Capítulo 11
Esa noche, Gwen y Phiona se arreglaron para salir a tomar unas copas al Stallion de Jeff Wolfwalker.
Nada más entrar, todas las cabezas se giraron hacia ellas, pero en cuanto vieron a la pequeña de los McTavish, regresaron a su lugar.
Ningún hombre que apreciara su gaznate se atrevería a acercarse a Phiona McTavish, algo que a la muchacha parecía no importarle, a menos que estuviera Daril, a quien le encantaba hacer rabiar.
Phiona llevaba unos vaqueros ajustados, botas tejanas y una camisa atada justo debajo del pecho. El escote pronunciado dejaba ver un perfecto canalillo.
Gwen había optado por un bonito vestido marrón, con unos flecos en la minifalda que les llegaba a los tobillos y que al andar se movían creando un todo un espectáculo, y en los pies unas tejanas blancas.
Un vaquero silbó a su paso, pero no se atrevió a acercarse, pues ahí estaban tres de los hermanos McTavish, sentados donde siempre.
Edgard fue el primero en verlas entrar desde la mesa que compartía con Howard y Daril. También estaba Jack, quien aún se recuperaba del encontronazo que había tenido con ella esa tarde. Clavó la mirada unos instantes en Phiona para después mover la cabeza de un lado a otro y apurar su cerveza.
Por un momento, Edgard abrió mucho los ojos dándose cuenta de algo. Acto seguido, Howard le dio un codazo.
—No la mires así, o Phiona te romperá una silla en la cabeza.
—No miro a nadie de ninguna manera.
Jack tragó saliva y clavó la vista en su jarra, ya vacía.
Phiona parecía estar perfectamente de la caída, así que suspiró aliviado.
—¿Y a ti qué te pasa? —le preguntó Edgard.
—Que acabo de recordar que tengo que dar de comer a los caballos.
—¿A estas horas?
El jinete indio se levantó, encogiéndose de hombros, y Howard sonrió de medio lado.
—¿Qué le pasa? —preguntó Daril, tan intrigado como Edgard.
—Y yo qué sé —respondió Howard, pero sí sabía algo gracias a su esposa, Tess, que era la mejor amiga de su hermana. Optó por no decir nada porque de haberlo hecho, se habría jugado el matrimonio.
Cuando Jack pasó junto a las chicas, saludó a Gwen con un movimiento de cabeza, pero a Phiona la ignoró.
Ella sí lo miró y lo siguió con la vista, apretando la mandíbula, decepcionada.
Menudo gilipollas. Al menos podría haberse interesado por mí.
—¿Pasa algo? —preguntó Gwen, cuando estaban a punto de llegar a la barra.
—Nada.
—¿Seguro?
Al ver a Jeff, el dueño del Stallion, tras la barra, Phiona corrió hacia él y Gwen la siguió.
—Y aquí está la chica más guapa de Montana —dijo, con su sonrisa perfecta de diente blancos y alineados, que destacaban con su piel tostada.
—Gwen, te presento a Jeff, mi mejor amigo, y primo del gilipollas.
—Veo que ya has conocido a Jack —rio Jeff, mientras pasaba un trapo por la encimera.
Gwen se quedó perpleja. Ese hombre era impresionante. ¿Qué comían los nativos en la reserva?
No era tan alto como Jack, pero su rostro era mucho más amable y de facciones menos duras, seguramente por la hermosa sonrisa que siempre lucía en su apuesto rostro, enmarcado por una lacia melena oscura, tan larga como la de Jack.
Era más corpulento que su primo, más ancho de espaldas y su piel estaba completamente tatuada desde el cuello hasta las muñecas, que ella pudiera ver, pues llevaba una camisa medio abierta dejando ver parte del pecho, también tatuado.
Observó su estructura corporal y enseguida se dio cuenta de que combinaba pesas con cardio, y seguramente también montaba a caballo, su cuerpo estaba perfectamente trabajado y no tenía ni un solo gramo de grasa.
Sus movimientos fluidos no indicaban ninguna lesión a la vista, era un hombre que se veía a la legua lo mucho que se cuidaba y veneraba su propio cuerpo.
Incluso tenía los ojos delineados de negro, dando aún más profundidad a sus iris color miel.
Vio como Phiona se lanzaba a sus brazos, en el momento en que él abría la barra para salir de su interior.
—Jeff… —gimió contra su pecho, y como si algo tirara de ella, echó un vistazo a la mesa del fondo a la izquierda, donde descubrió a sus hermanos, Howard, Edgard y Daril.
Este último, el mayor, miró a Jeff con el ceño fruncido.
Ella, aún entre los brazos de su amigo, saludó a sus hermanos agitando los dedos.
Cuando se separaron, le presentó a su amiga como Dios manda.
—Ella es Gwen, ya te he hablado de ella.
—Encantado, Gwen.
Él no le ofreció la mano, sino que extendió los brazos y la invitó a uno de sus abrazos de oso.
La joven, en otras circunstancias y con cualquier otra persona, habría rechazado un contacto físico tan íntimo con un hombre al que acababan de presentarle, pero sin saber por qué, le dio confianza y lo abrazó.
Jeff irradiaba una energía positiva y acogedora.
Se fundió en su pecho y cuando se separó, él la miró fijamente a los ojos.
—Un placer conocerte, Gwen.
—El placer es mío —respondió ella, absolutamente encantada, con un calor recorriéndola de arriba abajo, pero no de excitación, sino de completo y absoluto bienestar, como si acabara de entrar en una cabaña con una chimenea encendida, en mitad del bosque, azotando afuera una ventisca de viento y nieve.
—Lo has sentido, ¿verdad? —dijo Phiona, mirándola como si acabase de sucederle un milagro.
—¡Oh, déjalo ya! —se quejó Jeff, regresando a su puesto, tras la barra.
—Pero, ¿a qué lo has notado?
Gwen asintió, pero estaba tan confundida, que no supo qué decir al respecto. Phiona se lo aclaró mientras su mejor amigo ponía los ojos en blanco.
—Jeff es una persona vitamina.
—Ya empezamos —dijo él, riendo, pero Phiona no le hizo ningún caso.
—Hay varios tipos de personas, muchas tienen una energía neutra, como mi hermano Daril. Otros con solo oírlos mentar, o verlos entrar en algún sitio, te provocan un ataque de ansiedad y tienes que sentarte porque te mareas y te cuesta respirar, como Jack.
—Mi pobre primo… —rio Jeff—. Créeme que no se merece tanta inquina por su parte —le dijo a Gwen.
—Y otros —continuó Phiona—, son personas vitamina, como mi Jeff. Este tipo de personas irradian bienestar, y te cargan las pilas con tan sólo un abrazo.
—Soy como una batería portátil.
—¿Pues sabes? —empezó a decir Gwen—, creo que mi amiga tiene razón. Ahora me siento súper bien.
—Gracias, aunque creo que exagera, pero no seré yo quien le lleve la contraria.
—Jeff jamás me lleva la contraria —aclaró Phiona, cuando les sirvió dos birras—. Incluso sabe qué nos apetece tomar en cada momento.
Gwen estuvo de acuerdo.
Howard y Daril se miraron con sonrisas ladeadas. Por la cara que puso Edgard, supieron que no le había gustado nada que Gwen se lanzara en brazos de Jeff.
—Podrían haberse acercado a saludar —se quejó, sintiéndose ignorado.
—Es inofensivo —dijo Daril.
—Phiona dice que es una persona vitamina —apuntó Howard.
—¿De qué estáis hablando?
—De lo mucho que te atrae tu fisioterapeuta.
Edgard se revolvió en la silla.
—No me atrae en absoluto —mintió y ambos hermanos rompieron en carcajadas—. Por cierto, ¿por qué se ha marchado Jack? Parecía enfadado.
—Ni idea —se encogió de hombros, Howard—, pero hoy ha llamado tres veces al rancho, preguntando por Phiona.
—¿En serio? —Daril alzó la ceja izquierda—. ¿Y eso por qué?
—No lo sé. No me lo ha dicho.
—¿Tú qué opinas, Edgard? —preguntó Daril, pero Ed estaba mirando a Gwen—. ¡Ed!
—¿Cómo dices?
Howard y Daril se miraron significativamente y Edgard torció el gesto.
—¿¡Qué!?
—Nada, nada.
—Y dime, ¿por qué le tienes tanta rabia a Jack? —le preguntó Gwen a Phiona. Ahora que llevaban dos cervezas, tenía la esperanza de hacerla hablar.
—Uhh… tema delicado —canturreó Jeff.
El móvil de Gwen empezó a vibrar y se lo sacó del bolso. Miró la pantalla y acto seguido cortó la llamada y lo dejó sobre la barra.
—Porque me la jugó y yo no perdono jamás una traición —dijo Phiona, sin dar mucha importancia a la cara que acababa de poner Gwen al mirar el teléfono.
—Deberías. Ha pasado mucho tiempo de aquello, ya no tiene sentido que sigas enfadada.
—Yo no soy un ser de luz como tú, Jeff.
—Sí que lo eres, pero eres demasiado rencorosa.
El teléfono volvió a vibrar y esta vez Gwen lo metió dentro del bolso.
—¿Pasa algo? —preguntó Phiona.
—Nada, es publicidad —mintió tan bien, que Phiona siguió hablando, despreocupada.
—Bueno, pues resulta que esta mañana, tu querido primo casi me deja tetrapléjica —se quejó, tomando un sorbo de cerveza.
—Está exagerando —añadió Gwen.
—Pero me tiró del caballo.
—Seguro que fue sin querer.
—¡Sin querer evitarlo!
—No me puedes dejar con la intriga, Phiona —pidió Gwen—. Cuéntame qué hay entre Jack y tú para que exageres tanto.
Su amiga apuró la jarra y sin pedirla, Jeff le puso otra.
—Cuando tenía doce años, empecé a escaparme a la reserva. Me encantaba escuchar las historias de la abuela Wolfwalker. Allí conocí a Jack. Nos hicimos amigos y cuando fuimos adolescentes…
—¿Empezasteis a salir? —se interesó, Gwen— ¿Y qué pasó?
Pero la cara de Phiona cambió. Frunció el ceño y le tembló el mentón.
—Que me dejó plantada en el baile del instituto. ¡Fin!
—¿Fin? ¡De fin nada! —dijo Jeff—. Cuéntale que estabas tan enamorada de Jack, que no dejabas de echarte a ti misma el tarot.
—¿Te echabas el tarot? —Gwen abrió mucho los ojos.
—Además —continuó Jeff—, al final no te lo pasaste tan mal en el baile, yo te acompañé.
—¿La acompañaste al baile porque tu primo la dejó plantada? ¡Qué mono!
—Fue un acto interesado y egoísta. —Phiona seguía con cara de haber bebido vinagre, pero los labios se le empezaron a curvar ligeramente hacia arriba—. Solo viniste porque te gustaba Brandon Wallace y, obvio, no podías ir al baile con él, porque no es gay y, además es un abusón.
A quien le cambió la cara esta vez fue a Jeff.
—No es un abusón.
—¿Ves cómo es un ser de luz? —le dijo a Gwen, señalándolo a él con el pulgar—. Brandon era, es y seguirá siendo un imbécil integral, además de mala persona.
Gwen los miró a ambos y por primera vez, Jeff no sonreía. Decidió que en esa conversación no iba a intervenir, así que volvió al tema principal.
—Entonces, Jack te gustaba y te dejó plantada el día del baile.
—¡Exacto!
—¿Y de adolescentes, solo os besuqueasteis o pasó algo más?
—No pienso responder a esa pregunta.
—Phiona…
—Sólo nos besuqueamos.
—¿Y por qué sigues tan enfadada si pasó en el pleistoceno?
—No solo le gustaba, estaba locamente enamorada de él —dijo Jeff—. Y estoy seguro de que lo sigue estando.
—Pienso igual —dijo Gwen.
—Cierto, Jack fue mi primer amor —confesó Phiona—. Después de años persiguiéndolo para que me hiciera caso, y tras mil tiradas del tarot, una noche me besó y me prometió que me llevaría al baile. ¡Pero me dejó plantada!
—¿Sólo te besó una vez?
—Sólo una—. Phiona se revolvió en el taburete y dio por zanjada la conversación.
De repente, el teléfono de Gwen volvió a vibrar, pero una voz ronca y sensual tras ella la distrajo.
—¿No piensas contestar?