Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 18
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Capítulo 18

Por como la encontró, Edgard estaba seguro de que llevaba media tarde bebiendo.

Estaba sentada en un reservado, con la mirada fija en la mesa y con el dedo índice acariciando el borde del vaso. Su bonita melena rubia estaba suelta y le tapaba media cara, pero aun así pudo ver sus mejillas rojas desde la distancia.

—¿Todo esto es tequila? —le preguntó al acercarse.

Ella lo miró, pero su espalda chocó contra el respaldo del sofá mientras se cruzaba de brazos y ponía morritos de niña enfurruñada.

Dios, estaba tan guapa, y era tan dulce, que se le aceleró el corazón.

—Sí, es tequila —señaló la botella con la palma extendida como si fuera evidente.

—Vaya —Edgard silbó y se sentó a su lado—. ¿Y qué celebramos?

—Celebramos que no he matado a nadie.

—Vaya. —No se esperaba esa respuesta. Parpadeó algo confuso—. ¿Pensabas matar a alguien cuando te has levantado esta mañana?

—No —se encogió de hombros, visiblemente afectada por el alcohol—. Pero esta tarde me lo he planteado seriamente.

Acarició el cuello de la botella y luego clavó sus hermosos ojos azules en él.

—¿Sabes? Sería tremendamente fácil hacerlo. Un golpe certero en la nuca, después de tener un vehículo a punto y con suficiente gasolina para largarse del estado y puede que del país.

Edgard la miraba sabiendo que se estaba perdiendo algo muy importante. Pero se decidió por darle conversación trivial para ver qué podía sacarle.

—Y puestos a elegir, ¿dónde irías?

—A México —no vaciló y eso le llevó a pensar que no era la primera vez que fantaseaba con dejarlo todo atrás y largarse—. Ahí el tequila es más barato.

—Eso es cierto. ¿Pero dejarías tu sueño de montar una clínica para atletas de élite?

—Allí también hay deportistas, ¿sabes? —lo miró como si fuera idiota y no se enterase de nada.

—También es cierto.

Lo que sí es una verdad irrefutable es lo guapo y sexy que eres, joder. Y cuando me miras así, se me doblan las rodillas. Suerte que estoy sentada.

Edgard se dio cuenta de cómo lo estaba mirando, con deseo, pues se mordía el labio inferior y se había sonrojado aún más. Sus ojos azules eran tan bonitos que por un momento se perdió en sus iris. Hasta que apartó la vista de ellos y la dirigió a las botellas de Tequila.

—Entonces —tomó una y bebió lo poco que quedaba a morro—, ¿no vas a contármelo?

—No es algo que valga la pena. Como te he dicho antes, no he matado a ese capullo.

Él valoró preguntarle si el motivo de la borrachera era ese hombre trajeado que había visto en las gradas, pero decidió no hacerlo. Aun así, su mente imaginó muchas cosas, y ninguna buena.

¿Un ex? Y esa niña pequeña, ¿quién sería? Lo cierto es que sabía poco de Gwen, nunca profundizaron en temas personales, sus únicas conversaciones fueron sobre su tratamiento, los caballos y el rancho. Esa mujer era un misterio para Edgard y, aun así, le importaba.

—Gwen, si tienes problemas, yo…

—No tengo problemas —mintió, interrumpiéndolo.

—¿Seguro?

Ella lo miró fijamente y al hacerlo, se tambaleó un poco, pero logró quedarse con la espalda recta segundos después.

—Hoy… hoy… yo…

—¿Tiene algo que ver con el hombre de las gradas? —preguntó, finalmente.

Gwen calló unos segundos, hasta que intentó hablar nuevamente.

—Es… ese hombre es…

El cabrón más grande que hay sobre la faz de la tierra.

—¿Gwen? —insistió Edgard, también con la mirada, que ella apartó inmediatamente.

—Olvídalo, no vale la pena hablar de eso.

—Si no vale la pena, no deberías beber así, y menos de día.

—¿Me estás regañando? —lo miró, ofendida—. Te recuerdo que, aunque trabaje para ti, en mi día libre puedo hacer lo que me dé la gana. Y si quiero beber hasta caerme muerta, puedo hacerlo, Edgard McTavish.

—Cierto, eres libre de hacer lo que desees, pero no te lo digo como paciente, sino como amigo. No deberías beber así.

Lo miró, emocionada.

—¿Somos amigos?

—Por supuesto que sí.

Le sonrió de oreja a oreja.

—Bien. Bien.

—Pero los problemas no se solucionan con alcohol —insistió Edgard—. Es más, pueden llegar a ser una complicación mayor, si llegas a perder el control.

Gwen lo miró como si le hubiesen salido dos cabezas.

—¿Jamás has ahogado tus penas en la bebida alguna vez, fray McTavish?

—Sí, lo hice, y no estuvo bien. Sólo me estoy preocupado por ti.

—Pues no lo hagas, puedo sacarme yo sola las castañas del fuego.

Se la quedó mirando un buen rato. Suspiró, y le apartó un mechón rebelde de la cara y se lo colocó tras la oreja. Pero cuando ella fue a tomar otro sorbo de su copa, él se la quitó de los labios.

—¡Eh! Dame eso.

Él negó con la cabeza y la agarró por las manos con suavidad, para que no alcanzara la botella.

—No permitiré que bebas más.

—¿Ahora eres mi padre?

—Mañana es el campeonato y no quiero pasarme la noche en el hospital porque a mi fisioterapeuta le ha dado un coma etílico.

—¿Ya no soy tu amiga?

—Eres las dos cosas, Gwen—. Eres mucho más.

Se lo dijo de tal forma que por un momento Gwen se olvidó de respirar.

Después gimió, e hizo un puchero.

Esos labios eran tan apetecibles, que sintió la acuciante tentación de besarlos allí mismo. Pero por razones obvias, no lo hizo.

—De acuerdo. Tienes razón. No beberé más. Hoy —añadió mirándole como si fuera una advertencia.

Él hizo algo que los sorprendió a ambos, en un gesto inconsciente, acercó las manos a sus labios y las besó en el dorso detenidamente. Gwen sintió como su corazón se aceleraba y como la oxitocina recorría su cuerpo para estallar en su centro, justo entre los muslos.

—Gwen, soy tu amigo, si me necesitas, aquí estoy, ¿vale?

—Vale. Gra… gracias —susurró, de forma casi inaudible.

Acto seguido, le tembló la barbilla y el corazón del cowboy empezó a bombear con fuerza a ver como su labio inferior también vibraba.

—Estás muy borracha —le dijo Edgard, tragando saliva—. Te llevaré a tu habitación.

Se puso en pie y estiró de su mano, intentó tirar de ella, pero permaneció clavada en el sitio.

No quiero irme a la cama, quiero quedarme aquí, contigo. Quiero que vuelvas a besar mis manos, y también mi boca. Y… me folles como cajón que no cierra. No, eso no. Bueno, sí.

Empezó a reírse sola con la mirada divertida y extrañada de Edgaard sobre ella.

—Estás muy, pero que muy borracha.

—Sí, un poco.

—Un poco, mucho.

Ella resopló. No necesitaba cowboys buenorros que le aceleraran el corazón, y le provocaran excitación, mucho menos que le dieran sermones, ni que nadie le dijera hasta qué punto podía beber.

Gwen lo sabía bien, podía hacerlo hasta que su mente se calmaba y sus pensamientos homicidas desaparecían bajo una gruesa capa de alcohol.

Aunque de ser sincera aseguraría que esos no eran los peores pensamientos.

Los peores eran los tristes.

Esos que la hacían nadar en un pozo de desesperación del que no podía salir. Un pozo de desgracia que le recordaba, día tras día, que nunca, jamás, podría volver a confiar en nadie. Y no, no quería salir de él. Allí se sentía segura, aunque todo fuera oscuro y deprimente.

Deprimente, mi vida es deprimente y yo soy deprimente.

De repente, sus ojos se inundaron de lágrimas y Edgard abrió los suyos como platos.

—¿Gwen? —Volvió a sentarse a su lado y le pasó el brazo por los hombros hasta atraerla contra su pecho.

Se sintió reconfortada, el calor de ese hombre la tranquilizaba, le daba paz, y también la ayudaba a soltar un poco la tensión que llevaba acumulada.

—Es muy duro —susurró ella.

—¿Qué es muy duro? —le preguntó Edgard, con el mismo tono de voz apenas audible.

—Tener que aguantar las injusticias. Sentirme impotente, con las manos atadas. Si al menos pudiera regresar al pasado y cambiar las cosas. Pero no se puede.

Aunque no sabía de qué estaba hablando, le dieron ganas de liarse a puñetazos con el tipo que la había puesto en esa situación. Porque, aunque tampoco se lo hubiese contado, sabía muy bien que ese hombre tenía mucho que ver con el estado de Gwen.

Seguía muerto de curiosidad, pero no quiso ahondar porque, de hacerlo, puede que ella colapsara. Y lo principal, en esos momentos, era su bienestar.

—Vamos, te llevo a tu habitación.

Esta vez, Gwen no se resistió.

Se levantó del sillón. Puso un paso tras otro y fue consciente por un segundo de lo borracha que estaba.

Porque lo estaba.

Por supuesto que lo estaba, lo necesitaba para superar ese día de mierda.

Marc estaba allí, en el mismo lugar que ella. No en ese bar, pero sí cerca, cuando sabía perfectamente que no debía estarlo.

Si a él se le ocurría acercarse… tenía una orden de alejamiento que ese hijo de puta le había puesto para presionarla.

—Oh, joder —se llevó la mano a la cabeza y apresuró el paso.

—Gwen… no estás bien —le dijo Edgard al verla tambalearse hacia el ascensor.

Una pareja que los miraban como si tuvieran piojos los dejaron pasar. No por cortesía, sino porque era evidente el miedo que sentían de que ella les vomitara encima.

Al entrar se golpeó la cabeza contra el cristal.

—¡Gwen!

—¡No! —alzó las manos—. No, estoy bien.

Jamás la había visto de esa manera. Estaba tan sorprendido como preocupado. Ella era tan responsable y juiciosa, debía sentirse muy vulnerable en esos momentos para haber bebido tanto. Eso lo conmovió.

Antes de que ella pudiera caerse al suelo, Edgard la abrazó.

—Ven aquí.

Las puertas del ascensor se abrieron y él la tomó en brazos, algo que no le costó demasiado esfuerzo. Gwen pesaba poco y el hombro podía con eso.

—¿La 22?

Ella gimió, o eso le había parecido a él hasta que la apoyó contra la puerta de la habitación, mientras buscaba la tarjeta en el pantalón vaquero de ella.

Ahí estaba, en el bolsillo trasero.

La metió en la ranura y entraron.

No volvió a tomarla en brazos porque ella empezó a andar hacia el interior. Por supuesto, él fue detrás.

La vio tropezar y caer sobre la cama.

—Espera, voy a quitarte las botas.

Se arrodilló a los pies de la cama, donde las botas de Gwen se asomaban.

Le quitó una y después la otra. Pensó que se había quedado dormida, pero al levantarse del suelo la vio con los ojos completamente abiertos y mirándolo como si lo viera por primera vez.

La observó apoyándose sobre sus codos y después al quedarse sentada en la cama, sobre las palmas de las manos.

—Te traeré un vaso de agua —dijo él, casi hipnotizado por su mirada fija.

¿Qué más podía hacer?

Cuando volvió con el vaso en la mano y se arrodilló junto a ella, Gwen no hizo ademán de tomar el vaso, sino que levantó las manos y enmarcó el perfecto rostro del cowboy.

Antes de saber qué estaba pasando lo besó de tal forma que él olvidó hasta su nombre.

Su lengua era suave, sintió la caricia de aquellos los labios de tal manera que no pensó en nada más.

Aunque sabía y olía a tequila, su boca era dulce, húmeda y jugosa. Gimió contra ella, intentando que el vaso de agua no se le escurriera de la mano y empapara la cama.

Cuando las bocas se separaron, los ojos quedaron cosidos por unos instantes que parecieron eternos. La expresión del cowboy era de pura excitación, su pecho subía y bajaba, con la respiración entrecortada.

Ella suspiró, mientras él ni siquiera podía hilvanar dos pensamientos coherentes.

Le sonrió con dulzura. Esa mujer era todo lo que un hombre podía desear. Apasionada, hermosa, inteligente, fuerte. Aunque en esos instantes podía ver más que nunca su vulnerabilidad.

—¿Sabes, Ed? Serías condenadamente sexy, si no fueras un incordio del tamaño de las Montañas Rocosas.

¿Qué él…?

Dejó caer la cabeza hacia delante y empezó a reír. Gwen le acarició el pelo y le besó la coronilla.

Al alzar la vista, los ojos de Edgard la miraron vidriosos. ¿Quién le estaba haciendo daño a su valquiria? Iba a pagarlo muy caro.

No pudo decir que confiara en él, que se apoyara en él, pues los ojos de Gwen se cerraron y su cuerpo cayó con todo su peso sobre el colchón, donde quedó inconsciente.

—Muy bien —dijo sin entender nada—. ¿Qué demonios está pasando aquí?

A penas durmió esa noche, y no fue por el campeonato.