Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 4
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Capítulo 4

Red resopló cuando vio a Edgard con cara de pocos amigos.

Su cojera no era tan evidente, pero lo que sí lo era, fue el hecho de que acababa de tener un encontronazo con su nueva fisioterapeuta. Lo sabía solo por la expresión asesina en su rostro, pero también porque a cierta distancia Gwen empezaba a caminar con paso calmado hacia el porche.

—¿Qué tal el primer contacto?  —le sonrió Red.

Ed lo fulminó con la mirada.

—Una mierda. Así de bien.

Apoyado en uno de los postes del porche, el elegante cowboy estaba cruzado de brazos y dejó caer la cabeza hacia delante para que Ed no vira su sonrisa.

—No tiene gracia.

Pero Red no estaba de acuerdo con él.

—Solo un poquito.

Ahora quien resopló fue Edgard.

—¿Ya la has asustado?

Ante la pregunta de Red, él miró por encima del hombro como se acercaba la belleza rubia. Negó con la cabeza.

—Para mi desgracia, no creo que se asuste con facilidad.

Como si los hubiera escuchado y quisiera dejarlo claro, Gwen sonrió a Red ignorando a su nuevo paciente. Lo que fue imposible de ignorar fueron sus palabras al hablarle.

—No me dijisteis que era un maldito cabrón engreído.

El cowboy con traje se rio a carcajadas mientras se doblaba en dos bajo la fulminante mirada de Edgard.

—No le veo la gracia.

Al secarse una lágrima de la comisura de los ojos, asintió.

—Yo sí se la veo —dijo, cuando acabó de reír—. Tu rodilla será el menor de tus problemas a partir de ahora.

—Vete a la mierda.

Sin duda, Edgard iba a subir los escalones del porche y a perderse dentro de la casa para dejar atrás a esos dos que ya empezaban a hacerle la vida imposible.

La miró una última vez, guapa, rubia, con las manos en sus bolsillos traseros y dedicándole una mirada que hizo evidente que necesitaría algo más que duras palabras para renunciar.

Hizo una mueca y subió el primer peldaño. Pero no pudo subir un segundo antes de que una mujer saliera agitando los brazos y gritando como una loca.

Edgard fue arrollado por su hermana Phiona.

—¿Pero que coño…? ¡Phiona! —le dijo al apartarse por los pelos y no caer de culo sobre la tierra rojiza.

—¡¡No me lo puedo creer!! —Phiona gritó tan alto que los dos cowboys tuvieron que llevarse el dedo índice al oído y esperar que no les quedara una sordera permanente.

—¡AAAAAH! ¡Phionaaa!

—¡Hola Gwen!

Se abrazaron, balanceando su cuerpo hacia un lado y al otro, tanto que pensaron que iban a perder el equilibrio. No fue así, por el contrario, empezaron a saltar y a gritar.

—¡Baile de la victoria! —gritaron, dando un salto y antes de chocar sus cinco.

—¿Baile de qué…? —preguntó Red a Edgard, pero su hermano se limitó a respirar hondo, un gesto que sin duda quería decir que estaba pidiendo paciencia.

Ellas siguieron a lo suyo, chocando las caderas. Dieron dos saltos y una palmada tras otra hasta el gran final que fue otro abrazo con saltitos.

Red puso los ojos en blanco.

—¿Quiénes son las tías que más molan de la Universidad de Boston? —gritó Phiona.

—Las Kapa Delta, Las Delta, ¡Laaaas Kapppaaaaaa Deeeeltaa! —respondieron las dos al mismo tiempo.

A Edgard casi se le desencaja la mandíbula.

—Patético —murmuró lo suficientemente alto como para que lo escucharan.

Phiona le hizo una peineta a su hermano.

—¿Qué ocurre? ¿Hay una fiesta? —Howard, otro de los hermanos McTavish, acababa de salir con una taza humeante que supuestamente era de café.

Gwen hacía dos años que había acabado la carrera, mientras Phiona lo había hecho solo un par de meses antes, después de tomarse un descanso y acabarla online.

—No me puedo creer que por fin estés aquí —le dijo Phiona ignorando a todos sus hermanos y centrándose en su amiga—. Aunque con tu trabajo tocando músculos a macizorros jugadores de rugby, no me extraña que quisieras volver a casa.

—Esta no es su casa —gruñó Edgard.

—Creo que se refiere a Boston —le dijo Red.

Su hermano lo miró con cara de pocos amigos mientras las dos chicas seguían a lo suyo.

Gwen se había graduado en fisioterapia, especializada en terapia deportiva, y Phiona técnicas agrónomas. A pesar de no estudiar lo mismo se habían hecho íntimas porque las dos frecuentaban el mismo árbol para estudiar y beber cerveza los viernes por la tarde.

Las dos habían sacado excelentes notas y pronto a Gwen se la rifaron atletas de élite a los que había ayudado mucho, cosa que hizo aumentar su fama.

Ahora quería abrir un centro propio para la salud del atleta, pero para ello necesitaba unos permisos que la burocracia estaba retrasando.

¿Qué mejor que utilizar su tiempo en algo útil mientras ponía en marcha su sueño?

Una temporada no sería nada. Podía ayudar a Edgard McTavish, aunque después de la primera impresión, no tenía muy claro si este se dejaría.

—Me alegro tanto de verte —dijo Gwen.

Por su parte, Phiona confiaba en ella, sabía que el cabezota de su hermano no podría con Gwen. Si ella tenía que usar el látigo o romperle una biga encima de la cabeza a Ed, esa era su chica. Lo que fuera con tal de que no arriesgara su vida.

—Veo que ya has conocido a mi hermano.

—Sí —dijo, mirando a Edgard, que se había quedado plantado junto a sus hermanos, los tres con los brazos cruzados, pero con distinta expresión—. Un encanto.

Este se limitó a resoplar, algo que molestó a Phiona.

Los ojos del cowboy se entrecerraron mientras los otros dos intentaban no reírse.

—Deja de ser desagradable con Gwen, está aquí para ayudarte.

No se lo creyó ni por un instante.

—No necesito una niñera.

—No soy una niñera, soy fisioterapeuta —dijo con los brazos en jarras.

—No creo en esas bobadas.

Respiró hondo para no enfrascarse en una pelea dialéctica con ese Neanderthal, una que seguramente no llegaría a ninguna parte.

Pero al final pudo más su mal genio.

—Oh, ¿y en qué crees? —preguntó, con un tono que le hacía parecer una chica dulce y comprensiva— ¿En el dolor que estás sintiendo y que te da ganas de arrancarte la pierna?

—Jodeeer —exclamó Howard que aún no había entendido que la recién llegada no necesitaba la ayuda de nadie para manejar a Edgard.

Él la miró aún más enfurecido.

—No sabes de que hablas.

Pero ella lo sabía, a eso se dedicaba, ¿no?

—Sé cuánto te duele por el ángulo con el que apoyas la pierna.

—No apoyo la pierna en ningún ángulo extraño.

Ella le mostró una sonrisa ladeada.

—Seguro que nadie lo nota, pero yo sí. Para eso estudié. —Y añadió—: Para eso me pagan.

—¿Le pagáis? —obviamente, Edgard miró a Red que sin duda era quien lo hacía.

—Por supuesto, y es un dinero bien invertido si puede ayudarte.

—¿Y cuánto le pagas a doña mechas perfectas para que juegue conmigo a los médicos?

Gwen se rio porque acababa de confirmar que su nuevo paciente era un imbécil.

—¡Oye! —se cabreó Phiona con él— ¿Desde cuándo hacemos comentarios sobre el físico de las mujeres? ¿Quieres que se lo diga a mamá?

Al menos Edgard tuvo la decencia de parecer arrepentido.

—Lo siento —gruñó—. Tengo un mal día.

—Últimamente tienes muchos malos días —le dijo Phiona cruzándose de brazos—, por eso tenemos que hacer algo y me da igual si no estas muy de acuerdo, esto no puede seguir así.

Como Gwen no estaba dispuesta a seguir ahí plantada por mucho más tiempo, chocó el hombro contra el de Phiona.

—¿Dónde dices que se bebe buena cerveza por aquí?

—¿Vas a beber trabajando?

Gwen no perdió la sonrisa al responder a Ed.

—Hoy no trabajo, empezaremos mañana y créeme, lo sabrás cuando te ponga las manos encima.

—No vas a ponerme las manos encima… jamás.

—Eso ya lo veremos —dijo sin despeinarse—, me pagan muchísimo dinero por perder mi tiempo contigo, así que créeme cuando te digo que mis manitas —dijo elevándolas y moviendo los dedos con rapidez—, estarán sobre su cuerpecito en menos que canta un gallo.

—¡Se acabó! —la miró horrorizado. Solo le faltaba eso, que esa Barbie lo tocara por… todo el cuerpo—. ¡Ni hablar!

Gwen lo ignoró.

—Voy a mi cuarto por una chaqueta, tenemos que ponernos al día.

Edgard los miró a todos como si les hubieran salido cuernos.

—¿Va a quedarse aquí? —parpadeó confundido.

—¿Quieres que vuele a Boston cada día? —le espetó Phiona como si fuera idiota.

Edgard se encogió de hombros y le habló a Gwen.

—Por mí podrías irte y no…

—No termines esa frase —lo amonestó Red.

Ante la frialdad que escuchó en su tono, Edgard se volvió a medias hacia él y vio aquella expresión de disgusto que hacía mucho tiempo no veía.

—¿Red?

—Creo que no lo has entendido —su tono se volvió serio—. Estamos preocupados, y hartos —dijo elevando la mano para que Ed no lo interrumpiera—. Tienes un humor de perros, por el dolor y por el hecho de que quieres seguir compitiendo y no puedes.

—Sí, puedo.

—Si no estas cien por cien recuperado, mamá no te dejará competir.

—Me da igual…

—Y yo tampoco —sentenció Phiona—. Y si tengo que partirte un brazo o una pierna para que no te mates en el rodeo, lo haré.

—Eso sí que es amor de fraternal ¿verdad? —escupió Ed.

Miró a sus hermanos, incluso a Howard, que daba un sorbo de su taza de café sin meterse con nadie.

—¿Nunca habéis tenido un puto sueño?

—¿Uno en el que me jugara la vida? —Red negó con la cabeza.

—¡No! —se sumó Phiona a la negativa—. Y ya puedes odiarme todo lo que quieras. Gwen es la mejor. Si ella dice que estás listo podrás competir, no nos opondremos, pero ni en broma te arriesgarás a…

—¡Estoy listo! —La interrumpió.

Gwen los miraba como si de un partido de tenis se tratara.

Sus pullas dialécticas eran la pelota. Se lo hubiera pasado bien si no fuera porque uno de los presentes no la quería ver ni en pintura.

Nunca le había pasado. Normalmente los atletas la buscaban, le rogaban y acataban todas sus órdenes e indicaciones.

Era buena, y en verdad esperaba ayudar a Edgard, pero sintiéndolo mucho no creía que eso funcionara.

Ese cowboy parecía no haber acatado una orden en su vida, y dudaba mucho que el machito se dejara guiar por una mujer.

—El campeonato es en tres meses —dijo Red—, no estarás…

—Eso no lo sabemos —intervino Phiona—, Gwen es buena.

—Gwen está aquí y no sabe si en tres meses estará operativo, porque ni siquiera lo ha examinado —dijo ella.

—No necesito que me examines —se quejó Ed—, mándame un par de ejercicios y…

Gwen puso los ojos en blanco.

—No funciona así. Los milagros al Vaticano.

—¿Y cómo funciona? —preguntó, furioso.

—Pruebas, fisioterapia, medicinas…

—Nada de calmantes. —Y por la forma en que lo dijo, Gwen tuvo muy claro que estaba afectado de una manera profunda por lo que le pasó a su amigo.

—Lo he pillado —alzó los brazos como para que dejara de atacarla.

Hubo un instante de incomodo silencio hasta que volvió a hablar entre dientes.

—No puedo creerme que vayáis a ponerme niñera.

Howard negó con la cabeza. Le hubiera gustado seguir al margen, pero su hermano era de lo más cabezota.

—No lo has entendido amigo, no es una niñera.

—¡Eso ya lo sé! —se quejó Edgard.

—Qué suerte —se rio Gwen—, no tendré que volver a explicar que soy tu fisioterapeuta.

—De momento no eres nada mío.

—Me han pagado una fortuna por un año entero.

Ed la miró como si le hubieran salido cuernos y un rabo.

—¿Un año?

—Gracias por la cálida bienvenida —asintió ella.

—No te quedarás tanto tiempo —aseguró, resulto—. La competición es en tres meses, en ese tiempo me recuperaré y ya no te voy a necesitar.

—Por supuesto señor sabelotodo, porque si no te curas en tres meses tirarás la toalla, vaya, qué valiente.

Menos Edgard, que tenía la mirada fija en Gwen, los hermanos se miraron entre ellos con incomodidad. Nadie se había atrevido a tanto.

Edgard se puso rojo de ira y fulminó a sus hermanos cuando lo miró como si ella fuera la reina y él un maldito mendigo a sus órdenes.

—¿En serio no habéis encontrado a nadie mejor?

—¿Mejor en qué? —se burló Gwen—, ¿en tener la boca cerrada y hacer que el bebé haga lo que quiera?

—¡Madre mía! —Red contuvo el aliento.

Edgard abrió la boca mientras Howard escupía el café por la nariz.

—Me ha llamado bebé —la señaló con el dedo índice mientras se quejaba a sus hermanos.

—A veces te comportas como uno —dijo Phiona, encogiéndose de hombros.

—No la quiero aquí.

—Una lástima —se atrevió a decir Gwen pasando frente a él para entrar en la casa e ir a su habitación.

Aquello había durado demasiado—. Al igual que tú, me encantan los caballos.

Vivir en un rancho con excelente comida casera…

Sí, yo creo que me quedaré, aunque eso signifique tener que soportar a alguien como tú.

Cuando Red se adelantó para abrirle la puerta, Gwen le sonrió con simpatía. El elegante cowboy entró tras ella y Phiona subió los peldaños del porche para dejar a Edgard solo.

—¡No puede quedarse!

—Claro que sí —masculló Phiona cerrando la puerta con mosquitera.

—¡No puede hablarme así!

—Te vendrá bien que alguien te lleve la contraria —gritó Red desde dentro.

—¡Siempre me lleváis la contraria!

Se hizo el silencio y Edgard no tuvo más remedio que quedarse en el porche, de pie y enfurruñado.

Se escuchó el sorbo de Howard a su café, que seguía en silencio y mirándolo fijamente.

—Y tú cállate.

El entrañable cowboy se echó a reír.

—Pero si no he dicho nada.

No lo había dicho, pero hasta Howard creía que sería un trabajo de Hércules que la fisioterapeuta de ciudad domara a su hermano.