Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 12
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Capítulo 12

—¿No piensas contestar?

Gwen se dio la vuelta con la mano en el pecho, asustada. En el momento en que los ojos de Edgard y los suyos se encontraron, el vaquero frunció el ceño.

—¿Estás bien? —preguntó, e inmediatamente después miró la pantalla encendida de su teléfono.

Gwen soltó una risa tonta y los labios de Edgard se fueron curvando hacia arriba.

—Me has asustado, eso es todo —respondió, cogiendo el teléfono para ponerlo en el bolso.

El sonido del banjo llenaba el bar con su cálido ritmo, y la música country parecía meterse bajo la piel, sobre todo cuando Edgard estaba presente.

Las luces tenues del Stallion, las risas y el tintinear de las jarras de cerveza, acompañaban la imagen de ese atractivo cowboy, que parecía haber nacido para ese lugar.

Destacaba entre todos, incluso entre sus hermanos y Jeff, que eran dignos de un catálogo de modelos masculinos.

Alto, de hombros anchos, su sombrero negro ajustado en su cabeza, dejando ver sus hermosos ojos azules bajo el ala, que en esos momentos pinzaba con el índice y el pulgar, Edgard irradiaba una masculinidad difícil de ignorar para cualquier mujer.

Era un hombre seguro de sí mismo, se veía a la legua que estaba demasiado acostumbrado a ocupar el espacio sin pedir permiso y Gwen podía sentir su mirada, en la que había algo peligroso y tierno a la vez.

Sus ojos, que eran duros y parecían acariciarla suavemente.

Es la testosterona, Gwen, puedes olerla, por lo tanto, lo que le sucede a tus hormonas es únicamente una reacción química, que tiene una explicación científica, y nada más. A eso, añádele que estás ovulando. ¡Calmaaaa!

Apretó los dedos contra el asa de su jarra, intentando recordar por qué maldito motivo tenía que estar en aquel bar, frente a ese hombre que amenazaba con arrebatarle la cordura y enviar su profesionalidad a la mierda.

Porque eres débil. O quizás, porque tiene la capacidad de hacerte perder la cabeza ante su cuerpo perfecto y su olor a bisonte almizclero.

Movió la cabeza de un lado a otro porque, fuera cual fuera la razón, en esos instantes estaba frente a él, notando que cada mirada que le lanzaba tenía la capacidad de acelerarle el pulso y hacerla transpirar.

De repente, volvió a vibrar el teléfono dentro de su bolso y puso los ojos en blanco. Miró la pantalla, rechazó la llamada con un gesto rápido y resopló.

—¿Va todo bien? —preguntó Ed, apoyando un antebrazo sobre la barra, irreverente, mientras Jeff les servía una jarra de cerveza a cada uno.

—Todo bien, gracias —y él supo que mentía, por cómo desvió la mirada una milésima de segundo hacia la izquierda.

Los ojos azules de Edgard la atravesaban y nerviosa, Gwen plegó los labios en el interior de la boca y miró a Jeff, buscando ayuda, pero él ya se había apartado y limpiaba vasos con un paño, para dejarlos en la intimidad de la conversación—.

¿Y Phiona? —le preguntó, buscándola con los ojos—, estaba aquí hace un momento.

—Se habrá escabullido en cuanto se ha dado cuenta de que estaba a punto de invitarte a bailar.

Gwen parpadeó, al tiempo que se ponía roja como un tomate.

—A… ¿a bailar?

Maldita sea, las tres jarras de cerveza que acabas de meterte entre pecho y espalda te están jugando una mala pasada… ¡Insensata!

—¿Acaso no quieres bailar conmigo? —preguntó él, sonriendo como un rufián bajo el ala de su sombrero.

—No sé si eso entra dentro del tratamiento —replicó, lúcida, después de mirarlo de arriba abajo y pensar que era una completa idiota por resistirse.

—Depende.

—¿De qué?

—¿Piensas cobrarme la sesión?

Gwen tragó saliva. Debería haberse negado en rotundo, poner distancia entre ese hombre maravilloso y recordar, sobre todo recordar, que era su paciente, y el hermano de su amiga y que, bailar con él, era una muy, pero que muy mala idea.

—Baila conmigo, Gwen. —No fue una pregunta, fue una orden que sonó a invitación suave. Como la que le daría un susurrador a un potro encabritado que de repente, se apacigua ante su voz suave y rasgada y ante esos ojos azules capaces de prometer muchas cosas, y ninguna buena.

Como si todos a su alrededor hubiesen desaparecido, la tomó de la mano y la llevó a la pista. Sin saber cómo ni por qué, la música alegre cambió a una balada y él rodeó su cintura con las manos, atrayendo su pelvis hacia la suya.

Gwen apoyó una mano en su hombro para no caerse literalmente al suelo, pues de pronto sus rodillas parecían de mantequilla.

Es la cerveza , se dijo.

—Sólo una canción —logró decir, y asentir convencida. Pero él le dedicó una sonrisa tan devastadora que no pudo resistirse.

—Eso ya lo veremos.

Y se dejó llevar por el suave sonido de la música y por sus manos, fuertes y suaves al mismo tiempo, que la atrajeron más hacia él, logrando que el aire que había entre ambos resultara escaso, mínimo. Alzó la vista y sus ojos la miraban atentos, sin ocultar el deseo que sentía por ella.

La música seguía sonando y las voces del lugar parecían diluirse con ella. Por un momento, el calor de su aliento y la cercanía de sus labios la embriagaron.

Hasta que entró en razón.

Alzó la mano que tenía sobre su hombro y le quitó el sombrero de la cabeza en un rápido gesto. Antes de que él abriera la boca para protestar, se lo puso en la cara, cubriéndole la expresión de sorpresa.

Gwen se apartó lo justo para mirarlo de forma triunfal, con los brazos en jarra. Su respiración estaba demasiado agitada, sabía que, de no haberse apartado, habrían acabado besándose.

Él soltó una carcajada suave y sensual, arrebatándole el sombrero de la cadera, para ponérselo de nuevo sobre la cabeza.

—¿Qué te ha parecido, doctora?

—Aceptable —respondió Gwen, regresando a la barra, donde Jeff ya les había servido dos refrescos de cola.

—Gracias, no necesitábamos beber más —le dijo, mientras el hombre le guiñaba un ojo—. Por cierto, ¿dónde está Phiona?

Cuando Jeff le dijo que se había marchado, Gwen miró a Edgard, que se acercaba a la barra como un depredador dispuesto a comerse a su presa, que todo indicaba que era ella.

Como no tenía medios para regresar al rancho, ya que había venido con la furgoneta de su amiga, supo que no le quedaría más remedio que sobrevivir al viaje en el todoterreno de esa estatua de mármol, esculpida por los mismísimos dioses.

—Houston, tengo un problema —susurró.