Capítulo 15
Llegó el día del campeonato.
Estaba cansada del viaje y eso que este había sido más bien corto. Pero no sólo era por eso, estaba enfadada por la testarudez de ese insufrible cowboy, que era incapaz de entrar en razón. Finalmente competiría, y aunque había mejorado notablemente, seguía preocupada.
Edgard se había negado a tomar un avión, pero por otro lado sí que había aceptado la caravana de Howard para asistir al campeonato.
—Así podré aparcarla en el rodeo y descansar allí entre las pruebas.
Gwen alzó una ceja, pero se lo pensó mejor antes de recriminarle nada. Habría servido de poco y estaba harta de darse cabezazos contra una pared de hormigón armado.
—Yo dormiré en un hotel.
—Tú te lo pierdes.
—No me pierdo nada.
—¿No sabes lo bonito que es acampar en plena naturaleza?
—¿Y tú lo bonito que es tener agua caliente?
— Touché .
Aunque lo dejó en el parking y ella se dirigió al hotel más cercano se vio metida de lleno en el ambiente del campeonato.
Al final había decidido acompañarle en su viaje por carretera y verle montar, aunque esperaba que solo hiciera eso, montar y no abrirse la cabeza contra el suelo.
No tenía muy claro que sus esperanzas no cayeran en saco roto.
Habían sido cuatro horas de viaje por carretera y es que el rancho McTavish estaba relativamente cerca.
Mientras se daba una ducha rápida, Gwen pensó en lo preocupados que estaban todos. La madre de Edgard le había deseado suerte con un beso en la frente y Phiona había insistido en acompañarlos, aunque, de igual forma, había insistido en llevar su furgoneta.
—Por si necesitáis algo de intimidad —le había dicho a Gwen, quien se limitó a poner los ojos en blanco.
Desde hacía un tiempo se había dado cuenta de que los McTavish sospechaban que entre ellos dos había ocurrido algo, y eso no era del todo cierto.
Sí, había tonteo, pero ella no se liaría con un paciente ni, aunque este fuera esculpido por los mismos dioses.
Porque sí, admitiría que Edgard McTavish era el tipo de hombre que haría que cualquier mujer se dislocara el cuello para girarse a mirarlo.
Solos, se habían pasado cuatro horas solos en la caravana. Ella intentando que recapacitara y él resoplando.
Por supuesto, el señor no me digas lo que tengo que hacer , había ganado.
Además de ser un cabezota de mucho cuidado, Gwen se había dado cuenta de que Edgard era un hombre bastante disciplinado.
Obedeció en todo lo que ella le propuso para poder llegar hasta ahí.
El campeonato había sido su meta y aunque no podía decirse que estuviera recuperado del todo, sí que había mejorado muchísimo.
Tan buenos habían sido los resultados que le había pedido continuar con las rutinas después del campeonato.
Por supuesto, ella se había mentalizado en quedarse una temporada por lo que no le supuso ningún esfuerzo decir que sí.
Adoraba a los McTavish, había hecho amistad con Tess, la pareja de Howard y en más de una ocasión las chicas habían salido del bar de Jeff dando tumbos y riéndose a carcajadas. Por otro lado, estaban los hermanos de Edgard que eran tan distintos y a la vez tan cortados por el mismo patrón.
Los McTavish tenían los mismos valores y era un placer compartir momentos con ellos.
Y no olvidar a Mag, la matriarca. Gracias a Dios los chicos habían aceptado a su novio de buen grado.
Aunque al parecer ya lo conocían desde siempre.
Este era un ranchero, el futuro suegro de Howard y a la vez ¿padrastro? Había cierto lío ahí.
A los que menos veía eran a Daril y a su esposa, Eli. El mayor de los McTavish vivía con ella fuera de la gran casona familiar. Y todavía no conocía a Charlotte McTavish, quien ahora vivía en Nueva York con su marido y se dedicaba al diseño de calzado.
Gwen salió de la ducha y una vez seca se puso unos vaqueros y una camiseta con tirante de color blanco. El sujetador que llevaba debajo le hacía un escote muy bonito, aunque eso no debería importarle. No tenía que impresionar a nadie.
Gimió al recordar los ojos de un vaquero a quien sí querría impresionar.
Se tiró sobre la cama, agotada, y eso que el señor “mi caravana, mis reglas” no la había dejado conducir. Ni siquiera después de recordarle que era la caravana de Howard y que no le convenía llegar hecho polvo al rodeo.
—¡Eh!
Gwen soltó un grito por la interrupción y se incorporó de la cama para ver como de la puerta que comunicaba con la habitación de al lado, asomaba la cabeza de Edgard.
—¿Qué demonios haces? —le dijo, aún con el corazón a mil.
—¿Sabes que nuestras habitaciones se comunican?
Lo miró como si fuera un adolescente sin remedio.
—¿Qué puta habitación? —dijo con el corazón saliéndole del pecho— ¿Tú no estabas en la caravana? ¿Y que hace esa puerta abierta?
Edgard sonrió inocentemente y se encogió de hombros.
—He descorrido mi pestillo y tú no lo tenías echado.
Gwen puso los ojos en blanco.
—¿Has cogido una habitación contigua a la mía?
—Dije que era tu marido.
—¡Venga ya!
Edgard se echó a reír a carcajadas.
—Es broma, pero sí que viajamos juntos.
—¿Vas a quedarte?
—Me convenciste con lo del agua caliente. —Hizo una mueca—. Además, la caravana de Howard tiene un problema hidráulico.
—No me digas —dijo ella suspicaz.
—Además, así estamos juntitos por si tienes una emergencia nocturna.
—No voy a tenerla —dijo Gwen entrecerrando los ojos.
—¿En serio?
Edgard se encogió de hombros.
—Nunca se sabe, cariño. Podrías necesitar que te mate una cucaracha.
—Yo mato mis propias cucarachas, cowboy.
El levantó las manos en señal de rendición.
—Pero recuerda —añadió—. Alguien es muy valiente, hasta que la cucaracha vuela.
—Touché —masculló y no pudo evitar que se le escapara una sonrisa— ¿Por qué demonios estás de tan buen humor?
—¡Voy a competir! —gritó alzando los brazos—. El viejo Ed ha vuelto. —Sin perder la sonrisa le dijo—: Vamos a ver las instalaciones, quiero ver qué ambiente se masca por ahí. Y de paso buscar el mejor sitio para aparcar la caravana.
Gwen gimoteó y volvió a dejarse caer sobre la cama, hundiendo la cara en la almohada.
—¿Eso es un no?
Alzó la cabeza.
—Eso es un: ¿Cómo demonios puedes tener tanta energía después de un viaje tan largo?
—¡Es la adrenalina, pequeña!
—¿Pero tú no eras un cowboy con mala leche? Estás demasiado feliz, y eso me da mala espina.
—¡Es que me siento bien! —gritó, entrando en la habitación.
—¡No! ¿Qué haces? —La tomó por una de las botas y tiró de ella hasta que resbaló al suelo—. ¡Eres un bruto!
Edgard la ignoró. La tomó de la cintura y la cargó sobre su hombro.
—Vamos, luego te invito a una hamburguesa —le dijo, palmeándole el trasero.
—¡No puedes hacer eso sin mi consentimiento! ¡Oye!
Él tomó el bolso que ella había dejado sobre la cómoda y abrió la puerta de la habitación para salir al pasillo.
—¿El qué? ¿cargarte sobre el hombro o pegarte en el trasero?
—¡Las dos cosas! —pataleó, indignada—. Tu madre se avergonzaría de ti, Edgard McTavish.
Gwen sintió otro golpe en el trasero, pero esta vez él se lo había dado con su propio bolso antes de cerrar la puerta.
—Deja de refunfuñar.
No fue hasta llegar al ascensor que la bajó. Mientras esperaban a que subiera a por ellos, Edgard no podía dejar de sonreír. Se habían quedado muy juntos, él con las manos en su cintura apretándola contra las puertas metálicas del ascensor, todavía cerrado.
Edgard no perdió la sonrisa en ningún momento, pero Gwen tragó saliva al quedarse atrapada en aquellos ojos tan profundos.
Cuando las puertas se abrieron de golpe la fuerza de la gravedad la empujó hacia atrás, pero Ed la agarró con más fuerza de la cintura, dando dos pasos ahora estaban muy juntos contra el espejo del ascensor.
—Te tengo —dijo y ella se acaloró.
—Edgard, mi espacio personal.
Él puso los ojos en blanco y se apartó para ponerse a su lado.
—¿Mejor? —la miró de reojo.
Resopló sin ánimo de contestarle.
Mejor quedarse callada, apartada y atenta a cualquier movimiento porque si algo tenía claro es que si Edgard McTavish volvía a acercarse de esa manera, era muy probable que dejara de lado su ética profesional y probara a qué sabían sus labios.
Demonios, estaba guapísimo con su sonrisa asomando debajo de su sobrero vaquero, su camisa a cuadros y unos tejanos que le quedaban como un guante, marcando las perfectas, largas y musculosas piernas.
¿Siempre había sido así de blanca su sonrisa?
¿Y sus labios, siempre habían sido tan apetecibles? Tuvo que reconocer que sí.
—¿Qué?
Gwen carraspeó, intentó alisarse como pudo su cabello y notó como le ardía la cara.
No recordaba la última vez que un hombre la había cargado sobre un hombro, si es que eso había pasado alguna vez.
—Nada, vamos —dijo, saliendo la primera cuando las puertas del ascensor se abrieron.
***
Gwen no sabía qué esperar, pero desde luego el lugar era ruidoso. Al parecer, Edgard no había sido el único en tener la idea de presentarse un día antes. Por el ambiente, que se respiraba en el recinto cualquiera diría que estaban en un festival.
—¿Notas lo que se fragua por aquí? —le preguntó Edgard a Gwen, al apoyar los antebrazos sobre las barreras metálicas.
—Desde luego, parece que va a ocurrir algo importante.
Y así era. Su mirada azul brillante, y su rostro y cuerpo, llenos de energía, le hizo pensar que tal vez no era tan mala idea que compitiera. Verlo ahora feliz y entusiasmado, le ensanchó el corazón.
Gwen apartó la vista de él y miró el estadio, si es que podía llamarse así.
Era un espacio ovalado de tierra compactada, por supuesto estaba rodeada de gradas metálicas, algunas parecían más estables que otras.
A pesar de que no había empezado la competición no eran pocos los curiosos, sobre todo competidores que se paseaban por ahí con una cerveza en la mano, estos últimos observando con detenimiento cada detalle, por si había que avisar de algún fallo a la organización.
Afuera, el bullicio era aún mayor. Había furgonetas pick-up y caravanas por doquier y fue entonces que Gwen se dio cuenta que así vivían los tipos que se dedicaban a esto.
Miró a Edgard de reojo, eso hacía antes de estar lesionado, viajar por todo el país en competiciones cuando no estaba en el rancho. O al revés, solo estaba en el rancho cuando no había competiciones que ganar. Porque las ganaba todas. La derrota no estaba en su diccionario.
Escuchó los relinchos de los caballos, algunos muy nerviosos dando coces en algún lugar cercano.
—¿Los oyes?
Gwen tragó saliva.
—¿Y eso vas a montar? Todavía estás a tiempo de… —El gruñido que le dedicó sin mirarla fue suficiente para que callara—. No he dicho nada.
—Bien.
—Entonces, ¿Cuál es el plan?
Él sonrió, aún sin mirarla.
—Ganar y empezar mi vida nómada.
Ahora sí que él tenía toda su atención.
—¿Cómo dices?
—Empieza la temporada, princesa.
—No me llames…
Aún apoyado en las barreras ladeó la cabeza para mirarla con intensidad. A Gwen se le cortó la respiración.
—Si supero esta prueba —dijo Edgard muy convencido de ello—, si me veo con fuerzas, volveré al ruedo, eso significa empezar la temporada e ir sumando puntos en competiciones hasta llegar a la gran final.
Gwen dio un paso atrás y lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—¡¿Qué?!
—¿A qué creías que veníamos? —preguntó Edgard, riendo.
Lo encaró con las manos en las caderas y él apoyó el codo en la barrera mirándola como si fuera un animal exótico.
—No lo sé, pensé que solo era un campeonato, montabas un caballo y… no sé, volvíamos a casa.
—¡No! —se río más fuerte.
Ella estaba anonadada y él había sentido un calor especial en el pecho cuando la había escuchado decir, volver a casa, como si fueran algo, como si tuvieran un hogar y una familia a la que volver.
Sonrió.
No era el caso.
Pero había sido agradable tener esa fantasía por un segundo.
Ed suspiró.
—Gwen, después de esto, empieza la aventura de verdad, por eso Howard me ha prestado su camioneta, esa será mi casa mientras dure la temporada.
—Estás de broma.
¿Qué significaba eso?
—¿Vas a despedirme?
—¿Qué? —parpadeó incrédulo—. No, joder. Espero que vengas conmigo.
Eso la dejó más traumatizada si cabe.
—¿Pero qué coño estás diciendo? —No solía usar palabrotas, pero esa ocasión lo merecía.
—A menos que renuncies y quieras irte.
Ella negó por instinto, parpadeando confusa como si no entendiera bien que iba a hacer durante el próximo año. ¿Año? No sabía que haría durante la próxima semana. Con él prácticamente recuperado… si no se lesionaba ese día…
¡No va a lesionarse! Se amonestó a sí misma.
—Joder, Edgard. No sé que quieres que te diga.
La sonrisa se ensanchó en el rostro del cowboy.
—Solo piénsatelo, será divertido.
Será divertido, los dos solos, juntos, en una caravana donde tendríamos que rozarnos todo el rato…
Gwen cerró los ojos y gimió.
—¿Eso es que piensas que nos divertiremos?
—Cállate Edgard! No me dejas pensar.
—Pensar con coherencia está sobrevalorado. Hay que arriesgarse e ir a por la aventura.
—¿Quién eres tú y que has hecho con mi cowboy gruñón?
Ambos se echaron a reír sin poder creerse que se abrían un montón de posibilidades ante ellos. Pero todo dependía del campeonato, de la lesión… de tantas cosas, como la mirada que se estaban echado los dos. Una mirada que podría derretir icebergs enteros.