Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

La caída fue visualmente tan aparatosa, que no se dio cuenta de que el energúmeno que había pasado al galope junto a ellas volvía grupas para después saltar de su caballo y correr hacia Phiona, mientras la yegua se alejaba, dando coces al aire.

—¡Phiona! —Gwen oyó el grito masculino e inmediatamente después de que Ravel obedeciera, vio la escena.

Su amiga estaba echada en el suelo, de espaldas y con los ojos muy abiertos. Su cara estaba más roja que un tomate y tenía las manos cerradas en puños. Junto a ella, un… un… Gwen parpadeó varias veces, pues jamás había visto un hombre como aquel, fuera de una pantalla de cine.

—Madre mía…

Tragó saliva, asustada, no por su aspecto, que era impresionante, sino por la situación.

Era evidente que se trataba de un nativo americano, nada de extrañar, pues Edgard le había dicho que el rancho McTavish lindaba con la reserva apsalooke, lo realmente raro, o más bien increíble, era su físico.

Llevaba el torso al descubierto, su piel era oscura, tan bronceada por el sol, que pensó que iba así, medio desnudo, incluso en invierno.

Una larguísima melena caía tras su espalda, negra y lisa, como ala de cuervo.

Sus brazos eran fuertes, de bíceps pronunciados y en esos momentos estaba agachado, con sus enormes manos sobre la cara de Phiona, dándole pequeñas bofetadas.

Mientras calmaba a Ravel, le gritó.

—¡No la toques! ¡No la muevas!

Él parecía no oírla, seguía tocándola, pero no la movió.

Continuaba inclinado sobre ella, con las manos en su cara. Luego las bajó lentamente por los hombros y los brazos, presionando, comprobando que no se había roto ningún hueso. De nuevo volvió a su rostro mientras él respiraba muy cerca suyo.

—No te preocupes, respira. Phiona, respira —dijo, con una voz ronca mientras su amiga se ponía más roja por momentos.

Gwen desmontó de un salto y corrió hacia ambos. Se agachó junto a Phiona e inmediatamente después, miró al hombre.

—No podemos moverla de momento, si tiene algo roto podría empeorar —le dijo, pero el hombre seguía con los ojos puestos en la mujer tendida sobre el polvo del camino.

—Phiona, ¿estás bien? ¡Phiona!

Los ojos de la muchacha seguían abiertos y no mostraban miedo, más bien estaban llenos de rabia.

—Phiona, ¿puedes respirar? —le dijo Gwen.

Ella abrió la boca para hablarle a ese hombre, que seguía mirándola preocupado.

—Eres un gilipollas.

Él parpadeó y una sonrisa juguetona apareció en su rostro.

—¿Qué?

—¡Que eres gilipollas, Jack! —gritó al fin, con toda la fuerza que pudo reunir— ¡En cuanto mis pulmones regresen a su sitio, te voy a machacar!

La risa ronca del indio hizo de Gwen lo mirara con los ojos muy abiertos.

—Veo que sobrevivirás.

Gwen, preocupada, le puso una mano en el hombro a su amiga.

—Phiona, no grites —aconsejó, mientras palpaba sus brazos como había hecho el indio antes. Estaban tensos y duros, como piedras—. ¿Sientes algo? ¿Sientes mis manos?

—¡Siento que lo voy a matar! —volvió a gritar sin dejar de mirarle a él— ¡En cuanto pueda moverme, me levanto y te mato!

El hombre cerró los ojos ante los gritos de Phiona, no porque sus insultos le molestaran, más bien para no echarse a reír.

De pronto Gwen le pellizcó el muslo a Phiona.

—¡Ay!

—Bueno, al menos has notado el pellizco. Es buena señal.

Luego miró a ese hombre, que se había llevado las manos a la cabeza y se apartaba el pelo de la cara, con toda la atención puesta en Phiona.

—Deberías llamar a una ambulancia o… un helicóptero —le dijo Gwen y él asintió. Sacó el móvil del bolsillo cuando Phiona volvió a gritar.

—¡A quien deberías llamar es al enterrador, porque juro que, si no acabo en una silla de ruedas, en cuanto me ponga de pie, voy a sacarte los ojos para que cuando te mueras, no puedas ver el paraíso de los indios o a donde sea que os vais cuando la palmáis!

Jack cerró los ojos y suspiró.

Nada calmaría a esa loca, pero tenía razón en que había sido culpa suya y debía disculparse.

—Lo siento, Phiona, no os vi, iba demasiado rápido y…  —ella lo interrumpió.

—Me importa una mierda, me has dejado parapléjica, pedazo de idiota sin cerebro.

—¡Ya te he pedido perdón!

—¡¿Sabes dónde te puedes meter tus disculpas?! —gritó de nuevo, y esta vez se incorporó como un resorte, puso las manos en garras y si no hubiera sido porque el hombre tenía muy buenos reflejos, le habría arrancado su preciosa y negra cabellera de un tirón —¡Por donde no entra el sol!

—¡Phiona! —la regañó Gwen— ¡No deberías moverte!

—Estoy perfectamente —dijo ella, poniéndose en pie, para sorpresa de ambos—. Pero tú —lo señaló con el dedo índice y empezó a caminar hacia él, quien retrocedió con las palmas extendidas—, tú no lo estarás, créeme.

—Ha sido un accidente.

Quizás si no sonriera la ira de Phiona no iría en aumento si es que eso era posible. Pero Jack jamás había medido las consecuencias de nada.

—¡Un accidente está a punto de pasar ahora en cuanto te pille!

—Yo haría caso a tu amiga. No te muevas.

—Tú no vas a decirme lo que hay que hacer. ¡Estoy perfectamente!

—¡No, no lo estás! —dijo él, y la sonrisa burlona desapareció de su rostro—. Ahora mismo te llevo al hospital. Necesitas un chequeo.

—¡Cállate!

—¿Quieres que llame a una ambulancia? —propuso él.

—Eso, llama a la ambulancia, porque la vas a necesitar.

Gwen estaba anonadada por la escena que se estaba desarrollando frente a ella.

El hombre le sacaba dos cabezas a su amiga, y era muy corpulento, pero retrocedía ante Phiona como un elefante temeroso de un ratón.

—¿Cómo se te ocurre pasar tan cerca de nosotras con ese Mustang endiablado?

—¡Estaba entrenando! ¡Y estáis en la reserva!