Capítulo 16
Al parecer, todo era mucho más complicado de lo que ella habría esperado.
—¿Entonces la temporada ya ha empezado?
—Empieza a finales del invierno, en pabellones pequeños. Vamos puntuando y cuantos más puntos más posibilidades de llegar a los grandes premios, que es donde se gana dinero.
¿Por qué le parecía a Gwen que él no estaba ahí por el dinero?
—Cuenta a esta chica de ciudad como va a ir esto de la temporada, si es que consigues no matarte al salir ahí —como si un caballo con mala leche la hubiera escuchado, se volvió al oír una coz lanzada contra una barrera a escasa distancia.
—A ese potro no le gusta que no sepas nada de cowboys.
Como única respuesta, Gwen se cruzó de brazos.
—Ilústrame.
La risa de Edgard no debería sonar tan seductora, joder.
—Me he perdido el inicio, debería haberme puesto sobre un caballo en febrero o marzo.
—Estamos en julio.
Edgard se encogió de hombros como si quisiera decir que ella era la culpable de una recuperación tan lenta. No lo verbalizó, ya conocía el mal genio de Gwen y seguro que la broma le habría hecho desear partirle una pierna.
—Si todo va bien y sigo —lo dijo con un deje de miedo en la voz que no le pasó desapercibido a su fisioterapeuta—, me quedan tres meses para darlo todo al máximo.
Pues de abril a finales de verano es cuando nos ponemos como locos andando de acá para allá.
Seguimos un circuito, primero el sur y después las grandes Llanuras.
Luego montañas y después grandes rodeos de verano.
—¿Quieres decir que si va bien estarás este mes y el que viene sobre un caballo?
—O en la carretera.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —dijo Gwen, algo ofendida.
—No lo sé, pensaba que Phiona y tú hablabais de estas cosas.
—¿Sobre si su hermano va a partirse la cabeza en un rodeo y si yo voy a estar ahí para verlo? —se indignó cada vez más—. ¿Se supone que debo vivir contigo tres meses contigo en tu caravana, o me quedo en el rancho y te trato por videollamada?
Él se rascó la nuca. Maldición, estaba guapo hasta cuando pensaba.
—Mi objetivo es sobrevivir a este rodeo. ¿Por qué pensar en el futuro, si ni siquiera sé si voy a tener futuro?
Gwen bufó, molesta por fijarse solo en la rehabilitación y no en lo que superar esta prueba significaba para los dos.
—No me vengas con esas, lo tienes todo muy claro. Si ganas el rodeo nos vamos de gira, ¿verdad?
Edgard la miró y se mordió los labios para no sonreír. Le habría encantado que al menos se planteara la posibilidad de ir con él.
Oh, Señor, sería un infierno compartir la caravana, pero se las apañarían.
Empezó a reírse y Gwen le dio un golpe en las costillas, que él aceptó sin quejarse.
—Te odio.
—No, que va —dijo él—. Necesitabas esta emoción en tu vida. Me necesitas, nena.
Esos meses tendría fines de semana muy movidos, algunos cowboys participaban en tres y cuatro rodeos durante esos días.
—¿Hay una ruta marcada?
—¿Quieres saber qué meter en la maleta?
—No he aceptado todavía —dijo, entrecerrado los ojos.
—Lo harás —dijo muy convencido—. Esto te pone.
Ella se rio a su pesar.
—¿Qué sabrás tú lo que me pone?
La imagen de ellos dos mirando las estrellas y viviendo un momento único les cruzó por la mente. Para deshacerse de ella, Edgard empezó a hablar de nuevo.
—El circuito no está preestablecido, se trata de recorrer el país, ferias agrícolas, pueblecitos en medio de la nada, ricachones que pagan un dineral para ser tu espónsor.
—¿Tienes de esos?
—Sí, pero el principal ya lo conoces.
Gwen cayó enseguida en la cuenta.
—Red.
—Mi maravilloso hermano, Red.
—Es bonito que tus hermanos te apoyen —dijo Gwen.
—Y hablando de hermanos, Phiona debería estar aquí.
—La llamaré, pero antes dime si hay algo más que deba saber.
—¿Sobre nombres de caballitos famosos o como nos puntúan los jueces?
Ella pareció pensárselo.
—No, más bien donde crees que participarás si este rodeo sale bien.
O la lista de hospitales que debería conocer, por si te partes la crisma. Esto que pensó no se lo dijo, y lo borró inmediatamente de su cabeza, para no llamar al mal agüero.
—La Professional Rodeo Cowboys Association divide el país en circuitos regionales: Montana Circuit, Wilderness Circuit, Badlands Circuit, Texas Circuit . Cada uno tiene sus propios rodeos clasificatorios y sus finales regionales en otoño.
—¿Ese es tu objetivo? ¿La final de otoño?
Edgard hizo un gesto que ella no supo cómo interpretar.
—Mi objetivo es volver a montar, firmar contratos, ganar dinero y que la caravana de Howard siga viva cuando todo esto acabe. Puedo ganar entre ochocientos dólares y mil quinientos por rodeo, si gano, que no siempre es el caso.
—Qué modesto —le sonrió ella.
Él también se rio.
—Eso nos pagará la gasolina, los moteles, la comida… —No lo dijo, pero a Gwen le gustó que la incluyera—. Suerte que de tu sueldo se encargue Red.
—Una suerte, pero Phiona me dijo que puedes ganar varios miles de dólares en un fin de semana.
—Ya, bueno, eso es en los grandes, como los Montana Circuit Finals . Pero antes tendré que clasificarme. —Puso ojos soñadores mirando a los caballos que trotaban en la pista—. El Cheyenne Frontier Days , te va a encantar. No habrás visto nada igual. Veinte mil —silbó.
—¿Veinte mil dólares?
—No, personas.
—Joder.
Edgard rio más fuerte.
—Pero también son veinte mil dólares de premio. Aunque el de Houston Livestock Show and Rodeo son cincuenta mil. Nada despreciable. —Ya podía oler el ambiente de aquellos terrenos—. Luego, a final de año, Las Vegas y el National Finals Rodeo .
—Ese lo conozco. Los mejores del mundo compitiendo durante más de una semana. Phiona los veía extasiada cuando estábamos en la universidad.
—De momento dejemos de soñar con las grandes ligas.
Gwen asintió. Le parecía lo más sensato.
—Así que de momento competir en rodeos pequeños.
—De momento, centrémonos en el Montana Circuit .
Se dio cuenta de que él ya soñaba con más, no solo con el rodeo donde estaban, sino que ya se visualizaba ganador por todo el estado.
Los rodeos del Montana Circuit era duros, como los hombres que participaban en ellos.
Todo era más áspero y rural, lejos del glamour de Las Vegas y ese no sé qué de Texas.
Phiona le contó que muchos se conocían por el nombre, eran famosos en el estado y había familias enteras dedicadas al rodeo, así como algunos pueblos que tenían su economía ligada a esa actividad.
Los rodeos importantes del circuito eran el Miles City Bucking Horse Sale , el Red Lodge y este, el rodeo de Livingston.
Era normal que algunos cowboys crecieran en estos rodeos y solo cuando estaban preparados daban el salto nacional. Y ya se sabía, si ganas en Montana, puedes ganar en cualquier sitio.
Lo vio tan concentrado que Gwen tuvo el impulso de tocarlo.
Puso la mano sobre su hombro y lo apretó con cariño.
—Irá bien —le dijo.
A lo que él repitió.
—Irá bien.
***
El móvil de Gwen sonó y se lo sacó del bolsillo trasero para contestar la llamada, segura de que era Phiona que ya había llegado y los estaba buscado.
Pero no era ella.
No era una llamada del móvil de su hermana.
Era Marc. Ese era el nombre que aparecía en pantalla. Un nombre que ella hubiera pagado por no volver a escuchar.
—Hijo de puta.
Se le revolvieron las tripas, pero mientras miraba la pantalla queriendo fulminar al hombre que estaba detrás de la llamada, deslizó el dedo por la pantalla y contestó.
—¿Qué quieres?
La risa ronca le hizo arder las entrañas de pura rabia.
Edgard dejó de mirar los purasangres y se volvió hacia ella con el ceño fruncido. Pero Gwen se apresuró a apartarse, dejándole claro que era una conversación privada.
—Menudo humor gastas, hasta tu cowboy se ha acojonado.
Ella se detuvo y miró alrededor. ¿Cómo sabía con quién estaba, dónde estaba? Sintió que el pulso se le aceleraba.
—¿Dónde dem…?
No terminó la frase cuando empezó a peinar las gradas con la mirada y lo vio, no demasiado lejos de allí, con un traje negro impecable, camisa blanca y un sombrero de ala ancha.
Lo odiaba.
Lo odiaba con todo su ser.
—¿Qué coño crees que…?
Entonces, se dio cuenta de que no estaba solo.
—Sonríe, Gwen.
Cuando vio quien lo acompañaba, se puso tan blanca, que incluso desde la distancia, Marc pudo apreciarlo. Sonrió como una hiena, que es lo que era.
Intentó hablar, pero solo pudo abrir la boca para volverla a cerrar y todo su cuerpo tembló de ira, rabia y también miedo. Acto seguido, la risa malvada de ese hombre resonó en su teléfono para después decir:
—Ya te dije que nos veríamos en Montana.