Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 5
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Capítulo 5

A la mañana siguiente, algo de resaca tenía, y eso no era una buena carta de presentación, pensó Gwen. Pero es que se le había olvidado cómo bebía Phiona. A eso no le ganaba nadie.

Había sido divertido. Se habían puesto al día… en casi todo.

Hubo un tema que Gwen aún no estaba preparada para tocar, el de su hermana. Pero llegaría, solo tenía que asegurarse de que cuando lo contara no se pondría a llorar. Era de lo más difícil que le había tocado vivir en la vida y aún le faltaba tiempo para superarlo.

En parte, ir a un rancho perdido de la mano de Dios y… seamos sinceros, esconderse, no le iría del todo mal.

Estaba bebiendo un buen trago de café sentada a la robusta mesa de la cocina.

No era tarde, pero sabía que Howard ya estaba en pie y que Phiona tardaría algo más de una hora en levantarse.

Por supuesto, sobre la mesa había todo tipo de manjares preparados por Mag, la matriarca de los McTavish, pero que esa mañana se había marchado temprano para hacer unas compras en el pueblo.

Así pues, Gwen solo tenía que esperar a que Edgard se levantara para tener una seria conversación con él.

Para su sorpresa, no tardó en entrar en la cocina, pero no lo hizo desde la parte de los dormitorios, sino que entró por el porche.

—Buenos días —dijo, confusa—, pensé que estabas durmiendo.

—¿Dormir? —frunció el ceño—. Si ha salido el sol, un cowboy no duerme.

Se acercó a la mesa y tomó un bollo de canela mientras se iba a la cafetera para servirse una nueva taza de café.

Gwen se levantó y se acercó a él.

—Entonces, ya que estás despierto, lo mejor será que nos pongamos a hablar.

—No, no, no… —refunfuñó, sin mirarla—. Nada de hablar, necesito un café cargado para que simplemente se me haga tolerable tu voz y…

—Pues ni que decir que necesitaras otro para que te entre en la mollera lo que voy a decirte.

Edgard soltó la cafetera sobre la encimera y se volvió con la taza humeante en la mano. Pensó que iba a gritarle, pero lejos de hacer eso, pareció pensárselo mejor y se apoyó contra la encimera mientras cruzaba sus sucias botas por los tobillos en actitud relajada.

—Tienes cinco minutos.

—Necesitaré algo más que…

—Entonces cuatro.

Gwen respiró hondo con los ojos cerrados y por eso no pudo ver la sonrisa que se dibujaba en los labios del cowboy.

—Ya sea porque has probado muchas cosas o porque tus hermanos están preocupados por ti, creo que deberías darme una oportunidad para ver qué puedo hacer.

De verdad que tengo mucha experiencia en este tipo de lesiones.

Podemos encontrar un tratamiento efectivo, unas rutinas que te ayuden con el dolor y quien sabe si puedas volver a competir algún día.

—Tres meses —dijo él antes de dar otro sorbo.

Gwen guardó silencio unos segundos.

Tres meses, ni de coña.

Pero lejos de decir eso, simplemente suspiró.

—Está bien. Empecemos en que tengo que reconocerte y …

Él dejó la taza vacía sobre la encimera y empezó a caminar hacia la puerta mosquitera.

—¿Adónde vas?

—Fuera —dijo Edgard.

—Te estoy hablando.

Vio como sus hombros se encogieron y lo siguió al porche y más allá, hasta el establo.

—Puedes seguir hablando, tu estridente voz llega a mis oídos a pesar del ruido de mis pasos.

—No voy a hablarle a tu espalda.

—Pues qué pena.

Sonreía.

Estaba segura.

El muy cabrón sonreía.

—Te estás comportando como un niño.

—No, que va —dijo, ensillando su montura—. Lo hago como un adulto que tiene cosas que hacer.

Antes de que ella pudiera replicarle, él se subió a lomos de su yegua y empezó a andar fuera del establo.

—¿Dónde…? —Gwen no iba a permitir que se largara de allí sin ella, así que en tiempo récord ensilló un semental bayo, tal y como le había permitido hacer Phiona, y fue tras él.

Inició el trote hasta casi a su altura, pero el bayo rehusó y no consiguió atraparle. Al mirarla por encima del hombro, ese odioso cowboy simplemente le sonrió y puso su yegua al galope.

—Serás…

Le iba a demostrar que no era una chica de ciudad.

Ed la observaba de reojo, escondiendo media cara bajo el ala de su sombrero. Intentaba mantener una pose despreocupada, pero estaba francamente anonadado. Endiablada mujer…

Esa chica de ciudad sabía montar a caballo. Y lo hacía muy bien, caramba.

Cuando partió de los establos al galope, había tenido la esperanza de dejarla atrás.

Nada más lejos de la realidad.

Había enjaezado en tiempo récord, ni más ni menos que a Ravel, el semental más cascarrabias del rancho McTavish y una de las leyendas que sobrevivió al incendio en el que se había lesionado.

Después había partido tras él al galope tendido, sin tardar en alcanzarlo, y ahora cabalgaba como si nada, con esa melena rubia revuelta alrededor de su cara, y las mejillas sonrojadas, pero por el esfuerzo, sino de euforia.

Ravel era más rápido que Sweet, su yegua, pero no era fácil de manejar.

Desde aquel fatídico día, el animal se asustaba con facilidad, y en ocasiones, giraba la cabeza y mordía el pie de su jinete cuando este lo azuzaba más de lo necesario.

Llevar espuelas con él se había vuelto un deporte de riesgo.

Pero, esa Barbie rubia de ojos azules y labios gruesos, cabalgaba al paso a su lado, como si llevara toda la vida haciéndolo. Era inconcebible.

—Así que sabes subirte al lomo de un caballo sin caerte por el otro lado.

Ella lo miró con una sonrisa ladeada.

—Vaya sorpresa, ¿verdad, vaquero?

—Ni que lo digas —refunfuñó, sabiendo que esos dos eran tal para cual, pues Ravel era bien conocido por sus malas pulgas y ella no se quedaba corta.

A pesar de haber escogido una montura vaquera, montaba al estilo inglés, con la espalda recta, los codos pegados al torso, las puntas de los pies hacia adentro y los tobillos hacia abajo, dirigiendo al animal únicamente con el peso de su cuerpo y apenas usando las riendas.

Se fijó en como las sostenía, más sueltas que de costumbre, dándole total libertad a Ravel, que parecía un borreguillo.

Se dio cuenta de que el dedo meñique no tocaba el cuero, únicamente lo hacía cuando el animal cabeceaba, y sólo con un pequeño toque lograba corregirlo. Sonrió, sin poder evitarlo.

—¿Qué te hace tanta gracia, vaquero?

—¿Quien te ha enseñado a montar? ¿el príncipe Guillermo?

Gwen bufó.

—¿Esta es la típica broma que hacéis los rancheros a los jinetes de doma inglesa?

—Pillado.

Tras un momento de silencio en le que frunció ligeramente el ceño, ella se decidió a hablar.

—Practiqué salto antes de ir a la universidad, en una escuela ecuestre de Boston.

—No me digas —dijo, pues su estilo en verdad tenía mucha clase—. Entonces, eres una esnob.

Ella puso los ojos en blanco.

—Empecé limpiando cuadras para sacarme un dinero extra, tampoco es que mi familia sea muy adinerada.

Pero la monitora infantil se dio cuenta de que tenía talento cuando un día que la ayudé con uno de los potros.

—Él alzó una ceja con interés mientras la escuchaba hablar—.

Empecé a intercambiar clases por mis horas de trabajo y una cosa llevó a la otra.

Logré federarme al año siguiente. Hasta que....

—calló, porque no quería contarle el motivo por el cual tuvo que dejar su deporte favorito—.

Dejé las competiciones, pero suelo ir a la hípica una vez por semana, para no perder soltura, tengo un caballo en pupilaje.

Él alzo una ceja.

—Así que entrenas los caballos de la gente que no tiene tiempo para ellos.

—No exactamente.

—¿En la hípica?

—Sí, ranchero. Y por eso puedo decirte con absoluta seguridad que tu pierna lesionada desequilibra a tu yegua.

Si ese comentario no le gustó, no lo demostró.

—Suerte que me conoce bien y con solo sentir adonde deseo ir, va.

—A eso se le llama compenetración, lo admito.

—Y yo admito que te manejas muy bien con Ravel —dijo, a regañadientes.

—Igualmente, si tuvieras la pierna en condiciones, no la forzarías a apoyar todo el peso sobre el otro lado. Supongo que eres consciente de que podrías causarle una lesión.

La miró, esta vez con coraje. Pero reconoció que esa mujer podría tener razón. Sin poder evitarlo, estiró el cuello hacia su izquierda y percibió el desequilibrio en el tranco.

—¿Dices que mi lesión podría perjudicar a Sweet?

—Y a cualquier otro caballo que montes con asiduidad.

Además de que tu mala postura podría provocarte otra lesión en la columna, y con eso…

ni siquiera yo, que soy la mejor fisioterapeuta deportiva de Boston podría solventar.

Tendría que enviarte directamente al traumatólogo y después, operaciones y…

—Basta—la cortó—. Hicimos un trato, ¿no? Tienes un mes para arreglarme.

—No bast…

—Un mes, rubia. Es mi última palabra.

—Lo que tú digas.

Cabalgaron un rato más y aunque Ed intentaba mirar al frente, sus ojos acababan en ella. Era preciosa, sus cabellos flotaban tras su espalda y sus senos se tambaleaban con cada tranco de Ravel. Su rostro lucía sereno y una ligera sonrisa se dibujaba en él. Era la magia de Montana, se dijo.

Casi sin darse cuenta, llegaron a un lugar espectacular.

Frente a ellos, se extendía un encantador espejo natural en el que se reflejaban las altas montañas con sus cumbres nevadas. El río que atravesaba las tierras McTavish se expandía tras un meandro, llegando a formar una gran masa de agua cristalina, para después seguir fluyendo hacia el sur.

—Vaaaya… Es un lago…

—¿Qué pasa, Barbie amazona? ¿Es que no hay lagos en Massachussets?

—Pues… como este, no —reconoció—. Es pura magia.

Lo vio desmontar con demasiada soltura para el estado de su pierna, y dejar suelta a Sweet. Cuando ella iba a hacer lo mismo, la corrigió.

—Ata a Ravel, o te dejará tirada en cuanto huela una de las yeguas en celo de la reserva.

Gwen alzó una ceja y miró en derredor.

—¿Estamos en…?

—No, sigue siendo el rancho McTavish, pero al otro lado del lago, se encuentra la reserva apsalooke.

—¿Los indios Crow?

—Apsalooke —la corrigió, nuevamente—. No los llames indios Crow, o te cortarán la cabellera.

—¿Hablas en serio?

Él sonrió y ella supo que le estaba tomando el pelo.

Tras atar a Ravel en un árbol cercano, se acercó al agua y observó su propio reflejo distorsionado por las suaves ondas de la corriente. Las piedras redondas de la playa podían verse con claridad y también los peces y algunos cangrejos.

Miró alrededor y vio como Ed cojeaba un poco.

—Necesitamos establecer una rutina.

—Mi rutina es esta, no creo que te guste, pero puedes quedarte a mirar.

Cuando él empezó a desnudarse, sin un ápice de pudor, la mandíbula de Gwen se desencajó. ¿Qué demonios…?

—En serio crees que… —lo señaló y se quedó callada al ver que después de la camisa se bajaba los pantalones—. ¡No me jodas!

Él sonrió de oreja a oreja.

—Porque no quieres.

—Mierda —refunfuñó Gwen, que se había empezado a poner nerviosa—. Te juro que me las pagarás.

Cuando se quitó los calzoncillos, ella se dio la vuelta, exasperada.

Pero tuvo tiempo de ver esas nalgas perfectas, redondas, musculosas y bronceadas.

Lo que significaba que acostumbraba a que le diera el sol en sus partes más íntimas.

Y supo en ese mismo instante que no podría arrancarse esa imagen de la cabeza, por meses, o incluso años.

—¿No? —le gritó Edgard, mientras se introducía en el agua— ¿No quieres venir a hacerme un reconocimiento exhaustivo?

—¡Eres gilipollas!

Furiosa, apretó los puños y empezó a caminar hacia Ravel con grandes zancadas. Lo desató, montó sobre su lomo de un salto y regresó al rancho a galope tendido.

El endiablado cowboy la vio partir con una sonrisa socarrona en los labios. Después se zambulló en el agua y soltó una carcajada que salió a la superficie en forma de burbujas.

McTavish 1 - Gwen 0