Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 20
51%

Capítulo 20

Gwen no podía creer que se hubiera perdido el rodeo.

El sol estaba bien alto cuando abrió un ojo, sintiendo un fuerte dolor de cabeza que le rodeaba desde la frente hasta la nuca, como un casquete. Estaba tirada sobre la cama, solo vestida con sus bragas y una camiseta que le era tan grande que sin duda no era suya.

Era de Edgard.

Reconocía su olor. No a sudor, ni a macho. Nada tan asqueroso porque estaba limpia. Reconocía el olor a suavizante y a… él.

Entonces sí que entró en pánico.

Se levantó como una exhalación, solo para darse cuenta de que su cuerpo estaba a punto de recordarle que no era una quinceañera, sino una mujer adulta que no debía abusar así de los tequilas.

Se puso unos vaqueros, los calcetines y las botas. Buscó el sujetador hasta por debajo de la cama y luego recordó que tenía otro en la maleta, de hecho, tenía tres más. Se lo puso y gimió cuando la cabeza le empezó a dar vueltas.

—Céntrate, Gwen —se dijo, mientras se ponía una camisa a cuadros.

Sí, debía centrarse, arrastrarse hacia el rodeo y pedirle perdón a Edgard.

Lo había abandonado y no se lo merecía.

Ed miraba la pantalla gigante, a la espera de que saliera la clasificación final. La pierna le dolía, pero era soportable. Era mucho peor la ansiedad en el pecho, que le hacía respirar con dificultad.

Estaba nervioso, aunque no lo había hecho nada mal.

Había superado al jinete enmascarado, de eso estaba seguro.

Pero con Wolfwalker no las tenía todas consigo, el apsalooke, a pesar de que no solía competir en doma de potros, había hecho una marca espectacular aunque no fuera su especialidad, y él llevaba demasiado tiempo postrado en la cama.

Los minutos se le estaban haciendo eternos mientras la pantalla anunciaba una marca de cerveza tras otra cuando, de pronto, el estadio enmudeció.

La pantalla se acababa de poner en negro, y todos sabían que pronto aparecería la lista con los clasificados.

Se iluminó y el rugido se oyó de nuevo.

¡Un fuerte aplauso para Edgar McTavish, primer clasificado!

Aplausos, sombreros volando por las gradas y el alivio recorriendo su pecho.

No había esperado quedar el primero, así que no lo había hecho tan mal, a fin de cuentas. Cierto que podría haber tenido una mejor marca, pero por el momento era suficiente.

Ojalá Gwen lo hubiera visto, pensó, con el ceño fruncido.

Miró de nuevo la pantalla y comprobó que Jack había quedado segundo. El jinete enmascarado, cuarto.

Mientras algunos participantes y organizadores se acercaban para darle la enhorabuena, vio a Gwen aparecer corriendo por un lateral.

No le quedó más remedio que salir al centro de la pista, donde una rubia espectacular le entregó un ramo de flores y le plantó un beso en la mejilla, a pesar de que lo que más deseaba era fundirse en un abrazo con Gwen.

La miró, acariciándola con los ojos y sonriendo. Ella aplaudía feliz, aunque con la culpabilidad impresa en sus ojos azules de cielo.

—A buenas horas —le dijo, cuando regresó tras la reja con el ramo de flores en las manos.

—¡Lo siento! —se llevó las manos a la boca, abochornada y humillada por ser tan mala amiga.

Bueno, amiga no… joder sí, ya como fisioterapeuta profesional había dejado tirado a un cliente, pero como amiga, porque eso es lo que ya era de Edgard…

Como amiga, dejaba mucho que desear—. Soy una persona horrible. ¡Horrible!

Se acercó a él y lo tomó por los hombros.

—Perdóname.

Él se rio y le entregó el ramo de flores.

—Oh… —gimió, oliendo las rosas—, no me lo merezco, Edgard.

—No te preocupes, casi mejor que no hayas estado.

—¿Por qué? —dijo ella asustada—. ¿Ha ido mal? ¿Te has hecho daño?

Pensó en gastarle una broma, pero se la veía tan preocupada que desistió.

—No Gwen, ha ido bien. He quedado primero.

Ella lo abrazó antes de pensar siquiera en lo que estaba haciendo.

—No sabes cuanto me alegro. —Como si no pudiera creérselo dio un paso atrás y le palpó los brazos—. ¿Te ha dolido la pierna?

—Ha aguantado.

—Esa no era la pregunta.

—Pero es la respuesta que te daré.

—¿Y el hombro? —Gwen llevó una mano hacia el omóplato y vio como Edgard intentaba reprimir un respingo—. Ya veo. Te prometo que vamos a tratarlo bien, ¿de acuerdo?

—Claro —le sonrió agradecido—, confió en ti.

Antes de poder decir nada más, ella volvió a abrazarlo y esta vez la envolvió entre sus brazos.

Se sintió tan reconfortada que casi se le caen las lágrimas de culpabilidad. No se merecía que la tratara tan bien, después de haberse emborrachado y no haber asistido a su debut. Era una persona horrible.

—Lo siento.

—Tranquila, no sé qué pasa, pero estoy aquí.

Fue entonces cuando la sintió temblar. ¿Estaba llorando? Era posible, y él se juró que le haría pagar caro esas lágrimas al hijo de puta que se las estaba provocando.

—No te preocupes, todo va a salir bien.

—Ojalá tengas razón.

—Yo siempre tengo la razón.

Le arrancó una sonrisa tímida. Definitivamente no se merecía un hombre tan bueno en su vida.

—¿Nos vamos?

Con la cabeza gacha, Gwen respondió a Edgard con un asentimiento.

—Vamos.

Al llegar a la caravana, Gwen se paró frente a la puerta.

—¿Dónde está Phiona? —miró alrededor—. Llegó anoche, ¿verdad?

Él rio mientras le abría la puerta y la hacía subir.

—La he visto hace unos minutos, antes de que tú llegaras, pero al ver a Jack ha puesto pies en polvorosa.

—¿Qué te ha dicho? Te habrá animado como la que más.

—Qué va, no me ha visto competir, apareció después con la cara roja y toda despeinada. Al parecer, también se dio una buena fiesta ayer.

—Al menos me alegro de que no hayas estado solo. Acabo de cruzarme con Jack Wolfwalker.

—¿Solo? —la hizo sentarse en la cama de la caravana y le trajo un vaso de agua con una aspirina—. Hay cientos de personas aquí.

—Ya… —tomó el vaso y rozó sus dedos un instante.

La corriente eléctrica fue suficiente para que a su mente acudiera la imagen de él arrodillado y ella…

—Madre mía.

—¿Qué?

—Nada.

No iba a decir absolutamente nada. ¿Qué iba a preguntarle? ¿Te besé anoche? ¿Unimos nuestras lenguas, y gemimos con los labios pegados para después desmayarme sobre la cama?

Si ya sabes que sí, pedazo de conejita de rodeo.

Apretó los parpados con fuerza y se pinzó el puente de la nariz con el índice y el pulgar.

—Dios, este dolor de cabeza me está matando.

Escuchó la risa de Edgard y gimió más fuerte cuando él se sentó a su lado y la cama se movió haciendo que su cuerpo se sacudiera.

Lo miró de reojo y ambos sonrieron.

—¿Me pusiste una de tus camisetas?

Él se encogió de hombros.

—No miré.

—No me creo nada —rio, avergonzada.

—Quizás un poco, pero no encendí la luz, así que no cuenta.

Lo miró a los ojos y habló muy seria.

—Gracias, de verdad.

—Es un placer desnudarte cuando te vomitas encima…

—¡No! —La cara de horror que puso Gwen reflejó exactamente como se sentía—. Por favor, dime que no es cierto.

—No es cierto —se rio—. Conseguimos llegar al baño, y te recogí el pelo mientras tenías la cara metida en el váter, pero…, sí que te quitaste la camisa a tirones y tú solita conseguiste lanzar el sujetador a la habitación. Yo solo me apiadé de ti antes de que quisieras gatear desnuda hacia la cama.

Se cubrió la cara con las manos, muerta de vergüenza.

—¡Qué horror! No suelo comportarme así. Tienes que creerme, por favor.

Aunque habría sido divertido torturarla un poco, no lo hizo por compasión.

—Lo sé, llevas conmigo más de tres meses y yo hubiera jurado que eras una persona normal, con gustos normales y nada dada a los excesos.

—Te agradezco tus palabras —dijo, tomando otro sorbo de agua.

Edgard la miró, perdido en su sonrisa al darse cuenta de lo vulnerable que parecía y del hecho de que no sabía nada de lo que ocurría realmente.

—Me gustaría que confiaras en mí y me contaras… —Se vio obligado a callar cuando los ojos azules de Gwen se fijaron en él con un dolor que aún no había visto de tan de cerca.

La vio tragar saliva y después decirle:

—Quizás más adelante, no es algo para lo que esté preparada.

Él asintió y ella tomó aire, una respiración profunda y apareció una sonrisa en su rostro que se veía algo forzada.

—¿No querías ver la carrera de caballos?

Eso pareció animarlos a ambos.

—Por supuesto —dijo él, con cierto entusiasmo—, pero me da que tienes que descansar.

—No, que va. —Le sonrió agradecida y le devolvió el vaso vacío—. Ya estoy mucho mejor, ahora un café largo y espeso y estaré al cien por cien.

Se abstuvo de decirle que para nada la veía al cien por cien, pero se limitó a sonreírle.

—Entonces vamos, a Phiona le encantan estas carreras, debe estar en las gradas.

Salieron de la caravana, que se encontraba en el aparcamiento junto a la gran nave donde ocurría lo mejor.

Antes de entrar Edgard ralentizó el paso, quería decirle algo para animarla, algo que le deja claro que aquellos silencios entre ambos… que aquellos momentos, significaban mucho para él.

Ella lo miró con el cabello suelto bajo un sombrero de ala ancha de color crema y se acobardó.

—¿Vamos? —logró decir, con voz entrecortada.

—Por supuesto.

Gwen y Edgard tenían pase prioritario al ser ella del equipo médico y él un participante. Se detuvieron a mirar a los jinetes y a los caballos que esperaban para competir en esa modalidad.

—Son preciosos.

—Sí que lo son —pero Edgard la miraba a ella.

Como si hubiera notado sus ojos sobre sí se dio la vuelta y lo miró de frente, buscando cualquier conversación trivial que pudiera acabar con esa tensión sexual no resuelta.

—¿Y bien? —empezó diciendo Gwen—. ¿Por qué has dicho que es mejor que no hubiera estado aquí para verte?

De forma inesperada vio como si sucediera en cámara lenta, como la mano de Edgard se levantaba y rozaba su mejilla.

—No habría podido concentrarme.

Puede que viendo las estrellas en el rancho de los McTavish hubieran tenido un momento, pero desde luego, este era otro. Y algo le dijo que habría muchos más.

Tragó saliva y se sintió acalorada de pronto.

Edgard era un buen hombre, uno que si no tenía cuidado, le haría perder la cabeza. Aunque… podía decir con seguridad, que ese sexy cowboy ya le había lanzado el lazo y la había atrapado.

Mientras se planteaba besarlo, solo osó sonreírle y él enmarcó su cara entre las manos, quizás como había hecho ella la noche anterior.

—Gwen… yo…

—¡Gwen!

La cabeza de ella se volvió como un latigazo al escuchar la voz tan familiar de la niña, al llamarla.

Edgard vio como el hombre de negro soltaba la mano de la pequeña, que empezó a correr hacia Gwen.

Edgard se vio forzado a ladear la cabeza y sus ojos se le abrieron como platos al darse cuenta del increíble parecido entre las dos.

Aquellos ojos azules, ese pelo rubio… la forma ovalada de su rostro… Era el vivo retrato de Gwen Morgan.

Joder.

Gwen tenía una hija.

Se quedó de piedra y la vio agacharse para recibir a la pequeña entre sus brazos. Entonces, hizo algo que desconcertó a Edgard, se echó a llorar.