Capítulo 19
Edgard tenía muy claro que la borrachera del día anterior había sido culpa del tío del traje negro. Pero, siendo sinceros, en lo único que su cabeza, y su cuerpo traicionero, podía pensar era en el beso que ella le había dado.
Y por eso, no había pegado ojo durante toda la noche. Por eso y otras cosas.
Se había quedado un buen rato con ella, mirándola, esperando que su cuerpo no convulsionara o se despertara pidiendo un recipiente donde vomitar.
No tuvo éxito. Gwen se despertó y consiguieron llegar al baño.
Como un buen chico le había apartado el pelo de la cara y se quedó a su lado mientras dormitaba con la frente apoyada sobre su brazo, esperando una nueva arcada.
Ahora se sentía bastante fatigado, pero por nada del mundo hubiera dejado sola a Gwen en esos momentos.
Ya de madrugada la había vuelto a llevar a su cama, cubriéndola con una fina sábana después de quitarle los vaqueros y la camisa sudada.
Se había ido a su cuarto, pero dejando la puerta abierta para escucharla si pedía ayuda.
No lo había hecho y por la mañana su aspecto parecía indicar que la habían atropellado un montón de caballos salvajes.
El sol no tardaría en transformar en un horno el recinto donde se celebraba el primer rodeo de la temporada y ni los aparatos de aire acondicionado lograrían templar el ambiente.
Se respiraba tensión y en las gradas, los espectadores, con sus sombreros y botes de cerveza, rugían y se palmeaban los muslos, mientras una voz anunciaba por los altavoces a los competidores, al mismo tiempo que una pantalla gigante suspendida en lo alto de la pista, ponía las fotos de los mismos y vídeos cortos de presentación.
Desde la barrera, Edgard tomó aire y lo expulsó lentamente al escuchar el suyo.
¡Edgard McTavish!
Otro rugido tras su nombre, le aceleró el corazón.
Estaba hecho una mierda después de tantos meses convaleciente.
Apenas había dormido en toda la noche, pensando en ese maldito beso.
Ni siquiera le prestaba atención a su pierna, que pulsaba ligeramente, a pesar de que Gwen le había insistido en tomar un analgésico.
No había otra cosa en su mente que la mirada azul de Gwen, clavada en la suya, o sus manos rodeando su rostro, para después unir sus labios a los suyos.
Había durado poco, juraba que había contado los segundos, diez, para ser exactos, pero seguía pareciéndole eterno, pues toda la noche lo había rememorado, como un pueril adolescente imberbe, cargado de testosterona.
¿Qué diablos había significado? Bueno, algo tenía que sentir ella para haberle besado, ¿no asegura el refrán que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad?
Oh, joder… Eso no tendría que haber sucedido, y al mismo tiempo, deseaba que se repitiera.
Y no sólo un beso, sino algo más.
Meneó la cabeza.
Estaba pensando estupideces, dándole vueltas a algo que había ocurrido, porque ella se había emborrachado, por culpa del tío del traje negro.
¿Solución? Encontrar a ese hombre y hacerlo desaparecer, podría lanzarlo por un barranco en Montana y problema solucionado.
Puso los ojos en blanco, no haría eso, pero ganas no le faltaban.
De eso nada. Su problema seguía ahí, o más bien no.
La buscó entre las gradas con la mirada, por enésima vez, pero no había ni rastro de Gwen. Tampoco de Phiona, lo cual era raro, muy raro. Su mente regresó a su fisioterapeuta y su corazón siguió bombeando con rapidez.
Era la ansiedad.
La necesitaba allí, con él.
Maldita sea, Gwen siempre llegaba temprano, pero aquella mañana ni siquiera había respondido a sus mensajes ni se había presentado a desayunar. La había dejado durmiendo y al intentar despertarla había murmurado un, ahí estaré .
Pero no estaba.
Ed no quiso insistir, estaba demasiado ansioso y se fue directo al recinto con un café bien cargado.
El rugido de las gradas cuando salió el jinete enmascarado sobre ese potro endiablado, fue tan ensordecedor que lo sacó de sus pensamientos súbitamente.
Deberías centrarte, Edgard. Ahí tienes a uno de tus rivales. Un nuevo rival.
Cuerpo menudo, delgaducho, sin apenas musculatura, pero con la elasticidad propia de Spiderman, ese tipo se aferraba al potro como una garrapata.
Era el primero en salir a competir y también era la primera vez que lo hacía en la doma de potros, pues hasta ahora, únicamente se había dedicado a las exhibiciones.
Lo vio mantenerse firme durante ocho segundos sobre aquel diablo alazán, hasta que sonó la campana y saltó del potro cayendo de pie, mientras los mozos retiraban al animal y lo devolvían a boxes.
Vaya con el Spiderman negro.
—Ese tipo ya está clasificado, menuda marca.
La voz de Wolfwalker a su izquierda lo obligó a girar la cabeza en su dirección.
El apsalooke apoyó los brazos sobre la valla metálica en una postura desenfadada, pero al mismo tiempo con la mirada tensa, propia de un león de montaña inspeccionando el terreno.
Jack no llevaba sombrero, ni siquiera se había recogido la larga cabellera en dos trenzas, como solían hacer los pocos nativos que participaban.
La lucía suelta y atada a un mechón de la nuca una pluma negra de cuervo, haciendo honor a sus antepasados.
Sus ropas eran cómodas, nada llamativas, únicamente las chorreras negras de largos flecos le daban algo de espectacularidad a su atuendo.
—Tiene talento el muchacho —respondió, y Jack asintió, frunciendo el ceño—. No sabía que también participaba en esta modalidad, solo lo vi en las carreras.
Jack frunció el ceño.
En las carreras, ese jinete era muy bueno.
—Quizás se aburra y quiera ganarse un dinero extra ganándote en lo tuyo.
Edgard se rio y le dio un puñetazo amistoso en el hombro.
—¿Tú no te animas?
—Lo mío son las carreras, pero hoy tengo ganas de marcha y, además, necesito pasta —dijo el indio sin apartar la mirada del jinete—. Y ganas de ganarte, McTavish.
—No te lo pondré fácil. Me siento en plena forma.
—Me alegra oír eso.
Jack sonrió, pero siguió con la mirada fija en ese novato.
—Me suena de algo —oyó que le preguntaba, McTavish—. ¿Quién crees que es? Es la primera vez que le veo competir, aunque oí hablar de él.
—Lo vi en algunas carreras. Debutó el año pasado en Indiana, en un torneo menor, luego participó en Houston y no paró en toda la temporada. Quedó tercero, pero para ser un novato, no está nada mal. ¿Qué tendrá, dieciséis? —Jack se acarició sus carnosos labios pensativo.
El jinete enmascarado le dedicó una mirada intensa al pasar por las rejas, luego se tocó el ala de su sombrero negro saludando a Edgard y abandonó la pista, sin una mota de polvo en su negra vestimenta.
—Se cree que es El Zorro —espetó Jack— ¿Cómo le dejan competir así, con la cara tapada?
—A saber si tiene a alguien metido en la organización.
El altavoz anunció el nombre de Edgard McTavish y el cowboy se tensó, apretando la mandíbula.
—Es mi turno.
—Suerte, cowboy, la vas a necesitar —Jack le palmeó el hombro y Edgard se encaminó hacia el cubículo donde su potro aguardaba.
Mientras se colocaba sobre el lomo del animal y el mozo cerraba el cajón de salida por la puerta de atrás, se recolocó sobre su lomo y echó un último vistazo a las gradas.
Gwen seguía sin aparecer.
El potro resopló con violencia al sentir el peso de su cuerpo, coceó las rejas y su piel sensible tembló, así como su muslo pulsó de dolor.
Se ajustó el guante, se agarró a la silla, respiró hondamente y cerró los ojos unos segundos.
Concéntrate. Puedes hacerlo.
La puerta se abrió, el potro salió disparado hacia la arena dando coces, el estadio estalló y la adrenalina recorrió el cuerpo de Edgard como la lava de un volcán a punto de entrar en erupción.
La multitud rugía como lo habría hecho el pueblo de Roma en el Coliseo.
El potro coceaba al aire, incansable. El cowboy acompasó las caderas al movimiento del animal, equilibrándose con él, como si formaran un solo ser.
Tres segundos.
Cuatro.
El potro giró con violencia hacia la derecha y Ed a punto estuvo de salir despedido, pero logró recuperar el equilibrio ladeando el torso en el último momento, y apretando con las piernas los flancos mientras se aferraba con la mano enguantada a la silla.
Su pierna pulsó a causa del esfuerzo.
Cinco.
Seis.
No estás preparado, Edgard.
Era la voz de Gwen, pero ella no había dicho tal cosa. Era su propia mente, que le estaba jugando una mala pasada.
Céntrate.
Siete.
El potro dio otra vuelta y por una milésima de segundo, Ed creyó haber perdido el control.
Aguanta, se dijo, apretando los dientes.
Ocho.
Cuando sonó la campana, se dejó caer sobre la arena y rodó hasta ponerse en pie, mientras los mozos del rodeo captaban la atención del animal.
Las gradas explotaron en aplausos. Los ignoró y miró hacia arriba. La puntuación apareció instantes después en el marcador electrónico.
Suficiente, aunque puedes hacerlo mejor, Edgard.
Había logrado clasificarse.
Pero se sentía vacío. Gwen no había asistido a su debut.