Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 17
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Capítulo 17

Gwen pareció hiperventilar, o esa fue la impresión que se llevó Edgard cuando volvió la vista atrás para encontrársela totalmente ida, con los ojos clavados en las gradas.

Su mirada siguió a la de Gwen, volando hacia un punto en concreto.

Un hombre con traje sujetaba la mano de una niña pequeña, de unos cinco años. Era preciosa, con un vestidito rosa y un sombrero blanco de paja en la mano.

No había ninguna duda de que el hombre y Gwen se conocían.

Él la miraba con una sonrisa en los labios que le dio ganas de quitársela de un puñetazo nada más la vio.

Gwen, por su parte, lo miraba como si estuviera a medio camino entre ser un extraterrestre y una cucaracha gigante.

No obstante, al ver a la pequeña… su expresión mudó, reflejando un amor infinito.

—Esto… —Edgard iba a decir algo, pero cambió de opinión al ver como Gwen no podía apartar la mirada de ese hombre.

No, sin duda no era su persona favorita.

—Hijo de puta.

La escuchó susurrar.

Parpadeó confuso, pero no pudo evitar acercarse a ella.

No la tocó, pero se puso lo bastante cerca como para que ella pudiera notar su cercanía.

—¿Qué ocurre?

Tardó unos segundos en reaccionar, seguía con la mirada fija en el tipo y solo cuando le tocó el hombro en una muestra de apoyo, Gwen parpadeó y giró la cabeza para mirarle.

—¿Estás bien? —fue Edgard quien preguntó cuando estaba claro que ella no podía articular palabra todavía—, ¿quién es?

—Nadie —lo dijo demasiado deprisa. Nerviosa, mientras se metía el teléfono en el bolsillo—. Será mejor que me vaya. Nos vemos en el hotel. Luego —dijo, atribulada—. Llama a Phiona. Hasta mañana —acabó cortante.

—Pero… ¿Gwen?

No fue capaz de detenerla.

Edgard la siguió un par de pasos, pero ella fue más rápida.

Al darse la vuelta de nuevo para ver dónde estaban el hombre y la niña, ambos habían desaparecido.

***

El jinete enmascarado, llevaba cinco minutos mirando el traje negro extendido sobre la cama, máscara del zorro incluida.

Phiona bufó y después se puso a reír.

No podía creerse que hubiera llegado tan lejos sin que nadie se enterara de sus andanzas.

Bueno, Tess era la única que conocía su secreto, pero eso significaba que seguía siendo un secreto, pues su mejor amiga jamás la delataría.

Y de seguro, Howard también lo sabía, pero si algo valoraba su relación, y su vida, cerraría el pico.

Los McTavish estaban muy unidos, no entendía como Red o el mismo Edgard, que la conocían tan bien, no sospecharan absolutamente nada.

Soltó el aire y empezó a doblar el traje de monta. Lo volvió a meter en la maleta de viaje que tenía abierta sobre el sillón, que estaba en un rincón de la habitación.

Debería ir a ver a su hermano. Seguro que él y Gwen se preguntarían dónde estaba.

Tenía una llamada perdida, que ella había respondido con tres llamadas más, pero ni rastro de su amiga.

Cuando decidió llamar a su hermano, este había descolgado.

Era tanto el ruido de fondo, que no logró entenderlo bien, aunque sí le envió el número de la habitación donde se hospedaba por mensaje.

Estaban en el mismo hotel, de hecho, en la misma planta, y aunque Edgard tenía la caravana, por lo visto había decidido descansar bien antes de una competición.

Se estaba haciendo una cola alta frente al espejo cuando alguien llamó a la puerta.

Phiona corrió a abrir, aún con el coletero en la boca.

—¿Ya has llegado? Te has tomado tu tiempo.

— Gyo tambieer te quierjo. —le dijo a Edgard de forma inteligible, antes de quitarse el coletero de la boca y acabar de peinarse.

Cuando su hermano atravesó la puerta, Phiona entró en pánico al darse cuenta de que tenía el traje a la vista y fue entonces cuando levantó la pierna y casi convierte a Edgard en un eunuco.

—¡Eh! ¿Pero qué te pasa? —le dijo, con los ojos abiertos como platos.

—¡Nos vamos! —dijo nerviosa, agarrándolo del brazo. Se puso el móvil en el bolsillo trasero y lo sacó de la habitación, dando un portazo para cerrar la puerta, pero antes tomó la tarjeta del suministrador eléctrico—. No aguanto estar encerrada. Necesito una cerveza. ¡Ya!

—¿Y por eso me das una patada voladora?

—No seas exagerado, solo he levantado la pierna para que no entraras.

—Justo directo a mis pelotas. ¿No quieres sobrinitos?

—No refunfuñes, además, ¿para que las necesitas?, nuestro hermano Daril ya ha contentado a mamá dándole el apelativo de abuela para finales de año.

—No me lo recuerdes —se rio Edgard, mientras avanzaba junto a Phiona por el pasillo—. ¿Te puedes creer al grandullón de Daril siendo papá?

Descendieron las escaleras, en lugar de bajar por el ascensor y se presentaron en el bar del hotel.

—Quedémonos en la barra —dijo Phiona—. Una cerveza y luego me voy a dormir, ha sido un viaje muy largo y quiero estar descansada para mañana.

—Ni que compitieras tú —se rio Edgard.

Ella ocultó bien una mueca cuando se sentó a su lado en la barra del bar.

Estaban cerca de la entrada y Phiona volvió a sacar el móvil para llamar a Gwen.

—¿Qué le pasa? —dijo, desviando los ojos de la pantalla hacia su hermano, al ver que su amiga seguía sin responder—. No le habrás hecho algo, ¿verdad?

Edgard se esforzó por no poner los ojos en blanco.

—¿Yo? No. —Entonces recordó al gilipollas de traje en las gradas—. Pero hoy no ha tenido un buen día.

Phiona colgó al ver que su amiga no respondía a la segunda llamada.

—¿Qué ha pasado?

Edgard pidió dos cervezas al barman, que asintió mientras dejaba de limpiar un vaso largo con un trapo.

—Creo que ha visto a alguien que la ha puesto de muy mal humor.

—¿A alguien?

Edgard asintió.

—Un tipo trajeado con una niña de unos cinco años. ¿Te suena?

Phiona parpadeó y negó lentamente con la cabeza.

Dios, esperaba que no fuera quien se estaba imaginando.

—A saber. —Odiaba mentir a su hermano, pero tenía que ser prudente—. No conozco a todos los amigos de Gwen.

—Créeme que ese imbécil no era su amigo.

Phiona frunció el ceño. Aquello no le gustaba nada.

—Así que, con una sola mirada, ya tienes claro que no era su amigo.

—Deberías haberla visto —dijo, tomando la cerveza que habían dejado frente a él en la barra—. Era como si hubiera visto un fantasma.

Quizás fuera así.

Phiona tomó un largo trago de su cerveza y pronto cambiaron de tema hacia el rodeo y los conocidos con los que Edgard se había encontrado.

Los caballos que había visto eran impresionantes y a Phiona se le iluminó la cara con cada palabra de su hermano.

Había pocas cosas que la entusiasmaran tanto como un buen caballo.

Pasaron cerca de dos horas hablando. No se habían tomado más de tres cervezas, pero cayeron un sándwich y exigieron más cacahuetes mientras el entusiasmo por hablar de cowboys, rodeos y polvo se acentuaba.

—Me marcho ya —dijo Phiona, levantándose del taburete— ¿Vienes?

—Claro.

Edgard se puso en pie, le dolía algo el muslo y el hombro, desde luego, pero se negó a decirle algo a su hermana. Simplemente se dirigieron en silencio hacia el hall del hotel.

Fue allí donde por el rabillo del ojo, vio algo que no debería estar allí, o al menos en ese estado.

—Ah, esto… voy a saludar a un amigo —dijo Edgard como si no le diera importancia—. Subiré en un rato.

—Por supuesto. —Phiona levantó la mano a modo de despedida tras entrar en el ascensor—. No te vayas a dormir muy tarde.

—No.

Esperaba no tener que hacerlo.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron con su hermana dentro, se puso las manos en las caderas y giró noventa grados a su izquierda para mirar directamente a una señorita que había abusado demasiado del alcohol y cabeceaba en un reservado forrado de cuero, al fondo del bar del hotel.

—No me lo puedo creer, Gwen.