Mi Musa de la Montaña Capítulo Once
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Capítulo Once

Jayden

Observo con el pulso acelerado y las manos apretándose en puños rítmicamente cómo Lily se acerca al señor Miller, el dueño de la cabaña que ha alquilado.

Es un hombre mayor y hemos tenido nuestros roces a lo largo de los años con todos esos ruidosos urbanitas a los que les ha alquilado el sitio, pero ahora mismo eso me trae sin cuidado.

Es su último día aquí y el señor Miller ha venido para revisar la cabaña y recuperar las llaves.

Ella todavía no me ha dado ninguna respuesta sobre lo que va a hacer y me está volviendo loco. Tengo todo el cuerpo tenso mientras me imagino empujando su coche por un barranco y llevándola de vuelta a mi cabaña en brazos.

Quiero que se quede.

No estoy seguro de qué voy a hacer si insiste en marcharse.

Pero la quiero demasiado como para obligarla a quedarse. Tiene que tomar esa decisión por sí misma.

El único problema es que tiene previsto irse en la próxima hora y todavía no ha decidido quedarse.

Al señor Miller se le entrecierran los ojos al verme.

—Hola, Lily —dice mientras me dedica una mirada de pocos amigos—. Espero que los lugareños no hayan sido un problema.

—¡En absoluto! —dice Lily con entusiasmo—. Jayden ha sido maravilloso. Me dejó quedarme en su cabaña cuando me quedé fuera.

—¿Te quedaste fuera? —dice él abriendo mucho los ojos—. ¿Por qué no usaste la llave de repuesto?

—¿Llave de repuesto? —balbucea ella.

—Hay una llave de repuesto justo aquí —dice mientras mete la mano detrás del buzón y la saca—. Estaba en las instrucciones que te envié. Leíste las instrucciones, ¿verdad?

Sus mejillas se sonrojan mientras se gira hacia mí con una mueca de apuro en el rostro. —Je, je. Debo de haberme saltado esa parte.

Niego con la cabeza mientras me río entre dientes. Por eso quiero a esta chica. Hace que todo sea interesante.

Ella no sabe que tengo la llave en el bolsillo, pero eso no se lo diré nunca.

El señor Miller le abre la puerta y yo espero fuera mientras ella entra a recoger sus cosas. Ya puede caminar bastante bien y no debería tener problemas para conducir a casa con ese tobillo.

—¿Eso es lo que te has traído? —digo con una carcajada al ver el tamaño de su maleta—. ¿Cuántos pijamas de carlinos bailarines has traído?

—Nunca se tienen suficientes pijamas de carlinos bailarines —dice mientras se esfuerza por bajar la maleta mastodóntica por los dos escalones que dan a la entrada de coches.

Me limito a mirar con las manos en los bolsillos y el corazón en la garganta mientras ella lucha torpemente por arrastrarla hasta su coche. Me mira con expectación después de abrir el maletero, pero yo no me muevo.

No voy a ayudarla a irse. No puedo.

—¿Un poco de ayuda aquí, tiarrón? —pregunta—. ¿A no ser que quieras que me rompa la columna justo después de que se me cure el tobillo?

No me muevo.

—Vale —dice mientras se inclina e intenta levantarla. Con un gruñido, intenta alzarla, pero termina resbalando en el hielo y cayendo encima de ella.

Me reiría si no se me estuviera rompiendo el corazón en pedazos.

Se levanta, se sacude con una risita nerviosa y lo intenta de nuevo. Esta vez consigue despegar la maleta del suelo, pero entonces resbala hacia atrás y cae de culo, y el enorme bulto le cae encima.

Corro hacia allí y la levanto con facilidad. Está roja de vergüenza mientras me mira desde el suelo.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto con tono cortante.

—Estar tirada sobre el hielo frío y congelándome el culo.

—No —digo mientras lanzo su maleta al maletero—. ¿Por qué te vas?

Se incorpora hasta quedar sentada y empieza a juguetear con sus mitones de lana morados. —Es domingo. La semana se ha acabado.

Me siento frente a ella, cruzando las piernas mientras ella mira sus mitones. —No tiene por qué haberse acabado. Para mí no ha terminado.

Las lágrimas empiezan a rodar por sus mejillas mientras evita mi mirada. Se me revuelve el estómago. No puede irse.

—Lily —digo mientras le toco suavemente la barbilla y se la levanto hasta que me mira a los ojos. Sus ojos azules están vidriosos y me duele el corazón. Es doloroso verla llorar—. No te vayas.

—Pero yo no soy valiente como tú —dice con la barbilla temblorosa—.

No vivo en las montañas ni hago lo que me place.

No soy del tipo de persona que deja su trabajo y persigue sus sueños.

No tengo el valor de dejarlo todo por un hombre al que solo conozco desde hace una semana, aunque mi corazón me lo esté suplicando.

Me inclino y le doy un beso suave. Su cuerpo se estremece y saboreo sus lágrimas saladas en mis labios cuando me aparto.

—Eres valiente —le digo—. Has escrito un libro entero en una semana. La mayoría de la gente no hace eso en toda su vida, aunque diga que lo hará. Saltaste a un río helado. Cortaste leña. Me sedujiste.

—Creo que recuerdas esa última parte mal —dice entre risas.

—Tal vez —digo mientras se me oprime el pecho—. Pero has hecho que me enamore de ti.

Es la verdad. Lo ha hecho.

El hombre que nunca podía llevarse bien con nadie, que tuvo que escapar de la sociedad —escapar de la gente— y vivir solo en las montañas, se ha enamorado. Todavía no me lo puedo creer.

Sus hermosos ojos azules se agrandan y se endereza mientras me mira conmocionada.

—Te quiero, Lily. De verdad.

—Pero...

—Nada de peros —digo—. Quiero que te quedes en esta montaña, conmigo. Por favor, no me digas que no.

Puedo ver su cerebro trabajando, tratando de encontrar una razón por la que no funcionará. Hay tantas razones, pero hay una razón para quedarse que supera a todas las demás. La quiero.

Y creo que ella me quiere a mí.

—Solo ha pasado una semana —dice finalmente.

—La mejor semana de mi vida —añado rápidamente—. Y creo que también ha sido una semana bastante buena para ti.

—Lo ha sido —susurra ella.

—¿Lo suficiente como para mandar a paseo tu antigua vida?

Me mira durante un largo momento y finalmente sus labios se curvan en una sonrisa.

—Sí —dice, mostrándose más segura mientras me sostiene la mirada—. Lo suficiente como para arriesgarse por un «felices para siempre».

Me inclino hacia delante y la beso con tanta fuerza que destruirá cualquier duda persistente.

—Entonces, ¿te quedarás? —pregunto cuando finalmente nos separamos.

Ella asiente. —Me quedaré.

Doy un suspiro de alivio y me dejo caer de espaldas sobre el hielo. Me quedo mirando el cielo azul mientras unos copos de nieve esponjosos bajan flotando a mi alrededor.

Esta montaña acaba de volverse mucho más dulce.

Y mi vida mucho más emocionante.

Lily se sube encima de mí con una sonrisa en la cara y yo sonrío mientras la rodeo con mis brazos, atrayéndola cerca, justo donde debe estar.

Y justo donde se va a quedar para siempre.