Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 22 #2
60%

Capítulo 22 #2

—Poco más de un año. —Se encogió de hombros—.

La casa era grande y él viajaba mucho por negocios.

No porque quisiera, sino porque su padre lo obligaba a tomar las riendas del negocio familiar.

Fue soportable hasta que una noche, volvió a insistir en lo de ser una familia.

—Se le atragantaron las palabras—. Intentó… propasarse conmigo.

Se calló al ver que las manos de Edgard se crispaban y contuvo la respiración.

—No pasó nada —aclaró.

—Te agredió, por supuesto que pasó algo —dijo, furioso con ese cabrón.

—Solo intentó besarme y…

—No minimices lo que te hizo.

De acuerdo, él tenía razón, no debía hacerlo, pero…

—Es más complicado. Pero en resumen me libré de él.

Sé la clase de tipejo que es. Mi hermana no tenía camello, las drogas se las suministraba Marc.

Es un tipo despreciable, el hijo de un papá multimillonario que no sé cómo encandiló a mi hermana.

Te juro que ella era una buena mujer, pero…

—dejó de hablar para no volver a emocionarse.

Al cabo de unos minutos, Gwen se sorbió la nariz con el pañuelo de papel que él había cogido de la caja sobre el tocador.

—Me prohibió ver a mi sobrina, con quien yo tenía una relación muy estrecha. Fue horrible para mí. No tengo hijos, pero de haberlos tenido no creo que yo pudiera haberla querido más.

—Lo entiendo.

—En fin, después de unas semanas ya no aguanté más y me colé en su casa.

Edgard alzó una ceja, era probable que aquello fuera la causa de la orden de alejamiento. No la interrumpió esperando que prosiguiera.

—Necesitaba ver a Lily, saber que estaba bien.

Fue horrible —dijo poniendo su cara entre las manos—.

Esa noche, Lily se tiró a mis brazos cuando entré por la ventana, me dijo que papá bebía, y que la otra noche no se había despertado, y que cargó el móvil de mamá para llamarme, pero no supo cómo ponerlo en marcha.

Edgard escuchó en silencio mientras le acariciaba la espalda en círculos.

—Puse en marcha el móvil, sabía el pin. Le enseñé a usarlo y como debía cargarlo siempre escondido debajo de la cama. Ese sería nuestro secreto y siempre que quisiera podría llamarme y yo estaría ahí para ella.

Pobre Gwen, Edgard entendió perfectamente la desesperación que debió de sentir y también por qué esa noche se hubiera ido con el mismo diablo para pasar tiempo con esa niña.

—Seguí pagando las facturas del móvil, pero Marc lo descubrió.

Fue horrible escucharle gritar una noche que Lily estaba hablando conmigo, escondida en el armario.

Casi me muero. Fui hasta allí, me salté algunos semáforos y entré hecha una furia en la casa.

Me planté delante de él, le dije que lucharía por la custodia, que era un drogadicto y que sabía que a veces bebía hasta perder el conocimiento.

Entonces nos peleamos. Él me empujó fuera de la casa…

—Hijo de puta.

—Sí, bueno, yo le abrí la cabeza con una piedra.

—¿Qué?

—No pretendía matarle, solo romper la ventana que estaba tras de él para poder entrar en la casa de nuevo y llevarme a Lily.

Esa noche Marc también estaba borracho y drogado, no podía dejarla con él —se encogió de hombros—.

Pero al tirar la piedra que tomé del suelo del jardín, fallé.

Le hice una brecha y sangró copiosamente, cuando entró en casa para llamar a la policía me encerró fuera, pero yo rompí una ventana y entré.

Edgard la escuchaba con la boca abierta y se impacientó al ver que detenía su relato.

—¿Y?

—Y me llevé a Lily —sorbió por la nariz porque no podía dejar de llorar y sonreír a la vez—. Fue muy mala idea. La poli vino a mi casa, me llevaron detenida, se pusieron cargos en mi contra, secuestro de una menor…

—Dios Santo.

—En fin, me quitaron a la niña y pusieron una orden de alejamiento. Tuve que hacer un cursillo de control de la ira.

—No me jodas.

—La única razón por la que no estoy en la cárcel es porque nuestros abogados llegaron a un acuerdo.

Orden de alejamiento a cambio de no ir a la cárcel.

—Volvió a reír sin humor—. El muy cabrón sabía lo que hacía.

Me acosa desde entonces, aparece cuando quiere y donde quiere y la única forma de ver a mi sobrina es como hoy, yendo detrás de él como un perro.

Así al menos puedo arroparla de vez en cuando y contarle un cuento.

Pero estoy muy preocupada, ningún niño merece pasar por algo así.

Eso le dejará secuelas psicológicas para el resto de su vida. Y no sé qué hacer, de veras que no.

—Es un miserable —Edgard se puso en pie—. Me encantaría darle una paliza, pasarle por encima con cien caballos.

Al verlo alterarse, aún sentada en la cama, Gwen le tomó la mano.

—¿Edgard?

—¿Qué? —preguntó aún molesto.

—Gracias por escucharme.

Él resopló y se dejó caer de nuevo a su lado.

—Cuando quieras, princesa.

Le besó la mejilla y fue la señal para que ella se cobijara en sus brazos.

Edgard se acomodó en la cama, con la espalda apoyada contra el enorme cabezal. Gwen se acurrucó contra su torso y le rodeó la cintura con los brazos.

Se sentía en paz, escuchando los latidos de su corazón con la mejilla pegada a su fuerte pecho.

Edgard le acariciaba el pelo suavemente, con movimientos mecánicos desde la coronilla hasta la nuca, y vuelta a empezar. Su cercanía lo excitaba y cerró los ojos para no ver sus preciosos labios contra su pecho desnudo, mientras su respiración rozaba su piel, en una caricia sensual.

La sintió suspirar.

—Me duele terriblemente la cabeza —susurró.

Dejó de acariciarle el pelo, y puso los dedos en sus sienes.

—Hmmm —los labios de Gwen se curvaron hacia arriba.

—¿Mejor?

—Oh, sí… —volvió a gemir—. Tus dedos son… mágicos.

Edgard sonrió, pero no se atrevió a decirle qué eran capaces de hacer esos dedos, en otro lugar mucho más húmedo, a pesar de que se moría de ganas de que ella lo descubriese.

Los gemidos de placer lo excitaron sin ningún tipo de control y pronto no pudo evitar respirar con más fuerza. Gwen se percató del cambio de ritmo de su corazón y alzó la mirada hacia él. Ella también estaba excitada y no hubo marcha atrás. Ninguno de los dos pudo contenerse.

Los dedos que antes habían masajeado sus sienes, ahora abarcaron todo su rostro, acercándolo hacia él.

—Esto no debería suceder —musitó, sin convicción.

—No estoy nada seguro —contestó.

Ella tampoco.

Porque no se apartó, al contrario, buscó su boca y la encontró.

Se besaron, jugaron con los labios unos segundos, respirando el uno el aliento del otro.

Edgard fue suave y poco a poco se fue abriendo camino con la lengua, hasta encontrarse con la de ella.

La acarició con ternura, lamió sus labios con devoción.

Ella gemía suavemente y pronto, sus manos, que habían estado acariciando su torso desnudo, subieron hacia su rostro y también lo acarició.

Su cara era perfecta, su fuerte mandíbula, su mentón, y esos labios…

Pero fue él quien detuvo el beso.

—Deberíamos parar o…

O no respondo de lo que pueda suceder después.

Ella parpadeó unos instantes.

Luego suspiró, y asintió.

Volvió a acurrucarse en su pecho y él soltó todo el aire que había estado conteniendo.

Estaba tan exhausta que no tardó en quedarse dormida, cómo no hacerlo, estar entre los brazos de Edgard era como estar a salvo en casa.