Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 7
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Capítulo 7

Edgard no podía decir que le sorprendiera el hecho de que la abuela Wolfwalker no pudiera hacer más por él.

No es solo una herida en la pierna, tienes heridas en el alma que debes sanar con ayuda de otros. Llámalo destino, pero lo que tenga que ser será, y lo que será es lo que tenga que ser.

Edgard resopló.

Debes mantenerte despierto y no rendirte, porque de esos dos lobos, vencerá el que tú alimentes mejor.

—El que yo alimente mejor —masculló.

De verdad que creía en el misticismo de las cosas, en espíritus, karma o destino, como fuera que se llamase. Era imposible pasarse meses hablando y bebiendo de la sabiduría de esa mujer y no creerlo, pero le inquietaba que dijera que estaba atado a Gwen Morgan. Por… ¿el amor?

Oh, eso sí que no.

Ni siquiera le caía bien. Aunque montaba muy bien a caballo. Pero tenía un carácter horrible. Era guapa. Y también insufrible, y descarada. Sus pechos llenos y turgentes, se habían movido como flanes cuando cabalgaba sobre Ravel…

¡Basta!

Y hablando de esa mujer…

Los pasos de Edgard se detuvieron en la entrada del establo donde precisamente ella estaba cepillando al caballo que había montado esa mañana.

Se le cortó la respiración y se le aceleró el corazón de súbito, al ver sus manos, delicadas y de dedos largos y elegantes, acariciar el pelaje de Ravel.

El caballo resoplaba de puro gusto y las terminaciones nerviosas de su piel vibraban con cada caricia.

No pudo sino pensar en cómo sería su tacto sobre su piel cuando lo tocasen a él.

Estaba de espaldas, llevaba una camisa con un nudo en la cintura estrecha, que dejaba al descubierto su piel lisa y bronceada y los vaqueros ajustados apretaban un trasero digno de una corredora de barriles.

Su melena, larga y rubia, ligeramente ondulada en las puntas, rozaba sus nalgas.

Unas nalgas que le habría encantado palmear en ese justo momento, si no fuera porque no era adecuado.

Era hermosa, y sexy, no iba a negarlo. Y encima lo era de una forma que quitaba el aliento. Se veía claramente que hacía deporte, nadie tiene esas piernas con las que, estaba seguro porque lo había visto con sus propios ojos, podía guiar al caballo sin usar las riendas.

La vio estirar el brazo, y con él todo el cuerpo hasta ponerse de puntillas sobre una de sus botas para luego volver a empezar, acariciando su lomo hasta llegar al trasero del animal.

—Joder.

Al inclinarse, se le había abierto un botón de la camisa de cuadros ajustada que llevaba y podía verse su sujetador negro de encaje sosteniendo uno de sus hermosos pechos. Era todo un cliché.

Cerró los ojos y suspiró después de respirar profundamente.

—¿Qué haces ahí? ¿Espiarme?

Al abrir los ojos, se encontró con los de la mujer, celestes como el verano, que había enarcado una ceja interrogante.

—Puede —se encogió de hombros, intentando disimular su excitación—. Tú también me has espiado esta mañana.

Ella lo amenazó con el cepillo.

—Eso no es cierto, ni siquiera me has dado tiempo para…

—¿Huir? —dio un paso, peligrosamente hacia ella, obligándola a retroceder.

—No he huido.

Lo había hecho, pero no tenía por qué reconocer nada.

Eso no era un interrogatorio. Y… sinceramente, ese también era un buen momento para huir de nuevo.

¿Cómo podía un hombre ser tan sensual? Tragó saliva al ver sus antebrazos, fuertes y musculosos.

Sus anchos hombros, su estrecha cintura y sus piernas largas y musculosas.

Dioses, parecía esculpido por el mejor artista del renacimiento.

Aunque lo que ciertamente quitaba el hipo, además de su cuerpo perfecto, era su rostro.

Sus facciones no eran duras, pero su expresión y sus ojos, tenía una fuerza salvaje, imposibles de describir.

Nunca, jamás, en toda su vida, había tenido a un hombre tan atractivo cerca.

Y eso que, por su trabajo, había conocido a hombres muy guapos.

—Mira —dijo ella, prestando de nuevo su atención al animal—. Si vas a comportarte así, hablaré con tus hermanos y me iré. Lo cierto es que tengo otras ofertas…

—De acuerdo, colaboraré.

Tras escuchar sus palabras, dichas con voz rasgada y sensual, Gwen se dio la vuelta, incrédula.

—¿Qué? —parpadeó, como si no lo hubiera escuchado bien. O puede que fuera su tono, que la había excitado hasta límites insospechados. Estaba tan confundida, que ni siquiera se lo planteó.

En verdad había dicho eso sobre renunciar, para presionarle un poco. No tenía ni la más mínima intención de tirar la toalla, pero pensó que le costaría más que ese hombre cabezota supiera lo que le convenía.

—¿Lo dices en serio?

Él se puso las manos en las caderas, como si quiera que contemplara su fabulosa hebilla.

Y sí, la contempló, pero sus ojos bajaron inconscientemente justo unos cinco centímetros, y se sonrojó como una adolescente al ver su…

su… su… lo que sea que fuera aquello que hinchaba su pantalón como si de una tienda de campaña se tratase, y que a ese insufrible hombre parecía no importarle en absoluto.

Chasqueó la lengua antes de hablar. Porque si no lo hacía, graznaría cual urraca afónica.

—¿Crees que te haría albergar esperanzas para después arrebatártelas? —de milagro, no habló balbuceando.

Para peor, él le dedicó una sonrisa tan devastadora que Gwen se convenció de que había hechizado a más de un centenar de mujeres, desde jovencitas incautas a abuelas predispuestas a las emociones fuertes.

—Si lo dices en serio…

Él asintió, muy convencido.

—Parece mi estilo engañarte con estas bobadas, pero lo digo muy en serio.

—¿Y cuál es la razón de tu cambio de actitud?

—Una muy importante —el vaquero se acercó a ella y Gwen no retrocedió mientras esperaba que saliera de su boca cualquier estupidez. Pero no fue así. Edgard lo decía muy en serio—. Quiero algo mucho más importante que el hecho de sentirme feliz por fastidiarte.

—¿Y qué es? —dijo, sonrojándose aún más.

¡La virgen! Ese hombre era un demonio. ¿Por qué Dios la castigaba con un paciente tan sexy? Y ahora que estaba tan cerca de ella, olía tan bien que, si no tuviese tanto autocontrol, se permitiría desmayarse.

—El campeonato regional.

Gwen asintió, de pronto sorprendiéndose y enfadándose consigo misma ante la decepción de que no se hubiese inclinado sobre ella para robarle un beso con esos labios gruesos y cincelados.

Carraspeó y se cruzó de brazos, alejándose un paso, en un acto reflejo de auto protección.

—¿Eres consciente de que puedo prepararte, pero que seguramente volverás a lesionarte cuando el caballo te tire?

—No lo hará.

Ella alzó una ceja.

—¿Y por qué? —antes de que él abrirá la boca, cerró los ojos y alzó la mano—, por Dios no me digas que, porque eres el mejor, porque te juro que me da una arcada.

—¿Qué, no te gustan las verdades?

—No me gustan los cowboys prepotentes con complejo de Dios.

Mentirosa. Tú sí me gustas. Por desgracia.

Edgard soltó una carcajada, la primera que le había escuchado dar. Una risa suave y limpia que hizo que en su pecho se explotara y la electricidad que emanó de él llegase a su centro, justo entre sus muslos, donde pulsó.

Gwen no gimió de puro milagro.

—De verdad que soy muy bueno en lo mío, pero necesito estar bien para poder demostrártelo.

Tragó saliva, rezando para que no se le notara el temblor en su voz cuando le respondió:

—Entonces yo también necesitaré demostrarte lo que puedo hacer.

La mirada intensa que le dedicó, la hizo hiperventilar.

—¿Magia? —sonrió él y de nuevo el calor se espació por el estómago de Gwen. Había demasiado fuego en aquella mirada.

—Quizás. Habrá que intentarlo.

—Estoy dispuesto —y por la determinación en su voz, Gwen supo que lo decía muy en serio.

***

Al menos habían dejado las cosas claras, se dijo Gwen.

Esa tarde cuando salió de la ducha antes de cenar se sentía bastante animada. Todo parecía indicar que iba a conseguir hacer aquello por lo que Red y Phiona la habían contratado.

Se secó el largo cabello con una toalla y dejó que humedeciera su espalda desnuda mientras se ponía la ropa interior.

Sonrió como una colegiala. Menudo piquito tenía ese cowboy, estaba convencida de que había roto más de un corazón, por fortuna, ella sabía como eran los hombres y no pensaba caer en sus redes.

Por muy sexy que fuera, por tan condenadamente bien que oliera, y por mucho que, en la ducha, se hubiese imaginado cómo caerían las gotas de agua caliente por su piel bronceada y musculosa.

Sí, era una profesional y no era la primera vez que ponía las manos sobre un cuerpo perfecto y atlético.

Lo sentía, pero a esas alturas de la vida, estaba convencida de que los cowboys solo servían para una cosa. Y no hubiera descartado montar al cowboy si este no fuera su paciente, ni el hermano de su amiga.

Se abrochó los vaqueros y escuchó la vibración de su teléfono móvil que había caído bocabajo sobre la cama.

Lo cogió y al darle la vuelta lo soltó como si quemara.

Emma.

Vio el nombre de su hermana en la pantalla y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Hijo de puta.

Sabía que no era su hermana, que quien había al otro lado de la línea no era ella.

Lo sabía con absoluta certeza, porque su hermana… estaba muerta.