Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—Me importan una mierda tus excusas.

Gwen parpadeó. Era evidente que aquellos dos se habían visto en más de una ocasión.

—¿Os... os conocéis? —sonó a pregunta, pero era una afirmación.

—Por desgracia —dijo Jack.

—¡La desgracia es mía! —le gritó Phiona, lanzándole una piedra que esquivó de puro milagro—. No vuelvas a interponerte en mi camino o la próxima vez no fallaré.

—Pues tú no vuelvas a entrar en la reserva. Necesitas permiso, ¿lo sabes, no?

Phiona se puso roja de ira.

—Entraré siempre que me dé la gana, porque tengo el permiso del jefe Black River y el de tu abuela.

Jack puso los ojos en blanco. Se había olvidado que Phiona era la favorita de su abuela y de su primo, todo sea dicho.

Levantó las manos y volvió a dejarlas caer en señal de rendición.

—¿Sabes qué? —dijo él—. Me marcho.

—¡Sí! ¡Lárgate! —le rugió Phiona apretando los puños.

—Ya llamaréis vosotras a la ambulancia —le dijo a Gwen—, pero por lo visto, no es necesario.

—¡Lárgate, Jack!

Gwen vio como el hombre se llevaba las manos a la boca y silbaba.

Inmediatamente después su caballo, un mustang negro como la noche, acudió trotando hasta él.

Lo montó de un salto y tras dedicarle a Phiona una mirada rabiosa, rompió a galopar hasta que ambas lo perdieron de vista tras una nube de polvo.

Quien silbó esta vez, fue Gwen.

—Santo cielo, si me pinchan, no me sale sangre.

Pasados unos segundos, Phiona la miró para después reírse a carcajadas.

—¿Disculpa?

—¿Qué tal lo he hecho? —dijo, cuando dejó de reír— ¿Crees que lo he asustado?

Gwen parpadeó, indignada.

—¿Qué? ¡¿Pero qué demonios…?! ¡Phiona! ¿Estabas fingiendo tu enfado?

Gwen no entendía nada.

—¿Crees que está preocupado? La caída ha sido espectacular, ¿verdad?

Por cómo se movía Phiona, Gwen supo que no se había hecho daño. Posiblemente se había quedado sin oxígeno durante unos segundos a causa del golpe, pero todo lo que vino después había sido puro teatro.

—¡Casi nos matas del susto, a los dos! —le recriminó, a lo que Phiona le restó importancia con un movimiento con la mano.

—Nahh, créeme, he sufrido peores caídas.

—¡En mi vida he visto nada igual!

—Pues yo las he visto de peores—. Evidentemente, no le contó su secreto, únicamente lo conocían Red y Tess. Ya lo haría, pero más adelante.

—De todas formas, cuando lleguemos al rancho, te haré un reconocimiento.

—Como quieras.

Recuperaron los caballos. La yegua de Howard no había ido demasiado lejos y en contra de lo que había pensado Gwen, Ravel no se había movido del sitio.

Cuando estaban de regreso al rancho, Gwen rompió el silencio.

—Ese tipo es tan impresionante como el trompazo que te acabas de dar —reconoció.

—Tanto como una rana ahogada y tan molesto como una almorrana en el culo de un jinete de rodeo.

—¿Por qué le tienes tanta rabia?

Bueno, quizás había exagerado un poco, pero Phiona jamás desperdiciaba una ocasión para meterse con él e insultarle. Pero en parte también se había puesto así porque iba como un loco. Él sí podría haberse partido la cabeza montando a ese Mustang.

Resopló y Gwen le dedicó una sonrisa torcida.

—¿Acaso te gusta?

—¿Gustarme? Antes prefiero salir con un chimpancé.

—Pues es guapo. Bueno, guapo no es el adjetivo que más le define. Es… Es…

—Es un gilipollas.

Gwen sonrió porque, evidentemente, había algo entre esos dos.

—Entiendo que te haya cabreado el hecho de que te tirara del caballo, pero tu reacción ha sido un poco desproporcionada, ¿no crees? Parecía realmente preocupado, así que dudo que él tenga los mismos sentimientos por ti.

Phiona no respondió, solo frunció el ceño y gruñó, un sonido que le recordó a Edgard.

—¿Es un ex? —insistió Gwen, a lo que Phiona volvió a gruñir. Como vio que no iba a sacarle más información, cambió de tema—. Cuando lleguemos al rancho, te haré un examen minucioso.

—Estoy bien, no me he roto nada.

Sólo se me ha roto un poquito más el corazón al verle, pero tengo tiritas de sobra.

—Roto no tienes nada —dijo Gwen—. Pero igualmente te echaré un vistazo. Nunca se sabe.

—No es la primera vez que me caigo de un caballo, Gwen. Solo me he quedado sin respiración unos segundos porque mis pulmones se han movido de sitio, pero ya estoy totalmente recuperada. Me ha pasado otras veces.

—Cielos, Phiona, no sabes lo horroroso que ha sido verte caer de esta manera y cuando no te movías…

—El idiota ese tiene la culpa.

—¿Y ese idiota buenorro, se llama Jack?

—Sí, es un Wolfwalker.

—¿Como los seres mitológicos irlandeses?

—De ser mitológico, sería un troll.

—Sabes que lo que acabas de decir es una completa mentira, ¿verdad? Ese hombre es como… un elfo oscuro.

—Oscuro sí, créeme.

—Es increíblemente guapo. Jamás he visto a un nativo tan de cerca, ni tan guapo. Bueno, Michael Greyeyes en sus tiempos estaba para mojar pan y rebañar el plato.

—Michael Greyeyes sigue estando buenísimo.

—Tienes razón. Pero… este tal Jack, juega en otra liga.

—Pronto lo hará en la liga de los perdedores.

Gwen miró a Phiona de reojo, pero no quiso sonsacarle nada más. Ya lo haría esta noche en el Stallion, con un par de cervezas.