Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 8
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Capítulo 8

Era demasiado pronto, Edgard solo había tomado dos sorbos de café antes de escuchar la voz de Gwen, que en esos momentos entraba en la cocina.

—Hoy vamos a empezar con la rehabilitación. —Se quedó algo cohibida al darse cuenta de que esa mañana casi estaba la familia McTavish al completo.

Edgard puso los ojos en blanco y resopló.

A su lado, Howard apuraba unos huevos revueltos y Phiona sonreía mientras miraba su bollo de canela.

—Siéntate cariño —le dijo la matriarca McTavish.  Mag aún con el delantal puesto y poniéndole más huevos en el plato a su hijo Howard—. ¿Quieres unos huevos? También hay salchichas.

—Eso suena estupendo.

Se sentó junto a Phiona quien sabía desde siempre que no estaba muy feliz antes de su dosis de café mañanera.

—Así que empezáis la rehabilitación —dijo su madre, acariciando el hombro de su hijo—. Muy bien cariño.

Edgard no dijo nada, pero por la mirada que le lanzó a Gwen, al cowboy no le parecía nada bien.

—Sí, mamá. Esperemos un milagro.

—Estoy segura de que, si alguien puede hacerlo, es la señorita Morgan.

—Oh, llámeme Gwen.

La señora McTavish sonrió.

—Entonces tú deberás llamarme Mag.

Asintió algo cohibida.

El desayuno fue bien, al menos Edgard no gruñó más de la cuenta y después de una taza de café, Phiona empezó a hacer alarde de su buen humor y sus bromas continuas con Howard, a quien presionaba para que se largara a vivir con su novia Tess y le dejara su cuarto como gimnasio, marcaron la dinámica de la siguiente media hora.

Cuando todos se fueron y solo quedaron ellos dos, Gwen se puso de pie junto a la silla que todavía ocupaba Edgard.

—¿Me dejas terminarme el café? —preguntó, con una ceja alzada.

—Es la tercera taza.

—¿Controlar las tazas que me tomo también forma parte de la terapia? —dijo él, sin levantarse.

—No, pero me da que solo estás retrasando lo inevitable. —Lo miró fijamente—. Vamos, he preparado la sala de trabajo.

—¿Hay sala de trabajo? —preguntó.

—Por supuesto, ¿dónde crees que harás los ejercicios?, ¿en el granero?

—Es donde se está más fresco.

Gwen puso los ojos en blanco y se dirigió hacia el salón.

—Vamos, es hora de empezar.

Se levantó con parsimonia. Ella en el fondo tenía razón, no podía retrasar todo aquello mucho más tiempo.

Le hubiera encantado asegurar que confiaba plenamente en ella, pero si la abuela Wolfwalker no había podido ayudarle, ni los médicos de la ciudad tampoco, las esperanzas que le quedaban eran bastante escasas. Pensó en el lobo amable y suspiró.

Gwen esperó a que él se acercara para empezar a subir la escalera al piso superior.

Lo escuchaba refunfuñar y eso la hizo suspirar. Pero podría haber sido peor, el cowboy podría haberse vuelto a escapar para bañarse desnudo en el rio. O simplemente gruñir como un neanderthal. Afortunadamente, solo refunfuñaba. Ya era un comienzo.

—¿Me llevas al cuarto de mi hermana mayor?

—Es el que hemos acondicionado para la rehabilitación —dijo, agarrando el pomo de la puerta y girándolo para abrir.

El cuarto de su hermana estaba exactamente como lo recordaba, mucho más vacío sin sus innumerables pares de zapatos, pero con el mismo papel pintado de pálidas florecillas rosas y un embellecedor de madera en la parte inferior de la pared.

Había un tocador arrinconado detrás de la puerta y una cama contra la pared.

En el centro de la estancia había un biombo y tras este se podía ver una camilla.

—Vaya, qué despliegue de medios.

—No necesito más —lo miró de reojo y después puso los brazos en jarras—. ¿De verdad vas a quejarte por todo?

Él avanzó unos pasos hacia el biombo con las manos en alto.

—No, de verdad que cuanto antes empecemos, mejor.

Lobo amable, ¿recuerdas?

—¿Por el campeonato?

—O para dejar claro que tus métodos no funcionan.

No respondió a su provocación.

—¿Qué se supone que tengo que hacer? —preguntó, algo nervioso, dando una palmada mientras miraba alrededor.

—Denudarte.

Edgard se giró de inmediato y la miró alzando las cejas.

—Empezamos fuerte.

—Tienes una toalla bajo la camilla y…

—¿Me quito los calzoncillos también? —sonrió con picardía, pero ella no mudó su expresión severa.

—No voy a masajearte por encima de los vaqueros y con las botas puestas.

—¿Seguro que es por eso? —le guiñó un ojo.

—Si quieres hacer chistes sobre las ganas que te tengo o lo grande que es tu pene, adelante. Pero voy a tocarte y mucho. Y no, no me gustará.

Él hizo una mueca.

—¿Seguro? —se miró a sí mismo con los brazos extendidos—. Estoy muy bueno.

Gwen puso los ojos en blanco.

—Sí, ya. Date prisa, ¿quieres?

Escuchó su risa al colocarse tras el biombo. Escuchó el sonido de sus ropas al quitárselas, las botas cayendo al suelo y después lo que supuso su camisa y los calzoncillos.

La cabeza de Edgard se asomó tras el biombo.

—¿Doctora? —preguntó en tono de burla.

—No seas crio —le advirtió.

—No, solo tengo una duda.

—¿Cuál? —dijo atenta a la pregunta.

—Si me duele la rodilla, ¿por qué tienes que ver mis mazados pectorales?

—¡Por Dios! —cerró los ojos un segundo pidiendo paciencia—. Sí, te duele la pierna, pero sé que también el hombro derecho y la cadera izquierda que va conectada a la pierna que te duele…

—Ah, entonces es para un reconocimiento completo, súper profesional.

Te odio . Se dijo Gwen.

¿Dónde demonios estaba el cowboy malhumorado y rabioso que había conocido el día anterior? Ahora parecía un chico travieso al que le gustaba incomodarla. Quizás esa fuera su nueva técnica, burlarse de ella hasta hacerla rabiar.

Pobre chico, se creía más niñato que un jugador de rugby profesional.

Estaba curada de espanto. Había tenido que superar muchas cosas, principalmente las bromas obscenas en un vestuario masculino. Y este pueblerino jugaba en una liga menor.

—Túmbate en la camilla, anda.

Para su sorpresa él obedeció. Mientras, ella aprovechó para sacar el ecógrafo portátil que había traído.

Mientras preparaba el ecógrafo, el gel y las lociones para masaje, sonrió sin querer al seguir escuchándolo refunfuñar.

La camilla es muy blandita, ¿es cuero? Se está fresquito aquí. ¿Pondrás el ventilador?

—Por Dios, ¿estás hablando solo?

—Parece que sí, mi doctora me ignora.

—No soy tu doctora.

—Lo que tú digas.

Ella apareció por detrás del biombo y lo vio tendido bocabajo con una toalla que le cubría los glúteos y parte de los muslos.

Gwen no estuvo preparada para ver a ese dios griego. Se le secó la garganta y a punto estuvo de empezar a toser.

Los músculos de la espalda estaban definidos, ¿quién demonios tiene unos hombros tan perfectos?

Desde luego los jugadores de rugby eran robustos y había visto unos cuantos que quitaban el aliento, pero ese hombre…

era perfecto. Su espalda terminaba en una estrecha cintura y justo donde empezaba la toalla la piel se blanqueaba, indicio de que hasta ahí llegaban sus pantalones vaqueros y que solía trabajar en el campo sin camisa.

Tragó saliva.

Se quedó mirando a ese hombre de mármol mientras él tenía la cabeza en el agujero mirando hacia el suelo.

Tamborileaba los dedos en la superficie de la camilla justo al lado de sus hombros, señal de que estaba nervioso.

Eran unos dedos largos y definidos, las uñas cortas y limpias, a saber, qué serían capaces de hacer en…

Gwen hizo varias respiraciones profundas.

Bueno, allá vamos.

Carraspeó al acercarse con la mesilla auxiliar donde había puesto el ecógrafo.

—¿Qué es eso? —preguntó él levantando la cabeza.

—Un ecógrafo.

—¿Vas a hacerme una ecografía?

—Así es.

—¿De todo? —Le sonrió de medio lado.

Ella respiró hondo antes de responder.

—Si estás insinuando que te duele el pene y quieres que te explore, no tengo problema.

Él hizo una mueca.

—No te gustan mis bromas.

—Me dan pena —se encogió de hombros—. Es señal de que estás nervioso por estar desnudo delante de una mujer.

—¡Oye! No es la primera vez que estoy desnudo delante de una mujer.

—¿De veras? Eso es muy bonito —se burló—. Tener una vida sexual activa es la sal de la vida. Pero si crees que la vas a tener conmigo ya te digo yo que un pene roto será el menor de tus problemas.

—¿Podrías romperme el pene?

—Si quisiera, sí —se jactó ella.

—¿Cómo harías…? Olvídalo —dijo volviendo a meter la cabeza en el agujero—. No sé ni porque pregunto.

—Ya decía yo que íbamos a llevarnos bien.

Gwen se acercó a la camilla después de lavarse las manos en el pequeño aseo del cuarto.

—¿Preparado?

—No lo sé —dijo él ladeando la cabeza para mirarla—. ¿Vas a decirme qué me harás?

Ella le sonrió.

—Primero lo fácil, el hombro.

—¿Lo sabes por los informes?

—Sí —parpadeó sin decir nada más. Por su tono de voz era evidente que se había preocupado—. No me di cuenta de que te dolía, si lo hace disimulas muy bien.

—No me duele tanto —volvió a agachar la cabeza—, al menos no tanto como la pierna.

—Veamos.

Utilizó una crema para que sus manos se deslizaran más fácilmente por el hombro. Edgard olió a menta y sintió un calor agradable en la piel. No pudo negar que las sensaciones eran buenas, y más cuando apretaba en el punto exacto.

—¡Ahí!

—Ya veo —sonrió Gwen, deslizando sus manos por la piel caliente—.

No parece que tengas nada que no pueda arreglarse con ejercicios concretos.

Quizás te desgarraste el hombro y no curó demasiado bien, y más teniendo en cuenta que debiste usar multas durante mucho tiempo.

En cualquier caso, todo tiene relación con la mala postura que fuerzas al caminar cojo.

—No cojeo.

—Lo que tú digas.

El dio un gruñido de asentimiento y Gwen volvió a sonreír. Al parecer esa zona no sería un problema. Siguió trabajando un poco más en ello y se deslizó por la espalda hasta llegar a los glúteos, que fue cuando Edgard alzó la cabeza como si acabara de despertarse de un maravilloso sueño.

—Eh…

—Sí, te estoy tocando el culo.

—Estupendo, ¿y ya podemos hacer oficial que somos amantes?

Ella rio.

—Todavía no.

—Entonces deberías dejar de tocarme mis posaderas.

Gwen presionó un punto en concreto entre el glúteo y la cadera y él dio otro respingo.

—Ah, Dios.

—¿Duele?

—Sí —la miró con el ceño fruncido—, ¿por qué tienes las manos tan fuertes?

—Son mi instrumento de trabajo.

—Pues duele.

—Lo sé, pero eso es porque algo no está bien, sobre cargas la pierna izquierda para compensar la derecha, la cadera sufre, tu cuerpo se descompensa…

Otro gruñido.

—Deberías darte la vuelta.

Él agarró la toalla con fuerza.

—No sé yo si fiarme, ¿vas a masajearme otra zona? Quizás en lugar de amantes ya pueda pasar al siguiente nivel y pedirte matrimonio.

Gwen fingió pensarlo.

—No, creo que no estoy preparada todavía.

Con cierta dificultad Edgard se dio la vuelta en la camilla y quedó bocarriba.

Gwen hizo un gran esfuerzo por no contener el aliento cuando volvió a ver sus pectorales, seguían ahí, plenos y perfectos cubiertos de un vello suave.

—Bien, a por esa pierna.

—¿Vas a masajearla? —Todo tono de burla había desaparecido. Se le veía claramente preocupado.

—Voy primero a mirarte con el ecógrafo. ¿De acuerdo?

Los ojos de Edgard se clavaron en los de ella y había cierta súplica.

—Está bien, confío en ti.

Vaya , eso sí que era un comienzo.