Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 22
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Capítulo 22

Era duro, pensó Gwen, muy duro.

Cada vez que veía a Lily y después tenía que dejarla, se le hacía insoportable. Esa noche no había sido una excepción.

Abrió la puerta de su habitación con la tarjeta y se escuchó un leve pitido cuando el dispositivo se puso en verde. Entró casi arrastrando los pies, anímicamente agotada y con un dolor de cabeza tan terrible, que solo quería tumbarse en la cama y dormir dieciséis horas seguidas.

Era de madrugada, quizás las tres.

Con Lily y Marc, habían visitado la feria montada alrededor del rodeo. La verdad es que habían disimulado bastante bien la historia turbia detrás de aquella aparente familia feliz.

Después de la feria, habían llevado a Lily a cenar de una hamburguesa con patatas en un puesto de comida rápida que a ella le encantaba. Por supuesto, luego vendría el helado de dos bolas y finalmente el cuento de buenas noches.

Toda la velada había transcurrido como si fueran una familia feliz.

Fingía, obviamente, no sabía si por no saltarle a la yugular a Marc o para que Lily se sintiera tranquila.

Tenía claro de que la pequeña no era culpable de los errores de los adultos y no se merecía que montasen un espectáculo delante de ella.

De todas formas, la niña era demasiado lista para no entender que estaba pasando algo.

Y eso a Gwen era lo que le rompía el corazón.

Tiró el bolso sobre la cama y se llevó las manos al rostro, por puro agotamiento.

No pudo rechazar la oferta de ir al hotel para contarle un cuento a la niña, pero luego cuando ella se había quedado dormida, ya muy tarde y negándose a cerrar los ojos porque sabía que Gwen no estaría ahí al despertar, Marc la había llevado al salón de la suite y la había obligado a escuchar lo que tenía que decirle.

Puto cobarde manipulador.

No importaba que Gwen se negara a perdonarle, ni a creer que la orden de alejamiento que había puesto, no era para tener el control sobre la situación y, por lo tanto, sobre ella.

Solo era para que la niña tuviera lo mejor.

Porque desde luego era por control, por ego y por maldad.

Ese hombre jamás había querido lo mejor para Lily, sino para sí mismo.

Se le llenaron los ojos de lágrimas, sintiéndose totalmente incapaz de hallar una solución.

¿Qué iba a hacer?

Estaba sumida en aquellos lúgubres pensamientos cuando alguien los interrumpió. Una voz profunda le hizo alzar la cabeza y mirarle sorprendida.

—Pensé que ibas a quedarte ahí toda la noche.

Gwen miró hacia la puerta abierta que separaba sus habitaciones.

Edgard estaba ahí, observándola como si quisiera cerciorarse de que seguía de una sola pieza. Al verle, su corazón se saltó un latido.

Tragó saliva y posó sus ojos sobre él. Estaba desnudo de cintura para arriba y solo llevaba un pantalón negro de sport mientras su hombro sano soportaba el peso de su cuerpo apoyado contra el marco.

—Edgard… yo…

—¿Sí? —preguntó, poniéndose la mano en los bolsillos. Se encogió de hombros después—. Sé que no merezco ninguna explicación, que tú y yo no somos nada, pero… ¿estás bien? Necesito saberlo.

Ella parpadeó.

Se esperaba cualquier cosa menos esa.

Había pensado que Edgard se habría puesto furioso porque se había ido, dejándolo plantado en el rodeo.

Porque eso es lo que había ocurrido y además se había marchado con un tipo que seguramente le daba mala espina.

También tendría preguntas sobre Lily, y no obstante, lo único que le había dicho era… ¿estás bien?

No, no lo estaba. Pero le dedicó una sonrisa triste, conmovida por su genuina preocupación.

—Bien, gracias por preguntar.

Solo tenía ganas de llorar y eso volvió a hacer, quizás de puro agotamiento mental. Cuando una lágrima y luego otra, resbalaron por sus mejillas, él se acercó unos pasos.

—¿Qué ha pasado?

Levantó la mano para que él se quedara dónde estaba. No podía darle lastima a Edgard, solo le faltaba eso para sentirse la mujer más humillada del mundo.

—Por favor, vete a tu cuarto. Necesito estar sola.

Era mentira. Necesitaba un abrazo de Edgard, como necesitaba respirar.

—¿Eso es lo que quieres? —Estaba ahí de pie, descalzo sobre la moqueta de la habitación de Gwen, esperando no una explicación, sino darle consuelo.

No podía permitirlo. Aunque lo deseara.

—¿Vas a seguir entrando como si fuera tu casa? —dijo, fingiéndose algo más animada.

Por supuesto, no engañó a nadie.

—¡Estaba preocupado! —dijo malhumorado de pronto.

¿Por qué no entendía que, para él, ella no era una desconocida?

No solo era su fisioterapeuta, sino… ¡Mierda!

Se pasó la mano por el pelo y suspiró consciente de que quizás no debían tener esa conversación de madrugada, al menos no esa noche, pero en verdad tenían algo.

No sabía lo que era, pero tenía claro que ella era alguien muy importante.

Respiró hondo intentando calmarse.

—¿Quién es? —preguntó Edgard antes de perder el valor necesario—.

Está claro que no querías estar con él. Por eso me he preocupado tanto, no sabía si ir tras de ti, yo…

—se paseó frente a ella y dio una vuelta sobre sí mismo para aliviar la tensión entre ellos y darse valor para preguntar— ¿Es tu marido?

—¿Qué?

Gwen abrió los ojos como si no se esperara esa pregunta. Parpadeó, confusa.

No se había imaginado que él pudiera malinterpretar la situación de esa manera, quizás porque había creído que Phiona le comentaría algo de su vida. Bien por Phiona, era una buena amiga guardando secretos.

—¿Eso parece?, ¿parece mi marido? —quiso saber, más deprimida todavía.

Volvió a encogerse de hombros.

—Está claro que esa niña es hija tuya. ¿Por qué no me lo dijiste?

Gwen se lo quedó mirando con los ojos abiertos como platos.

—Lily no es mi hija, es mi sobrina.

Se hizo un denso silencio entre los dos mientras se miraban con fijeza.

—¿Tu sobrina? —Estaba seguro de que había balbuceado—. Pero tiene tus ojos…

Una triste sonrisa apareció por primera vez en los labios de Gwen.

—Se llaman genes y los hemos heredado de mi abuela.

Una vez más no supo qué decir.

—Joder… —se acarició la nuca y empezó a andar por la habitación.

Sus pies descalzos no hacían ruido sobre la moqueta.

Gwen se dejó caer sobre la cama, sentándose con la cabeza entre las manos y mirando a Edgard. ¿Cómo se le habría podido ocurrir eso? Sonrió de nuevo.

—No me he casado nunca.

—Sí, bueno, ya. —Parecía nervioso—. Yo tampoco.

Los dos rieron un segundo y entonces el semblante de Gwen mudó y sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas.

Parecía tan triste que Edgard hubiera dado cualquier cosa para consolarla.

—No puedo verla y he tenido que aprovechar hoy.

La sorpresa y la rabia aparecieron de nuevo en los ojos del cowboy.

—¿No te deja verla? ¿Quién es ese tipo? Supongo que su padre, ¿el marido de tu hermana? —Edgard se sentó en el colchón junto a ella y su gran mano se apoyó en su espalda para que se sintiera acompañada.

Ese gesto y su suave tacto, la reconfortó. Todo era tan fácil con Edgard…

—Mi hermana tenía una relación con él —había algo más detrás de esa revelación, pero no quiso insistir y no hizo falta porque Gwen confesó—. Tengo una orden de alejamiento.

Eso sí que lo dejó atónito, casi tanto como descubrir que tenía una sobrina.

—Ese tipo es un imbécil. Y no, no es una pregunta —dijo Edgard—. ¿Cómo es posible que tengas una orden de alejamiento de tu propia sobrina?

Ella guardó silencio unos segundos, como si quiera ordenar los pensamientos en su mente.

—Después de que muriera mi hermana de una sobredosis, ese imbécil —estaba claro que se refería a Marc—, intentó que fuéramos una familia feliz.

Edgard se dejó caer al suelo, se arrodilló junto a ella para que sus rostros quedaran a la misma altura. Le acarició la mejilla.

—Gwen… —Cerró los ojos sin querer sacar conclusiones precipitadas sobre lo que acababa de decirle— ¿Qué hizo ese malnacido?

—Nada, insinuó que si empezábamos a salir podríamos vivir juntos y criar a Lily entre los dos.

—¿Salisteis juntos?

—No tocaría a ese miserable ni con un palo.

El pecho de Edgar se ensanchó de puro alivio.

—¿Entonces?

Gwen suspiró.

—Aun estando con mi hermana, me dijo que yo le gustaba, que debería haber salido conmigo y que ojalá su hija fuera mía —negó con la cabeza—. Intentó besarme en dos ocasiones, yo jamás se lo dije a mi hermana Pam, porque ella sentía un amor ciego e insano por ese desgraciado.

—Entiendo —pero aun así le costaba no decir todo lo que pensaba de ese cabrón.

—Fue él quien metió a mi hermana en el mundo de las drogas.

Lo odié desde siempre. —Fijó la mirada en la pared cuando habló de Pam, quizás para controlar mejor sus emociones, o involuntariamente perdiéndose en sus recuerdos—.

Dejó a Marc dos veces, pero al igual que en las adicciones, volvía a caer y se volvía a ir a vivir con él.

Fue entonces cuando se quedó embarazada.

Creo que pasó limpia la mayor parte del embarazo, pero cuando Lily nació, la depresión postparto fue demasiado.

Ella negó con la cabeza y se echó a llorar con la cabeza baja.

—Tranquila —la estrechó entre sus brazos y ella se dejó consolar apoyando la cabeza en su pecho cálido.

Se quedaron así unos minutos hasta que el llanto remitió.

—Cuando Lily tenía dos años mi hermana murió de una sobredosis.

—Lo siento mucho, Gwen.

Ella también lo sentía. Y se había sentido culpable desde entonces.

—Pienso que no hice lo suficiente por ella.

—Oh, Gwen. Te conozco, sé que hiciste todo lo posible para cuidar de ella. No podría ser de otra forma, tú eres así.

—Pero no sirvió de mucho —hipó y se sorbió la nariz enrojecida por las lágrimas—. Lily era tan pequeña y él, bueno, tenía dinero y medios, pero no la cuidaba como era debido, así que me dijo que, si creía que la cuidaba mal, debería hacerlo yo. No dudé, ¿sabes? Me fui de inmediato a vivir con él.

—¿Vivisteis juntos?