Capítulo 13
El cuatro por cuatro de Edgard avanzaba dirección al rancho, levantando tras ella una nube de polvo que apenas podían ver por el retrovisor a causa de la oscuridad de la noche.
El sonido del motor híbrido apenas susurraba, mientras la perfecta amortiguación los mecía, aunque hubiese algunas piedras en el camino.
Gwen tenía la mirada perdida a través de la ventanilla.
La luna estaba llena como una esfera plateada, iluminando a lo lejos las cumbres coronadas de nieve, que parecían cucuruchos de nata a pesar de estar en pleno verano.
Las estrellas brillaban como nunca. Montana era impresionante, tan hermosa y salvaje, que podría quedarse a vivir allí, para siempre.
Ojalá…
No, era tan imposible el sólo imaginarlo…
—Es hermoso, ¿verdad? —la voz de Edgard rompió el silencio de la cabina, un lugar que de pronto había adquirido una calidez cómoda, y al mismo tiempo extraña, como una templada chimenea compartida en una cabaña aislada, donde afuera reinaba el caos.
—Es una maravilla, lo reconozco.
Gwen mantenía las manos entrelazadas, aguantando su bolso.
Había disfrutado de la tranquilidad del paisaje, que parecía envolverlos. Su corazón latía pausado, hasta que, de nuevo, vibró su teléfono, cortando el aire como una cuchilla.
Edgard frunció el ceño, y la miró por unos instantes. Se había puesto pálida cuando la pantalla de su teléfono había iluminado brevemente el interior de la camioneta, y su rostro, preocupado.
La observó con más detenimiento.
Se le había cortado la respiración y con seguridad, se le había cerrado el pecho por un momento.
Los dedos le temblaron cuando finalmente, pulsó el botón lateral del móvil y lo apagó, para introducirlo de nuevo en el bolso, en un gesto violento.
Antes de todo eso, Edgard pudo ver que tenía guardado ese contacto como, no contestar .
Un ex tal vez.
No iba a preguntar.
Edgard, que conducía con una sola mano, mientras la otra descansaba sobre su muslo, justo sobre la lesión, supo reconocer las señales en Gwen.
Estaba tensa, no lograba inflar los pulmones y un brillo angustioso había aparecido en su mirada. La frente lucía levemente fruncida por la preocupación. Y el miedo.
Quien arrugó el entrecejo fue él y, antes de que Gwen pudiera decir algo, movió el volante y en lugar de dirigirse al rancho, giró el coche hacia la derecha.
—¿Qué haces? —preguntó confundida, mientras el vehículo tomaba una senda más estrecha y con más vegetación—, ¿no vamos al rancho?
—Quiero mostrarte algo.
Un lugar tan bonito, que te calmará.
Gwen debería haber protestado, pero no lo hizo. Quizás porque se fiaba de él. No iba a llevarla a un descampado para descuartizarla, seguro que conocía algún lugar especial. Uno de los tantos lugares mágicos que había en el rancho.
Pasados unos minutos, llegaron a una elevación de montaña, donde podía vislumbrarse un paisaje precioso. El rancho no estaba lejos, y más cerca se encontraba la cabaña de Daril y de su esposa, Eli.
—Cielos… —dijo ella.
Edgard paró el motor y quitó las llaves del contacto.
Gwen salió del coche. Caminó unos pasos, y descubrió más abajo, el río.
En aquel recodo era mucho más ancho y sus aguas fluían más tranquilas que de costumbre.
Así mismo, se formaban unas suaves ondas a causa de la brisa, que soplaba suavemente, haciendo que los árboles centenarios que había tras ella, donde Ed había aparcado, parecieran susurrar con sus hojas secretos inconfesables.
La luna, espléndida, se reflejaba entera, en el agua que parecía un espejo de plata, y sobre sus cabezas, miles de millones de estrellas.
A sus pies, bajaba un acantilado vertical, al cual no se acercó demasiado, pues tenía un poco de vértigo.
—Este lugar es… precioso —susurró, sorprendida.
Edgard, que la había seguido, sonrió.
—Lo es.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Gwen.
Apoyó las manos en el tronco de un árbol, acariciándolo, mientras Edgard se colocaba a su lado, con las manos en los bolsillos, apoyando el peso de su cuerpo en la pierna sana.
Había notado su nerviosismo en el coche, alguien la estaba acosando, sin duda, llamándola cada instante. No quiso sacar el tema a relucir, por el momento. Pero la había llevado allí para que se distrajera de sus preocupaciones.
—Bueno, llevas casi dos meses viviendo con los McTavish y por cómo te tratan mis hermanos, creo que puedes considerarte una más de la familia. Por eso, he querido mostrarte mi lugar favorito.
Ella lo miro con cara de sorpresa y sonrió como una idiota.
—No sé qué me sorprende más, que creas que para tu familia soy una más o que por eso sientas que debas mostrarme tu lugar favorito.
Edgard rio, rascándose la frente sin saber muy bien que decir.
—Todos te adoran.
—¿Eso crees? —dijo, en referencia a ser una más de la familia. Pues acerca del lugar donde se encontraban, y sobre la intimidad que él parecía querer compartir con ella, aún no estaba preparada para asumir.
—Sí —hizo una mueca—, seguro que no te ha pasado desapercibido como Howard te ríe todas las gracias y Red siempre está de acuerdo contigo.
—Por supuesto, Red es un hombre muy sensato. Lástima que sólo venga en vacaciones y algún que otro fin de semana, tengo en él un buen aliado.
—Incluso el gruñón de mi hermano mayor te ha cogido cariño.
—Hablas de mi como si fuera un perro.
—Uno menudo y esponjoso.
—No soy un caniche —bufó ella—. Y me estás cambiando de tema, ¿qué hacemos en tu lugar favorito?
—¿No te gusta?
—Es precioso.
—Mira, desde aquí puede verse el rancho —lo señaló. Observó la casa grande a lo lejos, iluminada por la luz del porche y de la habitación de Phiona que debía haber llegado a casa hacía un rato.
—Puede verse la ventana del cuarto de Phiona, está encendida —le dijo Edgard como si le hubiera leído el pensamiento.
—Es esa que está a la izquierda.
—Sí, luego viene el de…
Ella alzó una ceja como si él se hubiera vuelto loco.
—Dime que esta explicación es relevante para… ¡¿Qué haces?!
De pronto, Edgard saltó por el acantilado, desapareciendo delante de sus ojos.
Aterrorizada, se asomó para comprobar aliviada que había un gran saliente horizontal, un balcón natural de varios metros, de piedra lisa y blanca.
—Casi me matas del susto —dijo, llevándose la mano al corazón.
Edgard rio con ganas y le tendió la mano.
—¿Quieres ser una más de nosotros?
Gwen parpadeó.
—¿Qué?
Él siguió esperando que le tomara la mano.
—Pero… —Como dudaba, él caminó hasta el borde del balcón natural y empezó a andar muy cerca del cortado vertical—¿Estás loco? ¡Edgard!
Aunque estaba frente a ella, Gwen no podía verlo bien a causa de la oscuridad.
—No tiene gracia, podrías caerte y adiós… todo mi trabajo a la porra. ¡Edgard!
Abrió la boca, ofendido.
—Qué falta de humanidad —se llevó una mano al corazón de forma dramática—. Solo te importa tu trabajo.
Gwen cerró los ojos y respiró hondo.
—Eres incorregible.
Al final tuvo que saltar como había hecho él y al incorporarse, no sin cierta sensación de vértigo, lo vio estirado sobre la roca lisa y blanca, que reflectaba la luz de la luna, contemplando las estrellas.
Iba a preguntarle qué hacía, pero al mirar hacia arriba se quedó boquiabierta, como siempre hacía.
La contaminación lumínica era nula y sobre ambos, desde aquel sitio en concreto, podía verse todo un espectáculo. La Vía Láctea cruzaba el firmamento, como si lo partiera en dos.
—Dios mío.
—Sí, Dios tuvo que crear esta belleza, ¿verdad?
—Jamás había visto tan bien… esta maravilla.
—El Sendero de las Almas, para los apsalooke, o el Camino de los Espíritus, para los lakota —dijo, refiriéndose a la Vía Láctea—. Según sus tradiciones, las almas de quienes han abandonado esta tierra, recorren la senda hacia las hogueras de sus antepasados.
—¿Las qué…?
—Cada estrella, es la hoguera de un pequeño campamento, donde cada una de las familias que han habitado la tierra descansan y comparten hasta la eternidad.
Gwen se emocionó.
En alguna de esas estrellas, alguien muy querido se resguardaba.
Sería tan hermoso que fuera cierto y que en esos momentos pudiera estar viéndola, desde allá arriba…
Carraspeó, y parpadeó rápidamente para que las lágrimas no cayeran por su rostro.
—¿Eso hacéis los McTavish? ¿trepar por los acantilados y mirar las estrellas? —dijo ella, arrastrándose hasta quedar tendida boca arriba, muy cerca de Edgard.
—Exactamente eso. Normalmente lo hacemos desde el tejado de la casa, pero este lugar es mágico. Miramos las estrellas y relativizamos los problemas. —Él carraspeó—. Yo creo que tienes algún problema que merece un escenario mágico para que lo relativices.
Gwen se tragó el nudo que tenía en la garganta.
¿Tan transparente era?
—Y ahora te toca a ti —Edgard giró la cabeza y se la quedó mirando.
La respiración de Gwen se entrecortó al ver esa mirada que había echado de menos y que a la vez temía volver a ver. Era demasiado íntima. Demasiado… Le hacía desear cosas y eso estaba mal.
Así que en lugar de admitir la gran losa que llevaba en el corazón, dijo:
—Yo no tengo problemas.
Él gruñó poco convencido.
—¿Crees que tengo problemas? —preguntó ella, con una sonrisa que distaba mucho de ser feliz, pues mostraba cierta nostalgia.
—Cada vez que suena el móvil te pones pálida. —Como miraba al cielo no vio que ella se ponía seria de repente, todo el buen humor había desaparecido—. Quizás no sean problemas, pero tienes preocupaciones.
No, no. Se dijo Gwen a sí misma. Tenía problemas, problemas muy serios, de la clase de problemas que tienen las personas que se meten con quien no deben.
La vida era muy injusta, algunas tenían demasiado poder y lo peor es que no distinguían entre el bien y el mal y lo usaban para obtener lo que querían, sus caprichos.
—Respira —le dijo Edgard, sin mirarla.
Gwen lo hizo, tomó aire hasta hinchar su estómago y lo soltó lentamente.
—¿Mejor?
Asintió, respirado de nuevo.
—Sí.