Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Sus ojos se humedecieron y se quedó largos minutos en silencio mirando el firmamento. Ni siquiera se había dado cuenta de que su mano había buscado la de Edgard y ahora disfrutaban del silencio cogidos de la mano.

—Es precioso —dijo, observando el firmamento que solo allí había visto con una claridad mágica.

Edgard volvió a girar la cabeza y observó su rostro, como si lo hubieran pintado a lienzo, una obra de arte, por no hablar de sus hermosos ojos azules y esos cabellos rubios enmarcando su bello rostro, de nariz respingona y labios gruesos, tan apetitosos y excitantes.

Su cercanía esas últimas semanas le habían hecho ver que no únicamente era hermosa, también era una mujer generosa, que le gustaba ayudar a la gente, que se preocupaba por todos, incluso por él, que la había tratado de forma pésima al principio.

Ahora quien respiró hondo fue Edgard.

Tenía que dejar de pensar en ella de esa manera. Era intocable.

Su fisioterapeuta. La amiga de su hermana y ahora de toda la familia. Su madre podría castrarle si intentaba algo.

Le dio un escalofrío. Mejor no despertar a la bestia.

—¿Tienes frío? —preguntó ella, al notar cómo de repente le temblaba el pecho.

Sonrió.

—No, estoy bien.

Gwen ladeó la cabeza y el pulgar acarició el dorso de la mano.

—¿Cómo te has sentido estas semanas?

Tardó más de unos segundos en contestar porque se quedó mirándola fijamente, como hechizado.

—Yo… esto… —carraspeó—. Mejor de lo que creía. Y sin calmantes —le dijo, como si fuera un triunfo sobre ella el hecho de no haberlos tomado.

—Estoy orgullosa.

—Gracias mamá.

Gwen soltó una carcajada y le soltó la mano, solo para golpearle el brazo en un gesto juguetón.

—Para —se rio ella.

Poco a poco las risas cedieron y se quedaron en silencio disfrutando del cielo estrellado y de su compañía. Edgard extrañó la cálida mano de Gwen que no había vuelto al lugar que él creía que le correspondía.

Cruzaron varias estrellas fugaces, e inconscientemente, ambos cerraron los ojos y pidieron un deseo. Luego se miraron, y sonrieron.

—¿Qué has pedido? —preguntó ella primero.

Edgard regresó la mirada al cielo y Gwen vio como su rostro se tensaba, aunque sin dejar de sonreír.

—Si te lo digo, no se cumplirá.

—Depende de lo que hayas pedido, seguirá sin cumplirse, aunque me lo digas.

No se lo esperó, pero el rostro de Edgard mudó a decepción, algo que sólo duró un segundo. Pues después la miró y clavó los ojos azules en los suyos, sus iris brillantes parecían contener una galaxia entera.

—Soy el dueño de mi destino, y se cumplirá.

Las manos de ambos se buscaron sin querer, mientras las miradas seguían clavadas la una en la del otro. Las respiraciones se agitaron, y los dedos meñiques se rozaron suavemente.

De repente, la mano de Edgard rodeó la de Gwen, y la apretó con fuerza.

Ella suspiró, mientras algo nacía en su pecho, formando un nudo para después desatarse violentamente y expandirse por todo su cuerpo, como la electricidad que encuentra las conexiones exactas para que ocurra el milagro de la luz artificial.

Infló el pecho, tomando todo el aire que logró inhalar, pues se había dado cuenta de repente que se había olvidado de respirar.

Él cada vez él estaba más cerca, podía notar el calor que irradiaba su cuerpo, poderoso y amplio en comparación con el suyo, el tacto de su mano la quemaba, sus ojos la acariciaban y esos labios… esos labios entreabiertos que, Dios la ayudara, estaban a punto de posarse sobre los suyos.

Y lo deseó.

Y por un momento quiso ceder a la tentación de sentirlos sobre los suyos, disfrutar de la humedad de su lengua, del olor a menta fresca de su aliento, y de sentir esas manos poderosas, recorriéndola, desnudándola y…

Oh, sí, el deseo pulsó en su centro, como jamás había pulsado por otro hombre.

Y precisamente por eso, y porque era su paciente, se deshizo del agarre de su mano y colocó las palmas en su pecho, pues su cuerpo estaba ya casi totalmente inclinado sobre el de ella.

—Es tarde, y mañana tenemos trabajo —le dijo con voz temblorosa, empujándolo suavemente, sin querer apartarlo, pero con la convicción de que era mejor así.

Ed tragó saliva y frunció ligeramente el ceño.

—Disculpa, me he dejado llevar —confesó, apartándose y poniéndose en pie con la rapidez y la agilidad de un león de montaña.

Gwen también lo hizo y en pocos minutos ya habían trepado y vuelto a la camioneta.

El trayecto de regreso al rancho fue tenso, en silencio.

Gwen lo miró de reojo en varias ocasiones, preguntándose que hubiera pasado si hubiese hecho caso a sus deseos. Anhelaba ese beso. Le hubiera encantado saber que sabor tenían los labios de Edgard McTavish, pero una vez más su profesionalidad de impuso.

Oh, maldita sea.

El día que dejara de ser su fisioterapeuta, le diría un par de cosas a ese vaquero, y le haría otras tantas.

Carraspeó incómoda cuando juntó los muslos que se rozaron entre ellos soportando un deseo que no iba a saciarse, al menos no con él, esa noche.

Ese hombre era peligroso, no solo porque despertaba su deseo, algo extraño porque siempre se había creído una mujer bastante racional y que no solía dejarse llevar por los momentos.

Pero con Edgard no deseaba nada más que hacerlo, dejarse llevar y experimentar lo que creía que sería algo glorioso.

También era peligroso porque podía leer sus ojos.

Sabía que algo le pasaba. Quizás no supiera lo aterrorizada que estaba, lo triste y sola que se sentía por la perdida.

Respiró hondo y cerró los ojos.

Debía olvidar y centrarse en su trabajo, eso siempre ayudaba a que los fantasmas del pasado se desvanecieran.

Ahora era Edgard quien intentaba respirar, tomar aire, hinchar completamente los pulmones, para después expulsarlo lentamente, con la intención de calmarse.

Era muy difícil hacerlo, estando ella tan cerca. Tan preciosa, tan… esa mujer olía tan bien…

¿Cómo sabrían sus labios?

Nunca lo averiguaría.

Apareció en su rostro una sonrisa ladeada. Por supuesto que iba a averiguarlo, puede que no esa noche, per lo haría.

Echó un vistazo a esos labios entreabiertos y mapeó su perfil. Los pómulos altos, sus ojos cerrados con unas largas pestañas claras. La sonrisa se ensanchó. Era una maldita diosa, o más bien una valkiria con un carácter de mil demonios, pero vulnerable. Él había visto esa vulnerabilidad.

No sabía a que se debía y si alguien la provocaba, pero no iba a dejar que nadie le hiciera daño.

Nadie.

Volvió a centrarse en la carretera, pero siendo muy consciente de la cercanía de su cuerpo. Casi no había podido resistirse y le habría hecho el amor allí mismo, si ella no le hubiese puesto el freno. Y gracias a Dios que lo había detenido, o de lo contrario…

Suspiró y tragó saliva.

De lo contrario, su madre lo habría matado.

Ella giró la cabeza y lo miró unos instantes, él le sonrió y regresó la vista al camino al final del cual ya se vislumbraba su hogar.

Cuando llegaron al rancho, Ed aparcó el todoterreno justo en frente del porche de la casa principal.

Apagó el motor y la miró de nuevo, fijamente.

Tomó aire para calmarse.

—Esto… yo… querrí…

—Mañana seguiremos con los ejercicios —lo interrumpió Gwen, abriendo la puerta del copiloto y saliendo del coche como si huyera de él con una sonrisa pícara en los labios—. Buenas noches, Edgard.

—Bue… buenas noches.

Se miraron unos segundos más, hasta que ella se dio la vuelta y empezó a subir los peldaños del porche de dos en dos. Cuando desapareció tras la puerta, Ed se llevó las manos a la cabeza y se apartó el pelo de la cara.

—Eres un imbécil —se dijo, resoplando.

Luego miró hacia la bragueta de sus pantalones.

—Y tú estate quieta, joder.

***

Estaba despierta, ya en su cama con una camiseta de tirantes y unas bragas de algodón como pijama, Gwen tenía la ventana abierta y entraba una suave brisa que agitaba ligeramente el visillo blanco y ligero, haciéndolo bailar.

La visión del techo no se podía comparar con la del cielo estrellado, pero no era la lámpara colgante lo que realmente veía, sino el rostro de Edgard McTavish muy cerca del suyo.

Sus labios, sus ojos, la mano apretando la suya, queriendo entrelazar los dedos.

Oh, ese simple contacto había sido maravilloso.

Refunfuñó girándose y golpeando la almohada.

¡Basta Gwen!

La cogió para ponérsela sobre la cara, en un gesto que tapaba el sonrojo que nadie podía ver en la soledad de su habitación.

Había sido un error, un error garrafal el haberse prendado de él. ¿Pero cómo no hacerlo? Ese hombre era puro magnetismo.

¿Qué mujer no caería rendida a sus pies?

Al principio lo había tomado por un imbécil prepotente y mujeriego, pero después de que empezara a mejorar y su carácter no fuera tan agrio podría admitir que cualquier mujer debería dar las gracias por tener a una persona así en su vida.

Sí, era un poco mandón, y no muy amigo de recibir órdenes, pero respetaba a las mujeres, no había escuchado ningún comentario soez, o había hablado mal de ninguna. Al igual que el resto de sus hermanos, Edgard era todo un caballero. Su madre los había educado bien.

Era tan diferente a los hombres con quien estaba acostumbrada a tratar. Sobre todo, uno en concreto.

Como si hubiera mentado al diablo, la pantalla de su móvil se iluminó.

Esta vez no era una llamada, sino un mensaje de texto. Quizás no fuera el monstruo, quizás había logrado coger el móvil cuando este se había dormido.

En septiembre dice que nos vamos a Montana, no quiero irme con él. Yo quiero estar contigo. Quiero verte. ¿Ya no me quieres?

Gwen no contestó.

No podía.

Se llevó la mano con la que sujetaba el móvil al pecho y empezó a llorar amargamente en silencio.