Mi odiado Cowboy (Hermanos McTavish 5)
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Capítulo 1
—¿Sabes lo que nos espera? —dijo Red caminando hacia el granero con su hermana Phiona al lado.
—¿Un hermano cabreado?
—Muy cabreado —convino él—. Tanto, que es muy probable que nos mande al infierno con viento fresco.
Phiona puso una mueca de disgusto.
No le agradaba ver a su hermano Edgard de aquella manera. Desde que se había roto la pierna en aquel terrible incendio, su dolor solo había aumentado, al igual que su mal humor. Eso no podía seguir así.
Por culpa de esa infernal noche, toda su vida se había puesto patas arriba. Pero si debían ser sinceros, no solo la vida de Edgard se vio alterada, también la de su familia.
El mal humor del vaquero había preocupado sobremanera a su madre, y sus hermanos que tan bien lo conocían, eran conscientes de que estaba al borde del abismo.
Tenían que ayudarlo.
El dolor lo volvía loco, pues se negaba a tomar calmantes, pero lo peor era el hecho de no poder seguir compitiendo.
Anhelaba volver a la doma de caballos, pero también a las carreras salvajes que se habían puesto tan de moda más allá del circuito oficial. No poder competir le había hecho perder la confianza en sí mismo, y un McTavish sin confianza era difícil de ver.
Por suerte, después de hablarlo mucho con la familia, habían llegado todos a la misma conclusión: Edgard necesitaba ayuda, y si no la aceptaba por las buenas, la aceptaría por las malas.
A espaldas de Edgard, habían tramado un plan o, mejor dicho, Phiona había encontrado a alguien quien parecía ser un rayo de esperanza.
Phiona debes ayudarle, tú conocerás a alguien ¿no? , le había dicho su madre, desesperada por encontrar un método que llevara a su iracundo hijo a una mejoría.
Y lo cierto es que sí, Phiona conocía a alguien.
Lo difícil no sería que su amiga aceptara, sino que lo hiciera Edgard.
Pero iban a mantenerse firmes, no le dejarían otra opción.
Aunque enviarle alguien ajeno a la familia con quien hablar de sus problemas, compartir su dolor, buscar una mejoría…
En fin, era más probable que el infierno se congelara que no que Edgard McTavish hablara de sus problemas y aceptara ayuda de un extraño. Y más aún si ese extraño era una mujer.
Gwen Morgan era amiga de Phiona desde hacía años. Era increíblemente competente en su trabajo y si alguien podía ayudar a Edgard, Phiona estaba convencida de que esta era su amiga, una eminencia en el mundo de la fisioterapia para deportistas.
Edgard podía revelarse todo lo que quisiera, pero por suerte para todos ellos, Phiona afirmaba que a cabezota nadie podía ganar a Gwen. Si lograban que aceptara quedarse iba a salvar al cowboy gruñón, de su lesión y de sí mismo.
Cuando entraron en el establo, no tuvieron que ir muy lejos para encontrarle. Estaba recostado sobre varias balas de paja, con el sombrero sobre su rostro y una de las piernas estiradas, la que le dolía.
Phiona lo miró con lástima y esa expresión debía desaparecer de su rostro antes de que se diera cuenta de que estaban ahí. Sentirse observado con lástima era lo que menos necesitaba en esos momentos. Era el más orgulloso de los McTavish.
Phiona le golpeó suavemente el abdomen a su hermano Red para llamar su atención.
—¿Lo despertamos?
—No creo que duerma —le respondió en un susurro.
Como los había escuchado perfectamente, Edgard se quitó el sombrero de la cara y los miró con el ceño fruncido.
—¿Qué hacéis ahí?
Se los quedó mirando.
Primero alzó una ceja con la mirada fija en Phiona y al ver que esta le dedicaba una sonrisa de circunstancias, pasó a Red, el elegante cowboy.
—¿Qué? —los apremió.
Estaba esperando una respuesta, pero al parecer sus dos hermanos solo tenían tiempo para mirarse de reojo.
—¿Ha pasado algo? —insistió.
Se incorporó y disimulando el dolor que se aventuraba desde la rodilla hasta arriba del muslo, Edgard se puso en pie. Se golpeó las piernas con el sombrero como si quisiera quitarle el polvo.
—No, no. Es solo… —empezó a decir Phiona.
—Nada —la cortó Red.
Por como habían respondido se dio cuenta de que sí pasaba algo. Algo que muy probablemente tenía que ver con él.
Frunció el ceño.
—¿De veras no pasa nada? —intentó burlarse—, ¿qué hacéis aquí un viernes por la mañana si no pasa nada?
—Hemos venido a pasar el fin de semana —explicó Red, encogiéndose de hombros.
—Yo vivo aquí —añadió Phiona.
Edgard no se mostró nada contento con aquellas respuestas.
—Phiona, tú jamás estás por aquí a media mañana y Red ¿qué demonios iba a traerte al rancho antes del viernes por la noche si no es porque ocurre algo? —los miró preocupado—. No será mamá.
—Cállate —Red frunció el ceño.
—¿Va a casarse?
—¡Cállate! —La sola mención le hizo estremecer.
Su madre, viuda desde hacía muchísimos años, había iniciado una relación amorosa con el vecino y aunque a todos les caía bien, era un tema que aún daba cierto reparo mencionar.
—No es mamá —dijo Phiona soltando aire por la boca.
Cruzó los brazos sobre su pecho y alzó el mentón.
—Oh, oh, problemas —dijo Edgard.
Era la expresión que su hermana Phiona solía usar, ya desde niña, cuando tenía que informar de algo importante.
—¿Estás embarazada?
—¡Cállate! —Ahora fueron los dos hermanos quienes estaban enfadados y mirando a Edgard como si fuera incorregible.
—Está bien —alzó las manos a la defensiva—, yo solo intentaba averiguar qué…
—Eres tú —dijo Phiona, muy seca.
—¿Yo? —Edgard se señaló el pecho como si quisiera confirmar que lo había entendido bien.
—Sí, tú.
Phiona golpeó con el codo a Red para que siguiera hablando. Había llegado el momento de dejar las cosas claras. Pero antes de hablar, Red tomó asiento en la bala de paja donde su hermano había estado dormitando y Phiona se sentó en un tocón de madera.
—Siéntate, tenemos que hablar.
Alarmado, Edgard agrandó los ojos, pero a diferencia de lo que pensaban los otros, no intentó poner excusas, ni huir. Se sentó con ellos y esperó pacientemente a que hablaran. Luego ya decidiría si seguía sus consejos o no.
—¿Y bien?
Red y Phiona se miraron.
—Nos preocupa tu… mal humor —dijo Red, apretando ambas manos entre sí en señal de nerviosismo.
—Oh, vaya. Y yo que me creía Mr. simpatía .
Red lo empujó con el codo.
—Sabemos que el dolor es el causante de que no lo seas.
—¿Simpático?
—Búrlate cuanto quieras, pero no puedes seguir así. —Phiona se puso muy seria, y aunque Edgard últimamente no aceptaba consejos de nadie, su hermana tenía una magia especial para hacerse escuchar por sus hermanos—. Sé que has probado de todo y que la pierna sigue doliéndote.
Soltó un resoplido de exasperación.
—No es un secreto para nadie.
—Te niegas a tomar los calmantes.
—¿Quieres que me vuelva un yonqui? —le dijo furioso, Edgard—, porque no hace falta que te diga como terminaron algunos de nuestros conocidos con esas drogas legales.
—Lo entiendo —respondió Phiona, poniéndole una mano sobre el brazo y consiguiendo que dejara de mirar con rabia a Red—. Por eso tenemos que valorar otras opciones.
—¿Cómo que?, ¿marihuana?
Red se inclinó hacia delante para echar un vistazo a Phiona, que hizo una mueca.
—No habíamos pensado en eso.
Ella hundió los hombros y la cabeza.
No tenía tiempo para tonterías.
—No me refiero a marihuana —dijo Phiona dejando muy claro que esta conversación era muy seria—, ni a otras drogas legales o ilegales. Me refiero a que Red y yo hemos intentado contratar a una fisioterapeuta que esté las veinticuatro horas del día contigo y te ayude en tu rehabilitación.
—Vaya —se mofó Edgard—, una canguro.
Lo vieron llevarse una mano al pecho y tuvieron que hacer un esfuerzo para no poner los ojos en blanco.
—En serio, Edgard…
—No, no. Es conmovedor que hayáis buscado una canguro. Estará buena al menos…
—Voy a reventarte el hocico como vuelvas a decir una machirulada como esa.
Edgard solo lo había dicho para molestarla. Porque le daba igual a qué se dedicara esa niñera, lo bien preparada que estuviera o lo guapa que fuera, porque él no iba a permitir tener un vigilante las veinticuatro horas del día.
—No necesito a nadie siguiendo mis pasos todo el puto día —dijo Edgard.
—Yo diría que sí.
—¿En serio? —protestó, mirando a Phiona, desafiándola—, ¿tenerte a ti pegado a mi culo no es suficiente?
—No estoy pegada a tu culo.
—Ah ¿no? —Alzó una ceja y la contempló esperando a que le mintiera a la cara.
—No, pero si montas a caballo como un loco, algo tengo que decir.
—¿Y por qué tienes que decir nada?
—Porque si te caes o te lastimas nuevamente quizás sí que no haya solución alguna para tu pierna.
Edgard se levantó furioso y dio varios pasos hasta alejarse de ellos.
Red y Phiona se pusieron de pie, pero ninguno de los dos hizo ademán de acercarse a su hermano. Estaba muy cabreado.
—Lo dices como si ahora sí hubiera esperanza.
—Edgard… —el alma de Phiona se le cayó a los pies al ver como los ojos de su hermano se nublaban. Dio varios pasos hasta alcanzarle y lo abrazó con fuerza.
—Claro que la hay —dijo emocionada y realmente convencida de que así era.
—Puede ser —dijo él devolviéndole el abrazo—, pero yo no la encuentro.
Red se quedó inmóvil apretando los labios para también contener la emoción.
—Ha llegado el momento de tomar el toro por los cuernos —dijo Red—. Tenemos que probar lo que esté a nuestro alcance para ayudarte.
—Nadie puede…
—Como sigas evadiendo el problema nunca lo sabremos —Phiona lo tomó por los hombros con unas ganas incipientes de zarandearlo hasta que entrara en razón.
—¿Y para vosotros el problema se solucionaría con un fisioterapeuta a tiempo completo?
Red se encogió de hombros.
—No pierdes nada por probar. ¿Qué otra alternativa te queda?
Edgard los miró con rabia. No contra ellos, sino por las circunstancias que le había tocado vivir.
Todo aquello era muy injusto.
—No puedo —habló, evitando mirarlos a los ojos.
Pensó que esa idea solo le serviría para tener un niñero detrás de él que le prohibiera hacer cosas tan estúpidas como montar a caballo y trabajar en el rancho.
—Edgard…
—No contéis conmigo.
Se dio media vuelta para irse, Phiona apretó los dientes al verlo cojear y Red fue tras él.
—Edgard. Al menos podrías escucharnos.
—O probar —dijo su hermana alcanzándolos en la puerta del granero.
Ofendido, molesto y con un dolor punzante por haberse excedido esa mañana, los miró con la mandíbula tensa.
—¿Probar? ¿Cuánto tiempo?
Sus dos hermanos se relajaron.
Al menos lo estaba considerando.
Algo era algo.
—Pues, primero la especialista tiene que aceptar venir a vivir aquí.
—Pero yo creo que no habrá problema —terminó Phiona.
Edgard chasqueó la lengua.
No le gustaba nada aquella idea, pero… ¿acaso había otra opción?
—Está bien —cedió—. Busca a esa especialista, pero si no funciona y si me cabrea más de lo necesario, se acabó.
Ninguno de los dos asintió, pero Edgard dejó claro que no necesitaba su aprobación.
—También se habrá acabado si me hincháis las pelotas —dijo con el dedo índice en alto—. ¿De acuerdo?
Ahora sí asintieron.
—De acuerdo —contestaron al unísono.
Pero los dos sonreían al ver a Edgard marchar hacia la casa.