Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 9
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Capítulo 9

Durante el tiempo que duró la prueba, los ojos de Edgard estuvieron fijos en el rostro de ella, algo que no admitiría pero que la puso más nerviosa de lo que debería.

Para Edgard eran preciosos, con unas largas y oscuras pestañas que hacían destacar el azul claro de su iris. ¿Era ese hombre realmente consciente de su belleza?

—¿Qué ves? —estaba impaciente como si esperara que ella le dijera que no había nada que hacer, y que ni siquiera lo intentaría.

—Tranquilo —le dijo echándole un vistazo al perfecto rostro de Edgard.

Había dicho que no la quería ahí, pero Gwen entendió que lo que realmente no quería es que alguien le dijera que no había nada que hacer.

Bien, ella no iba a decírselo.

—Está mal, no te mentiré, pero… podemos trabajar en ello.

La tensión acumulada se disipó con una exhalación.

La espalda de Edgrd volvió a tocar la camilla y sus manos se elevaron hasta poner ambos brazos sobre los ojos.

—Bien, no es la peor noticia del mundo.

Apagó el ecógrafo y se quitó los guantes de látex que se había puesto para no pringarse las manos con el gel.

—Mírame. —Él lo hizo—. Lo que tienes es una neuropatía postraumática.

—Suena a infierno.

—Puede serlo y lo es en tu caso, ¿verdad?

Él no respondió, solo desvió la mirada unos segundos antes de contestar.

—Sí.

—Después de la lesión —empezó a explicarle Gwen—, algunos nervios de tu pierna no se han curado bien. A pesar de que la herida esté cerrada, los nervios envían señales al cerebro comunicando que está mal.

—¿Por eso me duele? ¿Son los nervios?

—Diría que sí.

—Han pasado meses, ¿seguirá doliéndome toda la vida?

Ella le sonrió tranquilizadora.

—Los médicos no han querido responderte a esa pregunta, ¿verdad?

—Los muy cabrones… —se quejó Ed.

—Bien, es normal que no lo hagan, porque realmente no lo sabemos, cada paciente es un mundo, solo puedo decir que a veces la gente consigue recuperarse y otras vivir con ello.

—Y otras caen en el consumo de calmantes y se joden la vida.

Ella no asintió, pero ese tema era algo de lo que deberían hablar largo y tendido.

—Ahora que te he examinado podemos encontrar una forma de ayudarte.

Es completamente funcional, solo una leve cojera cuando el dolor se acentúa.

Vamos a fortalecer los músculos de tu pierna, también te trataré el hombro y el resto del cuerpo para ponerte a punto para el campeonato.

—Él la miró sin atisbo de humor, sin querer hacer ni una sola broma y ella lo miró con la misma seriedad—.

Pero si veo que no estás preparado, no competirás.

—Yo…

—O te cargarás todo el trabajo que hemos hecho y no podrás recuperarte del todo, quizás nunca.

—Pides mucho, chica.

—No pido imposibles —le sonrió al fin poniéndole una mano en el hombro—. Sabes que tengo razón. Si intentas domar un caballo y te tira al suelo puede que la herida de la pierna sea tu menor problema.

—No olvides las carreras.

Ella alzó una ceja.

—¿Hacéis carreras?

Él hizo una mueca.

—Son algo así como exhibiciones con competición. Los nativos les dieron la idea a los blancos y estos se la apropiaron.

—Nada nuevo bajo el sol.

Él rio.

—Me gustan esas carreras, la mayoría están muy locos —sonrió como si ya se visualizara ahí—. Son carreras de relevos en las que se refresca el caballo en cada vuelta, los animales van sin riendas y sin silla, es una auténtica locura. Pura adrenalina.

Gwen carraspeó, pues se imaginó a ese hombre cabalgando como un salvaje.

—Ahora voy a darte un masaje para ver como reaccionan los músculos de tu pierna y ver como va tu rodilla, si sientes dolor, avísame.

Contuvo la respiración, pero se dejó hacer.

Se acomodó de nuevo en la camilla y carraspeó al notar el tacto cálido de las manos desnudas de Gwen sobre su muslo. Era consciente de como seguía la línea de las cicatrices que el accidente había dejado en su piel.

—¿Te duele?

—No… bueno siempre duele un poco.

Bueno, no era dolor precisamente lo que sentía.

Volvió a carraspear.

—¿Algún punto en concreto?

Subió más las manos presionando a los lados de su muslo y después volvió a bajar hacia la rodilla.

Jader… No, esto no iba a funcionar, pensó Edgard.

Volvió a subir y a bajar, a subir…

—¡Sabes qué! —se incorporó como un resorte, agarrando la muñeca de Gwen—.

Creo que ya es suficiente por hoy. Demasiadas emociones…

—se apartó como pudo de ella y retrocedió para que no le viera el culo al aire mientras se sujetaba la toalla alrededor de la cintura e intentaba ocultar algo que no iba a poder esconder por mucho tiempo si ella seguía tocándole así.

—De acuerdo —dijo, algo confusa—. Voy a recoger todo esto y después te enseño un par de ejercicios para que los hagas…

Escuchó la puerta cerrarse tras el biombo.

—¿Qué bicho le ha picado? —se dijo, al ver que el cowboy había desaparecido.