Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5) Capítulo 3
7%

Capítulo 3

El rancho era mucho más acogedor de lo que Gwen se había imaginado, que la madre de los McTavish fuera un verdadero encanto y que cuidara con esmero cada rincón de su casa hacía fácil imaginarse el por qué.

La habitación que le habían asignado estaba en la planta de arriba, tenía unas bonitas vistas a un prado con desnivel que iba a terminar en un riachuelo flanqueado por un bosque que se esparcía por las laderas hasta convertirse en montañas mucho más allá.

—Wow —la belleza era tal, que le quitaba el aliento.

Ahora comprendía por qué se había decidido tan rápido a pasar una temporada en el rancho McTavish.

No solo porque estuviera harta de deportistas de élite, o de la polución de la ciudad, sino porque su mente tenía que dejar atrás problemas y personas de cuya vida ya no podía formar parte por decreto legal.

Cerró los ojos y apoyó la frente contra el hermoso papel pintado con motivos florales.

Estaba agotada y quizás unos meses o un año en aquel paraíso, podrían hacer que descansara. Al menos, los antidepresivos habían hecho que dejara de llorar, todo un logro cuando lo había hecho cada noche durante el último año.

Se quitó las botas y se tumbó en la cama.

Red le había dicho que su hermano y Phiona estaban fuera y que llegarían en una hora, por lo que podía descansar mientras tanto, de hecho, su madre se lo había prácticamente ordenado.

Después le esperaba una suculenta cena, y Gwen Morgan jamás decía que no a la comida y mucho menos a la casera.

Se despertó con el relincho de un caballo.

No supo que había dormido exactamente una hora y media hasta que se fijó en los números de color rojo que la miraban desde el despertador de la mesilla de noche.

Se incorporó y después de frotarse los ojos con el reverso de las manos se puso las botas, dispuesta a saludar a Phiona y quizás a conocer a su esquivo paciente.

La casa estaba muy tranquila cuando bajo, de hecho, no parecía haber nadie a la vista.

Salió al porche y se fijó en que alguien entraba un caballo en el establo.

Un McTavish, sin duda.

Algo tiró de ella, y sus pies hicieron el resto.

Cuando Gwen llegó al granero se encontró a un solo cowboy cepillando a la sombra a una hermosa yegua blanca. La manera con que el cepillo recorría el lomo del animal demostraba el inmenso cariño que ese hombre le tenía.

—Muy bien, bonita. Que bien te has portado hoy.

Sin poder evitarlo, se quedó prendada de la voz suave y sensual de ese hombre, de la forma en que trataba a ese animal, con cariño y delicadeza, de como sus manos acariciaban el suave y blanco pelaje.

De pronto, entendió de golpe qué era ser un susurrador.

Había oído hablar de ellos, pero nunca había visto a ninguno en plena acción.

Gwen debió haber delatado su presencia, pues en el instante en que él dio un paso atrás para observar que todo estuviera bien, su cabeza se ladeó y la sonrisa genuina que lucía se le congeló en el rostro, tornándose rígido por unos instantes.

—Bue… buenos días —dijo Gwen, alzando una mano.

Jamás en toda su vida se había sentido cohibida ante un hombre, por eso lo miró con absoluta sorpresa al darse cuenta de que esa belleza descarada, unida a una sensibilidad que ahora parecía disimular, la había hecho tambalearse.

Vaya con el cowboy.

Lo había encontrado cepillando el lomo del animal o más bien quitándole el exceso de agua.

A sus pies, había dos cubos que seguro habían estado llenos de agua y dentro una gran esponja y un escurridor con la que había frotado la piel equina.

Por supuesto, hacía demasiado calor para que el pobre lo hiciera con la camisa puesta, así que sí.

Ahí se encontraba ella, mirando con sus enormes ojos azules a ese espécimen de Montana, con unos vaqueros que se ajustaban perfectamente a sus piernas largas y musculosas, unas botas sucias de barro y estiércol y un sombrero negro de ala ancha que le daba ese toque de misterio que todo buen protagonista de novela romántica debía poseer.

Tragó saliva, sobre todo al cerrar los ojos y obligarse a no mirar esas increíbles tabletas de chocolate que decoraban su abdomen, por no hablar de sus pectorales.

Carraspeó para recuperar la compostura y recordarse que ella era totalmente inmune a los encantos de cualquier hombre.

De cualquiera, menos ese, tuvo que reconocer.

Ya, se reprendió furiosa consigo misma.

—Buenos días.

Al estar preparada de enfrentarse al que, sin duda, era su paciente, por las descripciones que había hecho de él Phiona, Gwen abrió los ojos y lo miró a la cara con una sonrisa diminuta que nada tenía que ver con la radiante que él le devolvía.

Se suponía que era un gruñón atormentado, pero al parecer iba a ser amable y educado con ella.

—No le estaba espiando —soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.

—¿Seguro? —siguió con esa sonrisa de dientes perfectos y parejos.

—Desde luego —aseguró—, iba a saludar, pero… —carraspeó.

Se había distraído con abdominales perfectos y una pose que ya quisieran los modelos de portadas.

—Soy Edgard McTavish —se presentó acercándose a ella.

Gwen se dio cuenta de que cojeaba, pero era una cojera que podría pasar desapercibida para un ojo menos experto, quizás ese fuera un buen día para él.

—¿Es amiga de Phiona?

Gwen parpadeó, apretando la mano que Edgard le tendía.

—Sí, soy amiga de tu hermana. Gwen Morgan, encantada.

Y así como por arte de magia, lo que pareció una cálida bienvenida salió volando por la puerta del granero, pues quedó muy claro que ese hombre sabía bien quien era y sobre todo que no la quería ahí.

—Ya veo.

Gwen alzó una ceja.

—¿Ya ve?

—Sí, al final la han hecho venir —dijo, dándole la espalda y volviendo a prestar toda su atención a la blanca yegua, la tomó de la cabezada y la instó a andar para encerrarla en uno de los boxes. Cuando lo hubo hecho se puso la camisa con movimientos bruscos.

—Bueno…

—Déjeme decirle que ha venido para nada —la miró a los ojos al abrocharse el último botón—. No la necesito y no es bienvenida aquí.

—No me gusta que me mientan.

Él la miró entrecerrando los ojos.

—¿Cómo dice?

—Que miente al decir que no soy bienvenida.

—No lo es.

—Por usted —decidió que le llamaría de usted solo para mantener las distancias y seguramente cabrearlo un poquito—, pero su madre me ha recibido con los brazos abiertos, y Phiona me ha suplicado que venga y Red parecía encantado…

—Sí, sí. Ya… —Se quitó el sombrero y se golpeó el muslo varias veces con violencia para quitarle el polvo, un gesto que Gwen reconocería como un acto de exasperación y que iba a repetir con bastante frecuencia.

—Y después está lo de que no me necesita…

—No lo hago.

—Por su cojera, yo diría que sí.

Eso no le gustó. Lo vio perfectamente reflejado en su mandíbula, que se tensó varias veces.

Le parecía que había estado disimulando bastante bien ante su familia y se esforzaba en que no fuera evidente la mayor parte del tiempo.

—Mi cojera no es asunto suyo.

—Su cojera es mi trabajo, así que…

—Para tener trabajo primero debería tener un paciente y yo no voy a serlo.

—Eso deberá hablarlo con sus hermanos, que son quienes me han contratado y también —añadió, para que se sintiera algo más culpable—, decírselo a su madre.

He visto lágrimas en sus ojos cuando me ha visto.

—Se encogió de hombros—. Mi llegada no ha sido inesperada y desde luego el único a quien no le gusta es a usted.

No hubo comentario sarcástico, solo un resoplido muy parecido al de un bisonte, mientras se dirigía a abandonar el establo.

—Voy a quedarme, ¿sabe? —le dijo, cuando pasó por su lado.

Él no se detuvo y Gwen fue detrás.

—No sé qué le han dicho, señorita Morgan, pero no necesito niñera.

—Ni yo estoy aquí para ocuparme de un niño malcriado.

Edgard dejó de andar y la miró de reojo como si no pudiera creerse que aquella Barbie le estuviera plantando cara.

La vio arquear una ceja.

—¿Qué? —preguntó Gwen—. No le será tan fácil librarse de mí.

Una sonrisa ladeada apareció en su cara, una que iba destinada a decirle que se iba a enterar de quien mandaba ahí. Pero no pensaba amilanarse.

—No sabía que las chicas de ciudad… —dejó la frase a medias, claramente para ofenderla.

Pero ella contratacó.

—¿Tuviéramos lengua para usarla contra capullos que nos juzgan sin conocernos?

Edgard chasqueó la lengua y ella lo tomó como un triunfo.

—Sí —dijo ella para dejar claras un par de cosas—, suelo decir lo que pienso.

—No me diga.

—Y lo que pienso ahora mismo es que para que esto funcione debes quitarte los prejuicios de la cabeza y dejarme hacer mi trabajo.

El gruñido de exasperación que soltó Edgard vino a dejarle claro que no estaba para nada de acuerdo con ella.

—No le he dado permiso para tutearme y no se quedará tanto tiempo como para que intimemos y seamos amigos, señorita…

—Gwen, me llamo Gwen —dijo, cruzándose de brazos—. Y si quieres puedes tutearme, porque ya te digo que sí vamos a conocernos muy bien, porque pienso quedarme.

Lo vio apretarse el puente de la nariz con dos dedos y tomar aire muy lentamente.

—Sí —Gwen se acercó otro paso y ahora su tono de voz fue más calmo—. No eres el primer atleta con el que trato, ¿sabes? No quiero echarme flores, pero soy muy buena en mi trabajo, si dejas de considerarme tu enemiga y aprendes a…

—¿Obedecer? —la encaró y Gwen por un momento se quedó muda mirando esos profundos ojos llenos de dolor.

Después de un largo silencio dijo:

—Haz lo que te digo —se dio cuenta de que al cowboy esas palabras no le gustaron e intentó rectificarlas de inmediato—, al menos déjame intentarlo, si en un mes no ves mejora, te prometo que seré la primera en hablar con Phiona y abandonar.

El respiró hondo.

Que ella abandonara sería lo mejor después de todo, así no tendría que mirar las caras largas de sus hermanos.

—¿Un mes? —Podría soportarlo, ¿verdad?—. Me parece bien.

—Entonces, ¿tenemos un trato?

—Tenemos un trato —dijo tendiéndole la mano.

Ella se la apretó mirándole a los ojos y algo pareció brillar en esos ojos.

Se apartó de ella y le dio la espalda, de nuevo para llegar a la casa grande.

El atardecer había teñido el cielo de un color anaranjado, precioso, lleno de magia, también las altas montañas parecieran de fuego. Pero lo que iba a ser verdadera magia era que ese hombre fuera el mismo de antes del accidente. Pero si alguien podía conseguirlo era ella.