Capítulo 6
Edgard no supo qué le sentó mejor, si el baño refrescante o haber cabreado sobremanera a esa mujer que ya empezaba a caerle bien.
Bueno, bien era una palabra muy fuerte.
Digamos que con su lengua y su mal carácter podía tolerarla. Al menos no se había echado a llorar al verle el trasero y sus partes nobles.
Bordeó el lago dirección norte y después vadeó el río en un lugar donde había poca profundidad, adentrándose en la reserva. Siguió un sendero oculto entre los árboles. Poca gente pasaba por ahí, quizás porque a la mujer que iba a visitar le gustaba vivir alejada de la civilización.
Alison Wolfwalker, o como todos la llamaban, la abuela que camina con los lobos, era una anciana muy apreciada en la reserva apsalooke.
Era una “mujer medicina”, una sanadora de cuerpo y espíritu gracias a la cual, muchas personas se habían curado milagrosamente.
Su sabiduría era legendaria en la tribu apsalooke e incluso gentes de otras reservas, hasta de otras naciones indias, acudían a ella en busca de consejo espiritual.
Hacia meses que Ed la visitaba en busca de un milagro, pero este no se producía, aunque mantenía viva la esperanza. Si Wolfwalker lo ayudaba, ya no tendría que claudicar y ponerse en manos de Gwen, la fisioterapeuta.
Llegó a la pequeña cabaña de madera, parcialmente oculta en mitad del bosque, y vio que de la chimenea salía humo, lo que significaba que estaba allí. No vio su camioneta, posiblemente alguno de sus nietos se pasaría a recogerla más tarde.
Un poco más alejada de la construcción de madera, se encontraba la tienda de sudoración. Los Apsalooke la llamaban “Pequeña Tienda” pero era conocida por el gran público como inipi , que era el nombre que le daban los Lakota, aunque su finalidad era la misma, con algunas pequeñas diferencias.
Se trataba de una estructura pequeña y circular, hecha de doce ramas flexibles de álamo y totalmente cubierta con pieles, a excepción de un agujero central, por donde salía el humo y el vapor.
Se accedía por una única entrada también cubierta por una cortina de piel, diseñada para mantener la oscuridad absoluta en su interior.
Dentro, se colocaban unas piedras candentes que se cubrían de agua y generaban vapor.
En definitiva, era una sauna rústica. Pero su utilidad iba más allá del bienestar físico: En realidad, representaba el vientre de la Madre Tierra, donde se celebraba una ceremonia sagrada de purificación mental y espiritual.
Ed no lo reconocería jamás ante sus hermanos, pero llevaba meses asistiendo a esas ceremonias ancestrales, con la esperanza de calmar el ruido mental que cada día era más intenso e insoportable y el vapor y el calor también le calmaba la lesión, aunque solo por unos días.
Últimamente, el dolor en su pierna era cada día más insoportable y desesperante, por eso necesitaba hablar con la abuela lo antes posible.
Tras soltar a Sweet, subió los escalones del pequeño porche, y llamó a la puerta.
La voz de la anciana lo recibió, calurosa, desde el interior.
—¡Adelante, Edgard!
Jamás entendería cómo esa mujer era capaz de adivinar quien llegaba sin tener una cámara de seguridad en la entrada.
—Buenos días, abuela —la saludó, quitándose el sombrero después de abrir la puerta.
—Pasa, no te quedes ahí parado —dijo la abuela Wolfwalker, acompañando sus palabras con un gesto de su mano.
Estaba preparando unos sahumerios de salvia blanca que dejó sobre la encimera de la cocina rústica, para acercarse a Ed y darle un fuerte abrazo.
Era una mujer menuda, con el rostro marcado por el paso del tiempo y la totalidad de los cabellos nevados. Sus ojos negros y pequeños eran inteligentes y perceptivos y a pesar de parecer frágil, se movía con la agilidad de una comadreja.
—Espero que se encuentre bien, abuela. Me encontré con vuestro nieto, en el pueblo y dijo que habíais estado enferma.
—¡Jeff siempre exagera! —se molestó—. Solo fue un simple resfriado que ha pasado a la historia.
Ed le tendió un pequeño saco con tabaco y la mujer lo aceptó con agradecimiento.
—Aceptadlo, abuela —la mujer lo tomó en sus manos y le dedicó una sonrisa.
—Sentémonos, Edgard. Sé que hay algo que te preocupa y no es exactamente tu pierna.
—Ehhh… bueno —ciertamente, la abuela parecía leer la mente de los demás.
La observó encender un sahumerio de salvia sin demasiada ceremonia, y colocarlo sobre una concha de abulón, permitiendo que el humo impregnara toda la estancia.
—Debes purificarte, hijo. La salvia limpia el espíritu.
—Me llevaré varios sahumerios, a mi madre le encantan.
—Entonces —continuó diciendo la abuela—, algo te inquieta. Cuéntamelo.
—Desde hace tiempo, abuela —reconoció Ed.
—Pero esto es nuevo, aunque tiene mucho que ver —aseguró, mirándolo fijamente—. Tiene que ver con el alma, pero también con el corazón.
Ed alzó una ceja, confuso.
—¿Corazón?
—Eso he dicho.
—No… —dudó—. No hay nadie importante en mi vida en estos momentos, además de mi familia. Pero sí siento… —tomó aire antes de seguir—. A veces noto mi corazón acelerado y me cuesta respirar. Me siento muy presionado.
—Lo sé, hijo. Pero no es a eso a lo que me refiero.
—Sé que mi familia está preocupada, y eso me angustia todavía más.
Lo peor es que no encuentro salida a lo que me está pasando.
Siento que doy vueltas y vueltas sobre una espiral interminable y, sinceramente, cada día estoy más cansado.
Rendirme me aterra, pero me falta poco para hacerlo, lo que me angustia todavía más.
La mujer suspiró, luego tomó su mano con sus huesudos dedos, y se la apretó. Ed sintió su calor y su energía.
—Hay una tormenta en tu interior, hijo.
—Lo sé. Estoy sobre pensando demasiado.
—Es más que eso —dejó su mano y entrelazó los dedos—.
Verás, dos lobos mantienen una lucha feroz por dominar tu alma.
Uno representa el ego, la ira, pero sobre todo el miedo.
El otro es la amabilidad, la verdad, la humildad y sí, el amor.
La lucha que mantienen es encarnizada y te está agotando. Corres el peligro de colapsar, hijo.
Ed sintió como las lágrimas se esforzaban por aparecer tras sus párpados, pero se contuvo porque jamás había llorado en público y esa no sería la primera vez.
—Entonces… —dijo, con voz ronca—. ¿Qué debo hacer, abuela?
—Debes mantenerte despierto y no rendirte, porque de esos dos lobos, vencerá el que tú alimentes mejor.
El que yo alimente mejor.
Pensó lo que la abuela acababa de decirle y de inmediato entendió la metáfora, pero de igual forma, no sabía cómo alimentar al lobo amable. El dolor de su pierna le recordaba a cada instante su situación.
—Hago todo lo posible, créeme. Pero el dolor es insufrible. Siento que puedo perderlo todo. Mi carrera, mi vida, tal y como la he conocido. Y sí, tengo miedo. Lo estoy haciendo todo mal.
—Ahora me estás hablando del lobo despiadado y mentiroso, pero presta más atención al lobo amable, Edgard.
—No sé cómo, abuela.
—Estás en esta situación por tu valentía, por tu gran corazón, y por tu bondad.
Aquel día, en que se incendió el establo, te sacrificaste para salvar lo que más amas, a tus caballos, tu hogar, a tu familia.
Lo lograste, pero la lucha no ha terminado aún.
No es solo una herida en la pierna, hijo.
Tienes heridas en el alma que debes sanar con ayuda de otros.
Llámalo destino, pero lo que tenga que ser será, y lo que será es lo que tenga que ser.
—Jamás me ha gustado pedir ayuda. Odio que los demás estén pendientes de mí, detesto que se preocupen. Mi dolor es mío, no quiero compartirlo.
—Lo sé, sé como te sientes. Pero aceptar ayuda no es malo, a veces no podemos solos con todo, para eso está la familia. Y el amor.
—¿El amor?
La abuela lo miró unos instantes y sonrió ligeramente, algo que desconcertó a Edgard.
—Hay una mujer. Lo veo.
—No, no tengo a nad…
—Yo ya no puedo hacer nada más por ti —lo cortó la anciana, sin darle más explicaciones.
—No me lo creo.
—Además —añadió la anciana—, esa mujer ha venido para traerte algo más que salud —supo que se refería a Gwen. Seguramente Phiona, que conocía bien a los Wolfwalker, le habría hablado de ella.
Edgard le enseñó las manos con las palmas hacia arriba.
—¿Un dolor de cabeza?
La mujer se rio.
—Necesitas algo más de lo que yo te puedo dar.
—Pero…
—Oh, esta conversación se ha terminado. No te olvides de los sahumerios.
Justo en ese momento, se escuchó el sonido de una camioneta acercándose. Cuando el motor se detuvo, se oyó la puerta cerrándose con un golpe seco y, acto seguido, unos fuertes pasos subiendo las escaleras del porche.
—Es mi nieto, Jack, ha venido a llevarme a la reserva.
Antes de que Ed pudiera responder, la puerta se abrió, y apareció bajo el marco un hombre alto y corpulento, con una melena oscura que casi le rozaba la cintura. Sus ojos negros como ala de cuervo se iluminaron y una sonrisa blanca apareció, destacando sobre una piel oscura.
—Edgard, cuanto tiempo.
El cowboy se puso en pie y estrechó la mano de Jack Wolfwaker.
—Jack, un placer volver a verte.
Tras el apretón, el hombre se acercó a su abuela y la besó en la frente.
—Contigo también he de tener una buena charla —le dijo la anciana, severa—. Pero lo dejaremos para otro día. Ahora, llévame al mercado, he de comprar lana para tejer la colcha de tu madre.
Ed se encaminó hacia la puerta mientras Jack y su abuela recogían algunas cosas.
Cuando todos salieron de la cabaña, el apsalooke se acercó a él.
—Ed, no te he preguntado por la familia. ¿Cómo están tus hermanos?
—Bien, más que bien, gracias.
—Me alegra saberlo —dijo Jack—. Si ves a Red, dile que necesito una de sus nuevas sillas para el rodeo.
—Así lo haré, pero podrías hacerlo tú en el pub de Jeff.
—Hace tiempo que no le veo, desde que dejó la reserva.
Jeff Wolfwalker se había instalado en un pequeño rancho, cerca del pueblo, donde vivía con su pareja, un joven vaquero de California. Por asuntos que a Ed no le concernían, no mantenía muy buena relación con su familia. Jack y la anciana eran los únicos con quienes se hablaba.
—Tengo entendido que le va muy bien el negocio —dijo Ed—. Es íntimo amigo de Phiona.
Al pronunciar el nombre de su hermana, a Jack se le ensombreció la mirada.
—No me digas.
—Suele ir al pub con sus amigas y mis cuñadas. Pásate un día y me pones al día de las competiciones. Llevo demasiado tiempo al margen y esto se tiene que acabar.
Jack sonrió esta vez.
—Me alegra oírte hablar así, Edgard —le dijo, con sinceridad—. Estamos deseando tu regreso, últimamente no tenemos rivales a tu altura y empezamos a aburrirnos.
Obvió decirle que sí había alguien nuevo que les traía de cabeza a todos los competidores, el jinete enmascarado.
Pronto averiguaría quien era ese advenedizo y, con el regreso de Edgard, lo pondrían en su sitio.