Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 10
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Capítulo 10

Pasaron varias semanas desde el inicio del tratamiento y Edgard, aunque le costase reconocerlo, estaba mejor. Su humor había cambiado visiblemente, y es que la pierna, aunque seguía doliéndole, ya no le producía un sufrimiento insoportable. Por el momento…

Puede que no quisiera reconocer que Gwen estaba haciendo un buen trabajo, y prefería pensar que su buen humor se debía a que ella ya no le desagradaba tanto, incluso podría decir que le gustaba. Aunque, pensándolo bien, no sabía cuál de las dos cosas podía ser peor idea.

Pero sí, le gustaba.

Eso sí estaba dispuesto a reconocerlo.

Y le gustaba bastante.

No únicamente su físico, que era espectacular, sino sobre todo su carácter. Tras ese muro de malas pulgas, se escondía una mujer sensata, inteligente, tímida y muy divertida.

Después de la primera vez en que tuvo que salir huyendo porque se excitó, se preparó mentalmente para las siguientes terapias.

Incluso miró vídeos para contener la erección.

Lo dio todo para que aquello no volviese a suceder.

Y sí, sucedió, pero al menos logró disimularlo.

O eso pensó, de cualquier forma, ella no dijo nada al respecto.

Ella mantenía su coraza doctora - paciente, pero era evidente que había algo entre ambos, una atracción que ninguno de los dos quería demostrar.

Gwen era una profesional, y él respetuoso, pero las bromas se sucedían y su risa le resultaba tan refrescante, que le causaba bienestar y eso se traducía en buen humor. Sin saber por qué, afanó en hacerla reír con sus bromas, por el simple placer de verla sonreír.

Lo único que aún los enfrentaba era que ella insistía en que tomara medicación suave y él seguía negándose.

Aquella mañana se despertó temprano y por primera vez en meses sin un dolor insufrible.

Contento con su evolución, fue al establo y empezó a cepillar a Sweet. Ravel no estaba, tampoco la yegua de Phiona, la que trajo Howard para que la probase, así que dedujo que ambas habían partido antes que él y se lamentó que no le hubiesen esperado.

Estaba centrado en sus pensamientos, silbando una melodía mientras ensillaba a Sweet, cuando escuchó unos pasos acercándose.

Al darse la vuelta, se encontró con su hermano, Howard, apoyado sobre el hombro izquierdo, con una brizna de paja en la boca, y una sonrisa en los labios.

—Alguien se ha despertado de muy buen humor.

—No me digas.

—Al parecer, Gwen ha logrado en varias semanas lo que nadie ha conseguido en meses.

Edgard alzó una ceja y gruñó, devolviendo la mirada al lomo de la yegua, mientras buscaba la cincha para apretársela.

—No echemos las campanas al vuelo.

—Espera que se lo cuente a Phiona.

—No le digas nada aún. Aunque he notado una ligera mejoría —sonrió sin pretenderlo—, todavía no me siento bien del todo. No es bueno que tenga falsas esperanzas.

Howard bufó.

—Paciencia, solo han pasado dos semanas —al ver que Edgard seguía muy serio, el hermano menor frunció el ceño—. ¿Hay algo más?

Ed gruñó. Apretó demasiado fuerte la cincha y Sweet se quejó, cabeceando.

—Ella… quiere que tome medicación.

Tema complicado. Así que Howard tenía que ser suave.

—Las cosas ya no son como antes, Ed.

—No me dores la píldora. Sabes perfectamente como cambia esa mierda a las personas. Lo hemos visto con nuestros propios ojos Howard.

No podía decir que no fuera así. Su vecino prácticamente se había convertido en alguien irreconocible.

—Si no es necesario, no quiero tomarlos.

—Si Morgan te lo ha sugerido, es porque sí es necesario y… —ante la mirada que Ed le echó, Howard cerró la boca.

—Esto… —empezó a decir—, esta noche he quedado con Daril en el Stallion. ¿Vendrás?

Ed volvió a gruñir.

Últimamente no era muy amigo de los locales abarrotados de gente, se había vuelto un huraño y le gustaba seguir siéndolo.

—Creo que Gwen y Phiona también tienen pensado ir.

Eso lo hizo cambiar de opinión.

—Puede que me pase.

***

Gwen avanzaba en silencio montada en Ravel.

Intentaba no pensar en nada más que no fuera otra cosa que los movimientos del caballo.

Era lo más parecido a meditar. La relajaba de tal forma, que le transmitía esa emoción a Ravel y por ese motivo, el bicho más arisco de todo el rancho McTavish se comportaba como un dócil burrito.

Y agradecía los largos paseos con su amiga Phiona, pues estos, en parte, la ayudaban a no pensar en el apuesto ranchero que día a día la atormentaba con sus sexis sonrisas y su cuerpo de escándalo.

Phiona montaba a su lado sobre una yegua de tres años, recién llegada. Habían salido a probarla, pues Tess, su cuñada, la acababa de traer del rancho de su padre y necesitaban saber si se haría con otra persona que no fuera Howard, quien la había domado.

—Linda se porta muy bien —Phiona rompió el silencio y Gwen asintió, viendo como su amiga palmeaba el cuello de la yegua.

—Cierto, es una buena chica.

—Es hija de un campeón de rodeo, ya me lo esperaba.

—¿Competirá? —se interesó Gwen.

—Lo más seguro es que sí, aunque necesita un poco más de confianza y acostumbrarse a otros jinetes. Si sigue así, irá genial para las carreras de barriles, es muy compacta y responde muy bien a las piernas.

—¿Qué les pasa a los caballos que no son buenos para el rodeo?

—Los nuestros no acaban en el matadero, si eso es lo que me estás preguntando.

—No, ya lo imagino. Es para entender un poco mejor qué hacéis aquí.

—Normalmente vendemos ganado, de eso se encarga Daril.

Howard y Edgard están más centrados en la cría de caballos, Edgard en la competición y Howard creando una nueva yeguada con Tess, que es veterinaria.

Pero no sólo los criamos, también entrenamos caballos de otros rancheros, e incluso preparamos los que no tienen las características físicas y sí un excelente carácter para la monta recreativa, esto último se le ocurrió a mi hermana, Charlotte, la única de la familia que no se dedica al mundo del caballo.

—Eso está bien, hay que diversificar el negocio.

—Como dice Daril —Phiona imitó su voz—: “No hay que meter todos los huevos en la misma cesta”.

Gwen rio, pues imitar a su hermano mayor se le daba muy bien.

—Daril tiene razón.

—Bueno, cuéntame, ¿qué tal está Edgard?

A Gwen se le borró la sonrisa de golpe, Ravel resopló, contagiado, y Phiona la miró con una ceja alzada.

—¿Va todo bien?

—Parece ser que sí.

Ese es el problema, que va demasiado bien.

—¿Y por qué pones esa cara? —se extrañó Phiona—. Últimamente lo veo de mejor humor. Al fin sonríe cuando antes sólo gruñía y resoplaba como un bisonte.

Ese era otro problema, que tenía una sonrisa espectacular. Y cada vez que escuchaba su risa, a ella le daba un vuelco el corazón y la oxitocina la recorría de arriba abajo. Y eso era como una droga, cada vez necesitaba más.

Carraspeó, para arrancarse esa sensación del cuerpo.

—Hay ciertas mejoras, y está mucho más animado, cosa que es buena. Pero también me preocupa su entusiasmo.

—¿No se supone que es algo positivo? Quiero decir, si está más relajado, y más contento, eso ayuda a su recuperación.

—Está empeñado en volver a competir. Aunque no se lo he recomendado, soy consciente de que hará lo que le dé la gana.

Esta vez fue Phiona quien arrugó el entrecejo.

—Tienes razón. Si quieres, puedo organizar un secuestro el día de la competición—bromeó—. Y no sería la primera vez.

—Podría ser una opción, porque si se vuelve a lesionar, desandaremos todo el camino hecho y en el peor de los casos, su pierna será irrecuperable.

—Y lo perderemos para siempre —suspiró, Phiona—. Porque Edgard no piensa con la cabeza cuando hay una competición a la vista. La adrenalina es su droga, la necesita para vivir.

Gwen torció el gesto y resopló, enfadada.

—Entonces, aprenderá por las malas que, en la vida, las cosas no siempre son como uno quiere. Hoy es su pierna, pero mañana podría ser otra cosa peor.

Phiona calló, porque sabía que su amiga no estaba hablando exactamente de Edgard.

—Bueno —suspiró—. Esperemos que todo vaya bien.

—Y esperemos que acepte tomar la medicación y no tengamos que recurrir al secuestro.

Quien bufó ahora fue Phiona.

—Te deseo suerte, amiga.

—Deséasela a él, al fin y al cabo, es su pierna, no la mía.

Suerte era lo que Gwen no tenía. Porque acababa de soltar una mentira como una catedral. Le importaba, y mucho, lo que le pudiera pasar a ese cowboy que se empeñaba en llevarla por el camino de la amargura con su cabezonería, sus hermosas sonrisas y sus sensuales risas.

Sinceramente, se había sentido más segura cuando únicamente gruñía y resoplaba. Ahora era tan encantador que le dolería mucho más si fracasaba.

Cabalgaron un rato más, durante el cual no se dieron cuenta de que habían dejado atrás el rancho para adentrarse en la reserva Apsalooke. Cuando de repente, unos cascos al galope las sacaron de la conversación.

—Pero, ¿qué…?

La yegua de Phiona empezó a ponerse nerviosa y Gwen, que montaba a Ravel, logró contener al semental con relativo éxito.

Pero antes de que pudieran pensar en nada más, un caballo encabritado pasó al galope tendido justo a su izquierda, a menos de medio metro y, aunque Phiona tenía experiencia, la pobre yegua no, y se alzó de manos, asustada.

La joven inclinó el cuerpo hacia delante con soltura, pegándose contra su cuello, y todo habría quedado en un susto en cuanto el animal hubiese puesto las manos en el suelo.

Pero la mala suerte hizo que, en ese justo momento, una liebre se cruzara por el camino y se chocara contra una de las patas de la yegua, provocando que esta se encabritara.

Linda puso los cascos en el suelo, pero inmediatamente después, alzó la grupa, pateó al aire con las patas traseras y sacó a su amazona, lanzándola por los aires.

Gwen no tuvo tiempo de verlo, fue todo tan rápido que lo único que pudo hacer fue controlar a Ravel para después ver a su amiga caer estrepitosamente al suelo, de espaldas.

—¡Qué demonios…! —gritó, mientras Ravel esquivaba a la yegua encabritada, ya sin su amazona, y no recibir una coz de puro milagro.