de arriba del todo, pero la disfruté muchísimo —esto último era mentira, pues todavía estaba enfadada por haber hecho semejante ridículo delante de Jack.

—Fue espectacular —dijo Edgard—, hasta que el caballo de ese jinete enmascarado se encabritó y el pobre muchacho acabó mordiendo el polvo.

Phiona arrugó el entrecejo, había estado tan cerca de ganar esa carrera…

—La culpa fue de ese indio gilipollas…

—A pesar de eso —empezó a decir, Red—, el enmascarado hizo una buena carrera. Si no hubiese sido por Jack, seguramente habría quedado primero.

—En mi opinión, ese purasangre estaba demasiado desequilibrado —dijo Edgard, haciendo que la cara de Phiona enrojeciera de pura rabia.

—El único desequilibrado que había allí, era el indio gilipollas —masculló Phiona.

—¿No es malo llamarlo indio? Debería ser nativo americano —dijo Eli, la esposa de Daril.

—Oh, no. Ese en concreto puede llamarse así, el indio gilipollas que casi me mata.

—Phiona… —dijo Gwen.

—¿Cómo es eso de que casi te mata? —preguntó Daril, con el ceño fruncido.

Howard abrió mucho los ojos y su novia, Tess, le dio un codazo para que callara.

—Quiero decir que casi me mata del susto al ver su careto de gilipollas, hermanito —Si se enterara de que en la reserva se había caído por su culpa, era capaz de reiniciar las guerras indias y asaltar la reserva como si fuera el séptimo de caballería.

Aunque la segunda caída había sido la peor, porque fue que la humilló frente a ese estúpido de Jack. Al recordarlo de nuevo, empezó a hervirle la sangre.

Ese malnacido… la había ganado otra vez, pero sería la última, se prometió.

Sí, era un gilipollas. Y el hombre más guapo que había conocido en su vida y en su opinión, sólo había alguien que le hiciera sombra, y este era su primo, Jeff…

Aunque, siendo sincera consigo misma, cosa que se negaba a ser, reconocería que verlo galopar con la melena al viento y el pecho bronceado y lleno de sudor, con sus atractivas cicatrices en los pectorales, que anunciaban que se había sometido a la ceremonia de la Danza del Sol, la excitaban tanto como la cabreaban.

Y que Dios, o los espíritus la perdonasen, porque como él se lo propusiera, volvería a caer rendida en sus brazos, y acabaría siendo ella la gilipollas.

Por eso, mantenía las distancias insultándolo en público y fingiendo que lo odiaba.

Porque no lo odiaba, se odiaba a sí misma por llevar toda la vida enamorada de un hombre que no sólo había pasado de ella, sino que había desaparecido durante años y regresado como si nada hubiera pasado entre ambos.

Todavía recordaba cómo la miró, años después, un día que fue a visitar a su abuela. Después de romperle el corazón en mil pedazos y desaparecer de la faz de la tierra, como si esta se lo hubiese tragado, tuvo la desfachatez de actuar como si todo siguiera igual.

Menudo gilipollas…

—¿Qué te pasa? —le preguntó Edgard—. De pronto te ha cambiado la cara.

—¿A mí? Nada.

—Estás muy rara. Es como si hubieses visto un fantasma.

—Cierto, hay más de un fantasma por aquí —le dijo a Red, golpeando la mesa con los puños.

—¡Phiona! ¿Qué modales son esos? —la regañó su madre.

—Lo siento, pero de repente me han entrado ganas de ir al baño.

Phiona se puso en pie y se marchó. Le habían entrado unas horribles ganas de llorar.

***

Como era habitual en los McTavish algunos subieron al tejado después de la cena.

Se escucharon risas bajo la luz de las estrellas.

Gwen también se animó a subir, pero poco a poco mientras avanzaba la noche decidió irse a dormir, aunque antes visitaría a Phiona, pues su amiga se había marchado enfadada de la cena y no había regresado.

Hasta que solo quedaron Red y Edgard.

El pequeño de los McTavish se quedó mirando como Gwen desaparecía a través de la ventana abierta, solo entonces soltó un largo suspiro y Red lo miró alzando una ceja.

—¿Por qué tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo? —preguntó Red antes de apurar el último trago de cerveza.

—¿De verdad crees que te pierdes algo?

Red negó con la cabeza.

—No, lo cierto es que creo que sé exactamente que pasa —se rio—. ¿Os habéis acostado?

—No, y si piensas que el tema va por ahí, estás muy lejos de adivinar lo que te quiero pedir.

—Así que vas a pedirme algo.

Edgard asintió.

—Y tú me dirás que sí porque nunca te he pedido nada y sabes que si lo hago va a ser algo que es muy importante.

Red asintió. Ni siquiera le hizo falta confirmar que eso iba a ser así con palabras. Edgard era su hermano y si necesitaba un favor, ahí estaría él para ayudar.

—¿De qué se trata?

Edgard suspiró mientras miraba hacia el horizonte, probablemente intentando escoger las palabras.

—Me voy de gira —dijo, antes que nada—. Howard me ha ayudado a poner la caravana a punto.

—Sí —dijo Red, aún más extrañado—. ¿Y?

—Gwen se va a venir conmigo.

Red sonrió.

No lo había preguntado, pero tampoco lo había dudado.

—Se lo propuse y dijo que sí —añadió, como si tuviera que dar algún tipo de explicación.

Guardó un instante de silencio para intentar encontrar la mejor manera de abordar el tema.

—¿Qué ocurre? —le apuró Red, que intuía que algo no iba bien—. Puedes decírmelo. Veo que no es nada romántico, o de lo contrario ya me habrías dejado que me metiera contigo.

Edgard suspiró sonoramente.

—Tengo que ganar el campeonato y necesito dinero para contratar un buen abogado.

Red parpadeó algo confuso.

—¿Uno mejor que tu cuñada?

La esposa de Daril trabajaba de abogada en la ciudad antes de mudarse al rancho, había abierto un pequeño despacho y ahora que había sido madre, dejaba que sus compañeros se encargaran del trabajo más pesado, pero aun así, ella lo revisaba todo, porque era verdaderamente buena.

—Elisabeth es buena, pero no lleva temas de custodias.

Red alzó una ceja y después se incorporó.

—Dime que nuestra madre no es abuela por segunda vez y acabas de enterarte.

—¿Qué? ¡No! —se indignó Edgard—. No he dejado a nadie embarazada.

El alivio de Red fue evidente.

—¿Entonces…?

—Es por Gwen.

—¿Has dejado embarazada a Gwen?

—¿Quieres callarte y escucharme? Me haces perder la paciencia. Repito que no he dejado embarazada a nadie.

—Joder, no sé si alegrarme o no —dijo, llevándose una mano al pecho.

—Ella tiene una sobrina. Una sobrina que está con su padre, que es un capullo integral. Suele chantajearla emocionalmente y…

Edgard pensó en lo afectada que la vio y en las ganas que tenía de partirle las piernas a ese imbécil.

—¿Quieres buscar a alguien que la ayude? Eso será muy complicado.

—Pero no imposible, ¿no? —le preguntó Edgard, esperanzado.

En los ojos vidriosos de su hermano, Red vio lo mucho le importaba ese asunto. No había hablado de lo que veía entre ellos dos, pero indudablemente había empezado algo profundo, lo suficiente como para que Edgard quisiera inmiscuirse en algo tan privado como la custodia de una niña.

—No es imposible —le dijo finalmente—, si conseguimos demostrar que no es un buen padre.

—Ya te digo yo que no lo es.

—Entonces, déjamelo a mí.

Esas palabras de Red fueron suficientes como para que Edgard pudiera respirar de nuevo.

Gwen llamó a la puerta de Phiona varias veces, hasta que oyó su voz, medio dormida, invitándola a pasar.

—¿Estás bien? —dijo asomando la cabeza por el marco de la puerta.

—Divinamente —respondió Phiona, levantando la vista del portátil—. Estaba viendo Yellowstone. Me encanta Beth Dutton.

—A veces tienes su mala leche.

—Ya me gustaría —dijo Phiona, mientras Gwen se sentaba a su lado, en la cama.

—Estaba preocupada —le dijo—. No sé… ¿estás bien?

—Sí, sí, perdona —dijo Phiona, cerrando el ordenador para centrar toda la atención en su amiga—. Es que… la verdad, hablar de Jack, me pone de mal humor. Y no mentí cuando dije que me habían entrado ganas de ir al baño. A vomitar.

—Mentirosa.

—Vale, no es cierto. Pero necesitaba estar sola. Necesitaba una buena dosis de la mala leche de Beth.

Gwen se tumbó en la cama, boca arriba.

—No te preocupes —dijo, pensativa—. Entiendo que sigas molesta con ese hombre. Aunque hayan pasado tantos años, los amores del instituto jamás se olvidan.

—¿Jamás? Pues vaya puta mierda.

Gwen rio.

—Es lo que hay, amiga.

—Pero no hablemos de mí. Sino de cómo os miráis mi hermano y tú.

Gwen abrió mucho los ojos, y la miró, espantada.

—Menuda manera de desviar la atención para no hablar de lo tuyo.

—Porque mi historia con Jack está en punto muerto, o terminada para siempre. Pero Edgard y tú sois el presente. Y no lo niegues, estáis a punto de echar el mejor polvo de vuestras vidas. ¿O ya lo habéis echado?

—¿¡Qué!? ¡No!

—Venga ya, Gwen. Soy perfectamente consciente de cómo os habéis estado mirando durante la cena. Y de como os mirasteis ayer cuando os bajasteis del coche nada más llegar al rancho, de madrugada.

—¡Oye! —le lanzó un cojín—. ¿Ahora te dedicas a espiar por la ventana de tu cuarto?

Phiona se encogió de hombros.

—Ni que fuera la primera vez. En este rancho siempre pasan cosas interesantes, tengo muchos hermanos.

—Ya veo.

—Lo que yo vi fue que estuvisteis a punto de besaros. Imagino que otra vez.

—¿Cómo que otra vez?

—Sí, otra vez. Porque tú ya te has morreado con Edgard y como me lo niegues, te mato.

—Lo niego —rio Gwen.

—Os habéis morreado —aseguró Phiona— ¿Cuantas veces?

Gwen se puso colorada.

Y confesó:

—Dos.

—¡Lo sabía! Gracias por confirmármelo.

—Eres de lo peor, Phiona.

—¿Yo? Pero si soy un angelito.

—Siempre que Jack Wolfwalker no se cruce en tu camino. Entonces, te conviertes en un monstruito.