Capítulo 2
—Señorita Morgan.
Gwen se giró hacia la voz que captó su atención. Estaba ahí plantada en el tranquilo aeropuerto esperando que su amiga Phiona la fuera a recoger, pero no era ella a quien veía en esos instantes.
Le sonrió al apuesto cowboy.
Reconoció de inmediato a Red, a quien no había vuelto a ver desde que la entrevistara para el puesto de fisioterapeuta.
Realmente se había estado planteando si trabajar una temporada entera con un hombre al que no conocía, en un rancho apartado de la civilización, no le traería un quebradero de cabeza a su vida caótica que ya de por sí tenía. Pero Phiona se lo había pedido y no iba a fallar a su amiga.
—Buenos días, señor McTavish.
—Pensé que habíamos quedado en que era Red.
—Entonces, yo soy Gwen.
La atractiva sonrisa del cowboy se ensanchó y a Gwen se le pasó por la mente la pregunta de si todos los hermanos de Phiona serían tan guapos. Se dijo que pronto lo averiguaría.
—Si me permites. —Fue a cogerle la maleta y ella le impidió tomarla.
—No te preocupes —le dijo, alejándola de él—, tiene ruedas.
No dejó espacio para réplica.
—¿Te llegó el historial de mi hermano? —le preguntó Red, mientras avanzaban hacia el coche.
—Sí, he podido revisarlo a fondo y, bueno, tengo un par de ideas.
—Oh, eso es estupendo.
Sobre todo, porque a los médicos que habían estado consultando se les habían acabado. No aconsejaban una cirugía, pero tampoco no hacerla, eso había crispado los ánimos de la familia que empezaban a no ver luz al final del túnel, y más cuando el humor de Edgard no hacía más que empeorar.
Red caminaba frente a ella hacia la salida, seguramente donde habría aparcado su coche para llevarla al rancho.
Lo vio ponerse el sombrero antes de salir al exterior y se giró enseguida para comprobar que le seguía. Le guiñó un ojo y Gwen alzó una ceja.
Casi se le escapa una risa tonta.
Vaya con el encanto de los cowboys.
Gwen había sido fisioterapeuta de deportistas de élite, un trabajo muy bien pagado pero que la obligaba a viajar muchísimo.
Al plantearse si le gustaba su vida, Phiona había aparecido con una oferta de trabajo de varios meses, lo que incluía aparte de rehabilitación, poder disfrutar de las comodidades en un auténtico rancho.
Y nada más y nada menos que en Montana, donde las montañas arañaban un cielo inmenso y las praderas se extendían hasta tragarse el sol en cada atardecer.
Un auténtico paraíso salvaje.
¿Cómo podía decir que no a aquello?
Llegaron al precioso todoterreno negro y Red la sacó de sus pensamientos.
—No te engañaré, no va a ser un camino de rosas tratar con mi hermano.
Ella asintió.
—Ya me hice a la idea después de hablar con Phiona.
Su amiga ya le había hablado del mal carácter de Edgard, también le había dicho que el resto de la familia estaría encantada con su llegada. Por la sonrisa de Red, era evidente que tenía puestas muchas esperanzas en ella. No estaba dispuesta a defraudarles.
—Tu hermana Phiona habla muchísimo de vosotros —dijo, al pararse detrás del coche.
—Ah, ¿sí? —soltó una risita encantadora. Red abrió el maletero y tomó la maleta antes de que ella pudiera subirla.
—Sí, siempre me ha dado envidia lo unidos que estáis.
Una sombra cruzó sus ojos o eso le pareció a Red. Quizás la dinámica con sus hermanos no era ni de lejos tan buena.
—¿Tienes hermanos? —le preguntó, como quien no quiere la cosa.
Ella pareció vacilar y enseguida se dio cuenta de que era un tema del que no quería hablar.
—Lo siento, no pretendía meterme.
—Oh, no te preocupes. —No obstante, después de decir eso, no contestó a la pregunta.
—Yo adoro a la mía —cerró el maletero y antes de que pudiera abrirle la puerta, Gwen se apresuró a hacerlo. Eso le hizo reír, porque era precisamente lo que iba a hacer.
—Veo que no necesita ayuda.
—Soy bastante independiente —se burló.
—Mi esposa también lo es, pero sigo intentando que me deje abrirle la puerta y que me deje reservar algún hotel para una escapada romántica.
—Me gusta tu mujer —se rio Gwen.
—La conocerás muy pronto.
La esposa de Red, Jane, fue durante parte de su vida su secretaria, casada con un tipo que, gracias a Dios, ya no era un dolor de cabeza para ella, ni para él. Ahora, después del divorcio de su primer marido, habían podido seguir sus vidas juntos con los niños, quienes se habían acostumbrado a él.
Red dio la vuelta al coche y subió al asiento del conductor.
—No te apures, Phiona también os adora. Aunque no seré yo quien desvele lo que piensa de cada uno de vosotros.
Phiona, la hermana pequeña de los McTavish, tenía devoción por sus cuatro hermanos y a su hermana mayor, Charlotte, pero si tenían un defecto era, sin duda, su excesivo celo.
No solo con sus parejas. Gwen tenía muy claro que no podía contar nada de la vida de Phiona en la ciudad.
No iba a delatarla bajo ninguna circunstancia.
Red puso la radio y salieron del parking dirección a la autopista.
—Sé que te lo he dicho, pero gracias por venir —empezó diciendo Red—. Pídeme cualquier cosa que necesites, estoy a tu entera disposición, aunque solo cuatro días, luego vuelvo a la ciudad.
—Sí, lo sé —asintió Gwen—, Phiona me lo dijo. Tienes un imperio que manejar.
Red rio, lo cierto es que tenía una buena empresa montada que giraba alrededor del mantenimiento de caballos y también de ocio relacionado con ellos.
El empresario de los hermanos McTavish adoraba a esos animales, y cuando uno trabaja en lo que ama, es como no trabajar nunca.
—Pero volveré pronto. Phiona y yo queremos estar al pendiente de los avances de Edgard. Ha sido difícil para la familia sobrellevar lo que le pasó.
Gwen frunció el ceño.
—No sé si Phiona me dijo toda la verdad, teniendo en cuenta como hablas de tu hermano.
Red siguió con las manos en el volante, pero apartó la mirada un instante hacia Gwen.
—No se va a morir.
—Eso espero —se echaron a reír los dos.
—Pero es que le duele mucho y no quiere admitirlo. Bueno, lo admite, pero no sé si quiere hacer algo al respecto. No toma calmantes, ni se ejercita como debería. Además de realizar tareas que no debería, lo que le pone en peligro constantemente.
—No puedo estar en desacuerdo con eso de no tomar calmantes, es una decisión que ha tomado y deduzco que es por el miedo a consumirlos de por vida. Pero sobre la rehabilitación, en eso sí que voy a poder ayudarle. Y espero que él esté de acuerdo, o me temo que la terapia no será muy efectiva.
—Haremos que lo entienda. Solo no pierdas los estribos y te marches antes de haberlo intentado.
Gwen lo miró sorprendida.
—¿Acaso Phiona os ha hablado de mi mal carácter?
—Bueno… —Red sonrió—. Ha dejado caer que puede que tú y Edgard os llevéis muy bien o terriblemente mal.
—¿Y eso qué significa?
—Que tenéis caracteres parecidos.
—¿Inteligentes y cabezotas?
Red soltó una nueva carcajada.
—Algo así —Pareció ponerse un poco más serio al salir de la autopista y tomar la polvorienta carretera secundaria—.
Hablando en serio, Edgard no lo lleva bien, no tiene paciencia y trata a patadas a todo el mundo.
No digo que sea fácil, pero te apoyaremos en todo lo que necesites, solo ayúdale a mejorar.
Gwen vio en el timbre de voz una profunda emoción.
Se dio cuenta de cuánto Red quería a su hermano. Eso le recordó las innumerables historias que Phiona le había contado sobre ellos y sonrió para asegurarle.
—Os prometo hacer todo lo que esté en mi mano.
—Gracias.
—Como te he dicho, ya le he echado un vistazo al historial médico, pero no descarto pedir que se le hagan más pruebas.
—Eso no será un problema. Al menos, me refiero al económico, y en lo personal, si Edgard no quiere, siempre podemos darle sedante de caballos y trasladarlo maniatado al hospital más cercano.
—Vaya, cuando has dicho lo que necesitase, no pensé en llegar a ese extremo, pero lo tendré en cuenta.
Los dos sonreían ampliamente.
—Pero hablando en serio, el dolor quizás debe haberle afectado algún nervio. He visto que las pruebas en el informe son bastante recientes.
—Sí, y los resultados no son alentadores.
—Entiendo —dijo, esperando que se pudiera hacer algo y que no tener que darle malas noticias a su familia.
Se quedaron en silencio por unos instantes, cada uno sumido en sus pensamientos. Red fue el primero en romperlo.
—¿Pongo el aire acondicionado? —le preguntó, con su encanto natural mientras subía las ventanillas automáticas y el chorro de aire fresco salía disparado y daba vida a Gwen.
Estaba realmente agotada del viaje, aunque era más por los días de locos antes de este, pero ya tendría tiempo de descansar una vez se acomodara en el rancho. Gwen cerró los ojos y se dejó envolver por la voz de Shania Twain.
—Mmm… bonita canción.
—Es una diosa —dijo Red, riéndose. Sí, le encantaba Shania y no pensaba ocultarlo.
Llegaron al rancho y antes de que ella pudiera abrir el maletero y tomar su maleta, Red ya la arrastraba junto al vehículo.
—Mi maleta —le dijo Gwen para que se la diera.
—Mmmm, me temo que mi madre no permitiría que no fuera un caballero, así que déjame llevarla hasta que ella vea lo bien que me crio.
Gwen soltó una carcajada y capituló. No era muy dada a aceptar la galantería de los hombres, pero por Red McTavish haría una excepción. Era un auténtico caballero, uno que parecía salido de una película de cowboys, pero de elegancia extrema.
A Gwen le encantaba su estilo, porque ese hombre tenía estilo, eso lo vería cualquiera, fuera hombre o mujer, en la noche o a pleno día.
Llevaba su pelo oscuro bien peinado, con un suave mechón que le acariciaba la frente.
Por supuesto, le acompañaba su sombrero impoluto, que llevaba en una mano, para saludarla.
Estaba segura de que se lo pondría enseguida.
Lo que le gustaba era esa camisa azul y el bonito cordel al cuello, que ni que la mataran, ella podría recordar cómo se llamaba.
Aguantó un suspiro al ver lo bien ajustados que estaban esos vaqueros.
Sonrió como una tonta, y se recordó que no había volado hasta allí para enamorarse de Red McTavish, sino para curar a su hermano Edgard.