Capítulo 21
Jamás creyó que podría sentir el abrazo de Lily de nuevo, sus bracitos, rodeando su cuello, y el olor a champú de niños que desprendía su cabello. La había echado tanto, tantísimo de menos que, por unos instantes, su corazón sintió alivio.
Pero lo sabía, sabía que esa sensación era un espejismo, pues el diablo de Marc la había traído con un propósito, y este no podía ser más oscuro.
Hizo un esfuerzo enorme para que, al separarse de la pequeña para acariciar su carita y besarla, esta no viera sus mejillas empapadas, algo que le fue tremendamente difícil de disimular, pero lo logró.
—¿Dónde estabas? —preguntó la niña, que también se había echado a llorar en silencio.
—Oh, Lily, lo siento yo…
—Bueno, pero ahora está aquí. Ya puedes abrazarla. —El hombre se acercó a ellos y Edgard tuvo el instinto de adelantarse un paso hacia Gwen, colocándose a su lado.
No le gustaba nada en absoluto ese imbécil.
Se notaba a la legua que no era trigo limpio. Era un hombre alto, rubio y elegante, pero sus ojos le revelaron su negrura.
—¿Estás bien? —le susurró a Gwen, que acababa de ponerse en pie.
Ella apenas lo miró, pero asintió para después clavar la mirada en el recién llegado.
Gwen se puso un mechón tras la oreja, señal de que estaba nerviosa. El imbécil pareció no darse cuenta, pero le temblaban las manos.
La niña se cogía con desesperación de su mano y miraba al hombre de negro que se quedó ahí de pie, con las manos juntas esperando, Edgard no sabía muy bien qué, como si fuera el rey del mundo.
—Hola, Gwen, cuanto tiempo.
Por la tensión en la mandíbula supo que ella no estaba nada contenta de verle.
—Hola —Edgard saludó, no por simpatía, sino para hacerse notar y que le quedara claro que Gwen no estaba sola—. Soy Edgard McTavish.
Le tendió la mano a lo que él la tomó solo para que ambos pudieran medir sus fuerzas.
Se odiaron desde el primer instante.
—Muy bien cowboy, te he visto competir, no sabía que ahora Gwen se dedicara a ser una conejita del mundo del rodeo.
El calificativo enfureció a Edgard, pero se contuvo.
—¿Papá que es una conejita? —preguntó la niña y Gwen apretó los dientes—. ¿Eres una conejita? —le preguntó a Gwen.
—No, cariño. Tu padre se ha confundido. ¿Verdad Marc?
Él soltó un bufido que estaba a medio camino entre una risa y una maldición.
Edgard por su parte solo pudo apretar los puños, si los descargaba contra la cara de ese imbécil iba a tener problemas, pero las ganas estaban ahí.
—¿Gwen? ¿Podemos hablar?
Obviamente el imbécil ignoró a Edgard a quien ni siquiera le había dicho su nombre, pero lo había escuchado de labios de Gwen. Era Marc, Marc el capullo imbécil.
—No es ninguna conejita, es mi fisioterapeuta —dijo, como si no quisiera pasar por alto el comentario.
—Ya, ya —Marc hizo un gesto con la mano quitándole importancia—. ¿Gwen?
Siguió esperando la respuesta.
—Yo… —iba a negarse, Edgard lo predijo, pero Gwen no terminó la frase porque el hombre la interrumpió.
—Tenemos que hablar y lo sabes —se corrigió, dejando claro que no iba a aceptar un no por respuesta.
—No.
—Yo creo que sí.
Edgard se dio cuenta de que le seguían temblando las manos e instintivamente dio un nuevo paso hacia ella. Se colocó a su lado y por si fuera poco le pasó una mano por encima del hombro.
—Ha dicho que no. Yo lo he oído alto y claro —dijo Edgard mirándolo a los ojos.
—Yo también —se animó a decir la niña, mientras mirando a Edgard, asentía para darle la razón.
—No te metas, Lily —le dijo su padre, y ella se encogió, ocultándose detrás de las piernas de Gwen.
A Edgard le dieron ganas de partirle la crisma.
—Marc, no montes un espectáculo —le dijo Gwen entre dientes.
La niña tiró de ella.
—Por favor —dijo Lily en tono suplicante—, ¿vendrás con nosotros a la feria? Te echo de menos.
Lo dijo con tanta dulzura que Edgard supo exactamente que se le había partido el corazón al ver la escena. Gwen estaba a punto de echarse a llorar y aunque cualquiera diría que él estaba sobrando ahí, no podía irse. No podía dejarla sola con… ¿su ex? ¿Quién demonios era ese tipo?
—Sí, Gwen, por favor. Ven con nosotros. —La mofa impregnaba cada palabra de Marc.
La mirada de ella dejaba claro que lo consideraba un miserable. Por eso dolieron tanto las siguientes palabras que le dirigió a Edgard.
—Tengo que ir con ellos.
—¿Qué? —El cowboy no pudo ocultar su desconcierto—. Pero Gwen…
Que el capullo estuviera sonriendo, no ayudaba en nada.
—Por favor —dijo suplicante—. Nos vemos mañana en el desayuno.
¿Qué? ¿Iba a irse toda la noche con él? ¿Cómo era eso posible?
No supo ni cómo reaccionar.
De hecho, no lo hizo. Se quedó allí plantado con la boca abierta mientras Gwen se alejaba con una niña de cinco años de la mano y un tipo con el que claramente no quería estar. Lo vio cuando la tomó del hombro y ella se sacudió.
***
No podía dejar de pensar en Gwen, y en el brazo de ese hombre atrayéndola hacia él, posesivo, dominante… como si fuera suya, como si siempre lo hubiese sido.
Y ella…
Ella parecía haber perdido toda su fuerza y voluntad en presencia de ese malnacido.
¿Dónde estaba la Gwen valiente, y fuerte que había conocido en el rancho, a la que nadie le daba órdenes, la Gwen autoritaria, intransigente, la líder, la de mirada inquisitorial, la respondona?
¿Dónde demonios se había quedado su mala leche?
En presencia de Marc el gilipollas, se había transformado en un dócil y asustado corderito, con miedo a de ser devorado de un momento a otro.
La clave estaba en la pequeña, Lily.
Su hija, evidentemente, dado el parecido que tenían la una con la otra, era el motivo de tanta contención. Joder, eran como dos gotas de agua.
Suspiró, con la mirada perdida en el camarero, que limpiaba unas copas, tras la barra.
Algo muy grave tenía que haber pasado para que Gwen ocultase, u obviase la información de que era madre, y de que la niña estaba con su padre.
¿Malos tratos? ¿Una custodia injusta?
Mierda…
Por eso, ¡por eso se había vuelto sumisa frente a ese malnacido! ¡Porque le tenía miedo, porque temía por su hija! Y porque, con total seguridad, era la única forma en que Gwen podía compartir tiempo con ella. Cuando a Marc el gilipollas le daba la gana.
Cielos, debía de estar destrozada…
Pero de nuevo, su mente voló hacia la misma pregunta, pues todo eso eran suposiciones.
¿Qué estaba sucediendo en realidad?
Miró su copa de Wisky, y se levantó del taburete.
No podía ser él quien se emborrachase ahora, después de haberle dado a ella un buen sermón.
Pagó al camarero con un billete de 10 dólares que puso sobre la barra y se encaminó hacia la pista exterior, donde estaba a punto de celebrarse una exhibición de carreras de relevos indígena, una de las disciplinas ecuestres más espectaculares de Norteamérica.
Jack Wolfwalker participaba, era él quien le había hablado del evento. Él no participaría, aunque únicamente fuera una exhibición, a ningún cowboy se le ocurriría participar, era exclusiva para indígenas.
Llegó a la pista oval que habían preparado en el exterior del recinto y sacó su teléfono del bolsillo. Marcó a Phiona, pero esta no respondió. ¿Dónde diablos se había metido su hermana? Últimamente estaba muy rara.
Tendría que disfrutar sólo del espectáculo.
Pensó en Gwen nuevamente, ella realmente lo disfrutaría, sobre todo porque él no participaba. Aquello era una locura.
De repente, le vibró el teléfono móvil y lo sacó de inmediato del bolsillo trasero.
Decepcionado, pues esperaba que fuera ella, vio en la pantalla la cara de su hermano, Red.
—¿Dónde te escondes, cowboy?
—Estoy en la exhibición de relevos.
—Qué casualidad, yo también. Te estoy viendo, voy hacia ti.
Ed miró a su alrededor y no tardó en ver a su elegante hermano.
—Siempre como un pincel, Red.
Se abrazaron y se palmearon la espalda, y después se sentaron en primera fila, mientras los equipos se preparaban.
—¿Dónde está Gwen? —preguntó Red, mirando a su alrededor.
—Está descansando, se ha tomado el día libre.
Por la manera en que lo dijo y la expresión de su cara, Red se preocupó.
—¿Va todo bien?
Ed tardó unos segundos en responder.
—Sí, fenomenal —odiaba mentir a su hermano, pero no estaba de humor para contarle lo que estaba pasando.
Los altavoces anunciaron a los equipos, y la atención de los hermanos se centró en la pista. Esta era una carrera pequeña, la mayoría de campeones no estaban, puesto que no se dedicaban a los rodeos, pero sí estaba Jack, uno de los favoritos.
Lo vio salir a la pista, con una indumentaria muy llamativa, después de que los altavoces lo anunciaran. Melena suelta, cinta en la frente y el pecho al descubierto, lo que arrancó los gritos eufóricos de las féminas.
Tenía tres caballos de refresco, mustangs criados en la propia reserva.
Reconoció al endiablado Humo, un animal negro como la noche, rápido como el rayo y malo como un demonio.
Al igual que su jinete, no conocía el miedo.
Todos los caballos iban pintados con símbolos rituales.
Ese en concreto, llevaba dibujos de líneas en forma de rayos, para dar velocidad a sus patas, y un solo círculo alrededor de ojo izquierdo, para darle una visión mejor.
Tenían más símbolos dibujados, pero Ed desconocía el significado.
Había tres equipos, los de la tribu Crow, o Apsalooke, a quienes representaba Jack Wolfwalker, la tribu de los Pies Negros en representación de Ed Black Elk, un veterano con muchísima experiencia, aunque algo mayor, y el equipo de la tribu Lakota, cuyo jinete no había aparecido aún.
Estos últimos, los Lakota habían sido en el pasado enemigos acérrimos de los Apsalooke y aunque las naciones indias ya no estaban en guerra, aún había piques, especialmente en estas carreras.
A cada jinete les acompañaban dos holders que se encargaban de sujetar a los caballos que esperaban de refresco, y un mugger que capturaba al animal que acababa de dar una vuelta, para no entorpecer a los demás, aunque siempre solía haber accidentes y la adrenalina reinaba en el ambiente.